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Amor prohibido
Fandom: Ninguno
Creado: 5/6/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHumorCelosRealismoAmbientación Canon
Entre lentes, risas y silencios incómodos
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas del aula vacía, iluminando las partículas de polvo que flotaban en el aire. Camilo estaba sentado sobre uno de los bancos, balanceando las piernas con esa energía inagotable que lo caracterizaba. Se había quitado los anteojos y los limpiaba distraídamente con el borde de su remera, mientras observaba a Iñigo, que estaba sentado en el suelo, concentrado en unos apuntes.
Iñigo era, a los ojos de cualquiera, la definición de la dulzura. Con su estatura menuda y ese pelo un poco largo que siempre parecía caerle sobre los ojos, despertaba un instinto de protección en todos. Pero en Camilo, ese instinto se mezclaba con algo más: una necesidad constante de molestarlo, de hacerlo reír y de estar cerca de él.
—Che, Iñigo, si seguís mirando esa hoja vas a terminar prendiéndola fuego con la mente —soltó Camilo con una sonrisa burlona, volviéndose a poner los anteojos.
Iñigo levantó la vista, apartándose un mechón de la cara, y le dedicó una mirada entre cansada y divertida.
—Alguien tiene que estudiar, Camilo. No todos somos bendecidos con tu capacidad de ser un boludo profesional y aprobar igual.
Camilo soltó una carcajada sonora, saltando del banco para sentarse en el suelo, justo al lado de Iñigo. Demasiado cerca, quizás. El espacio personal era un concepto que Camilo solía ignorar cuando se trataba de su mejor amigo.
—Es un don, ¿viste? —Camilo le dio un empujoncito con el hombro—. Pero dale, cortá un poco. More y Bri nos están esperando en el buffet. Dijeron que More trajo esos alfajores que te gustan.
Iñigo suspiró, cerrando el cuaderno. La cercanía de Camilo siempre lo ponía un poco nervioso, aunque tratara de ocultarlo. Había una tensión extraña que crecía entre ellos cada vez que se quedaban solos, algo que iba más allá de las bromas pesadas y las risas compartidas.
—Está bien, vamos —cedió Iñigo, empezando a juntar sus cosas.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y More entró saltando, seguida de cerca por Bri, quien caminaba con más calma, acomodándose sus propios anteojos.
—¡Al fin los encontramos! —exclamó More, cuya energía siempre parecía estar al mismo nivel que la de Camilo—. Pensamos que se los había tragado la tierra o que Camilo finalmente había logrado que Iñigo se desmayara de tanto hablar.
—Casi, More, casi —respondió Iñigo con una sonrisa dulce, poniéndose de pie.
Bri se acercó a Iñigo y le revolvió el pelo con cariño.
—No le des bola, Iñi. Sabés que Camilo es un pesado, pero te quiere.
Camilo hizo una mueca, cruzándose de brazos.
—Eh, no hablen de mí como si no estuviera acá. Soy un sol, Bri, admitilo.
—Un sol que quema —retrucó Bri con una risita, mientras le pasaba un brazo por los hombros a Iñigo—. Vamos, que More está por entrar en un colapso de azúcar si no come algo pronto.
Caminaron juntos por los pasillos del colegio. El grupo era inseparable. More, con su inteligencia aguda disfrazada de despiste constante, era el pegamento emocional; Bri era la calma y la sensatez personificada; Iñigo era el corazón, y Camilo... Camilo era el caos necesario.
Sin embargo, al llegar al buffet, algo cambió en el ambiente. Un chico de otro curso, alto y con aire de deportista, se acercó al grupo. Su objetivo era claramente Iñigo.
—¡Hola, Iñi! —dijo el chico, ignorando olímpicamente al resto—. ¿Te acordás que me habías dicho de pasarme los resúmenes de historia? Me preguntaba si querías ir a tomarnos un café después de clase y me los explicás un poco.
