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Amor prohibido
Fandom: Ninguno
Creado: 5/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaDolor/ConsueloFluffHumorAmbientación Canon
Entre Redes y Torpezas Corazonadas
El sol de la tarde caía pesado sobre el gimnasio de la escuela, filtrándose por los ventanales altos y dibujando rectángulos de luz dorada sobre el suelo de madera barnizada. El chirrido de las zapatillas contra el piso y el eco rítmico de un balón de básquet eran los únicos sonidos que rompían el silencio previo al entrenamiento oficial.
Camilo, con sus casi un metro noventa y esa contextura atlética que lo hacía resaltar incluso estando quieto, hacía girar el balón sobre la punta de su dedo índice. Tenía esa sonrisa ladeada, la de quien sabe que tiene el control de la situación, o al menos, la de quien disfruta fingiendo que lo tiene.
—Che, Iñigo, si seguís mirando el tablero como si fuera a morderte, no la vas a embocar ni de casualidad —soltó Camilo, su voz resonando con ese tono burlón pero extrañamente cálido que siempre usaba.
Iñigo, que estaba a un par de metros de distancia, pegó un pequeño saltito, sobresaltado. Era notablemente más bajo que Camilo, una diferencia que el capitán del equipo nunca perdía oportunidad de remarcar con algún comentario sobre "lo tierno que se veía desde allá arriba". Iñigo se acomodó el flequillo que le caía sobre los ojos y apretó el balón contra su pecho.
—No lo estoy mirando mal, Cam —respondió Iñigo con su suavidad habitual—. Solo estoy calculando el ángulo. La física es importante, ¿sabés?
Camilo soltó una carcajada sonora, dejando que el balón cayera y rebotara contra el suelo antes de atraparlo con una sola mano. Se acercó a Iñigo con pasos largos, invadiendo su espacio personal con esa confianza desparpajada que lo caracterizaba.
—Física, química, biología... Sos un boludo, Iñi —dijo Camilo, despeinándole el cabello con un movimiento brusco pero cariñoso—. En el básquet se trata de sentirlo acá.
Camilo señaló su propio pecho. Iñigo sintió que sus mejillas se encendían un poco. Siempre le pasaba lo mismo cuando Camilo se ponía así de intenso, combinando su faceta de capitán responsable con la de ese chico que no podía pasar cinco minutos sin hacer un chiste o una tontería.
—Bueno, no todos tenemos tu "instinto animal", capitán —replicó Iñigo, intentando sonar sarcástico, aunque el tono dulce de su voz le quitaba cualquier rastro de veneno—. Algunos tenemos que esforzarnos.
—Dale, tirá —lo desafió Camilo, retrocediendo un par de pasos y cruzándose de brazos, mostrando esos bíceps marcados por el entrenamiento—. Si la metés, te compro el alfajor que quieras después de la práctica. Si errás, me tenés que cargar la mochila hasta la salida.
Iñigo lo miró con incredulidad.
—¡Eso es injusto! Tu mochila pesa como si llevaras piedras adentro.
—Es el peso de la responsabilidad, Iñigo. El peso de ser el mejor —Camilo le guiñó un ojo, una de esas expresiones que solían derretir a medio colegio, pero que con Iñigo tenían un efecto mucho más profundo y privado.
Iñigo suspiró, se concentró y lanzó. El balón voló en un arco casi perfecto, pero golpeó el aro, bailó un segundo sobre el metal y finalmente decidió caer hacia afuera.
—¡Noooo! —exclamó Iñigo, dejando caer los hombros con dramatismo.
Camilo soltó una carcajada triunfal y corrió a buscar el rebote.
—¡A la mochila, esclavo! —gritó mientras hacía una bandeja perfecta—. Sos un desastre, pero un desastre lindo, así que te la perdono si me ayudás a guardar las pelotas después.
—Sos un pesado, Camilo —dijo Iñigo, aunque no pudo evitar sonreír mientras veía a su amigo moverse por la cancha con una agilidad que siempre envidiaba.
