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Criminal
Fandom: Hawaii 5.0
Creado: 4/6/2026
Etiquetas
RomanceDramaAcciónDetectivescoCrimenDolor/ConsueloThrillerAmbientación Canon
Cicatrices de Terciopelo y Acero
El sol de Hawái podía ser implacable, pero Amira Roe siempre había preferido el calor abrasador a la gélida indiferencia de la soledad. Caminaba por la orilla de la playa de Waikiki con una seguridad que hacía que las cabezas se giraran a su paso. No era solo su belleza, aunque su melena oscura y sus ojos felinos eran una trampa mortal; era su aura. Amira caminaba como si fuera la dueña de la isla, y en cierto modo, sentía que lo era.
Se ajustó las gafas de sol y observó a lo lejos la figura que buscaba. Steve McGarrett estaba allí, revisando su equipo de surf, con esa intensidad militar que lo caracterizaba. Amira sonrió para sí misma. Le gustaba Steve. Era recto, honorable y terriblemente predecible en su nobleza. Era el contraste perfecto para alguien como ella, que había pasado años navegando en las aguas más turbias del inframundo criminal.
—Si sigues mirando esa tabla con tanta intensidad, vas a terminar prendiéndole fuego, Steve —dijo ella al acercarse, dejando que su voz destilara esa mezcla de burla y seducción que tan bien manejaba.
Steve se giró, y por un segundo, su expresión severa se suavizó, aunque sus ojos azules mantenían esa chispa de alerta que nunca desaparecía del todo.
—Amira. No te escuché llegar.
—Eso es porque no quería que lo hicieras —respondió ella, deteniéndose a escasos centímetros de él, invadiendo su espacio personal sin el menor reparo—. ¿Cómo va la caza de los malos? ¿O hoy te has tomado el día libre para jugar con las olas?
—Nunca es un día libre en el Five-0 —respondió Steve, dejando la tabla a un lado—. ¿A qué debo el honor? No sueles aparecer por aquí a menos que quieras algo.
Amira soltó una risa ligera, un sonido que era a la vez encantador y peligroso.
—Qué poca fe tienes en mis intenciones. Quizás solo quería ver cómo te queda el neopreno. —Alargó una mano y rozó el hombro del marine, un gesto calculado—. O quizás he oído rumores que podrían interesarte.
Steve se tensó. Conocía a Amira lo suficiente como para saber que su información nunca era gratuita, y que su pasado era un laberinto de secretos que ella protegía con garras y dientes.
—¿Qué tipo de rumores?
—Del tipo que involucra a viejos conocidos —dijo ella, y por un instante, la máscara de seguridad flaqueó, dejando ver una sombra de algo más oscuro—. Michael Noshimuri ha vuelto a la isla, Steve. Y no ha venido a tomar el sol.
El nombre cayó entre ellos como una granada. Steve sabía perfectamente quién era Michael Noshimuri. El hermano de Adam, el hombre que personificaba la cara más violenta de la Yakuza. Pero lo que Steve no sabía, o al menos lo que Amira nunca le había confirmado, era la profundidad del vínculo que ella había tenido con él.
—Pensé que Michael estaba fuera de juego —dijo Steve, cruzándose de brazos, su tono ahora puramente profesional.
—Michael nunca está fuera de juego. Solo espera a que el tablero se limpie para volver a colocar sus piezas —Amira se giró para mirar el océano, ocultando su expresión—. Y yo solía ser su pieza favorita.
Steve la observó en silencio. Recordaba los archivos, los informes fragmentados sobre una agente infiltrada que se había "perdido" en las filas de la Yakuza años atrás. Amira nunca había admitido que esa mujer era ella, pero en momentos como este, la verdad se filtraba por las grietas de su fachada.
—¿Fuiste su novia, Amira? —preguntó Steve en voz baja—. ¿O era parte de la tapadera?
Amira se volvió hacia él, y esta vez no hubo burla en sus ojos. Solo una franqueza cruel que cortaba como un cuchillo.
—Fue real, Steve. Tan real como el hecho de que ahora mismo estoy aquí advirtiéndote. Michael no es como Adam. Él no busca redención. Él busca poder, y cree que yo sigo siendo suya para reclamarme.
—Nadie es dueño de nadie en esta isla mientras yo esté aquí —sentenció Steve con esa determinación inquebrantable que Amira encontraba tan irritante y atractiva a la vez.
—Qué caballero —murmuró ella, recuperando su sonrisa cínica—. Pero ten cuidado, Steve. Michael sabe jugar sucio, y sabe que tú eres mi debilidad actual. No me gustaría que te despeinara ese corte de pelo tan perfecto por mi culpa.
Antes de que Steve pudiera replicar, el teléfono de Amira vibró en su bolso. Ella lo sacó, miró la pantalla y su rostro se transformó en una máscara de piedra.
—Hablando del rey de Roma —dijo, mostrando la pantalla a Steve. No había nombre, solo un número oculto.
—No contestes —ordenó Steve, dando un paso hacia ella.
Amira lo ignoró. Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.
—Vaya, Michael. Has tardado más de lo que esperaba en encontrar mi nuevo número. ¿Estás perdiendo facultades?
La voz al otro lado era un susurro ronco, cargado de una familiaridad que hizo que a Amira se le erizara el vello de la nuca.
—"Amira, mi amor. Hawái es pequeño, y tú brillas demasiado como para pasar desapercibida. He vuelto a casa, y espero que tengas mi cena lista."
—He cambiado de dieta, Michael. Ahora prefiero las cosas... legales. —Lanzó una mirada de reojo a Steve, que la observaba con el ceño fruncido—. No vuelvas a llamarme.
—"Sabes que no acepto un no por respuesta. Nos vemos pronto. Muy pronto."
La llamada se cortó. Amira guardó el teléfono y soltó un suspiro largo, tratando de calmar el latido acelerado de su corazón. No era miedo, se dijo a sí misma. Era adrenalina. O quizás era el peso de los recuerdos de una vida que había intentado enterrar bajo el lujo y la manipulación.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Steve, acercándose lo suficiente como para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo.
—Lo de siempre. Dramas de exnovio psicópata —respondió ella, recuperando su tono ligero, aunque sus dedos temblaban imperceptiblemente—. Quiere jugar, Steve. Y Michael siempre juega para ganar.
—No va a ganar esta vez —dijo Steve, tomándola del brazo con firmeza pero sin brusquedad—. Vas a venir conmigo al cuartel. Necesitamos protegerte y ver qué es lo que trama.
Amira soltó una carcajada seca y se soltó de su agarre.
—¿Protegerme? Steve, cariño, yo sé protegerme sola. He sobrevivido a la Yakuza desde dentro mientras tú todavía estabas aprendiendo a marchar en línea recta. No soy una damisela en apuros.
—Lo sé. Pero ahora no estás sola —insistió él, fijando su mirada en la de ella—. Y no voy a dejar que ese tipo se acerque a ti. No es solo por el trabajo, Amira.
Ella guardó silencio un momento, estudiando el rostro de Steve. Vio la preocupación genuina, la protección feroz que ofrecía a los suyos. Era tan diferente a Michael. Michael la quería como un trofeo, como una extensión de su poder. Steve... Steve la quería a pesar de saber lo peligrosa que era.
—Está bien —cedió ella, aunque con un deje de fastidio fingido—. Iré a tu precioso cuartel. Pero si Danny empieza con sus sermones sobre la seguridad y el orden, no respondo de mis actos.
—Es un trato —dijo Steve, permitiéndose una pequeña sonrisa.
Caminaron hacia el coche de Steve, pero Amira no podía quitarse de encima la sensación de que estaban siendo observados. En las sombras de los edificios cercanos, sabía que los ojos de la Yakuza estaban puestos en ella. Michael no se rendiría fácilmente. Él recordaba el fuego que compartieron, las noches de traición y pasión en las que Amira le había entregado información a la vez que le entregaba su cuerpo. Había sido un juego peligroso en el que ambos habían salido quemados.
Al llegar al cuartel del Five-0, la atmósfera cambió. Danny Williams fue el primero en verlos entrar, y su expresión pasó de la confusión a la exasperación en un segundo.
—Oh, genial. La reina del caos ha vuelto —dijo Danny, dejando unos informes sobre la mesa—. ¿Qué ha pasado ahora? ¿Has robado un banco o solo has venido a romperle el corazón a Steve otra vez?
—Hola para ti también, Danny —respondió Amira, sentándose en una de las mesas con una elegancia perezosa—. Siempre es un placer ver que tu sentido del humor sigue siendo tan... limitado.
—Michael Noshimuri ha vuelto —intervino Steve, cortando la tensión—. Ha contactado con Amira.
El rostro de Danny se puso serio de inmediato. Chin Ho Kelly y Kono Kalakaua, que acababan de entrar, se detuvieron en seco.
—¿Michael? ¿Estás segura? —preguntó Chin, mirando a Amira con cautela.
—Me llamó hace diez minutos —respondió ella, jugando con un mechón de su pelo—. Quiere retomar las cosas donde las dejamos. Y creedme, no terminamos en los mejores términos.
