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Mal Roomate

Fandom: Genshin Impact

Creado: 5/6/2026

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RomanceDramaHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAmbientación CanonLenguaje Explícito
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Ecos de un Deseo Iracional

La luz de la mañana en Sumeru City se filtraba a través de las persianas de diseño industrial del lujoso departamento, proyectando líneas implacables sobre el rostro de Alhaitham. El erudito, siempre puntual y de una disciplina férrea, se encontraba sentado en el borde de su cama, con la cabeza gacha y las manos presionando sus sienes. El silencio de la habitación, que normalmente era su refugio, se sentía ahora denso y cargado de una estática incómoda.

Había sido un sueño. Solo un sueño. Un subproducto de la fatiga neuronal, el estrés acumulado por los cierres de proyectos en el consejo de investigación y, quizás, una cena demasiado tardía. Esa era la explicación lógica. La única que Alhaitham estaba dispuesto a aceptar.

Sin embargo, su cuerpo no parecía estar de acuerdo con su mente analítica. El calor residual en su piel, la humedad incómoda entre sus sábanas y el latido desbocado de su corazón contaban una historia diferente. En su mente, la imagen de Kaveh —no el Kaveh que se quejaba del precio del café, sino un Kaveh de ojos nublados por el deseo, con el cabello rubio esparcido sobre las almohadas y su nombre escapando entre jadeos de sus labios— se negaba a disiparse.

—Es biológicamente absurdo —murmuró Alhaitham para sí mismo, su voz ronca por la falta de sueño.

Se levantó con movimientos mecánicos, tratando de ignorar la viveza de los recuerdos táctiles que lo asaltaban: la suavidad de la espalda de Kaveh bajo sus palmas, la resistencia de sus músculos, el contraste de su piel pálida contra la suya. Cada detalle era tan nítido que rozaba lo obsceno.

Alhaitham entró en la ducha, dejando que el agua fría golpeara su nuca en un intento desesperado por recuperar su habitual indiferencia. Se vistió con su rigor acostumbrado: pantalones oscuros de corte impecable y un jersey de cuello alto que se ajustaba a su complexión atlética. Se colocó los auriculares dorados, aunque no puso música; solo buscaba el aislamiento acústico, una barrera física entre él y el mundo. O más bien, entre él y su compañero de cuarto.

Cuando finalmente salió al pasillo principal, el aroma a café recién hecho y pan tostado inundó sus sentidos. En la cocina de concepto abierto, Kaveh ya estaba activo. El arquitecto vestía una camisa de seda color crema, ligeramente holgada, y unos pantalones ajustados que acentuaban su figura delgada. Tenía el cabello recogido en un moño desordenado, con ese mechón trenzado cayendo sobre su hombro.

—¡Buenos días, Alhaitham! —exclamó Kaveh sin darse la vuelta, concentrado en verter leche en su taza—. Pensé que habías decidido hibernar. Llegas diez minutos tarde a tu rutina de desayuno. ¿Tanto te agotó la reunión de ayer?

Alhaitham no respondió de inmediato. Se quedó paralizado a un par de metros, observando la curva del cuello de Kaveh. En su sueño, hace apenas una hora, Alhaitham había enterrado el rostro en ese mismo punto, inhalando el perfume a sándalo y pintura que siempre emanaba del rubio. La visión fue tan vívida que sintió un vuelco en el estómago.

—¿Te comieron la lengua los protocuadrados? —Kaveh se giró, con una sonrisa burlona que se desvaneció en el acto al ver la expresión de su compañero—. Por los siete... te ves terrible. Tienes unas ojeras que llegan hasta el desierto de Hypostyle. ¿Estás enfermo?

—Estoy perfectamente —respondió Alhaitham, su voz más seca y cortante de lo habitual. Caminó hacia la cafetera, evitando el contacto visual directo.

—No, no lo estás —insistió Kaveh, dejando la taza sobre la encimera de mármol y acercándose un paso—. Estás más malhumorado de lo normal, y eso ya es decir mucho. Si es por el recibo de la luz, ya te dije que lo pagaré en cuanto el cliente me deposite el adelanto de la mansión en Puerto Ormos.

