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Yvos-9
Fandom: Xylos-4
Creado: 5/6/2026
Etiquetas
RomanceCiencia FicciónHistoria DomésticaFluffPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)Lenguaje Explícito
Bajo el calor de un regalo anticipado
El aire frío de Xylos-4 golpeaba los cristales de la vivienda, un recordatorio constante de que este planeta no era el hogar ardiente de Yvos-9. Kasuto Saito suspiró al cruzar el umbral de su casa, sacudiéndose el cansancio de una jornada agotadora en su trabajo de medio tiempo. Sus hombros, anchos y atléticos, se relajaron al sentir el cambio de temperatura, aunque para él, el clima de Xylos-4 era simplemente refrescante.
Lo primero que notó fue el aroma. No era el olor a limpieza habitual, sino algo más profundo, especiado y cálido. Al mirar hacia la cocina, vio que la cena ya estaba lista, servida con un orden que denotaba esmero. Una pequeña sonrisa curvó sus labios. No esperaba visitas, pero solo había una persona con la llave y la suficiente confianza para adueñarse de su cocina.
Subió las escaleras con pasos silenciosos, movido por una mezcla de curiosidad y afecto. Al entrar en su habitación, la escena le robó el aliento por un segundo. Sobre su cama, un bulto informe de mantas se movía rítmicamente. Kazuke estaba allí, enterrado bajo capas de tejido para combatir la pérdida de calor que tanto lo atormentaba.
Kasuto se acercó a la cama y se inclinó, dejando que sus antenas vibraran levemente al detectar la presencia del otro. Se acercó a lo que parecía ser el lugar donde descansaba la cabeza de su novio y susurró con voz ronca:
—Menta… despierta, pequeño.
El bulto se retorció. Kazuke emitió un quejido sordo antes de asomar su rostro de piel verde brillante y cabello color menta. Sus ojos oscuros estaban nublados por el sueño y sus antenas se agitaron con torpeza. Se sentó con lentitud, tallándose los ojos con las manos, pareciendo más pequeño de lo que realmente era debido a la montaña de cobijas que lo rodeaba.
—¿Kass? —preguntó con voz pastosa—. ¿Qué hora es? ¿Ya volviste?
—Es prácticamente de noche —respondió Kasuto, soltando una risita suave—. Te quedaste frito, Menta.
Kasuto lo observó con adoración, pero algo llamó su atención. Al mirar hacia abajo, notó que las mantas se habían deslizado un poco, revelando algo que no encajaba con el estilo habitual de Kazuke. El chico de Yvos-9 solía vestir capas y capas de ropa holgada, incluso para dormir, pero lo que asomaba por debajo del borde de la manta no parecía un jersey de lana grueso.
—Oye, ¿qué llevas puesto? —preguntó Kasuto con un brillo travieso en los ojos.
—Nada… es solo… ropa —balbuceó Kazuke, poniéndose rojo al instante, un tono carmesí que contrastaba vívidamente con su piel verde.
—Déjame ver. —Kasuto comenzó a tirar de la manta, burlándose de la resistencia desesperada de su novio.
—¡No! ¡Kass, para! ¡Está haciendo frío! —protestó Kazuke, aunque no ponía toda su fuerza en el forcejeo.
Con un movimiento rápido y experto, Kasuto logró despojarlo de su refugio de lana. La imagen que quedó al descubierto lo dejó mudo por un instante. Kazuke no llevaba sus habituales sudaderas gigantes. Vestía únicamente una camiseta blanca, de una tela tan fina que resultaba casi transparente, y sus boxers. La prenda se pegaba a su cuerpo, resaltando su complexión delgada pero sorprendentemente fibrosa, fruto del entrenamiento tradicional de su planeta natal.
Kasuto parpadeó y entonces, como si se encendiera un interruptor, lo comprendió todo. Miró el reloj de pared: faltaban apenas tres horas para la medianoche. Mañana era su cumpleaños.
—Vaya, vaya… —Kasuto se acercó lentamente, su tono volviéndose peligrosamente coqueto—. Así que este es mi regalo adelantado. No sabía que mi tímido Menta tenía este lado tan… exhibicionista.
—¡Cállate! —espetó Kazuke, ocultando el rostro entre sus manos, aunque no se movió de la cama—. Solo pensé que… que te gustaría. Pero si vas a ser un idiota, me iré a poner mi pijama de franela ahora mismo.