Camilo, que estaba a punto de contar un chiste, se quedó mudo. Sintió una punzada caliente en el pecho, algo que no supo identificar de inmediato pero que le supo a amargura.
Iñigo parpadeó, un poco sorprendido por la atención directa.
—Ah, hola, Lucas. Sí, claro, te los puedo pasar... pero hoy quedé con los chicos para...
—Dale, va a ser un ratito nada más —insistió Lucas, dando un paso más hacia el espacio personal de Iñigo, ese mismo espacio que Camilo reclamaba como suyo.
More, que tenía un radar especial para estas cosas, miró de reojo a Camilo. Vio cómo su amigo apretaba la mandíbula y cómo sus ojos marrones, usualmente llenos de brillo, se oscurecían.
—Iñigo tiene que ayudarnos con un proyecto de literatura hoy —intervino Camilo de repente, con un tono mucho más seco de lo habitual—. Está ocupado todo el día.
Iñigo miró a Camilo, confundido.
—¿Proyecto? ¿Qué proyecto, Cami?
—El de... el de los poemas —improvisó Camilo, acercándose y pasando un brazo posesivo por encima de los hombros de Iñigo, atrayéndolo hacia él—. Es súper largo. No va a tener tiempo para cafés.
Lucas arqueó una ceja, mirando la mano de Camilo sobre Iñigo.
—Bueno, Iñigo puede hablar por sí mismo, ¿no?
—Habló por él porque soy el que sabe cuánto trabajo tenemos —insistió Camilo, arqueando una ceja de vuelta, desafiante—. ¿Algún problema?
La tensión era tan palpable que Bri tuvo que intervenir antes de que Camilo terminara diciendo alguna burrada más grande.
—Lucas, mejor escribile a Iñi después, ¿sí? Ahora estamos por merendar —dijo Bri con firmeza amable.
El chico suspiró, asintió a regañadientes y se fue. En cuanto desapareció de la vista, Iñigo se zafó del agarre de Camilo, dándose vuelta para enfrentarlo.
—¿Qué te pasa, Camilo? —preguntó Iñigo, no con enojo, sino con genuina curiosidad y un toque de molestia—. No tenemos ningún proyecto de literatura.
Camilo se encogió de hombros, tratando de recuperar su aire despreocupado, pero fallando estrepitosamente.
—Ese pibe es un denso. Te estaba haciendo perder el tiempo.
—Me invitó a tomar un café, Camilo. No es el fin del mundo —dijo Iñigo, cruzándose de brazos.
—Es un idiota —murmuró Camilo, desviando la mirada hacia las máquinas de café.
More se interpuso entre los dos, mirando a Camilo con una sonrisa pícara que él conocía demasiado bien.
—Ay, Camilo... ¿no será que estás un poquito celoso? —soltó ella, sin ningún tipo de filtro.
—¿Yo? ¿Celoso? —Camilo soltó una risa forzada—. Por favor, More, no digas boludeces. Solo cuido a mi amigo de gente que no le conviene.
—Iñigo sabe cuidarse solo —acotó Bri, ajustándose los lentes—. Pero es verdad que te pusiste medio... territorial.
Iñigo se quedó mirando a Camilo. El corazón le latía un poco más rápido. ¿Podía ser cierto? ¿Camilo, el chico que se burlaba de todo, estaba celoso?
—Bueno, ya está —dijo Iñigo en voz baja, tratando de calmar las aguas—. Vamos a sentarnos.
Se sentaron en una mesa redonda del fondo. More y Bri empezaron a hablar de una serie, tratando de aliviar la tensión, pero Camilo estaba inusualmente callado. Se dedicaba a desarmar un pedacito de servilleta sobre la mesa. Iñigo lo observaba de reojo, sintiendo que algo se había roto o, tal vez, que algo estaba por nacer.
—Cami —susurró Iñigo, inclinándose hacia él mientras las chicas discutían sobre el final de la temporada—. ¿Estás bien?
Camilo levantó la vista. Sin sus anteojos, que se había vuelto a quitar para frotarse el puente de la nariz, sus ojos se veían vulnerables.
—Sí, perdón. Soy un boludo, ya sé.
—Lo sos —coincidió Iñigo con una sonrisa dulce—, pero sos mi boludo favorito. No tenés que ponerte así por Lucas. No me interesa ir a tomar café con él.
Camilo sintió que el nudo en su estómago se aflojaba un poquito.
—¿Ah, no?
—No. Prefiero quedarme acá, escuchando tus chistes malos —admitió Iñigo, sonrojándose ligeramente.
More, que los estaba escuchando a pesar de fingir que hablaba con Bri, soltó un suspiro dramático.
—¡Ay, por Dios! Ustedes dos son insoportables. ¿Por qué no se casan de una vez y nos ahorran el drama?
—¡More! —exclamaron Camilo e Iñigo al unísono, ambos rojos como tomates.
—Es la verdad —dijo Bri, apoyando la barbilla en su mano—. La tensión se siente desde la entrada del colegio, chicos. Es agotador ser su apoyo emocional.
Camilo miró a Iñigo y, por primera vez en mucho tiempo, no encontró una broma para salir del paso. Se quedó ahí, atrapado en la mirada de su amigo, dándose cuenta de que More tenía razón. Sus celos no eran por protección fraternal; eran porque la sola idea de Iñigo compartiendo su tiempo y su dulzura con alguien más le resultaba insoportable.
—Bueno —dijo Camilo, recuperando un poco de su audacia—, si tanto les molesta, nos vamos a otra mesa.
—No te atrevas —se rió More—, traé para acá esos alfajores.
La tarde transcurrió entre risas, pero el ambiente ya no era el mismo. Había una nueva consciencia entre Camilo e Iñigo. Cada vez que sus manos se rozaban al alcanzar algo, o cada vez que sus miradas se cruzaban, un chispazo de algo "fuerte" recorría a ambos.
Cuando llegó la hora de irse, More y Bri se despidieron en la esquina, dejándolos solos para que caminaran las últimas cuadras hasta sus casas, que quedaban cerca.
El silencio entre ellos era cómodo, pero cargado de palabras no dichas. El sol ya se estaba ocultando, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas.
—Che, Iñi —dijo Camilo, rompiendo el silencio. Se detuvo y se rascó la nuca, algo que solo hacía cuando estaba realmente nervioso—. Lo de antes... lo que dijo More...
Iñigo se detuvo también, mirando sus propias zapatillas.
—¿Qué parte? ¿La de que somos insoportables o la de que estás celoso?
—La de los celos —admitió Camilo en un susurro—. Tenía razón. Soy un desastre expresando estas cosas, pero me dolió imaginar que preferías estar con ese pibe antes que con nosotros... o conmigo.
Iñigo levantó la vista. Sus ojos brillaban bajo la luz del atardecer. Se acercó un paso a Camilo, acortando esa distancia que el más alto solía invadir sin permiso, pero que ahora parecía un abismo.
—Camilo, sos la persona más molesta, burlona y boluda que conozco —empezó Iñigo, y Camilo hizo una mueca—. Pero también sos el que siempre me hace reír cuando estoy mal, el que se queda conmigo estudiando aunque odies la materia, y el que... bueno, el que me gusta desde hace un montón.
Camilo se quedó helado. Sus anteojos se deslizaron un poco por su nariz y se los acomodó mecánicamente.
—¿En serio? —preguntó, con la voz quebrada por la sorpresa.
—En serio —respondió Iñigo, con esa valentía tranquila que siempre lo caracterizaba.
Camilo no lo pensó más. Se olvidó de los chistes, de las burlas y de su miedo a ser vulnerable. Se inclinó y envolvió a Iñigo en un abrazo fuerte, escondiendo la cara en su hombro.
—Menos mal —murmuró Camilo contra su pelo—. Porque no sabía cómo iba a aguantar otro "pretendiente" como el de hoy sin volverme loco.
Iñigo se rió, rodeando la cintura de Camilo con sus brazos. A pesar de ser más bajo, en ese momento sentía que podía sostener todo el mundo de Camilo.
—Sos un exagerado.
—Y vos un dulce —retrucó Camilo, separándose un poco para mirarlo a la cara—. Entonces... ¿esto significa que el proyecto de literatura es oficial?
Iñigo rodó los ojos, pero no pudo borrar la sonrisa de su rostro.
—Si eso significa que vas a dejar de actuar como un nene chiquito cada vez que alguien me hable, sí, el proyecto es oficial.
Camilo sonrió, esa sonrisa chistosa y burlona que Iñigo tanto amaba, pero esta vez tenía un brillo de ternura genuina.
—No prometo nada, Iñi. Pero voy a intentar que los celos no me ganen... al menos no tan seguido.
Caminaron el resto del camino de la mano, disfrutando de esa nueva conexión que More y Bri ya habían predicho hacía meses. Al llegar a la puerta de la casa de Iñigo, Camilo le dio un beso rápido en la mejilla, haciendo que el más chico se pusiera rojo otra vez.
—Nos vemos mañana, "compañero de proyecto" —se burló Camilo, alejándose con un trote ligero.
Iñigo se quedó ahí, mirando cómo Camilo se alejaba, sabiendo que, aunque su amigo fuera un boludo de primera, era exactamente el boludo que él quería a su lado.
Esa noche, el grupo de WhatsApp que compartían los cuatro echaba humo.
More: "A ver, ¿alguien me explica por qué vi a Camilo saltando por la calle como un idiota feliz?"
Bri: "Y yo acabo de ver una foto de Iñigo con una sonrisa que no le entra en la cara. ¿Pasó lo que creo que pasó?"
Camilo: "Solo digamos que el proyecto de literatura va por muy buen camino, chicas."
Iñigo: "Cállate, Camilo."
More y Bri celebraron detrás de sus pantallas. Después de todo, a veces hacía falta un poco de celos y mucha paciencia para que dos personas tan distintas, pero tan conectadas, finalmente se dieran cuenta de lo que todos los demás ya sabían: que estaban hechos el uno para el otro.
Iñigo era, a los ojos de cualquiera, la definición de la dulzura. Con su estatura menuda y ese pelo un poco largo que siempre parecía caerle sobre los ojos, despertaba un instinto de protección en todos. Pero en Camilo, ese instinto se mezclaba con algo más: una necesidad constante de molestarlo, de hacerlo reír y de estar cerca de él.
—Che, Iñigo, si seguís mirando esa hoja vas a terminar prendiéndola fuego con la mente —soltó Camilo con una sonrisa burlona, volviéndose a poner los anteojos.
Iñigo levantó la vista, apartándose un mechón de la cara, y le dedicó una mirada entre cansada y divertida.
—Alguien tiene que estudiar, Camilo. No todos somos bendecidos con tu capacidad de ser un boludo profesional y aprobar igual.
Camilo soltó una carcajada sonora, saltando del banco para sentarse en el suelo, justo al lado de Iñigo. Demasiado cerca, quizás. El espacio personal era un concepto que Camilo solía ignorar cuando se trataba de su mejor amigo.
—Es un don, ¿viste? —Camilo le dio un empujoncito con el hombro—. Pero dale, cortá un poco. More y Bri nos están esperando en el buffet. Dijeron que More trajo esos alfajores que te gustan.
Iñigo suspiró, cerrando el cuaderno. La cercanía de Camilo siempre lo ponía un poco nervioso, aunque tratara de ocultarlo. Había una tensión extraña que crecía entre ellos cada vez que se quedaban solos, algo que iba más allá de las bromas pesadas y las risas compartidas.
—Está bien, vamos —cedió Iñigo, empezando a juntar sus cosas.
Justo en ese momento, la puerta se abrió de golpe y More entró saltando, seguida de cerca por Bri, quien caminaba con más calma, acomodándose sus propios anteojos.
