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Pensamientos Intrusivos

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 3/6/2026

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La lengua bífida del Rey de las Maldiciones

El aire en el pasillo de los dormitorios de la Academia de Hechicería de Tokio era pesado, cargado con esa humedad pegajosa que precede a las tormentas de verano. Yuji Itadori caminaba con las manos en los bolsillos de su sudadera roja, intentando mantener un ritmo constante para no parecer nervioso, aunque su corazón golpeaba su pecho como un tambor desbocado.

A su lado, Nobara Kugisaki caminaba con su habitual aire de confianza, haciendo oscilar su martillo de juguete —un llavero que había comprado en Shibuya— mientras hablaba animadamente sobre una nueva tienda de ropa que quería visitar.

—Y te digo, Itadori, si no me acompañas este sábado, obligaré a Fushiguro a ir, y ya sabes lo divertido que es ir de compras con un poste de luz deprimido —dijo Nobara, soltando una pequeña risa mientras se acomodaba un mechón de cabello naranja detrás de la oreja.

Yuji asintió, pero su mente no estaba en las tiendas de Harajuku. Estaba concentrado en el aroma a champú de rosas que desprendía el cabello de Nobara cada vez que ella se movía, y en cómo la luz de los faroles del pasillo resaltaba la curva de su cuello.

"Es tan linda", pensó Yuji, sintiendo un calor repentino en sus mejillas. "Incluso cuando está gritando o amenazando con clavarme un clavo, es... increíble".

—*Qué patético eres, mocoso.*

La voz, gélida y cargada de desprecio, resonó dentro de la cabeza de Yuji. No era una voz externa; era el eco de la malicia pura que habitaba en su interior. En la mejilla de Yuji, un ojo se abrió de golpe, seguido de una boca que se formó en el dorso de su mano derecha.

—Cállate, Sukuna —susurró Yuji entre dientes, apretando el puño para intentar ocultar la boca del demonio.

—¿Dijiste algo? —preguntó Nobara, deteniéndose y girándose hacia él con una ceja levantada.

—¡No! No, nada, solo... pensaba en voz alta —mintió Yuji, forzando una sonrisa que resultó ser más una mueca de dolor.

—*¿Por qué no le dices lo que realmente piensas?* —se burló Sukuna, su voz goteando veneno y diversión—. *Dile cómo te quedaste mirando la forma en que su falda se ajustaba a sus caderas cuando subía las escaleras hace un momento. O mejor aún, cuéntale cómo te imaginas que se sentiría su mano pequeña perdiéndose en la tuya.*

Yuji sintió que la sangre se le subía a la cara hasta que sus orejas parecieron estar a punto de arder. "¡Basta! ¡Para ya!", gritó en su mente, pero Sukuna solo soltó una carcajada ronca que vibró en los huesos de Itadori.

—Itadori, estás rojo como un tomate —comentó Nobara, acercándose un paso. Estaba lo suficientemente cerca como para que Yuji pudiera ver las pequeñas pecas en su nariz—. ¿Tienes fiebre? ¿O es que Shoko te dio alguna medicina extraña hoy?

—No, estoy bien, de verdad, es solo el calor... —Yuji retrocedió un paso, pero Sukuna no tenía intenciones de dejarlo escapar.

De repente, la boca en la mano de Yuji se abrió de par en par, y antes de que el chico pudiera reaccionar para cubrirla, la voz del Rey de las Maldiciones resonó en el pasillo silencioso, clara y potente.

—¿Por qué no le confiesas que te mueres de ganas de abrazarla, mocoso? —soltó Sukuna con una arrogancia insoportable—. O mejor, dile que te pasaste los últimos diez minutos preguntándote si sus labios son tan suaves como parecen.

El silencio que siguió fue absoluto. El tiempo pareció congelarse. Yuji se quedó petrificado, con la mano extendida como si estuviera ofreciendo la propia traición a la chica frente a él. Sus ojos se abrieron tanto que dolían, y sintió que su alma abandonaba su cuerpo por un instante.

Nobara, por su parte, se quedó inmóvil. Sus ojos naranjas parpadearon, procesando las palabras que acababan de salir de la "mano" de su amigo. Su boca se abrió ligeramente, pero no salió ningún insulto, ninguna amenaza de muerte, ni ningún golpe de martillo.

—¡SUKUNA, MALDITO SEAS! —gritó Yuji, cubriendo su mano frenéticamente con la otra—. ¡Nobara, lo siento! ¡Él miente! ¡Él solo quiere molestar! ¡Es un demonio, ya sabes, le gusta inventar cosas para hacerme quedar mal!

Yuji empezó a retroceder, tropezando con sus propios pies, desesperado por encontrar una salida, una trampilla en el suelo, cualquier cosa que lo tragara y lo llevara al fin del mundo.