Kono se cruzó de brazos, observando a Amira con una mezcla de respeto y desconfianza.
—Sabemos que estuviste infiltrada con él, Amira. Pero nunca nos diste los detalles. Si vamos a enfrentarnos a él, necesitamos saber a qué nos atenemos.
Amira suspiró y se bajó de la mesa, caminando lentamente por la sala. Sus tacones resonaban en el suelo pulido, el único sonido en el repentino silencio del cuartel.
—Michael es impulsivo, calculador y extremadamente posesivo —comenzó a decir, su voz volviéndose fría—. Cuando estaba con él, yo no era solo una infiltrada. Era su mano derecha. Conocía sus rutas, sus contactos, sus debilidades. Y él conocía las mías. El problema es que Michael no cree en las rupturas. Para él, yo sigo siendo su propiedad.
—Nadie es propiedad de nadie —repitió Steve desde su despacho, saliendo con una carpeta en la mano.
—En su mundo, sí lo eres —replicó Amira, girándose hacia él—. Michael mató a su propio tío para subir en la jerarquía. ¿De verdad crees que le importará pasar por encima de un equipo de élite para recuperarme?
—No va a tener que pasar por encima de nadie, porque lo vamos a coger antes —dijo Steve con autoridad—. Chin, busca cualquier actividad reciente vinculada a los antiguos contactos de Michael. Kono, vigila los puertos. Danny, ven conmigo. Vamos a hablar con Adam.
—¿Adam sabe que su hermano ha vuelto? —preguntó Amira.
—Si no lo sabe, se va a enterar ahora —respondió Steve—. Amira, te quedarás aquí. Es el lugar más seguro de la isla.
Amira arqueó una ceja, una sonrisa burlona jugando en sus labios.
—¿Encerrada en una jaula de cristal? No es mi estilo, Steve.
—No es una jaula, es protección —dijo él, acercándose a ella y bajando la voz—. Por favor. Solo por hoy.
Ella lo miró a los ojos y, por un instante, su fachada de mujer fatal se desmoronó, revelando a la mujer que alguna vez había tenido miedo de no salir viva de la oscuridad.
—Solo porque me lo pides por favor —susurró ella.
Steve asintió y salió con el resto del equipo, dejando a Amira sola en la inmensa sala de mando. Ella se sentó frente a las pantallas, observando los mapas de la isla que tanto amaba y que tanto dolor le había causado.
No habían pasado ni veinte minutos cuando su teléfono volvió a sonar. Pero esta vez no era una llamada. Era un mensaje de texto. Unas coordenadas y una sola frase:
"Sé que estás con él. No le hagas morir por ti. Ven al muelle 39 a medianoche. Sola."
Amira apretó el teléfono con fuerza. Sabía que Michael no estaba bromeando. Conocía su crueldad. Si se quedaba allí, Steve y su equipo estarían en el punto de mira. Y aunque Amira Roe era muchas cosas —manipuladora, calculadora, a veces cruel—, no era una cobarde. Y, sobre todo, no dejaría que el hombre que le había devuelto un poco de luz a su vida pagara por sus pecados del pasado.
Se levantó con decisión, borró el mensaje y se dirigió a la salida. Los guardias del edificio no la detuvieron; después de todo, se movía con la autoridad de alguien que pertenecía allí.
Mientras conducía hacia el muelle, la noche de Hawái se sentía más pesada que de costumbre. El olor a salitre y flores tropicales se mezclaba con el aroma metálico del miedo que intentaba ignorar. Al llegar, el lugar estaba desierto, iluminado solo por unas pocas farolas parpadeantes y la luz de la luna reflejada en el agua negra.
—Sabía que vendrías —dijo una voz desde las sombras.
Michael Noshimuri emergió de la oscuridad. Seguía siendo tan atractivo como ella recordaba, con esa elegancia peligrosa y los ojos fríos como el hielo de un glaciar. Vestía un traje impecable, pero su presencia emanaba una violencia contenida.
—Has perdido el toque, Michael —dijo Amira, deteniéndose a unos metros de él, con las manos en las caderas—. Atraerme aquí con amenazas... es un poco desesperado, ¿no crees?
Michael soltó una risa suave y se acercó a ella. Amira no retrocedió.
—No es desesperación, Amira. Es justicia. Me traicionaste. Me vendiste a la policía y luego desapareciste. Y aun así, aquí estoy, dispuesto a perdonarte si vuelves conmigo.
