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Súper perra

Fandom: Liga de la justicia ilimitada

Creado: 5/6/2026

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El Hechizo de la Lujuria de Krypton

La Atalaya flotaba en el silencio gélido del espacio, pero dentro de sus muros de acero y tecnología avanzada, la atmósfera era sofocante. Superman caminaba por los pasillos con una zancada pesada, sus sentidos agudizados más allá de lo razonable. El encuentro con Circe en las ruinas de Eea no solo le había dejado un rastro de magia residual en las venas; había fracturado algo en su psique. El hechizo de la diosa no buscaba destruirlo físicamente, sino corromper su percepción. El "Boy Scout" de Metrópolis ya no veía justicia o heroísmo cuando miraba a sus compañeras; solo veía carne, curvas y una invitación silenciosa tras cada uniforme ajustado.

Se detuvo frente al ventanal del sector de entrenamiento. Sus ojos azules, ahora inyectados con un brillo carmesí casi imperceptible, se fijaron en Wonder Woman. Diana estaba practicando con un saco de combate. Cada vez que su puño impactaba el cuero, sus músculos se tensaban bajo el traje rojo y azul. Superman se percató, con una intensidad que le quemaba la garganta, de lo exageradamente voluptuosa que era la princesa. Sus pechos, firmes y de un tamaño que desafiaba la gravedad, botaban con cada movimiento, y sus caderas, anchas y poderosas, terminaban en un trasero que deformaba la tela de su calzón estrellado.

—Diana —dijo Clark, entrando en la sala. Su voz sonaba más profunda, cargada de una vibración que hizo que la amazona se detuviera en seco.

—Superman —respondió ella, limpiándose el sudor de la frente. Su ingenuidad habitual sobre el mundo del hombre la hacía ignorar el peligro en la mirada de su amigo—. Te noto... diferente. Hay una energía en ti que no reconozco.

Superman se acercó, acortando la distancia hasta que pudo oler el aroma a sándalo y sudor de la guerrera. Su mirada bajó sin pudor hacia el generoso escote del peto dorado.

—Es el mundo, Diana. Me he dado cuenta de que hemos sido demasiado castos. Demasiado rectos. Especialmente tú, con toda esa belleza desperdiciada en la guerra.

Diana parpadeó, confundida pero extrañamente halagada. En el fondo de su ser, la guerrera sentía una pulsión que siempre había reprimido bajo el código de las amazonas, una lascivia latente que el aura mágica de Clark empezaba a despertar.

—¿Desperdiciada? —preguntó ella con una sonrisa tímida, arqueando su espalda y acentuando sin querer sus prominentes curvas—. Las amazonas valoramos la disciplina, pero... admito que este mundo despierta curiosidades que no sabía que tenía.

—Yo puedo enseñarte a saciarlas —susurró Clark, colocando una mano en su cintura, apretando la carne firme de su cadera.

Antes de que Diana pudiera responder, la puerta se abrió. Dinah Lance, Canario Negro, entró con su habitual aire de suficiencia, moviendo sus largas piernas enfundadas en medias de red. A su lado, Huntress caminaba con su ballesta al hombro, su traje morado dejando al descubierto gran parte de su vientre y sus caderas.

—Espero que no estemos interrumpiendo un momento de "super-meditación" —soltó Dinah con sarcasmo, aunque sus ojos se clavaron en la figura imponente de Superman.

Clark no se amedrentó. Al contrario, el hechizo de Circe rugió en su interior. Miró a Dinah y a Helena. Ambas eran mujeres de una exuberancia física casi obscena; Canario con su busto desbordante bajo el corpiño de cuero y Huntress con ese aire de rebeldía que gritaba sumisión a gritos.

—Al contrario, Dinah —dijo Superman, soltando a Diana para caminar hacia ellas—. Estábamos hablando de cómo la Liga necesita una nueva estructura. Una más... íntima.

Helena Bertinelli soltó una carcajada seca, aunque sus mejillas se tiñeron de rojo.

—¿Íntima? Si Batman te oye decir eso, pensará que te han lavado el cerebro, azulito. Pero no negaré que te ves mucho más interesante cuando dejas de ser tan perfecto.

—Batman no está aquí —sentenció Clark—. Solo estamos nosotros.

En ese momento, un destello de luz mágica anunció la llegada de Zatanna, quien apareció junto a Vixen y Fire. La sala de entrenamiento se estaba convirtiendo en un despliegue de feminidad desbordante. Zatanna lucía su traje de maga, con un bustier que apenas contenía sus atributos; Mari McCabe, Vixen, caminaba con la gracia de una pantera, sus curvas resaltadas por el traje ajustado que dejaba poco a la imaginación; y Beatriz, Fire, emanaba un calor físico que hacía que su traje verde pareciera estar a punto de derretirse sobre su piel brasileña.

—¿Reunión de emergencia? —preguntó Zatanna, ajustándose la chistera—. Porque si es así, espero que haya trucos nuevos.

Superman las observó a todas. El hechizo de Circe actuaba como un virus, extendiéndose desde él hacia ellas a través de su aura. La moralidad de las heroínas empezó a flaquear. El pragmatismo de Vixen se transformó en un deseo carnal; la alegría de Fire en una lujuria desenfrenada; la lealtad de Zatanna en una devoción servil hacia el hombre de acero.