El entrenamiento pasó rápido. Camilo, a pesar de sus bromas constantes, se tomaba su rol en serio. Dirigía, corregía y alentaba. Pero Iñigo siempre notaba que, cuando se dirigía a él, el tono de Camilo cambiaba sutilmente. No era solo la autoridad del capitán; había una suavidad oculta bajo las burlas, una protección casi instintiva.
Cuando terminaron y el resto del equipo se fue a las duchas entre gritos y empujones, el gimnasio volvió a quedar en penumbras. Solo quedaban ellos dos, encargados de recoger el material.
—Che, Iñi —llamó Camilo mientras metía el último balón en la red metálica.
—¿Qué pasa? —Iñigo estaba sentado en el banco de madera, secándose el sudor de la nuca con una toalla blanca.
Camilo se acercó y se sentó a su lado. La diferencia de altura era evidente incluso sentados; los hombros de Camilo eran anchos y su presencia parecía llenar todo el espacio alrededor de Iñigo. El capitán se quedó en silencio un momento, algo poco habitual en él, jugueteando con los cordones de sus zapatillas.
—¿Te dolió mucho el pelotazo que te diste ayer en la rodilla? —preguntó Camilo, su voz ahora despojada de cualquier rastro de burla—. Te vi renguear un poco cuando salimos de clase.
Iñigo se sorprendió. No pensó que Camilo se hubiera dado cuenta.
—Un poco, pero no es nada. Estoy bien, de verdad.
Camilo no pareció convencido. Sin pedir permiso, se inclinó y tomó la pierna de Iñigo, subiéndola sobre su propio muslo para revisar la rodilla.
—¡Camilo! ¿Qué hacés? —Iñigo sintió un vuelco en el corazón. El contacto de las manos grandes y cálidas de Camilo sobre su piel le envió una descarga eléctrica por toda la columna.
—Callate, boludo. Dejame ver —murmuró Camilo, examinando el pequeño moretón que empezaba a formarse—. Tenés que cuidarte más. Si te pasa algo, ¿quién me va a aguantar las bromas?
Iñigo miró hacia abajo, observando la coronilla de Camilo. El cabello castaño del capitán estaba revuelto y húmedo. En ese momento, la atmósfera en el gimnasio cambió. Ya no era solo el espacio de entrenamiento; se sentía como algo más pequeño, más íntimo.
—Sos muy bueno, ¿sabés? —susurró Iñigo casi sin darse cuenta.
Camilo levantó la vista, todavía sosteniendo la pierna de Iñigo. Sus ojos se encontraron. La mirada de Camilo, usualmente llena de chispas de travesura, ahora era profunda y extrañamente vulnerable.
—¿Bueno? Soy un desastre, Iñigo. Me la paso molestándote —dijo Camilo con una sonrisa pequeña, una que no usaba con nadie más.
—Me molestás porque me querés —respondió Iñigo con valentía, aunque su corazón latía tan fuerte que temía que Camilo pudiera escucharlo.
Camilo soltó la pierna de Iñigo, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó un poco más hacia él. La distancia entre sus rostros se redujo drásticamente. Iñigo podía oler el aroma a desodorante y el calor propio de alguien que acaba de hacer ejercicio.
—Y... puede ser —admitió Camilo en un susurro—. Capaz que te quiero un poquito más de lo que admito frente a los pibes.
Iñigo sintió que el aire le faltaba. Camilo, el gran capitán, el payaso del grupo, el chico que siempre tenía una respuesta rápida para todo, estaba ahí, a centímetros de él, con las manos temblando ligeramente sobre sus propias rodillas.
—¿Solo un poquito? —se atrevió a bromear Iñigo, tratando de aliviar la tensión que amenazaba con desbordarlo.
Camilo soltó una risita corta y negó con la cabeza.
—Sos insoportable.
Y entonces, sin previo aviso, Camilo acortó la distancia. No fue un beso de película, fue un roce torpe, un poco brusco al principio, muy al estilo de Camilo. Pero en cuanto sus labios se encontraron con la suavidad de los de Iñigo, todo el ímpetu se transformó en una ternura infinita.