—No es el dinero, Kaveh. Es tu incapacidad para guardar silencio a estas horas del día.

Kaveh soltó un suspiro dramático, cruzándose de brazos.

—Siempre tan encantador. Solo intentaba ser un buen roommate y ofrecerte un poco de conversación humana antes de que te encierres en esa oficina gris. Pero claro, pedirte un mínimo de cortesía es como pedirle a un hongo que resuelva ecuaciones diferenciales.

Alhaitham apretó el asa de su taza con fuerza. Normalmente, este intercambio de pullas era la base de su convivencia, una danza intelectual que ambos disfrutaban a su manera. Pero hoy, cada palabra de Kaveh, cada movimiento de sus manos expresivas, le recordaba la forma en que esas mismas manos se habían aferrado a sus hombros en la oscuridad de su inconsciente.

—¿Por qué me miras así? —preguntó Kaveh, frunciendo el ceño. Su tono perdió la burla y se volvió genuinamente confuso—. Tienes una mirada... extraña. Como si estuvieras analizando un plano que no cuadra.

—Simplemente estoy cansado —dijo Alhaitham, obligándose a tomar un sorbo de café negro—. No dormí bien.

—¿Pesadillas? —Kaveh suavizó la voz. A pesar de sus constantes peleas, su naturaleza empática siempre terminaba saliendo a flote.

—Algo así —mintió Alhaitham, aunque para él, la intensidad de lo que había sentido rozaba lo terrorífico por lo incontrolable.

—Bueno, si quieres, puedo preparar algo más sustancioso para la cena. Tal vez eso te ayude a relajarte. O podrías intentar leer algo que no sea un manual de logística, por una vez en tu vida.

Kaveh se inclinó ligeramente sobre la encimera para alcanzar el azucarero, y la tela de su camisa se tensó contra su espalda. Alhaitham sintió un fogonazo de calor recorrerle la columna. La imagen mental de Kaveh arqueándose bajo él, pidiendo más, se superpuso a la realidad con una crueldad asombrosa.

—No te molestes —soltó Alhaitham con brusquedad, dejando la taza a medio terminar—. Tengo mucho trabajo. No me esperes para cenar.

—¡Vaya! —Kaveh levantó las manos en señal de rendición—. Perdona por existir, ¡oh, gran escriba! No sabía que mi presencia fuera tan ofensiva hoy.

Alhaitham no esperó a escuchar el resto de la queja. Tomó su maletín y salió del departamento casi huyendo, dejando a un Kaveh desconcertado y ofendido en medio de la cocina.

El día en la oficina fue un desastre de productividad. Alhaitham, el hombre que podía leer tres informes simultáneamente mientras escuchaba una conferencia, no lograba concentrarse en un solo párrafo. Cada vez que cerraba los ojos, el eco de un gemido imaginario resonaba en sus oídos. Cada vez que veía a alguien con una prenda de color rubio, su mente viajaba de regreso a la calidez de su cama.

—Es una fijación psicológica residual —se dijo a sí mismo, sentado en su escritorio—. El cerebro intenta procesar la tensión constante de vivir con alguien tan opuesto a mí mediante una metáfora erótica. Es una función biológica de descarga de estrés. Nada más.

Pero la lógica fallaba cuando intentaba explicar por qué su cuerpo reaccionaba con tanta intensidad ante la simple idea. Él nunca se había considerado un hombre impulsivo. Siempre había visto las relaciones y el deseo como variables que podían ser gestionadas. Kaveh, sin embargo, era la variable que siempre rompía sus ecuaciones.

Cuando regresó al departamento, ya entrada la noche, esperaba encontrar las luces apagadas y a Kaveh retirado en su taller de arquitectura. Pero la sala estaba iluminada por una luz cálida y tenue. Kaveh estaba sentado en el sofá, rodeado de planos y maquetas, con una copa de vino a medio terminar sobre la mesa ratona.

