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Criminal

Fandom: Hawaii 5.0

Creado: 3/6/2026

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Fantasmas del pasado y uniformes blancos

El cuartel general del 5.0 en el Palacio Iolani solía ser un lugar de eficiencia militar y camaradería inquebrantable, pero esa mañana el aire estaba cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo de combate. Steve McGarrett estaba de pie frente a los ventanales de su oficina, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que prometía problemas. Danny Williams, a su lado, gesticulaba con la energía de quien está a punto de sufrir un aneurisma.

—No puedes hablar en serio, Steve. Es una orden directa del Gobernador y del alto mando de la Marina. No es una sugerencia, es una imposición.

—Sé lo que es, Danny —gruñó Steve, volviéndose para mirar la carpeta que descansaba sobre su mesa—. Pero meter a Amira Roe en mi equipo es como soltar a un tiburón blanco en una piscina infantil. ¿Has leído su historial?

—He leído la versión censurada, la que tiene más tachones negros que palabras —respondió Danny—. Pero también sé que conoce los bajos fondos de la isla mejor que nadie. Dicen que su familia no solo tenía conexiones con el sindicato de los Yakuza, sino que ella misma fue la "limpiadora" de confianza de Adam Noshimuri antes de que él se reformara.

—No solo eso —intervino Chin Ho Kelly, entrando en la oficina con Kono a sus espaldas—. Amira Roe es impulsiva, directa y tiene una reputación de ser... poco ortodoxa. Por no decir cruel cuando se trata de obtener información. La Marina la reclutó para operaciones encubiertas precisamente por eso, pero ahora que sus misiones han terminado, quieren que la "vigilemos".

—Básicamente, somos su niñera con placa —sentenció Kono, frunciendo el ceño—. Y por lo que he oído, no le gusta que la vigilen.

En ese preciso momento, las puertas de cristal de la oficina se deslizaron hacia atrás con un golpe seco. Una mujer de cabello oscuro, ojos afilados como cuchillas y una sonrisa que no llegaba a ser amable entró en la habitación. Vestía unos pantalones de combate oscuros y una camiseta ajustada que dejaba ver el inicio de un tatuaje complejo en su clavícula. No pidió permiso para entrar; simplemente ocupó el espacio.

—Vaya, qué comité de bienvenida tan acogedor —dijo Amira, apoyando una mano en su cadera y recorriendo a los presentes con una mirada cargada de sarcasmo—. Si llego a saber que habría flores y discursos, me habría puesto algo más formal.

Steve dio un paso adelante, intentando imponer su presencia física, algo que solía funcionar con la mayoría de los reclutas. Amira ni siquiera parpadeó.

—Soy el Comandante Steve McGarrett. Supongo que sabes por qué estás aquí.

—Porque tus jefes no saben qué hacer conmigo y creen que un ex-Seal con complejo de héroe puede mantenerme a raya —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Ah, y porque soy mejor rastreando ratas criminales que cualquiera de los que estáis en esta sala.

Danny soltó una carcajada incrédula.

—¿Perdona? ¿Acabas de decir que eres mejor que nosotros? Llevo cinco minutos conociéndote y ya entiendo por qué te pusieron en la lista de "difícil manejo".

—Y tú debes de ser Williams —dijo Amira, clavando sus ojos en él—. El que habla demasiado y conduce como una abuela. Encantada.

—¡Eh! —exclamó Danny, señalándola con el dedo—. Mi conducción es impecable y defensiva.

—Suficiente —cortó Steve con voz de mando—. Roe, esto no es una invitación. Es una asignación obligatoria. Si quieres conservar tu libertad y no terminar en una celda militar por tus "actividades pasadas", vas a seguir mis reglas. Aquí no hay impulsos, no hay crueldad innecesaria y, sobre todo, no hay secretos.

Amira se acercó a Steve, invadiendo su espacio personal hasta que apenas unos centímetros los separaban. Podía oler el aroma a jabón y pólvora que desprendía el Comandante. Sonrió de forma ladeada, una expresión que era a la vez un desafío y una burla.

—Las reglas están hechas para la gente que tiene miedo de ensuciarse las manos, Comandante. Y tú y yo sabemos que tú tienes las uñas bastante negras de barro. No me vengas con el discurso del buen soldado.

—Aquí trabajamos como un equipo —insistió Steve, endureciendo la mandíbula—. Si no puedes ser leal a la placa, al menos intenta serlo a las personas que te cubren la espalda.

