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La niñita de papi.
Fandom: Stray Kids, Han Jisung OT1.
Creado: 4/6/2026
Etiquetas
DramaAngustiaPsicológicoOscuroTragediaRealismoEstudio de PersonajeViolencia GráficaViolaciónAbuso de AlcoholAutolesiónThrillerPedofiliaHorror PsicológicoLenguaje ExplícitoMención de Incesto
El eco de las botellas vacías
El aire en el pequeño apartamento estaba viciado, cargado con el olor agrio del alcohol barato y el humo de cigarrillos consumidos hasta el filtro. Han Jisung, a sus cuarenta años, no guardaba rastro alguno del joven que alguna vez soñó con escenarios y luces brillantes. Su rostro, surcado por líneas de amargura y descuido, estaba apoyado contra la madera grasienta de la mesa del comedor. Sus ojos, inyectados en sangre, vagaban sin foco por la habitación, deteniéndose apenas en las sombras que proyectaba la lámpara mortecina del techo.
En el rincón más alejado de la cocina, Dania intentaba volverse invisible. A sus catorce años, era una figura frágil, casi etérea. Su piel pálida contrastaba con el negro intenso de su cabello rizado, que caía en cascada por su espalda, ocultando los hombros tensos. Sus ojos negros, profundos y cargados de un cansancio que no correspondía a su edad, vigilaban cada movimiento de su padre. Sabía que el silencio era su única defensa, aunque a menudo resultaba insuficiente.
Jisung soltó un gruñido y golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las botellas vacías tintinearan entre sí.
—¡Dani! —gritó, arrastrando las palabras—. ¡Ven aquí ahora mismo!
La joven se estremeció. El uso de su apodo nunca era una señal de afecto; era una orden, un preludio al caos. Se acercó lentamente, manteniendo una distancia prudencial, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo menudo.
—¿Qué necesitas, papi? —preguntó ella en un susurro apenas audible.
Jisung no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con fuerza. El alcohol estaba haciendo estragos en su percepción. El entorno comenzó a distorsionarse. Las paredes desconchadas del apartamento parecieron teñirse de un rojo carmesí, y el sonido de la lluvia contra el cristal se transformó en una música rítmica y sugerente, similar a la de los locales nocturnos que frecuentaba para olvidar su miseria.
En su mente nublada, la figura de su hija empezó a cambiar. Ya no veía a la niña que compartía sus rasgos, a la hija que su esposa había abandonado años atrás dejándolo solo con una responsabilidad que nunca quiso. En su lugar, vio la silueta de una de las mujeres de la noche, aquellas que vendían compañía por unos cuantos billetes.
—Te ves diferente hoy —murmuró Jisung, con una sonrisa torcida y lasciva que heló la sangre de Dania—. Te pusiste ese vestido que me gusta, ¿verdad?
Dania retrocedió un paso, confundida y aterrorizada. Ella vestía una camiseta vieja y pantalones holgados, nada que pudiera confundirse con un atuendo festivo.
—No sé de qué hablas... —dijo ella, con la voz quebrada por el miedo—. Soy yo, Dania.
—No me vengas con juegos —gruñó él, poniéndose en pie con dificultad. La silla chirrió violentamente contra el suelo—. Sabes por qué estás aquí. Me cobraste por adelantado, ¿no es así?
—Papi, por favor, estás borracho —suplicó la niña, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a escocer en sus ojos—. Ve a dormir, mañana te sentirás mejor.
Jisung soltó una carcajada seca y amarga que terminó en una tos violenta. Se acercó a ella con pasos vacilantes, acortando la distancia hasta que Dania sintió el calor fétido de su aliento.
—No me digas qué hacer —dijo él, agarrándola bruscamente del brazo—. He pagado mucho dinero por esto. No voy a dejar que te vayas sin cumplir.
—¡Me estás lastimando! —chilló Dania, tratando de zafarse del agarre de hierro que rodeaba su muñeca—. ¡Suéltame!
El golpe llegó sin previo aviso. La mano de Jisung impactó contra la mejilla de la menor con una fuerza brutal, enviándola al suelo. Dania cayó pesadamente, su rostro golpeando las baldosas frías. El sabor metálico de la sangre inundó su boca casi al instante.
—¡Cállate! —gritó Jisung, inclinándose sobre ella—. Las chicas como tú no gritan. Solo hacen lo que se les pide.
