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Alivia mi Dolor

Fandom: Akame Ga Kill

Creado: 5/6/2026

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Cicatrices Compartidas

El silencio en la base de Night Raid era una bestia pesada y sofocante. Se arrastraba por los pasillos de piedra, se enroscaba en los rincones oscuros y se alimentaba del dolor que supuraba de una de las habitaciones. Era un silencio que gritaba nombres: Sheele, Bulat, Chelsea, Susanoo, Lubbock. Y ahora, con una crueldad insoportable, Mine.

Dentro de esa habitación, Tatsumi yacía en su catre, con la mirada perdida en el techo agrietado. Habían pasado meses, o eso le decían. Para él, el tiempo se había fracturado en un único instante eterno: el momento en que el calor de Mine se desvaneció entre sus brazos, el momento en que sus labios, que acababan de probar el sabor de una promesa, se encontraron con la fría quietud de la muerte. Su primer y último beso.

El recuerdo era un veneno que corría por sus venas. Veía su sonrisa, su cabello rosado ondeando mientras caía, la Teigu, Pumpkin, resquebrajándose como su propio corazón. La oía susurrar su nombre, una última declaración de amor que se convirtió en su sentencia de tortura perpetua.

—Lo siento… Tatsumi…

No. Él lo sentía. Lo sentía en cada fibra de su ser. Debió haber sido más fuerte, más rápido. Debió haberla protegido. Como debió proteger a Bulat, su aniki. Como debió haber estado allí para Lubbock. Cada rostro, cada sacrificio, se apilaba sobre sus hombros, una montaña de fracasos que lo aplastaba lentamente.

No comía. La comida se sentía como ceniza en su boca. No dormía. El sueño solo traía pesadillas, repeticiones de sus pérdidas con detalles cada vez más crueles. Se había convertido en un fantasma, una sombra de aquel chico enérgico que llegó a la Capital con sueños de gloria. Ahora, su único sueño era despertar de esa pesadilla, y sabía que eso era imposible.

Najenda lo había intentado. Con su habitual y brusca preocupación, le había ordenado que se recompusiera, que la guerra no esperaba a los afligidos. Leone había intentado ahogar sus penas en alcohol, arrastrándolo a beber, solo para que él se quedara mirando el vaso, inmóvil. Ambos habían desistido, reconociendo la profundidad de una herida que no sabían cómo vendar. Sabían que era inútil.

Pero no todos pensaban así.

Desde la penumbra del pasillo, unos ojos carmesí lo observaban. Akame había estado vigilándolo. No con lástima, sino con una comprensión silenciosa y profunda. Veía el temblor en sus hombros cuando creía que nadie miraba. Oía los sollozos ahogados en la noche. Reconocía la mirada vacía de alguien que ha perdido una parte de su alma. Ella conocía ese abismo mejor que nadie.

Sin hacer ruido, se dirigió a la cocina. El campamento estaba en calma, la mayoría dormía o montaba guardia en el perímetro. El único sonido era el crepitar del fuego en el hogar central. Con movimientos precisos y eficientes, Akame comenzó a preparar la comida. No era una comida cualquiera. Seleccionó el corte más tierno de una Bestia Peligrosa que habían cazado hacía dos días, uno que sabía que a Tatsumi, en otros tiempos, le habría encantado. Lo sazonó con especias que su aldea le había enseñado a usar, no solo para dar sabor, sino para calmar el espíritu.

Mientras cocinaba, su mente se desvió hacia sus propios fantasmas. Cada corte del cuchillo era un eco de un entrenamiento pasado, cada aroma una sombra de una comida compartida con camaradas que ya no estaban. Gozuki, Cornelia, Gin… Nombres que rara vez pronunciaba, pero cuyos rostros estaban grabados a fuego en su memoria. Entendía el dolor de Tatsumi. La culpa. La sensación de que cada vez que te acercas a alguien, lo marcas para la muerte.

Con dos platos humeantes en una bandeja, se dirigió a la habitación de Tatsumi. No llamó. Sabía que no respondería. Simplemente empujó la puerta con cuidado y entró.

La habitación olía a tristeza estancada. Tatsumi no se movió de su posición en la cama, aunque ella supo que él era consciente de su presencia. Dejó la bandeja en la pequeña mesa de madera y se acercó.

—Tatsumi.

Su voz era suave, pero firme. Un ancla en la tormenta de silencio.

Él no respondió. Sus ojos verdes, antes llenos de vida y determinación, ahora eran dos pozos opacos de desesperación.

—Tienes que comer.

Akame movió uno de los platos frente a él. El vapor ascendía, llevando consigo el aroma de la carne asada y las hierbas. Era un olor que debería haberle abierto el apetito, pero a Tatsumi le revolvió el estómago.

—No tengo hambre —murmuró con voz ronca, rota por el desuso.

—No es una pregunta. Es una necesidad. Un cuerpo que no se alimenta no puede luchar. Una mente que no se alimenta no puede pensar.

