Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Amor prohibido

Fandom: Ninguno

Creado: 5/6/2026

Etiquetas

RomanceRecortes de VidaFluffHumorCelosHistoria DomésticaRealismoOmegaversoDolor/ConsueloLenguaje ExplícitoAmbientación Canon
Índice

Entre el humo y los cristales

La luz de la tarde se filtraba por las ventanas del viejo salón donde el grupo solía reunirse, pintando motas de polvo dorado sobre los muebles desgastados. Era uno de esos días en los que el calor apretaba, pero no tanto como la tensión silenciosa que flotaba entre Camilo e Iñigo.

Camilo estaba sentado en el borde de la mesa, balanceando una pierna con esa actitud de "me importa todo un carajo" que tanto lo caracterizaba. Se acomodó los anteojos, que se le resbalaban por el puente de la nariz, y lanzó una mirada burlona hacia el sofá.

—Te digo que no tenés chance, Iñi —soltó Camilo con una risa cargada de ironía—. Sos demasiado bueno para este juego. Te falta maldad, te falta calle.

Iñigo, que estaba sentado en el suelo revolviendo una caja de juegos de mesa, levantó la vista. Su pelo, un poco largo y siempre algo despeinado, le caía sobre los ojos. Era notablemente más bajo que Camilo, una diferencia que el otro no desaprovechaba para molestar.

—No es que sea bueno, Camilo —respondió Iñigo con voz suave, esa dulzura que siempre desarmaba a los demás—. Es que vos sos un tramposo profesional. No es lo mismo.

More, que estaba tirada en un puf cercano revisando unos apuntes de la facultad, soltó una carcajada seca sin levantar la vista.

—Tiene razón el chiquito, Cami. Sos un boludo importante cuando te ponés competitivo —More se acomodó un mechón de su pelo marrón claro tras la oreja—. Dejá de molestarlo, que después sos vos el que anda llorando porque nadie quiere jugar con vos.

—¡Eh! —Camilo fingió ofensa, llevándose una mano al pecho—. Yo soy un apoyo emocional andante, More. Soy la alegría de este grupo.

—Sos un pesado, eso sos —intervino Bri, que acababa de entrar a la habitación con una bandeja de mates—. Pero te queremos igual, supongo.

Bri dejó la bandeja en la mesa ratona y se ajustó sus anteojos. Ella era la voz de la razón, la que siempre lograba calmar las aguas cuando Camilo se pasaba de la raya con sus bromas. Se sentó junto a More y le dedicó una sonrisa cariñosa a Iñigo.

—No le des bola, Iñi. Está aburrido porque hoy no tiene a quién más molestar.

El ambiente era el de siempre: risas, insultos amistosos y una comodidad que solo años de amistad podían forjar. Sin embargo, algo cambió cuando el celular de Iñigo vibró sobre la alfombra. El chico lo tomó, leyó un mensaje y una sonrisa genuina y brillante iluminó su rostro.

—Es Julián —dijo Iñigo, casi para sí mismo—. Dice que si queremos ir a la fiesta de su primo el sábado.

El silencio que siguió fue breve, pero para Camilo fue eterno. Sintió una punzada extraña en el estómago, una mezcla de irritación y algo más oscuro que no lograba identificar.

—¿Julián? ¿El de la facultad? —preguntó Camilo, su tono perdiendo toda la calidez de la broma anterior—. ¿Desde cuándo hablás tanto con ese tipo?

Iñigo se encogió de hombros, volviendo a teclear en el teléfono.

—Desde hace un par de semanas. Es re dulce, Camilo. El otro día me ayudó con el trabajo de historia y después nos quedamos charlando un montón.

Camilo soltó un bufido sonoro y se bajó de la mesa, caminando hacia la ventana.

—Es un fantasma, Iñigo. Se nota a leguas que te está tirando onda porque sos un tierno y él es un aprovechado. No sé qué le ves.

—Che, pará un poco —intervino More, frunciendo el ceño—. ¿Qué te pasa? Julián es re buena onda. No seas boludo, Camilo.

—No soy boludo, soy realista —insistió Camilo, dándose la vuelta. Sus ojos marrones brillaban con una intensidad inusual—. Iñigo es demasiado... no sé, confía en cualquiera.