—No busco tu perdón, Michael. Ya no soy esa chica que se dejaba deslumbrar por tus promesas de poder —respondió ella, su voz firme como el acero—. He cambiado.
—¿Por el marine? —Michael escupió las palabras con desprecio—. He visto cómo lo miras. Es patético. Él no sabe quién eres realmente. Él ama a la versión que tú le enseñas. Yo amo al monstruo que llevas dentro, porque es igual al mío.
—Steve me conoce mejor de lo que tú jamás lo hiciste —dijo Amira, dando un paso hacia él, desafiante—. Él ve mis cicatrices y no intenta usarlas en mi contra. Tú solo quieres poseerlas.
Michael se movió con una rapidez asombrosa, agarrando a Amira por el cuello y empujándola contra un contenedor de carga. Ella soltó un gruñido, pero sus manos buscaron de inmediato un punto de presión en el brazo de él.
—Él morirá por tu culpa, Amira —siseó Michael cerca de su oído—. Y tú verás cómo todo lo que has construido se desmorona.
—No si yo te mato primero —respondió ella, logrando zafarse y propinándole una patada en el estómago que lo hizo retroceder.
Amira sacó una pequeña navaja que llevaba oculta en su bota, pero antes de que pudiera avanzar, el sonido de un motor rugiendo rompió el silencio del muelle. Un coche derrapó a pocos metros, y Steve McGarrett saltó del vehículo antes de que este se detuviera por completo, con su arma reglamentaria desenfundada.
—¡Suéltala, Michael! —gritó Steve, su voz resonando con una furia que Amira nunca le había escuchado.
Michael se enderezó, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca. Miró a Steve y luego a Amira, una sonrisa retorcida apareciendo en su rostro.
—Vaya, el héroe ha llegado justo a tiempo.
—Te dije que no vinieras sola —dijo Steve, sin apartar la vista de Michael, pero dirigiéndose a Amira.
—Y yo te dije que sé cuidarme sola —respondió ella, aunque en su interior sintió una oleada de alivio que se negó a mostrar.
—Esto no ha terminado —dijo Michael, levantando las manos en un gesto de rendición fingida mientras varios de sus hombres aparecían entre las sombras, todos armados—. Hoy solo quería recordarte quién eres, Amira Roe. Puedes jugar a ser la buena, pero la sangre de la Yakuza nunca se limpia del todo.
—Inténtalo —desafió Steve, dando un paso al frente, cubriendo a Amira con su cuerpo.
Hubo un momento de tensión insoportable, un duelo de miradas entre el orden y el caos, entre el pasado de Amira y su posible futuro. Finalmente, Michael hizo una señal a sus hombres y comenzó a retroceder hacia la oscuridad.
—Nos volveremos a ver, Amira. Y la próxima vez, no habrá marines para salvarte.
Cuando el silencio volvió a reinar en el muelle, Steve se giró hacia Amira. Estaba furioso, pero también visiblemente asustado por lo que podría haber pasado.
—¿En qué demonios estabas pensando? —le espetó, agarrándola por los hombros—. Podría haberte matado.
—Sabía lo que hacía, Steve —respondió ella, aunque su voz flaqueó un poco—. No podía dejar que te pusiera en peligro por algo que es responsabilidad mía.
Steve la miró, y su expresión se suavizó. Soltó un suspiro y la atrajo hacia sí, abrazándola con una fuerza que la dejó sin aliento. Amira se tensó al principio, no acostumbrada a ese tipo de vulnerabilidad, pero finalmente se relajó y apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante y seguro de su corazón.
—No vuelvas a hacer eso —susurró Steve contra su pelo—. No vuelvas a enfrentarte a tu pasado sola.
Amira cerró los ojos, disfrutando por un momento de la calidez de su abrazo. Sabía que Michael no se detendría, que la guerra solo acababa de empezar y que las sombras de su vida anterior seguirían acechándola. Pero mientras sentía los brazos de Steve a su alrededor, por primera vez en mucho tiempo, Amira Roe sintió que no tenía que ser solo acero y manipulación. Quizás, solo quizás, podía permitirse ser algo más.
—Está bien, Steve —murmuró ella, recuperando un poco de su tono habitual—. Pero la próxima vez, asegúrate de llegar con una entrada más espectacular. El derrape ha estado bien, pero le ha faltado estilo.
Steve soltó una carcajada corta y se separó lo justo para mirarla a los ojos.
—Eres imposible, ¿lo sabes?
—Lo sé —sonrió ella, sus ojos brillando con esa mezcla de peligro y promesa—. Y por eso me quieres.