—¡Al fin los encontramos! —exclamó More, cuya energía siempre parecía estar al mismo nivel que la de Camilo—. Pensamos que se los había tragado la tierra o que Camilo finalmente había logrado que Iñigo se desmayara de tanto hablar.
—Casi, More, casi —respondió Iñigo con una sonrisa dulce, poniéndose de pie.
Bri se acercó a Iñigo y le revolvió el pelo con cariño.
—No le des bola, Iñi. Sabés que Camilo es un pesado, pero te quiere.
Camilo hizo una mueca, cruzándose de brazos.
—Eh, no hablen de mí como si no estuviera acá. Soy un sol, Bri, admitilo.
—Un sol que quema —retrucó Bri con una risita, mientras le pasaba un brazo por los hombros a Iñigo—. Vamos, que More está por entrar en un colapso de azúcar si no come algo pronto.
Caminaron juntos por los pasillos del colegio. El grupo era inseparable. More, con su inteligencia aguda disfrazada de despiste constante, era el pegamento emocional; Bri era la calma y la sensatez personificada; Iñigo era el corazón, y Camilo... Camilo era el caos necesario.
Sin embargo, al llegar al buffet, algo cambió en el ambiente. Un chico de otro curso, alto y con aire de deportista, se acercó al grupo. Su objetivo era claramente Iñigo.
—¡Hola, Iñi! —dijo el chico, ignorando olímpicamente al resto—. ¿Te acordás que me habías dicho de pasarme los resúmenes de historia? Me preguntaba si querías ir a tomarnos un café después de clase y me los explicás un poco.
Camilo, que estaba a punto de contar un chiste, se quedó mudo. Sintió una punzada caliente en el pecho, algo que no supo identificar de inmediato pero que le supo a amargura.
Iñigo parpadeó, un poco sorprendido por la atención directa.
—Ah, hola, Lucas. Sí, claro, te los puedo pasar... pero hoy quedé con los chicos para...
—Dale, va a ser un ratito nada más —insistió Lucas, dando un paso más hacia el espacio personal de Iñigo, ese mismo espacio que Camilo reclamaba como suyo.
More, que tenía un radar especial para estas cosas, miró de reojo a Camilo. Vio cómo su amigo apretaba la mandíbula y cómo sus ojos marrones, usualmente llenos de brillo, se oscurecían.
—Iñigo tiene que ayudarnos con un proyecto de literatura hoy —intervino Camilo de repente, con un tono mucho más seco de lo habitual—. Está ocupado todo el día.
Iñigo miró a Camilo, confundido.
—¿Proyecto? ¿Qué proyecto, Cami?
—El de... el de los poemas —improvisó Camilo, acercándose y pasando un brazo posesivo por encima de los hombros de Iñigo, atrayéndolo hacia él—. Es súper largo. No va a tener tiempo para cafés.
Lucas arqueó una ceja, mirando la mano de Camilo sobre Iñigo.
—Bueno, Iñigo puede hablar por sí mismo, ¿no?
—Habló por él porque soy el que sabe cuánto trabajo tenemos —insistió Camilo, arqueando una ceja de vuelta, desafiante—. ¿Algún problema?
La tensión era tan palpable que Bri tuvo que intervenir antes de que Camilo terminara diciendo alguna burrada más grande.
—Lucas, mejor escribile a Iñi después, ¿sí? Ahora estamos por merendar —dijo Bri con firmeza amable.
El chico suspiró, asintió a regañadientes y se fue. En cuanto desapareció de la vista, Iñigo se zafó del agarre de Camilo, dándose vuelta para enfrentarlo.
—¿Qué te pasa, Camilo? —preguntó Iñigo, no con enojo, sino con genuina curiosidad y un toque de molestia—. No tenemos ningún proyecto de literatura.
Camilo se encogió de hombros, tratando de recuperar su aire despreocupado, pero fallando estrepitosamente.