Dania se encogió sobre sí misma, ocultando su rostro entre sus brazos. La depresión que la acompañaba como una sombra constante desde que tenía memoria parecía pesar más que nunca. Se preguntaba, no por primera vez, por qué su madre se había ido, por qué la había dejado en manos de un hombre que solo conocía el lenguaje de la violencia. La soledad era un vacío inmenso en su pecho, un agujero negro que devoraba cualquier rastro de esperanza.
—Por favor... —sollozó ella contra el suelo—. No soy ella. Soy tu hija.
Pero Jisung ya no estaba en la realidad. En su delirio, él era un hombre poderoso en un club de lujo, y la figura que lloraba a sus pies era simplemente un objeto que había alquilado para desahogar su frustración con el mundo. Se arrodilló a su lado y la tomó del cabello, obligándola a levantar la cabeza.
—Mírame cuando te hablo —ordenó él, con los ojos fijos en los de ella, aunque sin verla realmente—. Tienes esos ojos negros... siempre tan tristes. Eso es lo que me gusta de ti.
—Me duele —susurró Dania, sintiendo cómo el cuero cabelludo le ardía bajo la presión de los dedos de su padre—. Papi, detente.
—No me llames así —escupió él, la confusión brillando por un segundo en sus pupilas antes de ser reemplazada por la ira—. Ese no es el guion. Aquí no hay padres, solo clientes.
La levantó del suelo con un tirón violento, arrastrándola hacia el pequeño sofá desvencijado que servía de centro a la sala. Dania luchaba débilmente, sus fuerzas agotadas por la malnutrición y la tristeza crónica que arrastraba. Cada movimiento de Jisung era brusco, cargado de una agresividad contenida que estallaba en cada contacto.
—¡Suéltame, por favor! —gritó ella de nuevo, logrando propinarle un empujón en el pecho.
El rechazo enfureció a Jisung. La empujó contra la pared con tal fuerza que el cuadro de una fotografía familiar vieja, la única que quedaba, cayó al suelo y el cristal se hizo añicos.
—¿Te crees mejor que yo? —rugió él, acorralándola—. ¡Eres una basura! Al igual que tu madre, solo sirves para irte y dejar desastres a tu paso. Pero hoy no te vas a ir.
—¡Ella se fue por tu culpa! —gritó Dania, en un arranque de valentía desesperada—. ¡Se fue porque eres un monstruo!
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Jisung. Por un instante, la neblina del alcohol pareció disiparse, dejando ver la cruda realidad. Miró a la niña frente a él: pequeña, delicada, con el labio partido y el cabello revuelto, temblando como una hoja al viento. Sin embargo, la verdad era demasiado dolorosa para soportarla sobrio. La culpa era un veneno que Jisung solo sabía combatir con más odio.
—¿Un monstruo? —repitió él en voz baja, una calma peligrosa tiñendo su tono—. Te enseñaré lo que es un monstruo.
La agarró de nuevo, esta vez por el cuello de la camiseta, y la lanzó hacia el sofá. Dania se golpeó contra el brazo de madera, soltando un gemido de dolor. La oscuridad de su depresión la envolvió, tentándola a rendirse, a dejar de luchar y permitir que el dolor terminara con todo. Si cerraba los ojos con suficiente fuerza, tal vez podría imaginar que estaba en otro lugar, lejos de ese apartamento, lejos de las manos de Han Jisung.
—Hoy vas a trabajar para ganarte el pan que te doy —dijo él, desabrochándose el cinturón con manos torpes—. No más comida gratis, no más techo gratis.
—No soy una de tus mujeres —dijo Dania, su voz ahora plana, carente de emoción, mientras miraba al techo—. Soy Dania. Tengo catorce años. Soy tu hija.
—Cierra la boca —respondió él, ignorando sus palabras mientras la imagen de la prostituta volvía a superponerse sobre la realidad—. No me importa cómo te llames hoy.
El proceso de deshumanización estaba completo. Para Jisung, el alcohol no solo borraba sus penas, sino que borraba los lazos de sangre, la moral y la decencia. En su mente, estaba en una habitación de hotel barata, pagando por un momento de dominio sobre alguien más, porque en el mundo real, fuera de esas cuatro paredes, él no era nadie. Era un fracasado, un hombre olvidado por la sociedad, un residuo de lo que alguna vez pudo ser.
Dania, por su parte, se desconectó de su cuerpo. Era un mecanismo de defensa que había aprendido hacía mucho tiempo. Mientras sentía el peso de su padre sobre ella y el olor a rancio de su ropa, su mente voló hacia los recuerdos borrosos de una canción de cuna que creía recordar de su infancia. Una melodía suave que su madre solía tararear antes de desaparecer en la noche.