Iñigo cerró los ojos, rodeando el cuello de Camilo con sus brazos, obligándolo a inclinarse un poco más para compensar la diferencia de altura. Camilo, por su parte, apoyó sus manos en la cintura de Iñigo, atrayéndolo hacia él como si tuviera miedo de que se escapara.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco agitados. Camilo tenía las orejas rojas, algo que Iñigo anotó mentalmente para burlarse de él más tarde.
—Bueno —dijo Camilo, recuperando su tono fanfarrón aunque su voz todavía sonaba algo quebrada—, supongo que eso cuenta como el alfajor que te debía.
Iñigo soltó una carcajada y le dio un empujoncito en el hombro.
—Ni lo sueñes, Camilo. Ese beso fue gratis. El alfajor me lo debés igual por haberme hecho tirar desde tan lejos.
Camilo se levantó, extendiéndole una mano a Iñigo para ayudarlo a ponerse de pie. Cuando Iñigo estuvo arriba, Camilo no le soltó la mano de inmediato. Se quedaron así un momento, rodeados por las sombras del gimnasio.
—Sos un interesado, Iñigo —dijo Camilo, tirando de él para caminar hacia la salida—. Pero está bien. Te compro el alfajor. Y mañana te traigo uno de esos cafés que te gustan.
—¿Y eso a cuenta de qué? —preguntó Iñigo, entrelazando sus dedos con los del capitán.
Camilo se detuvo en la puerta y lo miró de arriba abajo, volviendo a esa expresión de suficiencia que tanto le gustaba usar.
—A cuenta de que soy el mejor capitán del mundo y tengo que mantener a mi mejor jugador contento.
—Yo no soy el mejor jugador, Cam. Soy el suplente del suplente.
Camilo se encogió de hombros y le dio un beso rápido en la frente antes de empujar la puerta del gimnasio hacia el aire fresco de la tarde.
—Para mí sos el titular indiscutido, boludo. Dale, caminá que se hace tarde.
Iñigo sonrió, dejándose guiar por Camilo mientras salían al estacionamiento. Sabía que las burlas seguirían, que Camilo seguiría siendo el mismo chico ruidoso y a veces un poco tonto, pero ahora sabía qué había detrás de cada broma. Había algo fuerte, algo que se sentía como el hogar, y que por fin, después de tanto tiempo, había encontrado su lugar entre ellos dos.
Camilo, con sus casi un metro noventa y esa contextura atlética que lo hacía resaltar incluso estando quieto, hacía girar el balón sobre la punta de su dedo índice. Tenía esa sonrisa ladeada, la de quien sabe que tiene el control de la situación, o al menos, la de quien disfruta fingiendo que lo tiene.
—Che, Iñigo, si seguís mirando el tablero como si fuera a morderte, no la vas a embocar ni de casualidad —soltó Camilo, su voz resonando con ese tono burlón pero extrañamente cálido que siempre usaba.
Iñigo, que estaba a un par de metros de distancia, pegó un pequeño saltito, sobresaltado. Era notablemente más bajo que Camilo, una diferencia que el capitán del equipo nunca perdía oportunidad de remarcar con algún comentario sobre "lo tierno que se veía desde allá arriba". Iñigo se acomodó el flequillo que le caía sobre los ojos y apretó el balón contra su pecho.
—No lo estoy mirando mal, Cam —respondió Iñigo con su suavidad habitual—. Solo estoy calculando el ángulo. La física es importante, ¿sabés?
Camilo soltó una carcajada sonora, dejando que el balón cayera y rebotara contra el suelo antes de atraparlo con una sola mano. Se acercó a Iñigo con pasos largos, invadiendo su espacio personal con esa confianza desparpajada que lo caracterizaba.
—Física, química, biología... Sos un boludo, Iñi —dijo Camilo, despeinándole el cabello con un movimiento brusco pero cariñoso—. En el básquet se trata de sentirlo acá.
Camilo señaló su propio pecho. Iñigo sintió que sus mejillas se encendían un poco. Siempre le pasaba lo mismo cuando Camilo se ponía así de intenso, combinando su faceta de capitán responsable con la de ese chico que no podía pasar cinco minutos sin hacer un chiste o una tontería.
—Bueno, no todos tenemos tu "instinto animal", capitán —replicó Iñigo, intentando sonar sarcástico, aunque el tono dulce de su voz le quitaba cualquier rastro de veneno—. Algunos tenemos que esforzarnos.
—Dale, tirá —lo desafió Camilo, retrocediendo un par de pasos y cruzándose de brazos, mostrando esos bíceps marcados por el entrenamiento—. Si la metés, te compro el alfajor que quieras después de la práctica. Si errás, me tenés que cargar la mochila hasta la salida.
Iñigo lo miró con incredulidad.
—¡Eso es injusto! Tu mochila pesa como si llevaras piedras adentro.
—Es el peso de la responsabilidad, Iñigo. El peso de ser el mejor —Camilo le guiñó un ojo, una de esas expresiones que solían derretir a medio colegio, pero que con Iñigo tenían un efecto mucho más profundo y privado.
Iñigo suspiró, se concentró y lanzó. El balón voló en un arco casi perfecto, pero golpeó el aro, bailó un segundo sobre el metal y finalmente decidió caer hacia afuera.
—¡Noooo! —exclamó Iñigo, dejando caer los hombros con dramatismo.
Camilo soltó una carcajada triunfal y corrió a buscar el rebote.
—¡A la mochila, esclavo! —gritó mientras hacía una bandeja perfecta—. Sos un desastre, pero un desastre lindo, así que te la perdono si me ayudás a guardar las pelotas después.
—Sos un pesado, Camilo —dijo Iñigo, aunque no pudo evitar sonreír mientras veía a su amigo moverse por la cancha con una agilidad que siempre envidiaba.
El entrenamiento pasó rápido. Camilo, a pesar de sus bromas constantes, se tomaba su rol en serio. Dirigía, corregía y alentaba. Pero Iñigo siempre notaba que, cuando se dirigía a él, el tono de Camilo cambiaba sutilmente. No era solo la autoridad del capitán; había una suavidad oculta bajo las burlas, una protección casi instintiva.
Cuando terminaron y el resto del equipo se fue a las duchas entre gritos y empujones, el gimnasio volvió a quedar en penumbras. Solo quedaban ellos dos, encargados de recoger el material.
—Che, Iñi —llamó Camilo mientras metía el último balón en la red metálica.
—¿Qué pasa? —Iñigo estaba sentado en el banco de madera, secándose el sudor de la nuca con una toalla blanca.
Camilo se acercó y se sentó a su lado. La diferencia de altura era evidente incluso sentados; los hombros de Camilo eran anchos y su presencia parecía llenar todo el espacio alrededor de Iñigo. El capitán se quedó en silencio un momento, algo poco habitual en él, jugueteando con los cordones de sus zapatillas.
—¿Te dolió mucho el pelotazo que te diste ayer en la rodilla? —preguntó Camilo, su voz ahora despojada de cualquier rastro de burla—. Te vi renguear un poco cuando salimos de clase.
Iñigo se sorprendió. No pensó que Camilo se hubiera dado cuenta.
—Un poco, pero no es nada. Estoy bien, de verdad.
Camilo no pareció convencido. Sin pedir permiso, se inclinó y tomó la pierna de Iñigo, subiéndola sobre su propio muslo para revisar la rodilla.
—¡Camilo! ¿Qué hacés? —Iñigo sintió un vuelco en el corazón. El contacto de las manos grandes y cálidas de Camilo sobre su piel le envió una descarga eléctrica por toda la columna.
—Callate, boludo. Dejame ver —murmuró Camilo, examinando el pequeño moretón que empezaba a formarse—. Tenés que cuidarte más. Si te pasa algo, ¿quién me va a aguantar las bromas?
Iñigo miró hacia abajo, observando la coronilla de Camilo. El cabello castaño del capitán estaba revuelto y húmedo. En ese momento, la atmósfera en el gimnasio cambió. Ya no era solo el espacio de entrenamiento; se sentía como algo más pequeño, más íntimo.
—Sos muy bueno, ¿sabés? —susurró Iñigo casi sin darse cuenta.
Camilo levantó la vista, todavía sosteniendo la pierna de Iñigo. Sus ojos se encontraron. La mirada de Camilo, usualmente llena de chispas de travesura, ahora era profunda y extrañamente vulnerable.
—¿Bueno? Soy un desastre, Iñigo. Me la paso molestándote —dijo Camilo con una sonrisa pequeña, una que no usaba con nadie más.
—Me molestás porque me querés —respondió Iñigo con valentía, aunque su corazón latía tan fuerte que temía que Camilo pudiera escucharlo.
Camilo soltó la pierna de Iñigo, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó un poco más hacia él. La distancia entre sus rostros se redujo drásticamente. Iñigo podía oler el aroma a desodorante y el calor propio de alguien que acaba de hacer ejercicio.
—Y... puede ser —admitió Camilo en un susurro—. Capaz que te quiero un poquito más de lo que admito frente a los pibes.
Iñigo sintió que el aire le faltaba. Camilo, el gran capitán, el payaso del grupo, el chico que siempre tenía una respuesta rápida para todo, estaba ahí, a centímetros de él, con las manos temblando ligeramente sobre sus propias rodillas.
—¿Solo un poquito? —se atrevió a bromear Iñigo, tratando de aliviar la tensión que amenazaba con desbordarlo.
Camilo soltó una risita corta y negó con la cabeza.
—Sos insoportable.
Y entonces, sin previo aviso, Camilo acortó la distancia. No fue un beso de película, fue un roce torpe, un poco brusco al principio, muy al estilo de Camilo. Pero en cuanto sus labios se encontraron con la suavidad de los de Iñigo, todo el ímpetu se transformó en una ternura infinita.
Iñigo cerró los ojos, rodeando el cuello de Camilo con sus brazos, obligándolo a inclinarse un poco más para compensar la diferencia de altura. Camilo, por su parte, apoyó sus manos en la cintura de Iñigo, atrayéndolo hacia él como si tuviera miedo de que se escapara.
Cuando se separaron, ambos estaban un poco agitados. Camilo tenía las orejas rojas, algo que Iñigo anotó mentalmente para burlarse de él más tarde.
—Bueno —dijo Camilo, recuperando su tono fanfarrón aunque su voz todavía sonaba algo quebrada—, supongo que eso cuenta como el alfajor que te debía.
Iñigo soltó una carcajada y le dio un empujoncito en el hombro.
—Ni lo sueñes, Camilo. Ese beso fue gratis. El alfajor me lo debés igual por haberme hecho tirar desde tan lejos.
Camilo se levantó, extendiéndole una mano a Iñigo para ayudarlo a ponerse de pie. Cuando Iñigo estuvo arriba, Camilo no le soltó la mano de inmediato. Se quedaron así un momento, rodeados por las sombras del gimnasio.
—Sos un interesado, Iñigo —dijo Camilo, tirando de él para caminar hacia la salida—. Pero está bien. Te compro el alfajor. Y mañana te traigo uno de esos cafés que te gustan.
—¿Y eso a cuenta de qué? —preguntó Iñigo, entrelazando sus dedos con los del capitán.
Camilo se detuvo en la puerta y lo miró de arriba abajo, volviendo a esa expresión de suficiencia que tanto le gustaba usar.
—A cuenta de que soy el mejor capitán del mundo y tengo que mantener a mi mejor jugador contento.
—Yo no soy el mejor jugador, Cam. Soy el suplente del suplente.
Camilo se encogió de hombros y le dio un beso rápido en la frente antes de empujar la puerta del gimnasio hacia el aire fresco de la tarde.
—Para mí sos el titular indiscutido, boludo. Dale, caminá que se hace tarde.
Iñigo sonrió, dejándose guiar por Camilo mientras salían al estacionamiento. Sabía que las burlas seguirían, que Camilo seguiría siendo el mismo chico ruidoso y a veces un poco tonto, pero ahora sabía qué había detrás de cada broma. Había algo fuerte, algo que se sentía como el hogar, y que por fin, después de tanto tiempo, había encontrado su lugar entre ellos dos.