Caminaron juntos hacia el coche, dejando atrás la oscuridad del muelle. La batalla contra Michael Noshimuri estaba lejos de terminar, pero en medio del caos de Hawái, Amira había encontrado algo que nunca esperó encontrar en su vida de infiltrada y criminal: un ancla. Y estaba dispuesta a luchar con uñas y dientes para no dejarla ir.
Se ajustó las gafas de sol y observó a lo lejos la figura que buscaba. Steve McGarrett estaba allí, revisando su equipo de surf, con esa intensidad militar que lo caracterizaba. Amira sonrió para sí misma. Le gustaba Steve. Era recto, honorable y terriblemente predecible en su nobleza. Era el contraste perfecto para alguien como ella, que había pasado años navegando en las aguas más turbias del inframundo criminal.
—Si sigues mirando esa tabla con tanta intensidad, vas a terminar prendiéndole fuego, Steve —dijo ella al acercarse, dejando que su voz destilara esa mezcla de burla y seducción que tan bien manejaba.
Steve se giró, y por un segundo, su expresión severa se suavizó, aunque sus ojos azules mantenían esa chispa de alerta que nunca desaparecía del todo.
—Amira. No te escuché llegar.
—Eso es porque no quería que lo hicieras —respondió ella, deteniéndose a escasos centímetros de él, invadiendo su espacio personal sin el menor reparo—. ¿Cómo va la caza de los malos? ¿O hoy te has tomado el día libre para jugar con las olas?
—Nunca es un día libre en el Five-0 —respondió Steve, dejando la tabla a un lado—. ¿A qué debo el honor? No sueles aparecer por aquí a menos que quieras algo.
Amira soltó una risa ligera, un sonido que era a la vez encantador y peligroso.
—Qué poca fe tienes en mis intenciones. Quizás solo quería ver cómo te queda el neopreno. —Alargó una mano y rozó el hombro del marine, un gesto calculado—. O quizás he oído rumores que podrían interesarte.
Steve se tensó. Conocía a Amira lo suficiente como para saber que su información nunca era gratuita, y que su pasado era un laberinto de secretos que ella protegía con garras y dientes.
—¿Qué tipo de rumores?
—Del tipo que involucra a viejos conocidos —dijo ella, y por un instante, la máscara de seguridad flaqueó, dejando ver una sombra de algo más oscuro—. Michael Noshimuri ha vuelto a la isla, Steve. Y no ha venido a tomar el sol.
El nombre cayó entre ellos como una granada. Steve sabía perfectamente quién era Michael Noshimuri. El hermano de Adam, el hombre que personificaba la cara más violenta de la Yakuza. Pero lo que Steve no sabía, o al menos lo que Amira nunca le había confirmado, era la profundidad del vínculo que ella había tenido con él.
—Pensé que Michael estaba fuera de juego —dijo Steve, cruzándose de brazos, su tono ahora puramente profesional.
—Michael nunca está fuera de juego. Solo espera a que el tablero se limpie para volver a colocar sus piezas —Amira se giró para mirar el océano, ocultando su expresión—. Y yo solía ser su pieza favorita.
Steve la observó en silencio. Recordaba los archivos, los informes fragmentados sobre una agente infiltrada que se había "perdido" en las filas de la Yakuza años atrás. Amira nunca había admitido que esa mujer era ella, pero en momentos como este, la verdad se filtraba por las grietas de su fachada.
—¿Fuiste su novia, Amira? —preguntó Steve en voz baja—. ¿O era parte de la tapadera?
Amira se volvió hacia él, y esta vez no hubo burla en sus ojos. Solo una franqueza cruel que cortaba como un cuchillo.
—Fue real, Steve. Tan real como el hecho de que ahora mismo estoy aquí advirtiéndote. Michael no es como Adam. Él no busca redención. Él busca poder, y cree que yo sigo siendo suya para reclamarme.
—Nadie es dueño de nadie en esta isla mientras yo esté aquí —sentenció Steve con esa determinación inquebrantable que Amira encontraba tan irritante y atractiva a la vez.
—Qué caballero —murmuró ella, recuperando su sonrisa cínica—. Pero ten cuidado, Steve. Michael sabe jugar sucio, y sabe que tú eres mi debilidad actual. No me gustaría que te despeinara ese corte de pelo tan perfecto por mi culpa.
Antes de que Steve pudiera replicar, el teléfono de Amira vibró en su bolso. Ella lo sacó, miró la pantalla y su rostro se transformó en una máscara de piedra.
—Hablando del rey de Roma —dijo, mostrando la pantalla a Steve. No había nombre, solo un número oculto.