—Eres tan pequeña... —murmuró Jisung, su voz volviéndose extrañamente suave, casi cariñosa dentro de su locura—. Pero todas lo son al principio.
—Déjame ir —dijo ella una última vez, aunque sabía que no habría respuesta.
La noche continuó su curso, lenta y agónica. Los gritos se convirtieron en sollozos, y los sollozos en un silencio pesado que se asentó sobre el apartamento como un sudario. Jisung, finalmente agotado por el esfuerzo y el alcohol, se desplomó a un lado de su hija, cayendo en un sueño profundo y ruidoso.
Dania permaneció inmóvil durante mucho tiempo. Sus ojos negros estaban fijos en el techo, sin parpadear. Sentía el frío de la habitación calando en sus huesos, pero el dolor físico era secundario al vacío que sentía en su alma. Se levantó con movimientos lentos, como si fuera una anciana, y se cubrió con sus ropas desgarradas.
Caminó hacia la ventana y observó la ciudad. Las luces brillaban a lo lejos, ajenas al horror que ocurría en los rincones olvidados. No había adónde ir, no había nadie a quien llamar. La soledad era su única compañera constante.
Regresó a la cocina y recogió los trozos de la fotografía familiar que se había roto. Observó el rostro de su madre, una mujer joven y hermosa que parecía mirar a la cámara con una mezcla de esperanza y miedo. Dania acarició el papel roto con la punta de los dedos.
—Tenías razón —susurró para sí misma—. Había que huir.
Miró hacia el sofá, donde el hombre que debería haberla protegido roncaba ajeno al daño irreparable que había causado. El odio no era lo que sentía; era algo mucho más frío y definitivo. Era la aceptación de que su vida estaba ligada a esa miseria, al menos por ahora.
Se sentó en el suelo, en el rincón más oscuro de la cocina, y abrazó sus rodillas contra el pecho. Esperaría a que el sol saliera, a que él despertara y volviera a ser el padre amargado que la golpeaba por haber nacido, olvidando lo que había hecho bajo el influjo de la bebida. Y ella guardaría el secreto, como siempre, enterrándolo bajo capas de silencio y tristeza, esperando el día en que su cuerpo o su mente finalmente se rindieran para siempre.
En la penumbra del apartamento, el eco de las botellas vacías parecía reírse de su destino, mientras el nombre de "Dani" se desvanecía en el aire, reemplazado por la sombra de un hombre que ya no sabía quién era, y una niña que deseaba no haber sido nunca.
En el rincón más alejado de la cocina, Dania intentaba volverse invisible. A sus catorce años, era una figura frágil, casi etérea. Su piel pálida contrastaba con el negro intenso de su cabello rizado, que caía en cascada por su espalda, ocultando los hombros tensos. Sus ojos negros, profundos y cargados de un cansancio que no correspondía a su edad, vigilaban cada movimiento de su padre. Sabía que el silencio era su única defensa, aunque a menudo resultaba insuficiente.
Jisung soltó un gruñido y golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo que las botellas vacías tintinearan entre sí.
—¡Dani! —gritó, arrastrando las palabras—. ¡Ven aquí ahora mismo!
La joven se estremeció. El uso de su apodo nunca era una señal de afecto; era una orden, un preludio al caos. Se acercó lentamente, manteniendo una distancia prudencial, con las manos entrelazadas frente a su cuerpo menudo.
—¿Qué necesitas, papi? —preguntó ella en un susurro apenas audible.
Jisung no respondió de inmediato. Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos con fuerza. El alcohol estaba haciendo estragos en su percepción. El entorno comenzó a distorsionarse. Las paredes desconchadas del apartamento parecieron teñirse de un rojo carmesí, y el sonido de la lluvia contra el cristal se transformó en una música rítmica y sugerente, similar a la de los locales nocturnos que frecuentaba para olvidar su miseria.
En su mente nublada, la figura de su hija empezó a cambiar. Ya no veía a la niña que compartía sus rasgos, a la hija que su esposa había abandonado años atrás dejándolo solo con una responsabilidad que nunca quiso. En su lugar, vio la silueta de una de las mujeres de la noche, aquellas que vendían compañía por unos cuantos billetes.
—Te ves diferente hoy —murmuró Jisung, con una sonrisa torcida y lasciva que heló la sangre de Dania—. Te pusiste ese vestido que me gusta, ¿verdad?
Dania retrocedió un paso, confundida y aterrorizada. Ella vestía una camiseta vieja y pantalones holgados, nada que pudiera confundirse con un atuendo festivo.
—No sé de qué hablas... —dijo ella, con la voz quebrada por el miedo—. Soy yo, Dania.
—No me vengas con juegos —gruñó él, poniéndose en pie con dificultad. La silla chirrió violentamente contra el suelo—. Sabes por qué estás aquí. Me cobraste por adelantado, ¿no es así?
—Papi, por favor, estás borracho —suplicó la niña, sintiendo cómo las lágrimas comenzaban a escocer en sus ojos—. Ve a dormir, mañana te sentirás mejor.
Jisung soltó una carcajada seca y amarga que terminó en una tos violenta. Se acercó a ella con pasos vacilantes, acortando la distancia hasta que Dania sintió el calor fétido de su aliento.
—No me digas qué hacer —dijo él, agarrándola bruscamente del brazo—. He pagado mucho dinero por esto. No voy a dejar que te vayas sin cumplir.
—¡Me estás lastimando! —chilló Dania, tratando de zafarse del agarre de hierro que rodeaba su muñeca—. ¡Suéltame!
El golpe llegó sin previo aviso. La mano de Jisung impactó contra la mejilla de la menor con una fuerza brutal, enviándola al suelo. Dania cayó pesadamente, su rostro golpeando las baldosas frías. El sabor metálico de la sangre inundó su boca casi al instante.
—¡Cállate! —gritó Jisung, inclinándose sobre ella—. Las chicas como tú no gritan. Solo hacen lo que se les pide.
Dania se encogió sobre sí misma, ocultando su rostro entre sus brazos. La depresión que la acompañaba como una sombra constante desde que tenía memoria parecía pesar más que nunca. Se preguntaba, no por primera vez, por qué su madre se había ido, por qué la había dejado en manos de un hombre que solo conocía el lenguaje de la violencia. La soledad era un vacío inmenso en su pecho, un agujero negro que devoraba cualquier rastro de esperanza.
—Por favor... —sollozó ella contra el suelo—. No soy ella. Soy tu hija.
Pero Jisung ya no estaba en la realidad. En su delirio, él era un hombre poderoso en un club de lujo, y la figura que lloraba a sus pies era simplemente un objeto que había alquilado para desahogar su frustración con el mundo. Se arrodilló a su lado y la tomó del cabello, obligándola a levantar la cabeza.
—Mírame cuando te hablo —ordenó él, con los ojos fijos en los de ella, aunque sin verla realmente—. Tienes esos ojos negros... siempre tan tristes. Eso es lo que me gusta de ti.
—Me duele —susurró Dania, sintiendo cómo el cuero cabelludo le ardía bajo la presión de los dedos de su padre—. Papi, detente.
—No me llames así —escupió él, la confusión brillando por un segundo en sus pupilas antes de ser reemplazada por la ira—. Ese no es el guion. Aquí no hay padres, solo clientes.
La levantó del suelo con un tirón violento, arrastrándola hacia el pequeño sofá desvencijado que servía de centro a la sala. Dania luchaba débilmente, sus fuerzas agotadas por la malnutrición y la tristeza crónica que arrastraba. Cada movimiento de Jisung era brusco, cargado de una agresividad contenida que estallaba en cada contacto.
—¡Suéltame, por favor! —gritó ella de nuevo, logrando propinarle un empujón en el pecho.
El rechazo enfureció a Jisung. La empujó contra la pared con tal fuerza que el cuadro de una fotografía familiar vieja, la única que quedaba, cayó al suelo y el cristal se hizo añicos.
—¿Te crees mejor que yo? —rugió él, acorralándola—. ¡Eres una basura! Al igual que tu madre, solo sirves para irte y dejar desastres a tu paso. Pero hoy no te vas a ir.
—¡Ella se fue por tu culpa! —gritó Dania, en un arranque de valentía desesperada—. ¡Se fue porque eres un monstruo!
El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral, solo roto por la respiración agitada de Jisung. Por un instante, la neblina del alcohol pareció disiparse, dejando ver la cruda realidad. Miró a la niña frente a él: pequeña, delicada, con el labio partido y el cabello revuelto, temblando como una hoja al viento. Sin embargo, la verdad era demasiado dolorosa para soportarla sobrio. La culpa era un veneno que Jisung solo sabía combatir con más odio.