Kasuto lo atrapó por las muñecas antes de que pudiera levantarse, inmovilizándolo con suavidad contra el colchón. La diferencia de temperatura entre ambos era palpable; Kasuto irradiaba un calor intenso, casi febril para los estándares humanos, pero perfecto para un Velde de Yvos-9.
—No te atrevas a moverte —le susurró Kasuto al oído, disfrutando de cómo las antenas de Kazuke temblaban ante el contacto—. Te ves increíble. Aunque, si quieres que me calle, vas a tener que usar esa boca para algo más que quejarte.
Kazuke gruñó, un sonido que pretendía ser de molestia pero que terminó siendo un suspiro de rendición. A pesar de su timidez social, cuando estaba a solas con Kasuto, su lealtad y su deseo de complacerlo superaban cualquier barrera.
—Eres un imbécil —murmuró Kazuke, tirando de la nuca de Kasuto para acortar la distancia.
El primer beso fue una explosión de necesidad contenida. Kasuto era experto en leer a las personas, pero con Kazuke no necesitaba análisis; sentía su pulso acelerado bajo sus dedos. Los besos se volvieron más profundos, más hambrientos, mientras las manos de Kasuto exploraban la piel suave y brillante de su novio. La camiseta blanca no tardó en ser descartada, dejando al descubierto la fuerza oculta en los músculos de Kazuke.
Kasuto se posicionó sobre él, siendo el que llevaba el ritmo, consciente de que Kazuke necesitaba sentirse seguro y contenido. Con paciencia, comenzó a prepararlo, usando sus dedos con una delicadeza que contrastaba con las palabras vulgares y provocadoras que le susurraba al oído para desarmar su timidez.
—¿Estás bien así, Menta? —preguntó Kasuto, observando cómo la expresión de Kazuke se transformaba en una máscara de puro placer.
—Dos… pon dos —logró articular el chico de cabello menta, con la respiración entrecortada.
Cuando Kasuto finalmente se unió a él en la posición del misionero, el mundo exterior desapareció. Kasuto se movía con una lentitud deliberada, buscando la profundidad, intentando ser cuidadoso a pesar del deseo que lo quemaba por dentro. Sin embargo, cada embestida arrancaba de Kazuke un sonido que Kasuto nunca había escuchado en el club de jardinería: una voz ronca, grave, cargada de una virilidad que Kazuke solía esconder bajo su apariencia frágil.
—¡Kass… ah… justo ahí! —gritó Kazuke, arqueando la espalda, sus manos aferrándose con fuerza a los hombros atléticos de su novio.
Kasuto encontró el punto exacto y no le dio tregua. La resistencia física de Kasuto, forjada en años de atletismo, le permitía mantener un ritmo constante y vigoroso. Kazuke se retorcía bajo él, abrumado por la intensidad del contacto. El placer fue escalando hasta que Kazuke llegó al límite, seguido poco después por Kasuto, quien se derrumbó sobre el pecho de su novio, ambos jadeando en sintonía.
Pero la noche apenas comenzaba. Tras un breve respiro, el deseo volvió a encenderse, alimentado por la cercanía y el calor compartido.
—Ponte de rodillas —pidió Kasuto con suavidad pero con firmeza.
Kazuke obedeció, apoyando el pecho contra las sábanas revueltas y elevando levemente las caderas. En esta posición, "en cuatro", la vulnerabilidad de Kazuke despertaba el instinto protector y posesivo de Kasuto. Sus manos rodearon la cintura de Kazuke, anclándolo mientras volvía a entrar en él.
Cada embestida era como un rayo de electricidad para Kazuke. Su mente, usualmente llena de datos botánicos y preocupaciones académicas, se convirtió en un bullicio de sensaciones blancas y puras. Kasuto, por su parte, parecía no tener fin. Su resistencia era legendaria, y aunque Kazuke volvió a alcanzar el clímax rápidamente, Kasuto no se detuvo. Continuó moviéndose, sobreestimulando a su pareja, llevándolo a un estado de éxtasis donde las palabras ya no tenían sentido, solo los gemidos y el sonido de sus cuerpos chocando.
—No… no pares… —suplicaba Kazuke, aunque sus piernas temblaban violentamente.
Finalmente, Kasuto lo llevó a la pared de la habitación, buscando un último encuentro antes de que el cansancio los venciera por completo. Contra la superficie fría de la pared, el calor corporal de Kasuto era la única ancla de Kazuke. La posición permitía una penetración profunda que hacía que el chico de Yvos-9 temblara de pies a cabeza. Su voz, ya dañada por los gritos anteriores, salía en un susurro ronco y grave que volvía loco a Kasuto.