—No contestes —ordenó Steve, dando un paso hacia ella.
Amira lo ignoró. Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.
—Vaya, Michael. Has tardado más de lo que esperaba en encontrar mi nuevo número. ¿Estás perdiendo facultades?
La voz al otro lado era un susurro ronco, cargado de una familiaridad que hizo que a Amira se le erizara el vello de la nuca.
—"Amira, mi amor. Hawái es pequeño, y tú brillas demasiado como para pasar desapercibida. He vuelto a casa, y espero que tengas mi cena lista."
—He cambiado de dieta, Michael. Ahora prefiero las cosas... legales. —Lanzó una mirada de reojo a Steve, que la observaba con el ceño fruncido—. No vuelvas a llamarme.
—"Sabes que no acepto un no por respuesta. Nos vemos pronto. Muy pronto."
La llamada se cortó. Amira guardó el teléfono y soltó un suspiro largo, tratando de calmar el latido acelerado de su corazón. No era miedo, se dijo a sí misma. Era adrenalina. O quizás era el peso de los recuerdos de una vida que había intentado enterrar bajo el lujo y la manipulación.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Steve, acercándose lo suficiente como para que ella pudiera sentir el calor de su cuerpo.
—Lo de siempre. Dramas de exnovio psicópata —respondió ella, recuperando su tono ligero, aunque sus dedos temblaban imperceptiblemente—. Quiere jugar, Steve. Y Michael siempre juega para ganar.
—No va a ganar esta vez —dijo Steve, tomándola del brazo con firmeza pero sin brusquedad—. Vas a venir conmigo al cuartel. Necesitamos protegerte y ver qué es lo que trama.
Amira soltó una carcajada seca y se soltó de su agarre.
—¿Protegerme? Steve, cariño, yo sé protegerme sola. He sobrevivido a la Yakuza desde dentro mientras tú todavía estabas aprendiendo a marchar en línea recta. No soy una damisela en apuros.
—Lo sé. Pero ahora no estás sola —insistió él, fijando su mirada en la de ella—. Y no voy a dejar que ese tipo se acerque a ti. No es solo por el trabajo, Amira.
Ella guardó silencio un momento, estudiando el rostro de Steve. Vio la preocupación genuina, la protección feroz que ofrecía a los suyos. Era tan diferente a Michael. Michael la quería como un trofeo, como una extensión de su poder. Steve... Steve la quería a pesar de saber lo peligrosa que era.
—Está bien —cedió ella, aunque con un deje de fastidio fingido—. Iré a tu precioso cuartel. Pero si Danny empieza con sus sermones sobre la seguridad y el orden, no respondo de mis actos.
—Es un trato —dijo Steve, permitiéndose una pequeña sonrisa.
Caminaron hacia el coche de Steve, pero Amira no podía quitarse de encima la sensación de que estaban siendo observados. En las sombras de los edificios cercanos, sabía que los ojos de la Yakuza estaban puestos en ella. Michael no se rendiría fácilmente. Él recordaba el fuego que compartieron, las noches de traición y pasión en las que Amira le había entregado información a la vez que le entregaba su cuerpo. Había sido un juego peligroso en el que ambos habían salido quemados.
Al llegar al cuartel del Five-0, la atmósfera cambió. Danny Williams fue el primero en verlos entrar, y su expresión pasó de la confusión a la exasperación en un segundo.
—Oh, genial. La reina del caos ha vuelto —dijo Danny, dejando unos informes sobre la mesa—. ¿Qué ha pasado ahora? ¿Has robado un banco o solo has venido a romperle el corazón a Steve otra vez?
—Hola para ti también, Danny —respondió Amira, sentándose en una de las mesas con una elegancia perezosa—. Siempre es un placer ver que tu sentido del humor sigue siendo tan... limitado.
—Michael Noshimuri ha vuelto —intervino Steve, cortando la tensión—. Ha contactado con Amira.
El rostro de Danny se puso serio de inmediato. Chin Ho Kelly y Kono Kalakaua, que acababan de entrar, se detuvieron en seco.
—¿Michael? ¿Estás segura? —preguntó Chin, mirando a Amira con cautela.
—Me llamó hace diez minutos —respondió ella, jugando con un mechón de su pelo—. Quiere retomar las cosas donde las dejamos. Y creedme, no terminamos en los mejores términos.
Kono se cruzó de brazos, observando a Amira con una mezcla de respeto y desconfianza.
—Sabemos que estuviste infiltrada con él, Amira. Pero nunca nos diste los detalles. Si vamos a enfrentarnos a él, necesitamos saber a qué nos atenemos.