—Has vuelto tarde —dijo Kaveh, sin levantar la vista de su dibujo—. Hay estofado en la cocina. Está frío, pero supongo que tu intelecto superior puede manejar el uso de un microondas.

Alhaitham dejó sus cosas en la entrada y se quedó observándolo desde la sombra del pasillo. Kaveh se veía cansado; tenía una mancha de tinta en la mejilla y el cabello más desordenado que en la mañana. Se veía real. Demasiado real.

—Gracias —dijo Alhaitham, su voz apenas un susurro.

Kaveh finalmente levantó la vista, dejando a un lado su estilógrafo. Sus ojos castaños rojizos buscaron los de Alhaitham, tratando de descifrar el enigma que su roommate representaba ese día.

—Alhaitham, en serio... ¿qué te pasa? —Kaveh se puso de pie y caminó hacia él—. Has estado extraño desde que te despertaste. Y no es tu extraño habitual de "soy un genio incomprendido". Es algo más. Estás... tenso.

—No es nada que te incumba, Kaveh.

—Vivimos juntos. Si vas a estar caminando por aquí como un espectro de mal humor, claro que me incumbe. —Kaveh se detuvo a escasos centímetros de él, invadiendo su espacio personal con la confianza de quien una vez fue su mejor amigo—. ¿Es por lo que hablamos el otro día sobre los gastos del edificio? ¿O es por el proyecto de la Academia?

—No es nada de eso —respondió Alhaitham, sintiendo cómo el aire se volvía escaso.

Kaveh, frustrado por la falta de respuesta, extendió una mano y la puso sobre el hombro de Alhaitham, con la intención de sacudirlo un poco para que reaccionara. Pero en cuanto sus dedos tocaron la tela del jersey, Alhaitham reaccionó como si lo hubieran quemado.

Atrapó la muñeca de Kaveh con una rapidez asombrosa, apretándola con una fuerza que no pretendía ser hiriente, pero que era innegablemente posesiva.

—No me toques —dijo Alhaitham, aunque sus ojos no mostraban rechazo, sino un hambre oscura y profunda que Kaveh nunca había visto en él.

Kaveh se quedó sin aliento, su corazón dando un vuelco. La cercanía era abrumadora. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Alhaitham, un calor que contradecía su fachada de hielo.

—Alhaitham... me estás apretando —susurró Kaveh, pero no intentó soltarse. Sus ojos se abrieron de par en par al notar la intensidad de la mirada del otro—. Tu mirada... me estás mirando igual que en...

Kaveh se calló de golpe, un rubor intenso subiendo por sus mejillas.

—¿Igual que en qué? —preguntó Alhaitham, su voz descendiendo a un tono peligroso, dando un paso adelante, obligando a Kaveh a retroceder hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo.

—Nada —balbuceó Kaveh, desviando la mirada—. Es solo que... yo también tuve un sueño extraño anoche. Pensé que era el único.

El silencio que siguió fue atronador. Alhaitham soltó la muñeca de Kaveh, pero no retrocedió. En lugar de eso, apoyó una mano en la pared, al lado de la cabeza del rubio, acorralándolo.

—¿Qué soñaste, Kaveh? —preguntó, su aliento rozando la oreja del arquitecto.

Kaveh tragó saliva, sintiendo que sus piernas flaqueaban. La arrogancia y el sarcasmo se habían evaporado, dejando solo una vulnerabilidad eléctrica.

—Soñé que... que no peleábamos —confesó Kaveh en un hilo de voz—. Soñé que finalmente me dabas lo que siempre he buscado en esta casa.

—¿Y qué es lo que buscas? ¿Validación? ¿Dinero?

—No seas idiota —Kaveh se atrevió a mirarlo a los ojos, y Alhaitham vio en ellos el mismo deseo desesperado que él mismo había estado intentando suprimir—. Buscaba esto.

Kaveh llevó sus manos al cuello de Alhaitham, tirando de él hacia abajo. No fue un beso suave ni tentativo. Fue una colisión de años de frustración, tensión sexual no resuelta y una soledad compartida bajo el mismo techo.