Kasuto golpeaba con una brutalidad controlada, disfrutando de la forma en que Kazuke se aferraba a él como si fuera lo único sólido en un universo que se desmoronaba. Cuando ambos terminaron por tercera vez, el silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones pesadas.
Se dejaron caer sobre la cama, entrelazando sus extremidades. Kazuke se acurrucó contra el costado de Kasuto, buscando su calor natural, ese que lo hacía sentir que Xylos-4 no era un lugar tan frío después de todo.
—Eres un animal, Saito —susurró Kazuke, recuperando un poco de su sarcasmo habitual, aunque su mano acariciaba con ternura el abdomen de su novio.
—Tú fuiste el que empezó esto con esa camiseta —rio Kasuto, rodeándolo con el brazo—. No me culpes por disfrutar de mi regalo.
Kazuke se incorporó un poco, apoyando la barbilla en el pecho de Kasuto. Lo observó con detenimiento, notando las pequeñas gotas de sudor y la paz en su rostro. Con movimientos lentos y expertos, Kazuke comenzó a masturbarlo, devolviéndole el placer con una atención meticulosa. Observaba cómo las expresiones de Kasuto cambiaban, cómo cerraba los ojos y apretaba la mandíbula cuando Kazuke encontraba el ritmo y la presión adecuados. Era su forma de decirle cuánto lo amaba, de demostrarle que, a pesar de su timidez, estaba dispuesto a todo por él.
Cuando terminaron, el agotamiento era absoluto, pero la satisfacción que flotaba en el aire era casi tangible. Se limpiaron con pereza y se envolvieron de nuevo en las mantas, esta vez piel contra piel.
Kasuto miró el reloj. Faltaba un minuto para la medianoche.
—¿Sabes? —dijo Kasuto, besando la frente de Kazuke—. Este es, por mucho, el mejor cumpleaños que he tenido. Gracias por no ponerte el pijama de franela.
Kazuke sonrió, una sonrisa auténtica y cálida que rara vez mostraba a los demás. Se acercó al oído de Kasuto y, justo cuando el segundero marcó las doce, susurró:
—Feliz cumpleaños, Kass. Te quiero más que a mis plantas… y eso es decir mucho.
Kasuto soltó una carcajada y lo apretó contra sí. En la oscuridad de la habitación, protegidos del frío exterior de Xylos-4, los dos Velde se quedaron dormidos, sabiendo que, mientras se tuvieran el uno al otro, siempre habría un lugar cálido al que llamar hogar.
Lo primero que notó fue el aroma. No era el olor a limpieza habitual, sino algo más profundo, especiado y cálido. Al mirar hacia la cocina, vio que la cena ya estaba lista, servida con un orden que denotaba esmero. Una pequeña sonrisa curvó sus labios. No esperaba visitas, pero solo había una persona con la llave y la suficiente confianza para adueñarse de su cocina.
Subió las escaleras con pasos silenciosos, movido por una mezcla de curiosidad y afecto. Al entrar en su habitación, la escena le robó el aliento por un segundo. Sobre su cama, un bulto informe de mantas se movía rítmicamente. Kazuke estaba allí, enterrado bajo capas de tejido para combatir la pérdida de calor que tanto lo atormentaba.
Kasuto se acercó a la cama y se inclinó, dejando que sus antenas vibraran levemente al detectar la presencia del otro. Se acercó a lo que parecía ser el lugar donde descansaba la cabeza de su novio y susurró con voz ronca:
—Menta… despierta, pequeño.
El bulto se retorció. Kazuke emitió un quejido sordo antes de asomar su rostro de piel verde brillante y cabello color menta. Sus ojos oscuros estaban nublados por el sueño y sus antenas se agitaron con torpeza. Se sentó con lentitud, tallándose los ojos con las manos, pareciendo más pequeño de lo que realmente era debido a la montaña de cobijas que lo rodeaba.
—¿Kass? —preguntó con voz pastosa—. ¿Qué hora es? ¿Ya volviste?
—Es prácticamente de noche —respondió Kasuto, soltando una risita suave—. Te quedaste frito, Menta.
Kasuto lo observó con adoración, pero algo llamó su atención. Al mirar hacia abajo, notó que las mantas se habían deslizado un poco, revelando algo que no encajaba con el estilo habitual de Kazuke. El chico de Yvos-9 solía vestir capas y capas de ropa holgada, incluso para dormir, pero lo que asomaba por debajo del borde de la manta no parecía un jersey de lana grueso.