—La lealtad es algo que se gana, McGarrett —replicó ella, bajando el tono de voz a un susurro peligroso—. Y por ahora, solo veo a un hombre que se cree el dueño de la isla.

La tensión entre ambos era casi eléctrica. No era solo una lucha de poder; era el choque de dos personalidades dominantes que se reconocían como iguales y, por lo tanto, como enemigos naturales.

—Tenemos un caso —interrumpió Chin, mirando su tableta y rompiendo el momento—. Se trata de un robo en los muelles. Han desaparecido tres contenedores de armamento avanzado de la base de Pearl Harbor.

Steve se apartó de Amira, aunque no le quitó la vista de encima.

—En marcha. Roe, vienes conmigo. Danny, ve con Chin y Kono al centro de mando.

—¿Por qué tiene que ir contigo? —preguntó Danny mientras caminaban hacia el ascensor—. ¿No es peligroso para tu salud mental?

—Porque si la dejo sola, probablemente queme el edificio —respondió Steve sin mirar atrás.

En el Camaro, el silencio era denso. Steve conducía con su agresividad habitual, mientras Amira miraba por la ventana con una expresión de aburrimiento fingido.

—Sé quién es tu padre, Amira —dijo Steve de repente, rompiendo el silencio.

Ella no se movió, pero sus nudillos se tensaron sobre sus rodillas.

—Felicidades. Sabes leer un archivo. ¿Quieres una medalla?

—Sé que él no era solo un criminal. Era un hombre que vendió a su propia gente para salvar su cuello —continuó Steve, ignorando el sarcasmo—. Y sé que tú tuviste que limpiar su desastre cuando los Yakuza fueron a por él.

Amira se giró bruscamente, sus ojos centelleando con una furia fría.

—No hables de cosas que no entiendes, McGarrett. Mi pasado es mío. Lo que hice para sobrevivir en las calles de Kalihi antes de que la Marina me sacara de allí no es asunto tuyo.

—Ahora lo es. Estás en mi equipo.

—No soy de tu equipo —escupió ella—. Soy una herramienta que te han obligado a usar. Úsame para encontrar las armas y cállate. No intentes ser mi terapeuta, porque no te va a gustar lo que hay dentro de mi cabeza.

Llegaron a los muelles en tiempo récord. El área estaba acordonada, pero el caos era evidente. Steve bajó del coche y Amira lo siguió, moviéndose con una gracia felina y una alerta constante que delataba sus años en el lado equivocado de la ley.

Mientras Steve hablaba con el oficial de seguridad, Amira se alejó unos metros, observando las marcas de neumáticos en el asfalto y la posición de las cámaras de seguridad. Se acercó a un estibador que parecía especialmente nervioso y, antes de que Steve pudiera intervenir, lo agarró por el cuello de la camisa y lo empujó contra un contenedor.

—¡Eh, eh! —gritó Steve, corriendo hacia ellos—. ¡Roe, suéltalo!

—Este hombre sabe algo —dijo Amira sin soltar al tipo, cuya cara empezaba a ponerse azul—. Tiene el tatuaje de los "Hijos de Waianae" en la muñeca. Solo ellos tienen la logística para mover tres contenedores en diez minutos. Habla, antes de que decida que no necesito tu lengua para obtener respuestas.

—¡No sé nada, lo juro! —gimoteó el hombre.

Amira presionó su antebrazo contra la garganta del hombre, sus ojos vacíos de cualquier empatía.

—Mentira. Vi cómo mirabas hacia el almacén 4 cuando llegamos. ¿Qué hay allí?

—¡Roe, basta! —Steve la agarró del hombro y la apartó con fuerza—. No hacemos las cosas así.

Amira se soltó del agarre de Steve con un movimiento rápido, encarándolo.

—¿Ah, no? ¿Prefieres pedirles por favor que te devuelvan los misiles? Mientras tú juegas al policía bueno, ellos están cargando el armamento en un carguero. ¡Despierta, McGarrett! Este no es tu mundo de uniformes planchados, es el mío.

—¡Hay procedimientos! —rugió Steve.

—Tus procedimientos nos van a hacer perder el rastro —replicó ella, señalando hacia el fondo del muelle—. Mira.

Un camión pesado salía a toda velocidad del almacén 4, rompiendo la valla de seguridad. Steve no perdió un segundo.

—¡Sube al coche!