—La emergencia —dijo Superman, elevándose unos centímetros del suelo para dominarlas a todas con la mirada— es que he sido un líder ciego. He ignorado lo que realmente sois. No sois solo soldados. Sois mías.

Shayera Hol entró volando, sus alas batiendo el aire con fuerza. La guerrera de Thanagar aterrizó con un golpe seco, con su maza en la mano.

—¿Qué es este sinsentido, Clark? —preguntó con su habitual aspereza, aunque al aterrizar, su mirada se perdió en los músculos del kryptoniano. Su naturaleza de soldado la empujaba a reconocer al macho alfa, y el hechizo terminó de romper su resistencia—. Aunque... tienes un tono de voz que me dan ganas de dejar de pelear y empezar a obedecer.

Incluso las más jóvenes, Supergirl y Stargirl, que acababan de llegar de una misión de patrulla, se quedaron paralizadas ante la atmósfera cargada de la habitación. Kara miró a su primo, sintiendo una conexión extraña, una madurez forzada que la hacía ver su propio cuerpo, y el de las demás, como herramientas de placer para el hombre que ahora gobernaba la estancia. Courtney, siempre buscando validación, sintió que finalmente había encontrado el propósito que buscaba: ser la favorita del más fuerte.

—Kara, Courtney —dijo Superman con una suavidad peligrosa—. Acercaos. Todas, acercaos.

Las diez mujeres, las heroínas más poderosas de la Tierra, se rodearon en un círculo alrededor de él. La escena era irreal. Wonder Woman, la princesa de las Amazonas; Canario Negro, la voz de la justicia; Zatanna, la dueña de la magia; todas ellas, con sus cuerpos voluminosos y sus trajes ajustados, respiraban con dificultad, sus pechos subiendo y bajando al unísono.

—A partir de hoy —declaró Clark, posando sus manos sobre los hombros de Diana y Mari—, la Liga tiene una nueva prioridad. Me serviréis. En el campo de batalla y en mis aposentos. Seréis mis perras de guerra, mis putas personales. ¿Hay alguna objeción?

Dinah Lance soltó un suspiro tembloroso, su sarcasmo enterrado bajo una oleada de calor que le recorría los muslos.

—Ninguna, Superman —respondió la rubia, bajando la cabeza en señal de sumisión mientras sus manos acariciaban sus propias caderas—. Siempre supe que debajo de esa capa había un hombre que sabía cómo poner a una mujer en su sitio.

—Es justicia poética —añadió Huntress, con una sonrisa lasciva—. Después de tanto tiempo jugando a los héroes, es hora de jugar a algo más sucio.

Zatanna murmuró unas palabras en su lengua invertida, pero no fue un hechizo de ataque, sino uno de vinculación.

—.oyut se Todo ,ralC —dijo ella, con los ojos brillando de deseo.

Wonder Woman dio un paso al frente, su fuerza descomunal ahora rendida ante la voluntad del kryptoniano.

—En Temiscira no tenemos hombres —susurró Diana, rozando el pecho de Superman con sus dedos—. Pero si todos son como tú, entiendo por qué mi madre nos mantuvo alejadas. Estoy lista para ser lo que tú quieras que sea. Una guerrera en el día, y tu puta en la noche.

Fire y Vixen se acercaron por detrás, frotándose contra la capa roja de Clark. Beatriz soltó una pequeña llama de excitación.

—Va a hacer mucho calor en esta estación espacial —rio la brasileña.

Supergirl, aceptando su nuevo rol con una sumisión absoluta hacia su familia, se arrodilló a los pies de su primo.

—Enséñanos, Clark. Enséñanos nuestra verdadera función —pidió Kara, mientras Stargirl asentía a su lado, sus ojos brillando con una devoción ciega.

Incluso Barbara Gordon, que observaba la escena a través de los monitores desde la Batcomputadora, sintió que su habitual optimismo se transformaba en una necesidad imperiosa de estar allí, de ser parte de ese harén de metahumanas. No tardó en dar la orden a su jet privado para dirigirse a la Atalaya.

Superman sonrió. El hechizo de Circe había triunfado, pero él ya no lo veía como una maldición. Era el nuevo orden mundial. Las mujeres más poderosas del planeta estaban a sus pies, con sus cuerpos exuberantes listos para ser usados, sus voluntades quebradas y sus almas convertidas en las de cortesanas de lujo para el rey de la Tierra.

—Bien —dijo Superman, rodeando con un brazo la cintura de Diana y con el otro la de Shayera, mientras las demás se agolpaban contra él—. Empecemos con el entrenamiento.

La Atalaya, una vez símbolo de esperanza, se convirtió esa noche en el palacio privado de un dios y sus diez esclavas, donde el eco de la justicia fue reemplazado por gemidos de sumisión y el roce constante de la licra y el cuero contra la piel. El mundo de los hombres no sabía que sus protectoras habían encontrado un nuevo dueño, y que ellas nunca habían sido tan felices de ser, en el fondo, exactamente lo que Clark quería que fueran.
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