—Ese pibe es un denso. Te estaba haciendo perder el tiempo.
—Me invitó a tomar un café, Camilo. No es el fin del mundo —dijo Iñigo, cruzándose de brazos.
—Es un idiota —murmuró Camilo, desviando la mirada hacia las máquinas de café.
More se interpuso entre los dos, mirando a Camilo con una sonrisa pícara que él conocía demasiado bien.
—Ay, Camilo... ¿no será que estás un poquito celoso? —soltó ella, sin ningún tipo de filtro.
—¿Yo? ¿Celoso? —Camilo soltó una risa forzada—. Por favor, More, no digas boludeces. Solo cuido a mi amigo de gente que no le conviene.
—Iñigo sabe cuidarse solo —acotó Bri, ajustándose los lentes—. Pero es verdad que te pusiste medio... territorial.
Iñigo se quedó mirando a Camilo. El corazón le latía un poco más rápido. ¿Podía ser cierto? ¿Camilo, el chico que se burlaba de todo, estaba celoso?
—Bueno, ya está —dijo Iñigo en voz baja, tratando de calmar las aguas—. Vamos a sentarnos.
Se sentaron en una mesa redonda del fondo. More y Bri empezaron a hablar de una serie, tratando de aliviar la tensión, pero Camilo estaba inusualmente callado. Se dedicaba a desarmar un pedacito de servilleta sobre la mesa. Iñigo lo observaba de reojo, sintiendo que algo se había roto o, tal vez, que algo estaba por nacer.
—Cami —susurró Iñigo, inclinándose hacia él mientras las chicas discutían sobre el final de la temporada—. ¿Estás bien?
Camilo levantó la vista. Sin sus anteojos, que se había vuelto a quitar para frotarse el puente de la nariz, sus ojos se veían vulnerables.
—Sí, perdón. Soy un boludo, ya sé.
—Lo sos —coincidió Iñigo con una sonrisa dulce—, pero sos mi boludo favorito. No tenés que ponerte así por Lucas. No me interesa ir a tomar café con él.
Camilo sintió que el nudo en su estómago se aflojaba un poquito.
—¿Ah, no?
—No. Prefiero quedarme acá, escuchando tus chistes malos —admitió Iñigo, sonrojándose ligeramente.
More, que los estaba escuchando a pesar de fingir que hablaba con Bri, soltó un suspiro dramático.
—¡Ay, por Dios! Ustedes dos son insoportables. ¿Por qué no se casan de una vez y nos ahorran el drama?
—¡More! —exclamaron Camilo e Iñigo al unísono, ambos rojos como tomates.
—Es la verdad —dijo Bri, apoyando la barbilla en su mano—. La tensión se siente desde la entrada del colegio, chicos. Es agotador ser su apoyo emocional.
Camilo miró a Iñigo y, por primera vez en mucho tiempo, no encontró una broma para salir del paso. Se quedó ahí, atrapado en la mirada de su amigo, dándose cuenta de que More tenía razón. Sus celos no eran por protección fraternal; eran porque la sola idea de Iñigo compartiendo su tiempo y su dulzura con alguien más le resultaba insoportable.
—Bueno —dijo Camilo, recuperando un poco de su audacia—, si tanto les molesta, nos vamos a otra mesa.
—No te atrevas —se rió More—, traé para acá esos alfajores.
La tarde transcurrió entre risas, pero el ambiente ya no era el mismo. Había una nueva consciencia entre Camilo e Iñigo. Cada vez que sus manos se rozaban al alcanzar algo, o cada vez que sus miradas se cruzaban, un chispazo de algo "fuerte" recorría a ambos.
Cuando llegó la hora de irse, More y Bri se despidieron en la esquina, dejándolos solos para que caminaran las últimas cuadras hasta sus casas, que quedaban cerca.
El silencio entre ellos era cómodo, pero cargado de palabras no dichas. El sol ya se estaba ocultando, tiñendo el cielo de tonos naranjas y violetas.