—¿Un monstruo? —repitió él en voz baja, una calma peligrosa tiñendo su tono—. Te enseñaré lo que es un monstruo.
La agarró de nuevo, esta vez por el cuello de la camiseta, y la lanzó hacia el sofá. Dania se golpeó contra el brazo de madera, soltando un gemido de dolor. La oscuridad de su depresión la envolvió, tentándola a rendirse, a dejar de luchar y permitir que el dolor terminara con todo. Si cerraba los ojos con suficiente fuerza, tal vez podría imaginar que estaba en otro lugar, lejos de ese apartamento, lejos de las manos de Han Jisung.
—Hoy vas a trabajar para ganarte el pan que te doy —dijo él, desabrochándose el cinturón con manos torpes—. No más comida gratis, no más techo gratis.
—No soy una de tus mujeres —dijo Dania, su voz ahora plana, carente de emoción, mientras miraba al techo—. Soy Dania. Tengo catorce años. Soy tu hija.
—Cierra la boca —respondió él, ignorando sus palabras mientras la imagen de la prostituta volvía a superponerse sobre la realidad—. No me importa cómo te llames hoy.
El proceso de deshumanización estaba completo. Para Jisung, el alcohol no solo borraba sus penas, sino que borraba los lazos de sangre, la moral y la decencia. En su mente, estaba en una habitación de hotel barata, pagando por un momento de dominio sobre alguien más, porque en el mundo real, fuera de esas cuatro paredes, él no era nadie. Era un fracasado, un hombre olvidado por la sociedad, un residuo de lo que alguna vez pudo ser.
Dania, por su parte, se desconectó de su cuerpo. Era un mecanismo de defensa que había aprendido hacía mucho tiempo. Mientras sentía el peso de su padre sobre ella y el olor a rancio de su ropa, su mente voló hacia los recuerdos borrosos de una canción de cuna que creía recordar de su infancia. Una melodía suave que su madre solía tararear antes de desaparecer en la noche.
—Eres tan pequeña... —murmuró Jisung, su voz volviéndose extrañamente suave, casi cariñosa dentro de su locura—. Pero todas lo son al principio.
—Déjame ir —dijo ella una última vez, aunque sabía que no habría respuesta.
La noche continuó su curso, lenta y agónica. Los gritos se convirtieron en sollozos, y los sollozos en un silencio pesado que se asentó sobre el apartamento como un sudario. Jisung, finalmente agotado por el esfuerzo y el alcohol, se desplomó a un lado de su hija, cayendo en un sueño profundo y ruidoso.
Dania permaneció inmóvil durante mucho tiempo. Sus ojos negros estaban fijos en el techo, sin parpadear. Sentía el frío de la habitación calando en sus huesos, pero el dolor físico era secundario al vacío que sentía en su alma. Se levantó con movimientos lentos, como si fuera una anciana, y se cubrió con sus ropas desgarradas.
Caminó hacia la ventana y observó la ciudad. Las luces brillaban a lo lejos, ajenas al horror que ocurría en los rincones olvidados. No había adónde ir, no había nadie a quien llamar. La soledad era su única compañera constante.
Regresó a la cocina y recogió los trozos de la fotografía familiar que se había roto. Observó el rostro de su madre, una mujer joven y hermosa que parecía mirar a la cámara con una mezcla de esperanza y miedo. Dania acarició el papel roto con la punta de los dedos.
—Tenías razón —susurró para sí misma—. Había que huir.
Miró hacia el sofá, donde el hombre que debería haberla protegido roncaba ajeno al daño irreparable que había causado. El odio no era lo que sentía; era algo mucho más frío y definitivo. Era la aceptación de que su vida estaba ligada a esa miseria, al menos por ahora.
Se sentó en el suelo, en el rincón más oscuro de la cocina, y abrazó sus rodillas contra el pecho. Esperaría a que el sol saliera, a que él despertara y volviera a ser el padre amargado que la golpeaba por haber nacido, olvidando lo que había hecho bajo el influjo de la bebida. Y ella guardaría el secreto, como siempre, enterrándolo bajo capas de silencio y tristeza, esperando el día en que su cuerpo o su mente finalmente se rindieran para siempre.
En la penumbra del apartamento, el eco de las botellas vacías parecía reírse de su destino, mientras el nombre de "Dani" se desvanecía en el aire, reemplazado por la sombra de un hombre que ya no sabía quién era, y una niña que deseaba no haber sido nunca.