—¿Y para qué quiero luchar? —replicó él, y por primera vez en semanas, había un destello de emoción en su voz: una amarga y afilada ira—. ¿Para ver morir a más gente? ¿Para que la próxima persona que me importe acabe desangrándose en mis brazos?

Se incorporó de golpe, sus ojos clavados en los de ella, desafiantes y llenos de dolor.

—¡Sheele! ¡Bulat! ¡Chelsea! ¡Lubbock! ¡Y Mine! ¡Mine! —Su voz se quebró al pronunciar el nombre—. Ella murió por mí, Akame. Murió para salvarme. ¿Y qué hice yo? Nada. Solo pude sostenerla mientras se iba. Soy un maldito fracaso. Un talismán de mala suerte. Todo el que se acerca a mí… muere.

Akame no retrocedió ante su explosión. Sostuvo su mirada con una calma imperturbable. Dejó que su dolor fluyera, que las palabras envenenadas salieran de él. Cuando finalmente se detuvo, jadeando, con lágrimas de rabia y pena surcando su rostro, ella habló.

—No eres el único que ha perdido a alguien, Tatsumi.

Se sentó en el borde de la cama, una presencia sólida y tranquila en medio de su caos. Tomó su propio plato y un trozo de carne con sus palillos.

—Cuando estaba en el Grupo de Asesinos de Élite del Imperio —comenzó, su voz un murmullo bajo y constante—, teníamos una regla. Nunca mostrar debilidad. Nunca llorar por los caídos. Llorar significaba que te habías apegado, y el apego era una sentencia de muerte.

Tatsumi la escuchaba, a pesar de sí mismo. Akame rara vez hablaba de su pasado con tanto detalle.

—Mi primera amiga se llamaba Martha. Era torpe con la espada, pero increíblemente rápida. Podía correr más que nadie. Siempre se reía de todo, incluso de sus propios errores. Un día, durante una misión para eliminar a una tribu de rebeldes, caímos en una trampa. Nos rodearon. Martha usó su velocidad para crear una distracción, para que el resto pudiéramos escapar. Lo logró. Escapamos.

Hizo una pausa, masticando lentamente la carne. Sus ojos rojos parecían mirar a través de las paredes de la habitación, hacia un pasado sangriento.

—Cuando volvimos a por ella, ya era tarde. La habían capturado y… torturado. Murió antes de que pudiéramos alcanzarla. Esa noche, en mi habitación, lloré en silencio. Me mordí la mano para no hacer ruido. Al día siguiente, Gozuki, nuestro líder, me vio los ojos hinchados. No me castigó. Simplemente me dijo: «El dolor te hace recordar. Úsalo. Conviértelo en fuerza. Pero si dejas que te consuma, serás la próxima en caer».

Tatsumi se quedó en silencio, la historia de Akame resonando en la habitación. Era tan diferente a sus propias explosiones de dolor. El de ella era un dolor antiguo, destilado y afilado como su propia espada.

—Perdí a más compañeros después de eso —continuó Akame, su voz sin inflexiones, pero cada palabra cargada de peso—. Perdí a Taeko, que me enseñó a encontrar comida en el bosque. A Cornelia, que luchaba con una ferocidad que me asustaba y admiraba a la vez. Cada vez, sentía esa misma punzada. Esa misma culpa. «¿Pude haber hecho más? ¿Si hubiera sido más rápida, más fuerte?».

Dejó los palillos a un lado y se giró para mirarlo directamente.

—Esa culpa, Tatsumi, es un veneno. Te susurra que te rindas. Te dice que no mereces vivir cuando ellos están muertos. Te convence de que tu vida no tiene valor sin ellos. Y si la escuchas, habrás traicionado su sacrificio.

—¡Pero ellos no se sacrificaron para que yo me quedara aquí, pudriéndome de pena! —gritó Tatsumi, golpeando el catre con el puño—. ¡Mine se sacrificó para que yo viviera! ¡Y mira lo que estoy haciendo con ese regalo! ¡Lo estoy desperdiciando! ¡Soy patético!

Las lágrimas volvieron a brotar, esta vez no de ira, sino de una autocompasión pura y desgarradora. Se cubrió el rostro con las manos, su cuerpo sacudido por sollozos que ya no podía contener.

Akame no dijo nada. Simplemente esperó. Dejó que la presa de su dolor finalmente se rompiera. No le ofreció un pañuelo ni una palmada en la espalda. Esos gestos eran vacíos. En cambio, le dio algo mucho más valioso: su presencia incondicional. Se quedó allí, como un faro en su noche más oscura, simplemente existiendo a su lado, compartiendo el peso de su pena sin intentar quitársela.

Pasaron varios minutos. Los sollozos de Tatsumi se convirtieron en un temblor silencioso. Finalmente, bajó las manos. Su rostro estaba enrojecido, sus ojos hinchados, pero por primera vez en meses, había una claridad en ellos. La tormenta había pasado, dejando tras de sí una devastación tranquila.

—¿Cómo… —su voz era apenas un susurro—, cómo lo haces, Akame? ¿Cómo sigues adelante?