Alhaitham soltó un gruñido bajo, una rendición final de su lógica ante el instinto. Sus manos, que tanto habían anhelado tocar a Kaveh durante todo el día, se hundieron en el cabello rubio y en la cintura del arquitecto, atrayéndolo hacia él con una urgencia feroz. El sueño se estaba volviendo realidad, pero la realidad era mil veces más embriagadora.

—Esto es una decisión irracional —logró decir Alhaitham entre besos, su voz cargada de una pasión que nunca se permitió mostrar.

—Cállate de una vez, Alhaitham —respondió Kaveh, jadeando, mientras desabrochaba los primeros botones de su propia camisa con manos temblorosas—. Por una vez en tu vida, deja de pensar y siente.

Alhaitham no necesitó más invitación. Levantó a Kaveh en vilo, obligándolo a rodear su cintura con las piernas. Kaveh soltó un gemido que fue ahogado por la boca de Alhaitham, un sonido que el erudito reconoció instantáneamente de su sueño, pero que ahora vibraba contra su propia piel.

Caminaron de forma torpe hacia la habitación de Alhaitham, tropezando con los muebles, sin dejar de besarse, como si el contacto fuera el único oxígeno disponible en el mundo. El orden y la pulcritud que Alhaitham tanto valoraba fueron sacrificados en el altar del deseo.

Una vez que cayeron sobre la cama, la ropa comenzó a desaparecer en un frenesí de manos ansiosas. Alhaitham se detuvo un momento, observando a Kaveh bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. El rubio estaba allí, real, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, sus ojos brillantes fijos en él.

—No voy a poder detenerme —advirtió Alhaitham, su mano recorriendo el costado de Kaveh, memorizando cada curva.

—No te atrevas a detenerte —replicó Kaveh, extendiendo la mano para acariciar la mejilla de Alhaitham—. Llevo demasiado tiempo esperando a que dejes de ser un libro cerrado.

Alhaitham se inclinó y capturó un pezón de Kaveh con sus labios, provocando que el arquitecto arqueara la espalda y soltara un grito ahogado. El contraste entre la frialdad habitual de Alhaitham y la devoción ardiente con la que adoraba el cuerpo de Kaveh era casi insoportable para el rubio.

Cada caricia, cada beso, era una conversación que no habían podido tener con palabras. Alhaitham usaba sus manos para pedir perdón por su frialdad, y Kaveh usaba sus gemidos para confesar cuánto lo necesitaba.

Cuando finalmente se unieron, el mundo fuera de esa habitación dejó de existir. No había Academia, no había deudas, no había lógica. Solo existía el ritmo de sus cuerpos, el calor de su aliento y la certeza de que, a partir de esa noche, nada en el lujoso departamento volvería a ser igual.

Alhaitham se perdió en la sensación de Kaveh rodeándolo, en la forma en que el rubio pronunciaba su nombre como si fuera una oración. El sueño había sido una advertencia, un eco de un deseo que ya no podía ser contenido por las paredes de la razón.

Horas más tarde, cuando la respiración de ambos se calmó y el sudor se enfrió sobre su piel, Alhaitham permaneció abrazado a Kaveh, sintiendo el latido del corazón del arquitecto contra su pecho.

—Alhaitham —susurró Kaveh, con los ojos cerrados, acurrucándose más contra él.

—¿Mmm?

—Mañana... mañana vas a volver a ser un imbécil arrogante, ¿verdad?

Alhaitham guardó silencio por un momento, aspirando el aroma de Kaveh, ahora mezclado con el suyo propio.

—Probablemente —respondió con sinceridad—. Pero ahora sé qué hay debajo de esa arrogancia. Y tú también.

Kaveh sonrió levemente, quedándose dormido con una paz que no había sentido en años. Alhaitham, por su parte, se quedó despierto un poco más, observando al hombre que había invadido sus sueños y que ahora, finalmente, habitaba su realidad de una manera que la lógica nunca podría explicar, pero que su corazón ya no estaba dispuesto a negar.

El eco del deseo se había convertido en una melodía, y por primera vez, Alhaitham estaba dispuesto a escucharla sin intentar analizar sus notas.
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