La persecución fue frenética. Steve conducía por el arcén, esquivando el tráfico de la costa, mientras Amira revisaba su arma con una calma que resultaba inquietante.

—Si nos acercamos lo suficiente, puedo disparar a las ruedas traseras —dijo ella de forma directa.

—Es un camión blindado, las balas rebotarán —respondió Steve, concentrado en el volante.

—No si apunto a los ejes de la suspensión. Confía en mí, he robado más camiones de los que tú has escoltado.

Steve la miró de reojo. Era exasperante, peligrosa y absolutamente carente de filtro, pero había algo en su determinación que, muy a su pesar, le resultaba familiar.

—Hazlo. Pero si fallas y provocas un accidente múltiple, te encadenaré yo mismo a la mesa de interrogatorios.

—Qué romántico, Comandante.

Amira se asomó por la ventanilla, el viento agitando su cabello mientras estabilizaba el arma. Disparó tres veces. El sonido fue seco, preciso. El camión dio un bandazo violento cuando el eje trasero cedió, patinando de lado hasta que volcó con un estruendo metálico que hizo vibrar el suelo.

Steve frenó en seco, levantando una nube de polvo. Ambos bajaron del coche con las armas en alto. Los sospechosos salieron del camión aturdidos, y en pocos minutos, con la llegada de Danny y el resto del equipo, la situación estuvo controlada.

Horas más tarde, de vuelta en el Palacio, el ambiente era algo más distendido, aunque la fricción seguía presente. Amira estaba sentada sobre una de las mesas, limpiando una mancha de grasa de su bota con total indiferencia.

Steve salió de su oficina y se detuvo frente a ella. El equipo observaba desde la distancia, fingiendo estar ocupados con sus pantallas.

—Buen disparo —admitió Steve, cruzándose de brazos—. Pero lo de los muelles... no puede volver a repetirse. No puedes ir asfixiando a los testigos.

Amira levantó la vista, sosteniéndole la mirada.

—Funcionó, ¿no? Tenemos las armas y a los tipos. Deberías darme las gracias en lugar de darme un sermón.

—Te estoy dando una advertencia —corrigió él, aunque su voz ya no tenía la dureza de antes—. Tienes talento, Roe. Pero aquí no eres una criminal ni una mercenaria. Eres parte de algo más grande.

—¿Y qué es eso tan grande? ¿Una familia? —preguntó ella con una pizca de veneno en la voz—. No creo en esas cosas. Las familias solo sirven para que tengan algo que usar en tu contra.

—Quizás es que no has conocido a la familia adecuada —intervino Danny desde su mesa—. Somos un poco disfuncionales, y Steve es un maníaco del control, pero nos cuidamos.

Amira soltó una risa seca y se puso en pie, caminando hacia la salida. Al pasar junto a Steve, se detuvo un segundo y le rozó el brazo "accidentalmente".

—Mañana a las ocho, Comandante. No llegues tarde, no me gusta esperar a los que conducen como abuelas.

Se marchó sin mirar atrás, con ese caminar seguro que exudaba una confianza casi insultante. Steve se quedó mirando la puerta por la que había desaparecido, sintiendo un extraño hormigueo en el brazo donde ella lo había tocado.

—Estás en problemas, socio —dijo Danny, acercándose con una sonrisa burlona—. Muchos problemas.

—Cállate, Danny —respondió Steve, aunque no pudo evitar que una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareciera en su rostro—. Solo es una nueva recluta.

—Sí, claro. Y yo soy el Rey de Hawái. Esa mujer te va a dar más dolores de cabeza que todos los criminales de la isla juntos. Y lo peor es que te gusta.

Steve no respondió, pero mientras regresaba a su oficina, no podía dejar de pensar en los ojos de Amira Roe. Eran ojos que habían visto lo peor del mundo, pero que aún conservaban un fuego que él no esperaba encontrar. Sería una relación difícil, una batalla constante de voluntades, un campo de minas emocional.

Y, efectivamente, como Danny había sugerido, Steve McGarrett nunca había sido de los que huían de una buena pelea. El 5.0 acababa de volverse mucho más peligroso, y por primera vez en mucho tiempo, Steve sentía que finalmente había encontrado a alguien que podía seguirle el ritmo, aunque fuera a base de insultos y desacatos a la autoridad.

La guerra entre ellos acababa de empezar, y ninguno de los dos estaba dispuesto a rendirse.
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