—Oye, ¿qué llevas puesto? —preguntó Kasuto con un brillo travieso en los ojos.
—Nada… es solo… ropa —balbuceó Kazuke, poniéndose rojo al instante, un tono carmesí que contrastaba vívidamente con su piel verde.
—Déjame ver. —Kasuto comenzó a tirar de la manta, burlándose de la resistencia desesperada de su novio.
—¡No! ¡Kass, para! ¡Está haciendo frío! —protestó Kazuke, aunque no ponía toda su fuerza en el forcejeo.
Con un movimiento rápido y experto, Kasuto logró despojarlo de su refugio de lana. La imagen que quedó al descubierto lo dejó mudo por un instante. Kazuke no llevaba sus habituales sudaderas gigantes. Vestía únicamente una camiseta blanca, de una tela tan fina que resultaba casi transparente, y sus boxers. La prenda se pegaba a su cuerpo, resaltando su complexión delgada pero sorprendentemente fibrosa, fruto del entrenamiento tradicional de su planeta natal.
Kasuto parpadeó y entonces, como si se encendiera un interruptor, lo comprendió todo. Miró el reloj de pared: faltaban apenas tres horas para la medianoche. Mañana era su cumpleaños.
—Vaya, vaya… —Kasuto se acercó lentamente, su tono volviéndose peligrosamente coqueto—. Así que este es mi regalo adelantado. No sabía que mi tímido Menta tenía este lado tan… exhibicionista.
—¡Cállate! —espetó Kazuke, ocultando el rostro entre sus manos, aunque no se movió de la cama—. Solo pensé que… que te gustaría. Pero si vas a ser un idiota, me iré a poner mi pijama de franela ahora mismo.
Kasuto lo atrapó por las muñecas antes de que pudiera levantarse, inmovilizándolo con suavidad contra el colchón. La diferencia de temperatura entre ambos era palpable; Kasuto irradiaba un calor intenso, casi febril para los estándares humanos, pero perfecto para un Velde de Yvos-9.
—No te atrevas a moverte —le susurró Kasuto al oído, disfrutando de cómo las antenas de Kazuke temblaban ante el contacto—. Te ves increíble. Aunque, si quieres que me calle, vas a tener que usar esa boca para algo más que quejarte.
Kazuke gruñó, un sonido que pretendía ser de molestia pero que terminó siendo un suspiro de rendición. A pesar de su timidez social, cuando estaba a solas con Kasuto, su lealtad y su deseo de complacerlo superaban cualquier barrera.
—Eres un imbécil —murmuró Kazuke, tirando de la nuca de Kasuto para acortar la distancia.
El primer beso fue una explosión de necesidad contenida. Kasuto era experto en leer a las personas, pero con Kazuke no necesitaba análisis; sentía su pulso acelerado bajo sus dedos. Los besos se volvieron más profundos, más hambrientos, mientras las manos de Kasuto exploraban la piel suave y brillante de su novio. La camiseta blanca no tardó en ser descartada, dejando al descubierto la fuerza oculta en los músculos de Kazuke.
Kasuto se posicionó sobre él, siendo el que llevaba el ritmo, consciente de que Kazuke necesitaba sentirse seguro y contenido. Con paciencia, comenzó a prepararlo, usando sus dedos con una delicadeza que contrastaba con las palabras vulgares y provocadoras que le susurraba al oído para desarmar su timidez.
—¿Estás bien así, Menta? —preguntó Kasuto, observando cómo la expresión de Kazuke se transformaba en una máscara de puro placer.
—Dos… pon dos —logró articular el chico de cabello menta, con la respiración entrecortada.
Cuando Kasuto finalmente se unió a él en la posición del misionero, el mundo exterior desapareció. Kasuto se movía con una lentitud deliberada, buscando la profundidad, intentando ser cuidadoso a pesar del deseo que lo quemaba por dentro. Sin embargo, cada embestida arrancaba de Kazuke un sonido que Kasuto nunca había escuchado en el club de jardinería: una voz ronca, grave, cargada de una virilidad que Kazuke solía esconder bajo su apariencia frágil.
—¡Kass… ah… justo ahí! —gritó Kazuke, arqueando la espalda, sus manos aferrándose con fuerza a los hombros atléticos de su novio.