—Che, Iñi —dijo Camilo, rompiendo el silencio. Se detuvo y se rascó la nuca, algo que solo hacía cuando estaba realmente nervioso—. Lo de antes... lo que dijo More...
Iñigo se detuvo también, mirando sus propias zapatillas.
—¿Qué parte? ¿La de que somos insoportables o la de que estás celoso?
—La de los celos —admitió Camilo en un susurro—. Tenía razón. Soy un desastre expresando estas cosas, pero me dolió imaginar que preferías estar con ese pibe antes que con nosotros... o conmigo.
Iñigo levantó la vista. Sus ojos brillaban bajo la luz del atardecer. Se acercó un paso a Camilo, acortando esa distancia que el más alto solía invadir sin permiso, pero que ahora parecía un abismo.
—Camilo, sos la persona más molesta, burlona y boluda que conozco —empezó Iñigo, y Camilo hizo una mueca—. Pero también sos el que siempre me hace reír cuando estoy mal, el que se queda conmigo estudiando aunque odies la materia, y el que... bueno, el que me gusta desde hace un montón.
Camilo se quedó helado. Sus anteojos se deslizaron un poco por su nariz y se los acomodó mecánicamente.
—¿En serio? —preguntó, con la voz quebrada por la sorpresa.
—En serio —respondió Iñigo, con esa valentía tranquila que siempre lo caracterizaba.
Camilo no lo pensó más. Se olvidó de los chistes, de las burlas y de su miedo a ser vulnerable. Se inclinó y envolvió a Iñigo en un abrazo fuerte, escondiendo la cara en su hombro.
—Menos mal —murmuró Camilo contra su pelo—. Porque no sabía cómo iba a aguantar otro "pretendiente" como el de hoy sin volverme loco.
Iñigo se rió, rodeando la cintura de Camilo con sus brazos. A pesar de ser más bajo, en ese momento sentía que podía sostener todo el mundo de Camilo.
—Sos un exagerado.
—Y vos un dulce —retrucó Camilo, separándose un poco para mirarlo a la cara—. Entonces... ¿esto significa que el proyecto de literatura es oficial?
Iñigo rodó los ojos, pero no pudo borrar la sonrisa de su rostro.
—Si eso significa que vas a dejar de actuar como un nene chiquito cada vez que alguien me hable, sí, el proyecto es oficial.
Camilo sonrió, esa sonrisa chistosa y burlona que Iñigo tanto amaba, pero esta vez tenía un brillo de ternura genuina.
—No prometo nada, Iñi. Pero voy a intentar que los celos no me ganen... al menos no tan seguido.
Caminaron el resto del camino de la mano, disfrutando de esa nueva conexión que More y Bri ya habían predicho hacía meses. Al llegar a la puerta de la casa de Iñigo, Camilo le dio un beso rápido en la mejilla, haciendo que el más chico se pusiera rojo otra vez.
—Nos vemos mañana, "compañero de proyecto" —se burló Camilo, alejándose con un trote ligero.
Iñigo se quedó ahí, mirando cómo Camilo se alejaba, sabiendo que, aunque su amigo fuera un boludo de primera, era exactamente el boludo que él quería a su lado.
Esa noche, el grupo de WhatsApp que compartían los cuatro echaba humo.
More: "A ver, ¿alguien me explica por qué vi a Camilo saltando por la calle como un idiota feliz?"
Bri: "Y yo acabo de ver una foto de Iñigo con una sonrisa que no le entra en la cara. ¿Pasó lo que creo que pasó?"
Camilo: "Solo digamos que el proyecto de literatura va por muy buen camino, chicas."
Iñigo: "Cállate, Camilo."
More y Bri celebraron detrás de sus pantallas. Después de todo, a veces hacía falta un poco de celos y mucha paciencia para que dos personas tan distintas, pero tan conectadas, finalmente se dieran cuenta de lo que todos los demás ya sabían: que estaban hechos el uno para el otro.