—*¿Miento?* —la voz de Sukuna volvió a emerger, esta vez desde una boca que apareció bajo el ojo izquierdo de Yuji—. *¿Miento sobre cómo te fijaste en el escote de su uniforme cuando se inclinó a recoger sus clavos? ¿O sobre cómo piensas que es la chica más fuerte y hermosa que has conocido? Soy una maldición, mocoso, pero no soy un mentiroso.*

Yuji se cubrió la cara con ambas manos, hundiendo los dedos en su cabello rosa. Quería llorar, quería correr hasta Kioto, quería que la tierra se abriera.

—Yo... Nobara, de verdad... —Yuji bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada—. No quería... no es que yo...

Esperaba el impacto. Esperaba que ella le gritara "¡Pervertido!" y le diera una patada que lo mandara a la enfermería de Shoko. Pero el golpe no llegó.

En su lugar, escuchó un pequeño sonido. Un suspiro tembloroso.

Yuji levantó la vista con miedo. Nobara no parecía enojada. Sus mejillas estaban teñidas de un rosa intenso que rivalizaba con el cabello de Itadori, y sus ojos estaban fijos en el suelo, evitando los de él. Jugaba nerviosamente con el dobladillo de su chaqueta negra, un gesto de timidez que Yuji nunca le había visto.

—Así que... —comenzó Nobara, su voz mucho más suave de lo habitual—, ¿realmente piensas que soy... hermosa?

Yuji se quedó mudo. El corazón le dio un vuelco. El tono de ella no era de burla, ni de desprecio. Había una vulnerabilidad en su voz que lo desarmó por completo.

—Bueno... —Yuji rascó su nuca, sintiendo que el pánico disminuía para dar paso a una honestidad cruda—. Sí. Quiero decir, siempre lo he pensado. No solo por fuera, Nobara. Eres increíble. Eres fuerte, y honesta, y... sí, eres muy linda. Demasiado linda para alguien como yo, supongo.

Nobara finalmente levantó la vista. La verguenza seguía allí, pero también había un destello de algo más, algo brillante y cálido.

—Eres un idiota, Itadori —dijo ella, aunque no había veneno en sus palabras. Se acercó un paso más, acortando la distancia entre ambos—. Un completo idiota por dejar que una maldición milenaria tenga que decir las cosas por ti.

—Lo sé —admitió él, bajando los hombros—. Lo siento mucho.

Nobara soltó una risita nerviosa y se cruzó de brazos, intentando recuperar un poco de su actitud habitual, aunque el rubor no desaparecía de su rostro.

—Y sobre lo que dijo ese bicho... sobre mis labios y... otras cosas —ella hizo una pausa, mirando hacia un lado—. No es que me moleste. Es decir, soy una mujer atractiva, es natural que te fijes.

—¿No estás enojada? —preguntó Yuji, parpadeando sorprendido.

—Estoy avergonzada, ¡claro que estoy avergonzada! —exclamó ella, golpeando ligeramente el hombro de Yuji—. Pero... también me hace un poco feliz. Saber que me miras de esa manera... y no solo como a "uno de los chicos".

Yuji sintió que un peso enorme se levantaba de sus hombros. Una sonrisa pequeña y genuina comenzó a formarse en su rostro. Sukuna, dentro de él, soltó un gruñido de aburrimiento.

—*Qué asco dan los humanos* —murmuró la maldición, cerrando sus ojos y bocas, retirándose a lo profundo de la psique de Yuji, satisfecho por el caos pero asqueado por el sentimentalismo.

El pasillo volvió a quedar en silencio, pero esta vez era un silencio cómodo, cargado de una electricidad nueva.

—Entonces... —dijo Yuji, extendiendo lentamente su mano, la misma que Sukuna había usado para delatarlo—. ¿Aún quieres ir de compras el sábado?

Nobara miró la mano de Yuji. Luego miró su rostro honesto y esos ojos que siempre decían la verdad. Con un suspiro dramático, ella extendió la suya y entrelazó sus dedos con los de él. Su mano era más pequeña, pero su agarre era firme y cálido.

—Iremos —decidió ella, empezando a caminar de nuevo, arrastrándolo un poco tras de sí—. Pero tú pagas los helados. Y si esa cosa vuelve a hablar, te juro que encontraré la forma de exorcizar solo tu mano.

Yuji rió, esta vez con ganas, y apretó el agarre.

—Me parece justo.

Mientras caminaban juntos hacia el final del pasillo, Nobara se acercó un poco más a él, de modo que sus hombros se rozaban.

—Oye, Itadori —susurró ella sin mirarlo.

—¿Sí?

—Tenías razón. Mis labios son suaves. Pero vas a tener que esforzarte mucho más que dejar que Sukuna hable por ti si quieres comprobarlo.

Yuji tropezó con sus propios pies de nuevo, pero esta vez, Nobara lo sostuvo, riendo con esa claridad que a él tanto le gustaba. Tal vez tener al Rey de las Maldiciones dentro no era solo una tragedia; a veces, incluso los demonios servían para empujar a los tontos hacia lo que más deseaban.
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