Akame volvió a tomar su plato.

—Como.

La respuesta fue tan simple, tan inesperada, que Tatsumi parpadeó, confundido.

—Cada vez que como —explicó ella, mirando la carne en su plato—, recuerdo que estoy viva. Cada bocado es una afirmación. Es un acto de desafío contra la muerte y la desesperación. Como por mí, y como por ellos. Como para tener la fuerza de llevar sus recuerdos, de honrar sus voluntades. No luchamos para morir, Tatsumi. Luchamos para crear un mundo donde la gente no tenga que morir como lo hicieron nuestros amigos. Y para eso, necesitamos estar vivos. Necesitamos estar fuertes.

Acercó el plato de Tatsumi hacia él una vez más. El vapor casi había desaparecido, pero el aroma seguía allí.

—Mine no te salvó para que te murieras de hambre en una habitación oscura. Te salvó porque te amaba. Porque creía en ti y en el futuro que podías ayudar a construir. Dejarte morir es insultar su amor. Es pisotear su último deseo.

Las palabras de Akame no eran amables. Eran duras, directas y absolutamente ciertas. Y eran exactamente lo que Tatsumi necesitaba oír. No era la compasión lo que lo sacaría de su agujero, sino la cruda y afilada verdad.

Miró el plato. La carne, perfectamente asada. Las verduras, dispuestas con cuidado. Era más que comida. Era un salvavidas. Una elección.

Lentamente, con manos temblorosas, tomó los palillos. El simple acto requirió un esfuerzo monumental. Levantó un pequeño trozo de carne. Se sentía pesado, imposible. Lo acercó a sus labios. El sabor de la comida le resultaba extraño, casi ajeno.

Dudó.

En su mente, vio el rostro de Mine. Su sonrisa pícara, su ceño fruncido, la forma en que sus ojos se iluminaban cuando estaba decidida a algo. Y recordó sus últimas palabras, no las de dolor, sino las que le dijo justo antes de su último beso, llenas de una certeza absoluta.

«Te amo, Tatsumi».

El amor no era una carga. Era una fuerza. Su sacrificio no era una condena. Era una misión.

Cerró los ojos y dio el primer bocado.

La carne era tierna, sabrosa. Pero para Tatsumi, el sabor era secundario. Lo que sintió fue una chispa de calor en el vacío helado de su estómago. Una pequeña brasa en la oscuridad. No era mucho, pero era un comienzo.

Masticó lentamente, tragó. Y luego tomó otro trozo. Y otro. No habló. Akame tampoco. No era necesario. El silencio entre ellos ya no era pesado y sofocante. Era un espacio compartido, lleno de un entendimiento que iba más allá de las palabras.

Cuando Tatsumi terminó el último bocado de su plato, no se sintió curado. El dolor seguía ahí, un nudo apretado en su pecho. La imagen de Mine muriendo en sus brazos probablemente lo perseguiría para siempre. La culpa por los demás no se había desvanecido. Pero algo había cambiado. Debajo del dolor, sintió una corriente subterránea de algo más: determinación.

Dejó los palillos sobre el plato vacío y miró a Akame. Sus ojos rojos lo observaban, sin juicio, solo con una quieta aceptación.

—Gracias, Akame —dijo, y su voz, aunque todavía débil, era suya de nuevo.

Ella simplemente asintió.

—Mañana entrenamos al amanecer —dijo, poniéndose de pie y recogiendo la bandeja—. Has perdido fuerza.

No había reproche en su voz, solo un hecho. Tatsumi se encontró esbozando la primera sombra de una sonrisa en meses. Era una sonrisa pequeña, torcida y triste, pero era una sonrisa.

—Estaré allí —respondió.

Akame se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y se giró ligeramente.

—Tatsumi.

—¿Sí?

—No estás solo en esto. Nunca lo has estado.

Y con eso, se fue, dejando a Tatsumi en una habitación que, por primera vez, no se sentía como una tumba, sino como un refugio. El aire ya no estaba estancado; olía a carne asada y a la promesa de un nuevo día.

Se recostó en el catre, pero esta vez no se abandonó a la desesperación. Miró sus manos, las mismas manos que habían sostenido a Mine mientras moría. Pero también eran las manos que empuñaban una espada, las manos que podían luchar, las manos que podían construir.

El dolor no se había ido. Las cicatrices seguían ahí, profundas y dolorosas. Pero Akame le había mostrado que no tenía que dejar que se infectaran. Podía llevarlas como un recordatorio. Un recordatorio de por quién luchaba. Un recordatorio del precio de la paz.

Cerró los ojos, y por primera vez en meses, no temió a las pesadillas. Porque ahora sabía que, sin importar cuán oscura fuera la noche, el amanecer llegaría. Y él estaría allí para recibirlo, con el estómago lleno y el corazón lleno de los nombres de aquellos a los que no permitiría que fueran olvidados. Lucharía por ellos. Viviría por ellos. Y un día, crearía el mundo por el que dieron sus vidas. Esa era ahora su promesa.
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