Amira suspiró y se bajó de la mesa, caminando lentamente por la sala. Sus tacones resonaban en el suelo pulido, el único sonido en el repentino silencio del cuartel.
—Michael es impulsivo, calculador y extremadamente posesivo —comenzó a decir, su voz volviéndose fría—. Cuando estaba con él, yo no era solo una infiltrada. Era su mano derecha. Conocía sus rutas, sus contactos, sus debilidades. Y él conocía las mías. El problema es que Michael no cree en las rupturas. Para él, yo sigo siendo su propiedad.
—Nadie es propiedad de nadie —repitió Steve desde su despacho, saliendo con una carpeta en la mano.
—En su mundo, sí lo eres —replicó Amira, girándose hacia él—. Michael mató a su propio tío para subir en la jerarquía. ¿De verdad crees que le importará pasar por encima de un equipo de élite para recuperarme?
—No va a tener que pasar por encima de nadie, porque lo vamos a coger antes —dijo Steve con autoridad—. Chin, busca cualquier actividad reciente vinculada a los antiguos contactos de Michael. Kono, vigila los puertos. Danny, ven conmigo. Vamos a hablar con Adam.
—¿Adam sabe que su hermano ha vuelto? —preguntó Amira.
—Si no lo sabe, se va a enterar ahora —respondió Steve—. Amira, te quedarás aquí. Es el lugar más seguro de la isla.
Amira arqueó una ceja, una sonrisa burlona jugando en sus labios.
—¿Encerrada en una jaula de cristal? No es mi estilo, Steve.
—No es una jaula, es protección —dijo él, acercándose a ella y bajando la voz—. Por favor. Solo por hoy.
Ella lo miró a los ojos y, por un instante, su fachada de mujer fatal se desmoronó, revelando a la mujer que alguna vez había tenido miedo de no salir viva de la oscuridad.
—Solo porque me lo pides por favor —susurró ella.
Steve asintió y salió con el resto del equipo, dejando a Amira sola en la inmensa sala de mando. Ella se sentó frente a las pantallas, observando los mapas de la isla que tanto amaba y que tanto dolor le había causado.
No habían pasado ni veinte minutos cuando su teléfono volvió a sonar. Pero esta vez no era una llamada. Era un mensaje de texto. Unas coordenadas y una sola frase:
"Sé que estás con él. No le hagas morir por ti. Ven al muelle 39 a medianoche. Sola."
Amira apretó el teléfono con fuerza. Sabía que Michael no estaba bromeando. Conocía su crueldad. Si se quedaba allí, Steve y su equipo estarían en el punto de mira. Y aunque Amira Roe era muchas cosas —manipuladora, calculadora, a veces cruel—, no era una cobarde. Y, sobre todo, no dejaría que el hombre que le había devuelto un poco de luz a su vida pagara por sus pecados del pasado.
Se levantó con decisión, borró el mensaje y se dirigió a la salida. Los guardias del edificio no la detuvieron; después de todo, se movía con la autoridad de alguien que pertenecía allí.
Mientras conducía hacia el muelle, la noche de Hawái se sentía más pesada que de costumbre. El olor a salitre y flores tropicales se mezclaba con el aroma metálico del miedo que intentaba ignorar. Al llegar, el lugar estaba desierto, iluminado solo por unas pocas farolas parpadeantes y la luz de la luna reflejada en el agua negra.
—Sabía que vendrías —dijo una voz desde las sombras.
Michael Noshimuri emergió de la oscuridad. Seguía siendo tan atractivo como ella recordaba, con esa elegancia peligrosa y los ojos fríos como el hielo de un glaciar. Vestía un traje impecable, pero su presencia emanaba una violencia contenida.
—Has perdido el toque, Michael —dijo Amira, deteniéndose a unos metros de él, con las manos en las caderas—. Atraerme aquí con amenazas... es un poco desesperado, ¿no crees?
Michael soltó una risa suave y se acercó a ella. Amira no retrocedió.
—No es desesperación, Amira. Es justicia. Me traicionaste. Me vendiste a la policía y luego desapareciste. Y aun así, aquí estoy, dispuesto a perdonarte si vuelves conmigo.
—No busco tu perdón, Michael. Ya no soy esa chica que se dejaba deslumbrar por tus promesas de poder —respondió ella, su voz firme como el acero—. He cambiado.
—¿Por el marine? —Michael escupió las palabras con desprecio—. He visto cómo lo miras. Es patético. Él no sabe quién eres realmente. Él ama a la versión que tú le enseñas. Yo amo al monstruo que llevas dentro, porque es igual al mío.