Kasuto encontró el punto exacto y no le dio tregua. La resistencia física de Kasuto, forjada en años de atletismo, le permitía mantener un ritmo constante y vigoroso. Kazuke se retorcía bajo él, abrumado por la intensidad del contacto. El placer fue escalando hasta que Kazuke llegó al límite, seguido poco después por Kasuto, quien se derrumbó sobre el pecho de su novio, ambos jadeando en sintonía.
Pero la noche apenas comenzaba. Tras un breve respiro, el deseo volvió a encenderse, alimentado por la cercanía y el calor compartido.
—Ponte de rodillas —pidió Kasuto con suavidad pero con firmeza.
Kazuke obedeció, apoyando el pecho contra las sábanas revueltas y elevando levemente las caderas. En esta posición, "en cuatro", la vulnerabilidad de Kazuke despertaba el instinto protector y posesivo de Kasuto. Sus manos rodearon la cintura de Kazuke, anclándolo mientras volvía a entrar en él.
Cada embestida era como un rayo de electricidad para Kazuke. Su mente, usualmente llena de datos botánicos y preocupaciones académicas, se convirtió en un bullicio de sensaciones blancas y puras. Kasuto, por su parte, parecía no tener fin. Su resistencia era legendaria, y aunque Kazuke volvió a alcanzar el clímax rápidamente, Kasuto no se detuvo. Continuó moviéndose, sobreestimulando a su pareja, llevándolo a un estado de éxtasis donde las palabras ya no tenían sentido, solo los gemidos y el sonido de sus cuerpos chocando.
—No… no pares… —suplicaba Kazuke, aunque sus piernas temblaban violentamente.
Finalmente, Kasuto lo llevó a la pared de la habitación, buscando un último encuentro antes de que el cansancio los venciera por completo. Contra la superficie fría de la pared, el calor corporal de Kasuto era la única ancla de Kazuke. La posición permitía una penetración profunda que hacía que el chico de Yvos-9 temblara de pies a cabeza. Su voz, ya dañada por los gritos anteriores, salía en un susurro ronco y grave que volvía loco a Kasuto.
Kasuto golpeaba con una brutalidad controlada, disfrutando de la forma en que Kazuke se aferraba a él como si fuera lo único sólido en un universo que se desmoronaba. Cuando ambos terminaron por tercera vez, el silencio que siguió solo estaba roto por sus respiraciones pesadas.
Se dejaron caer sobre la cama, entrelazando sus extremidades. Kazuke se acurrucó contra el costado de Kasuto, buscando su calor natural, ese que lo hacía sentir que Xylos-4 no era un lugar tan frío después de todo.
—Eres un animal, Saito —susurró Kazuke, recuperando un poco de su sarcasmo habitual, aunque su mano acariciaba con ternura el abdomen de su novio.
—Tú fuiste el que empezó esto con esa camiseta —rio Kasuto, rodeándolo con el brazo—. No me culpes por disfrutar de mi regalo.
Kazuke se incorporó un poco, apoyando la barbilla en el pecho de Kasuto. Lo observó con detenimiento, notando las pequeñas gotas de sudor y la paz en su rostro. Con movimientos lentos y expertos, Kazuke comenzó a masturbarlo, devolviéndole el placer con una atención meticulosa. Observaba cómo las expresiones de Kasuto cambiaban, cómo cerraba los ojos y apretaba la mandíbula cuando Kazuke encontraba el ritmo y la presión adecuados. Era su forma de decirle cuánto lo amaba, de demostrarle que, a pesar de su timidez, estaba dispuesto a todo por él.
Cuando terminaron, el agotamiento era absoluto, pero la satisfacción que flotaba en el aire era casi tangible. Se limpiaron con pereza y se envolvieron de nuevo en las mantas, esta vez piel contra piel.
Kasuto miró el reloj. Faltaba un minuto para la medianoche.
—¿Sabes? —dijo Kasuto, besando la frente de Kazuke—. Este es, por mucho, el mejor cumpleaños que he tenido. Gracias por no ponerte el pijama de franela.
Kazuke sonrió, una sonrisa auténtica y cálida que rara vez mostraba a los demás. Se acercó al oído de Kasuto y, justo cuando el segundero marcó las doce, susurró:
—Feliz cumpleaños, Kass. Te quiero más que a mis plantas… y eso es decir mucho.
Kasuto soltó una carcajada y lo apretó contra sí. En la oscuridad de la habitación, protegidos del frío exterior de Xylos-4, los dos Velde se quedaron dormidos, sabiendo que, mientras se tuvieran el uno al otro, siempre habría un lugar cálido al que llamar hogar.