Iñigo se puso de pie, enfrentándolo. A pesar de la diferencia de altura, no se achicó.

—Sé cuidarme solo, Camilo. Además, ¿a vos qué te importa si me tira onda o no? No es asunto tuyo.

El aire en la habitación se volvió pesado. Bri y More se intercambiaron una mirada de complicidad y preocupación. Sabían que entre esos dos siempre había habido una chispa, una tensión que se disfrazaba de peleas constantes y burlas, pero esto se sentía diferente. Esto olía a celos puros y duros.

—Me importa porque soy tu amigo, ¿no? —dijo Camilo, aunque sus palabras sonaron poco convincentes incluso para él.

—Bueno, basta —cortó Bri con firmeza—. Si Iñigo quiere ir con Julián, va. Y si nosotros queremos ir, vamos también. Fin de la discusión.

La tarde transcurrió entre mates y charlas forzadas, pero la tensión no desapareció. Camilo estuvo inusualmente callado, lanzando miradas furtivas a Iñigo cada vez que este se reía de algo que decía More. Por su parte, Iñigo evitaba el contacto visual, aunque sus mejillas mantenían un leve tinte rosado.

Cuando el sol terminó de caer y las chicas decidieron ir a comprar pizza, Camilo e Iñigo se quedaron solos en el departamento. El silencio era casi ensordecedor.

Camilo estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, viendo cómo Iñigo lavaba los mates. Se quitó los anteojos y se frotó el puente de la nariz, sintiéndose un idiota.

—Perdón —soltó de repente.

Iñigo se detuvo, con las manos bajo el agua fría. No se dio vuelta.

—¿Por qué?

—Por lo de recién. Por ser un boludo. Ya sé que soy molesto, pero no quería sonar como un forro con lo de Julián.

Iñigo cerró la canilla y se secó las manos lentamente. Se giró para mirar a Camilo. Sus ojos, dulces y grandes, buscaban alguna señal de la burla habitual, pero solo encontraron una vulnerabilidad que Camilo rara vez mostraba.

—A veces sos insoportable, Cami —dijo Iñigo en un susurro—. Realmente insoportable.

Camilo dio un paso hacia adelante, acortando la distancia.

—Lo sé. Es que... no me gusta la idea de que ese pibe te ande rondando.

—¿Por qué? —insistió Iñigo, su voz apenas un hálito.

Camilo no respondió con palabras. Se acercó más, hasta que pudo oler el perfume suave de Iñigo, una mezcla de jabón y algo dulce que siempre lo mareaba. Estiró una mano y, con una delicadeza impropia de él, apartó el pelo de la frente de Iñigo.

—Porque sos un chiquito muy especial —dijo Camilo, intentando recuperar su tono burlón, pero fallando miserablemente—. Y porque me da bronca que alguien más se dé cuenta.

Iñigo sintió que el corazón le daba un vuelco. La mano de Camilo bajó hasta su mejilla, y sus dedos largos y delgados acariciaron su piel.

—Camilo...

—Callate un poco, Iñi. Siempre hablás demasiado.

Camilo se inclinó. La diferencia de altura lo obligó a agacharse un poco, mientras Iñigo tenía que inclinar la cabeza hacia arriba. Cuando sus labios finalmente se encontraron, fue como si una represa se rompiera.

No fue un beso tierno de película. Fue algo cargado de la frustración de meses de silencios, de celos mal gestionados y de una atracción que ambos habían intentado enterrar bajo capas de humor estúpido. Camilo rodeó la cintura de Iñigo con sus brazos, pegándolo a su cuerpo, mientras Iñigo enredaba sus dedos en el pelo castaño de Camilo, tirando con suavidad.

Iñigo soltó un pequeño gemido contra los labios de Camilo cuando este lo subió a la mesada de la cocina, metiéndose entre sus piernas. El contacto era eléctrico. Las manos de Camilo bajaron hasta los muslos de Iñigo, apretando con una urgencia que lo hizo estremecer.

—Sos un idiota —jadeó Iñigo cuando se separaron apenas unos milímetros para tomar aire.

—Y vos sos un dulce —respondió Camilo, su voz ahora ronca y profunda—. Mi dulce.