—Steve me conoce mejor de lo que tú jamás lo hiciste —dijo Amira, dando un paso hacia él, desafiante—. Él ve mis cicatrices y no intenta usarlas en mi contra. Tú solo quieres poseerlas.
Michael se movió con una rapidez asombrosa, agarrando a Amira por el cuello y empujándola contra un contenedor de carga. Ella soltó un gruñido, pero sus manos buscaron de inmediato un punto de presión en el brazo de él.
—Él morirá por tu culpa, Amira —siseó Michael cerca de su oído—. Y tú verás cómo todo lo que has construido se desmorona.
—No si yo te mato primero —respondió ella, logrando zafarse y propinándole una patada en el estómago que lo hizo retroceder.
Amira sacó una pequeña navaja que llevaba oculta en su bota, pero antes de que pudiera avanzar, el sonido de un motor rugiendo rompió el silencio del muelle. Un coche derrapó a pocos metros, y Steve McGarrett saltó del vehículo antes de que este se detuviera por completo, con su arma reglamentaria desenfundada.
—¡Suéltala, Michael! —gritó Steve, su voz resonando con una furia que Amira nunca le había escuchado.
Michael se enderezó, limpiándose un hilo de sangre de la comisura de la boca. Miró a Steve y luego a Amira, una sonrisa retorcida apareciendo en su rostro.
—Vaya, el héroe ha llegado justo a tiempo.
—Te dije que no vinieras sola —dijo Steve, sin apartar la vista de Michael, pero dirigiéndose a Amira.
—Y yo te dije que sé cuidarme sola —respondió ella, aunque en su interior sintió una oleada de alivio que se negó a mostrar.
—Esto no ha terminado —dijo Michael, levantando las manos en un gesto de rendición fingida mientras varios de sus hombres aparecían entre las sombras, todos armados—. Hoy solo quería recordarte quién eres, Amira Roe. Puedes jugar a ser la buena, pero la sangre de la Yakuza nunca se limpia del todo.
—Inténtalo —desafió Steve, dando un paso al frente, cubriendo a Amira con su cuerpo.
Hubo un momento de tensión insoportable, un duelo de miradas entre el orden y el caos, entre el pasado de Amira y su posible futuro. Finalmente, Michael hizo una señal a sus hombres y comenzó a retroceder hacia la oscuridad.
—Nos volveremos a ver, Amira. Y la próxima vez, no habrá marines para salvarte.
Cuando el silencio volvió a reinar en el muelle, Steve se giró hacia Amira. Estaba furioso, pero también visiblemente asustado por lo que podría haber pasado.
—¿En qué demonios estabas pensando? —le espetó, agarrándola por los hombros—. Podría haberte matado.
—Sabía lo que hacía, Steve —respondió ella, aunque su voz flaqueó un poco—. No podía dejar que te pusiera en peligro por algo que es responsabilidad mía.
Steve la miró, y su expresión se suavizó. Soltó un suspiro y la atrajo hacia sí, abrazándola con una fuerza que la dejó sin aliento. Amira se tensó al principio, no acostumbrada a ese tipo de vulnerabilidad, pero finalmente se relajó y apoyó la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante y seguro de su corazón.
—No vuelvas a hacer eso —susurró Steve contra su pelo—. No vuelvas a enfrentarte a tu pasado sola.
Amira cerró los ojos, disfrutando por un momento de la calidez de su abrazo. Sabía que Michael no se detendría, que la guerra solo acababa de empezar y que las sombras de su vida anterior seguirían acechándola. Pero mientras sentía los brazos de Steve a su alrededor, por primera vez en mucho tiempo, Amira Roe sintió que no tenía que ser solo acero y manipulación. Quizás, solo quizás, podía permitirse ser algo más.
—Está bien, Steve —murmuró ella, recuperando un poco de su tono habitual—. Pero la próxima vez, asegúrate de llegar con una entrada más espectacular. El derrape ha estado bien, pero le ha faltado estilo.
Steve soltó una carcajada corta y se separó lo justo para mirarla a los ojos.
—Eres imposible, ¿lo sabes?
—Lo sé —sonrió ella, sus ojos brillando con esa mezcla de peligro y promesa—. Y por eso me quieres.
Caminaron juntos hacia el coche, dejando atrás la oscuridad del muelle. La batalla contra Michael Noshimuri estaba lejos de terminar, pero en medio del caos de Hawái, Amira había encontrado algo que nunca esperó encontrar en su vida de infiltrada y criminal: un ancla. Y estaba dispuesta a luchar con uñas y dientes para no dejarla ir.