Camilo volvió a besarlo, esta vez con más hambre. Sus manos se deslizaron bajo la remera de Iñigo, encontrando la piel cálida y suave. Iñigo arqueó la espalda, buscando más contacto, sintiendo cómo el calor subía por su cuerpo. La lengua de Camilo exploró su boca con una confianza que lo dejaba sin aliento.

—¿Seguís queriendo ir a la fiesta con Julián? —murmuró Camilo contra su cuello, dejando un rastro de besos húmedos que hicieron que Iñigo cerrara los ojos con fuerza.

—No seas... —Iñigo soltó una risita entrecortada—. No seas celoso, boludo.

—Soy muy celoso —admitió Camilo, mordisqueando el lóbulo de su oreja—. Y más cuando se trata de vos.

Justo cuando Camilo estaba por bajar la mano hacia el botón del pantalón de Iñigo, el sonido de la puerta principal abriéndose y las voces de More y Bri resonaron en el pasillo.

—¡Llegó la pizza, pecadores! —gritó More desde la entrada.

Ambos se separaron de un salto. Iñigo se bajó de la mesada a toda prisa, acomodándose la remera y el pelo con manos temblorosas. Camilo se puso los anteojos rápidamente, tratando de recuperar su expresión de indiferencia, aunque su rostro estaba más rojo que un tomate.

Cuando More y Bri entraron a la cocina, se encontraron con una escena sospechosamente doméstica. Camilo estaba de espaldas, muy concentrado en mirar una alacena vacía, e Iñigo estaba secando un mate que ya estaba seco.

More dejó las cajas de pizza sobre la mesa y se cruzó de brazos, entornando los ojos.

—¿Qué pasa acá? Hay un olor a tensión sexual que se puede cortar con un cuchillo de plástico —comentó More con una sonrisa pícara.

—No sé de qué hablás, More. Estábamos... discutiendo sobre la yerba —dijo Camilo, dándose la vuelta.

Bri se acomodó los anteojos y miró a Iñigo, que no podía dejar de mirar al suelo.

—Iñi, tenés el cuello rojo —señaló Bri con una voz demasiado dulce para ser inocente—. ¿Te picó un mosquito gigante o Camilo finalmente dejó de ser un cobarde?

Iñigo se cubrió el cuello con la mano, avergonzado.

—Es el calor, Bri. Hace mucho calor acá adentro.

—Claro, el calor —More soltó una carcajada y le dio una palmada en la espalda a Camilo—. Bueno, "Calor", ayudame con los platos antes de que me coma la pizza sola.

La cena transcurrió entre risas, pero el ambiente había cambiado por completo. Ya no era una tensión incómoda, sino un secreto compartido que flotaba en el aire. Camilo, recuperando su faceta de burlón, no dejaba de rozar el pie de Iñigo bajo la mesa, haciéndolo saltar de vez en cuando.

—¿Y entonces? —preguntó More, atacando su tercera porción de pizza—. ¿Vamos a la fiesta el sábado o el señor Celos va a tener un ataque de nervios?

Camilo miró a Iñigo. El chico lo miraba con una mezcla de desafío y cariño, sus ojos brillando bajo la luz de la cocina.

—Vamos —dijo Camilo, estirando el brazo por encima del hombro de Iñigo para atraerlo hacia él—. Pero Iñigo baila conmigo. El tal Julián que se busque a otra víctima.

Iñigo se apoyó en el hombro de Camilo, sintiéndose más seguro que nunca.

—Sos un boludo, Camilo.

—Pero soy tu boludo —respondió él, dándole un beso rápido en la sien delante de sus amigas.

More y Bri vitorearon, celebrando finalmente lo que todos sabían que iba a pasar tarde o temprano. En ese pequeño departamento, entre el olor a pizza y las bromas de siempre, Camilo e Iñigo habían encontrado algo mucho más real que cualquier pelea por celos.

—Por cierto —agregó Camilo mientras More buscaba una película en la televisión—, mañana te voy a ayudar con el trabajo de historia. No quiero que ningún "Julián" ande explicándote nada.

—Camilo, vos desaprobaste historia el año pasado —le recordó Bri desde el sillón.

—Detalles, Bri. Detalles —respondió Camilo, guiñándole un ojo a Iñigo, quien solo pudo reír, sabiendo que, a pesar de todo, no cambiaría a su molesto y celoso amigo por nada del mundo.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic