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Amor de universidad
Fandom: KOOKMIN
Creado: 5/6/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)DramaRecortes de VidaCelosAmbientación CanonHistoria DomésticaLenguaje ExplícitoFluffDolor/Consuelo
Entre Goles y Pompones
El sol de la tarde golpeaba con fuerza el césped impecable del estadio de la Universidad de Busán. El sonido de los silbatos y el choque de los balones contra las redes marcaban el ritmo de un día común para Jeon Jungkook. A sus dieciocho años, el capitán del equipo de soccer no tenía tiempo para distracciones. Su vida se resumía en dos cosas: mantener su promedio académico perfecto para orgullo de sus padres, Namjoon y Seokjin, y llevar a su equipo a la victoria nacional.
Jungkook se limpió el sudor de la frente con el dorso de su mano, dejando que su mirada oscura recorriera el campo. A pesar de ser el centro de todas las miradas, de los susurros en los pasillos y de las confesiones de amor que terminaban en su casillero, él permanecía como una fortaleza inexpugnable. No era arrogante, simplemente no le interesaba el juego de la seducción.
—¡Jeon! ¡Concéntrate o te voy a meter un gol desde la media cancha! —gritó una voz ronca desde la portería.
Min Yoongi, el portero estrella y mejor amigo de Jungkook, ajustaba sus guantes con una sonrisa felina. Yoongi era el único que realmente conocía la presión que Jungkook cargaba sobre sus hombros.
—Inténtalo, Yoongi —respondió Jungkook con una sonrisa desafiante—. Sabes que nadie pasa mi defensa.
—Hoy estás más intenso de lo normal —comentó Yoongi cuando el entrenamiento hizo una breve pausa—. ¿Es por la llegada del nuevo equipo de porristas? Dicen que el coreógrafo trajo refuerzos de Seúl.
—No me importa quién baile en la banda, mientras no interrumpan el entrenamiento —contestó Jungkook con frialdad.
—Bueno, pues deberías prestar atención —dijo Yoongi, su tono volviéndose extrañamente protector—. Mi hermano menor llega hoy. Se transfirió desde Seúl para estar conmigo. Y te lo advierto, Jeon: si le pones un ojo encima, te rompo las piernas.
Jungkook soltó una carcajada seca.
—Sabes que no me interesan esas cosas. Tu hermano está a salvo conmigo.
Sin embargo, las palabras de Jungkook se disolvieron en el aire apenas unos minutos después. Un grupo de jóvenes con uniformes azules y dorados entró en la pista de atletismo que rodeaba el campo. Al frente del grupo, caminando con una confianza que rozaba la insolencia, estaba él.
Park Jimin era, en una palabra, irreal. Su cabello rubio brillaba bajo el sol como si estuviera hecho de hilos de oro, y sus ojos azules, una rareza que cautivaba al instante, escaneaban el lugar con curiosidad. Su cuerpo, moldeado por años de danza y gimnasia, era una combinación perfecta de gracia y fuerza.
—¡Yoongi-chi! —gritó Jimin, agitando una mano con entusiasmo.
El portero, que normalmente era la definición de la apatía, corrió hacia la banda con una sonrisa genuina. Jungkook se quedó estático en medio del campo, con el balón bajo el pie, observando cómo el rubio abrazaba a su mejor amigo.
—¡Mírate! —exclamó Yoongi, revolviendo el cabello de Jimin—. Estás más pequeño, ¿o soy yo?
—Cállate, gruñón —respondió Jimin con una voz dulce pero firme—. Sigo siendo más guapo que tú, eso es lo que importa.
Acompañando a Jimin estaba Kim Taehyung, un chico castaño de sonrisa cuadrada que ya era conocido en la universidad por su carisma. Taehyung no perdió tiempo y se acercó a Yoongi, aunque sus ojos brillaban con un interés que iba más allá de la simple amistad.
—Hola, Yoongi-hyung —dijo Taehyung, mordiéndose el labio—. Espero que no te moleste que Jimin y yo compartamos dormitorio. Prometo cuidarlo bien.
—Más te vale, Tae —gruñó Yoongi, aunque no parecía realmente molesto—. O tendré que recordarte por qué soy el portero con los reflejos más rápidos de la liga.
Jungkook decidió que era momento de intervenir, aunque solo fuera para sacudirse la extraña sensación que le recorría la columna. Se acercó al grupo con paso firme, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a medida que se aproximaba a Jimin.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Jungkook, manteniendo su expresión neutral.
Jimin se giró lentamente. Sus ojos azules chocaron con los negros de Jungkook, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Jimin no bajó la mirada; al contrario, lo recorrió de arriba abajo con una desfachatez que Jungkook nunca había experimentado.
—Tú debes ser el famoso capitán —dijo Jimin, cruzándose de brazos—. Mi hermano habla mucho de ti. Dice que eres un robot que solo sabe patear balones.
—Soy Jeon Jungkook —respondió él, ignorando el insulto—. Y este es mi campo. Espero que los porristas sepan mantener la distancia durante los entrenamientos.
Jimin soltó una risa melodiosa que puso los pelos de punta a Jungkook. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del pelinegro.
—Escucha, "Capitán" —dijo Jimin, su tono volviéndose afilado—. Me llamo Park Jimin. No soy "un porrista", soy el mejor que vas a ver en tu vida. Y lo que es mío, es mío. Así que no me des órdenes, porque no me gusta seguirlas.
En ese momento, un chico llamado Kim Leendo, que siempre andaba merodeando cerca del equipo de soccer, se acercó con la intención de "ayudar" al nuevo.
—Oye, precioso, si necesitas que alguien te enseñe el campus, yo estoy libre —dijo Leendo, intentando poner una mano en el hombro de Jimin.
Antes de que Jungkook pudiera reaccionar, Jimin ya había atrapado la muñeca de Leendo con un movimiento rápido y certero. El giro fue tan brusco que el chico soltó un quejido de dolor.
—Regla número uno, imbécil —siseó Jimin, sus ojos azules echando chispas—. No me toques sin mi permiso. La próxima vez, te sacaré el brazo de su lugar. ¿Entendido?
Leendo asintió frenéticamente y huyó hacia las gradas. Jimin se sacudió las manos como si hubiera tocado algo sucio y volvió a mirar a Jungkook, quien lo observaba con una mezcla de sorpresa y una admiración que se esforzaba por ocultar.
—Vaya —murmuró Jungkook—. Al menos sabes defenderte.
—No necesito que nadie me defienda —sentenció Jimin.
—¡Jimin! ¡Taehyung! ¡A la formación! —gritó Lee Soe desde el otro extremo de la pista.
Soe era la capitana de las porristas y, desde hacía un año, intentaba desesperadamente llamar la atención de Jungkook sin éxito. Ver a Jimin tan cerca del capitán le provocó un ardor inmediato en el pecho.
—Vamos, Minnie —dijo Taehyung, tirando del brazo de su amigo—. Tenemos que ensayar la rutina de bienvenida.
Jimin le lanzó una última mirada a Jungkook, una que contenía un desafío silencioso, y se alejó hacia el grupo de porristas.
El resto del entrenamiento fue un desastre para Jungkook. No podía concentrarse. Sus ojos se desviaban constantemente hacia la pista, donde Jimin se movía con una elasticidad asombrosa. Cada salto, cada giro, cada movimiento de cadera parecía estar diseñado para atormentarlo.
—Te dije que no le pusieras un ojo encima —susurró Yoongi, pasando a su lado—. Te conozco, Jeon. Esa cara de idiota no la tienes por el cansancio.
—No digas estupideces —respondió Jungkook, aunque su corazón latía con una fuerza inusual.
Al terminar la práctica, Jungkook se dirigió a las duchas, tratando de despejar su mente. Sin embargo, al salir del edificio de deportes, se encontró con una escena que no esperaba. Su padre, Namjoon, y su papi, Seokjin, estaban allí con su hermano pequeño, Soobin.
—¡Kookie! —gritó Soobin, corriendo a abrazar las piernas de su hermano mayor—. ¡Papi Jin dijo que podíamos venir a buscarte!
—Hola, campeón —dijo Jungkook, cargando al niño de ocho años—. ¿Qué hacen aquí?
—Queríamos darte una sorpresa —dijo Seokjin, acercándose para acomodar el cuello de la chaqueta de su hijo—. Además, Namjoon tiene una reunión cerca y pensamos en cenar todos juntos.
—¡Papá, mira! —señaló Soobin hacia la entrada del campus—. ¡Es la tía Shin-hye!
Jungkook frunció el ceño y vio a una mujer elegante y de sonrisa amable caminar hacia ellos. Era Park Shin-hye, una vieja amiga de la familia Jeon. Detrás de ella venían Yoongi y, para desgracia de la estabilidad mental de Jungkook, Jimin.
—¡Seokjin! ¡Namjoon! —exclamó Shin-hye, abrazando a sus amigos—. Qué alegría verlos. Mis hijos me dijeron que estarían por aquí.
—¿Hijos? —preguntó Jungkook, aunque ya sabía la respuesta.
—Oh, Jungkook, no sé si recuerdas a Jimin —dijo Shin-hye, señalando al rubio—. Eran muy pequeños cuando jugaban juntos en Seúl antes de que nos mudáramos.
Jimin miró a Jungkook con una ceja levantada.
—No recordaba que el pequeño Kookie se hubiera convertido en algo tan... grande —comentó Jimin, con un tono sugerente que hizo que Namjoon carraspeara y Seokjin sonriera con malicia.
—Jimin, no molestes a Jungkook —regañó Shin-hye suavemente—. Él es un chico muy aplicado.
—Lo sé, mamá. Ya me dejó claro que es el dueño del campo —respondió Jimin, acercándose a Soobin—. Hola, pequeño. Soy Jimin. ¿Quieres ver un truco?
Jimin hizo una voltereta hacia atrás en el lugar, aterrizando perfectamente frente al niño. Soobin abrió los ojos de par en par, maravillado.
—¡Guau! ¡Eres como un superhéroe! —gritó Soobin.
—Algo así —rio Jimin, pero luego su expresión cambió cuando Soobin intentó tocar su cabello—. Solo no me despeines, pequeño Jeon. Soy muy celoso con mi aspecto.
La cena familiar fue una tortura para Jungkook. Jimin se sentó justo frente a él y, bajo la mesa, Jungkook juraría que sintió el roce de una bota de cuero contra su espinilla más de una vez. Los rumores en la universidad ya estaban volando; alguien había tomado una foto de Jimin enfrentando a Leendo y otra de Jungkook mirando a Jimin durante el entrenamiento.
Al día siguiente, la universidad era un hervidero.
—¿Viste al nuevo? —decía una chica en el pasillo—. Dicen que es el hermano de Yoongi y que ya puso en su lugar a medio equipo de soccer.
—Y dicen que Jungkook no le quita la vista de encima —añadía otro—. Lee Soe está furiosa.
Jungkook caminaba hacia su clase de economía cuando fue interceptado por Lee Soe.
—Jungkook, tenemos que hablar sobre la presentación del viernes —dijo ella, bloqueándole el paso—. Los porristas necesitamos más tiempo en el campo para ensayar la pirámide.
—Habla con el entrenador, Soe. Yo no hago los horarios —respondió él, intentando rodearla.
—Es por el rubio, ¿verdad? —soltó ella, con veneno en la voz—. Es un presumido. Cree que porque es bonito puede hacer lo que quiera. Incluso escuché que es un buscapleitos.
—No hables de lo que no sabes —dijo Jungkook, sorprendiéndose a sí mismo por defender a alguien que apenas conocía.
—¡Oh, por favor! —exclamó Soe—. Solo quiere llamar la atención. Es un...
—¿Es un qué? —la voz de Jimin resonó detrás de ellos.
Jimin caminaba con Taehyung a su lado. El rubio tenía una sonrisa gélida en el rostro.
—Termina la frase, castañita —retó Jimin, acercándose a Soe—. Me encantaría saber qué opinas de mí.
Soe retrocedió, intimidada por la intensidad de la mirada azul de Jimin.
—Solo decía que eres nuevo y ya estás causando problemas —balbuceó ella.
—Causar problemas es mi especialidad cuando la gente se mete en lo que no le importa —dijo Jimin. Luego, miró a Jungkook—. Y tú, Capitán, deja de dejar que otros hablen por ti. Si tienes algo que decirme, dímelo a la cara.
Jimin dio media vuelta y se alejó, con Taehyung siguiéndolo mientras le lanzaba una mirada de disculpa a Jungkook.
Esa noche, Jungkook no podía dormir. Se quedó en el campo de entrenamiento mucho después de que las luces se apagaran, pateando balones contra la red vacía. El silencio de la noche era solo interrumpido por el impacto del cuero contra el metal.
—Sabía que te encontraría aquí.
Jungkook se giró. Jimin estaba apoyado contra el poste de la portería, vistiendo una sudadera de gran tamaño que lo hacía ver pequeño y vulnerable, una imagen que contrastaba totalmente con su actitud del día.
—¿Qué haces aquí, Jimin? Es tarde.
—No podía dormir. Este lugar es demasiado tranquilo comparado con Seúl —dijo Jimin, caminando hacia el centro del campo—. Y quería saber si el capitán es tan bueno como dicen, o si todo es solo publicidad.
—¿Quieres probar? —desafió Jungkook, pasándole el balón con el pie.
Jimin atrapó el balón con una habilidad sorprendente.
—Hagamos una apuesta, Jeon. Si anoto tres goles, me dejas usar el campo media hora antes de tu entrenamiento todos los días.
—¿Y si gano yo? —preguntó Jungkook, acercándose.
Jimin sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que la sangre de Jungkook hirviera.
—Si ganas tú... puedes pedirme lo que quieras.
El juego comenzó. No era soccer profesional; era una danza de sombras bajo la luz de la luna. Jimin era rápido, increíblemente ágil, escapando de los intentos de Jungkook por quitarle el balón. Jungkook, por su parte, usaba su fuerza y su envergadura para acorralarlo.
En un movimiento rápido, Jungkook logró arrebatarle el balón, pero Jimin, en lugar de rendirse, se lanzó hacia él, provocando que ambos cayeran sobre el césped húmedo.
Jungkook terminó encima de Jimin, con las manos a ambos lados de su cabeza. La respiración de ambos era agitada, el vapor saliendo de sus labios en el aire frío de la noche. Los ojos azules de Jimin brillaban con una mezcla de desafío y algo más profundo, algo eléctrico.
—Parece que gané —susurró Jungkook, su voz volviéndose ronca.
—¿Ah, sí? —respondió Jimin, sin apartar la mirada—. ¿Y qué vas a pedir, Capitán?
La tensión entre ellos era casi tangible. Los rumores, el soccer, las clases... todo desapareció. Jungkook bajó la mirada hacia los labios carnosos de Jimin, sintiendo una atracción que desafiaba toda lógica.
—Quiero que dejes de jugar conmigo —dijo Jungkook en voz baja—. Quiero saber quién eres realmente detrás de toda esa fachada de chico malo.
Jimin suavizó su expresión por un momento, sus dedos rozando apenas la muñeca de Jungkook.
—Soy lo que ves, Jungkook. Soy posesivo, soy difícil y no me dejo de nadie. Pero si decides entrar en mi mundo, tienes que saber que no hay vuelta atrás.
Jungkook no esperó más. Se inclinó y unió sus labios a los de Jimin en un beso que comenzó con urgencia y terminó con una pasión que amenazaba con consumirlos a ambos. Era el inicio de algo que sacudiría los cimientos de la Universidad de Busán.
Porque cuando un capitán que no se deja distraer encuentra a un porrista que no se deja dominar, el resultado es una explosión que nadie puede ignorar. Y mientras las sombras de la noche los envolvían, Jungkook supo que su vida nunca volvería a ser la misma. Jimin no era solo un intercambio; era el destino que finalmente lo había alcanzado.
Jungkook se limpió el sudor de la frente con el dorso de su mano, dejando que su mirada oscura recorriera el campo. A pesar de ser el centro de todas las miradas, de los susurros en los pasillos y de las confesiones de amor que terminaban en su casillero, él permanecía como una fortaleza inexpugnable. No era arrogante, simplemente no le interesaba el juego de la seducción.
—¡Jeon! ¡Concéntrate o te voy a meter un gol desde la media cancha! —gritó una voz ronca desde la portería.
Min Yoongi, el portero estrella y mejor amigo de Jungkook, ajustaba sus guantes con una sonrisa felina. Yoongi era el único que realmente conocía la presión que Jungkook cargaba sobre sus hombros.
—Inténtalo, Yoongi —respondió Jungkook con una sonrisa desafiante—. Sabes que nadie pasa mi defensa.
—Hoy estás más intenso de lo normal —comentó Yoongi cuando el entrenamiento hizo una breve pausa—. ¿Es por la llegada del nuevo equipo de porristas? Dicen que el coreógrafo trajo refuerzos de Seúl.
—No me importa quién baile en la banda, mientras no interrumpan el entrenamiento —contestó Jungkook con frialdad.
—Bueno, pues deberías prestar atención —dijo Yoongi, su tono volviéndose extrañamente protector—. Mi hermano menor llega hoy. Se transfirió desde Seúl para estar conmigo. Y te lo advierto, Jeon: si le pones un ojo encima, te rompo las piernas.
Jungkook soltó una carcajada seca.
—Sabes que no me interesan esas cosas. Tu hermano está a salvo conmigo.
Sin embargo, las palabras de Jungkook se disolvieron en el aire apenas unos minutos después. Un grupo de jóvenes con uniformes azules y dorados entró en la pista de atletismo que rodeaba el campo. Al frente del grupo, caminando con una confianza que rozaba la insolencia, estaba él.
Park Jimin era, en una palabra, irreal. Su cabello rubio brillaba bajo el sol como si estuviera hecho de hilos de oro, y sus ojos azules, una rareza que cautivaba al instante, escaneaban el lugar con curiosidad. Su cuerpo, moldeado por años de danza y gimnasia, era una combinación perfecta de gracia y fuerza.
—¡Yoongi-chi! —gritó Jimin, agitando una mano con entusiasmo.
El portero, que normalmente era la definición de la apatía, corrió hacia la banda con una sonrisa genuina. Jungkook se quedó estático en medio del campo, con el balón bajo el pie, observando cómo el rubio abrazaba a su mejor amigo.
—¡Mírate! —exclamó Yoongi, revolviendo el cabello de Jimin—. Estás más pequeño, ¿o soy yo?
—Cállate, gruñón —respondió Jimin con una voz dulce pero firme—. Sigo siendo más guapo que tú, eso es lo que importa.
Acompañando a Jimin estaba Kim Taehyung, un chico castaño de sonrisa cuadrada que ya era conocido en la universidad por su carisma. Taehyung no perdió tiempo y se acercó a Yoongi, aunque sus ojos brillaban con un interés que iba más allá de la simple amistad.
—Hola, Yoongi-hyung —dijo Taehyung, mordiéndose el labio—. Espero que no te moleste que Jimin y yo compartamos dormitorio. Prometo cuidarlo bien.
—Más te vale, Tae —gruñó Yoongi, aunque no parecía realmente molesto—. O tendré que recordarte por qué soy el portero con los reflejos más rápidos de la liga.
Jungkook decidió que era momento de intervenir, aunque solo fuera para sacudirse la extraña sensación que le recorría la columna. Se acercó al grupo con paso firme, sintiendo cómo el aire se volvía más pesado a medida que se aproximaba a Jimin.
—¿Interrumpo algo? —preguntó Jungkook, manteniendo su expresión neutral.
Jimin se giró lentamente. Sus ojos azules chocaron con los negros de Jungkook, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse. Jimin no bajó la mirada; al contrario, lo recorrió de arriba abajo con una desfachatez que Jungkook nunca había experimentado.
—Tú debes ser el famoso capitán —dijo Jimin, cruzándose de brazos—. Mi hermano habla mucho de ti. Dice que eres un robot que solo sabe patear balones.
—Soy Jeon Jungkook —respondió él, ignorando el insulto—. Y este es mi campo. Espero que los porristas sepan mantener la distancia durante los entrenamientos.
Jimin soltó una risa melodiosa que puso los pelos de punta a Jungkook. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del pelinegro.
—Escucha, "Capitán" —dijo Jimin, su tono volviéndose afilado—. Me llamo Park Jimin. No soy "un porrista", soy el mejor que vas a ver en tu vida. Y lo que es mío, es mío. Así que no me des órdenes, porque no me gusta seguirlas.
En ese momento, un chico llamado Kim Leendo, que siempre andaba merodeando cerca del equipo de soccer, se acercó con la intención de "ayudar" al nuevo.
—Oye, precioso, si necesitas que alguien te enseñe el campus, yo estoy libre —dijo Leendo, intentando poner una mano en el hombro de Jimin.
Antes de que Jungkook pudiera reaccionar, Jimin ya había atrapado la muñeca de Leendo con un movimiento rápido y certero. El giro fue tan brusco que el chico soltó un quejido de dolor.
—Regla número uno, imbécil —siseó Jimin, sus ojos azules echando chispas—. No me toques sin mi permiso. La próxima vez, te sacaré el brazo de su lugar. ¿Entendido?
Leendo asintió frenéticamente y huyó hacia las gradas. Jimin se sacudió las manos como si hubiera tocado algo sucio y volvió a mirar a Jungkook, quien lo observaba con una mezcla de sorpresa y una admiración que se esforzaba por ocultar.
—Vaya —murmuró Jungkook—. Al menos sabes defenderte.
—No necesito que nadie me defienda —sentenció Jimin.
—¡Jimin! ¡Taehyung! ¡A la formación! —gritó Lee Soe desde el otro extremo de la pista.
Soe era la capitana de las porristas y, desde hacía un año, intentaba desesperadamente llamar la atención de Jungkook sin éxito. Ver a Jimin tan cerca del capitán le provocó un ardor inmediato en el pecho.
—Vamos, Minnie —dijo Taehyung, tirando del brazo de su amigo—. Tenemos que ensayar la rutina de bienvenida.
Jimin le lanzó una última mirada a Jungkook, una que contenía un desafío silencioso, y se alejó hacia el grupo de porristas.
El resto del entrenamiento fue un desastre para Jungkook. No podía concentrarse. Sus ojos se desviaban constantemente hacia la pista, donde Jimin se movía con una elasticidad asombrosa. Cada salto, cada giro, cada movimiento de cadera parecía estar diseñado para atormentarlo.
—Te dije que no le pusieras un ojo encima —susurró Yoongi, pasando a su lado—. Te conozco, Jeon. Esa cara de idiota no la tienes por el cansancio.
—No digas estupideces —respondió Jungkook, aunque su corazón latía con una fuerza inusual.
Al terminar la práctica, Jungkook se dirigió a las duchas, tratando de despejar su mente. Sin embargo, al salir del edificio de deportes, se encontró con una escena que no esperaba. Su padre, Namjoon, y su papi, Seokjin, estaban allí con su hermano pequeño, Soobin.
—¡Kookie! —gritó Soobin, corriendo a abrazar las piernas de su hermano mayor—. ¡Papi Jin dijo que podíamos venir a buscarte!
—Hola, campeón —dijo Jungkook, cargando al niño de ocho años—. ¿Qué hacen aquí?
—Queríamos darte una sorpresa —dijo Seokjin, acercándose para acomodar el cuello de la chaqueta de su hijo—. Además, Namjoon tiene una reunión cerca y pensamos en cenar todos juntos.
—¡Papá, mira! —señaló Soobin hacia la entrada del campus—. ¡Es la tía Shin-hye!
Jungkook frunció el ceño y vio a una mujer elegante y de sonrisa amable caminar hacia ellos. Era Park Shin-hye, una vieja amiga de la familia Jeon. Detrás de ella venían Yoongi y, para desgracia de la estabilidad mental de Jungkook, Jimin.
—¡Seokjin! ¡Namjoon! —exclamó Shin-hye, abrazando a sus amigos—. Qué alegría verlos. Mis hijos me dijeron que estarían por aquí.
—¿Hijos? —preguntó Jungkook, aunque ya sabía la respuesta.
—Oh, Jungkook, no sé si recuerdas a Jimin —dijo Shin-hye, señalando al rubio—. Eran muy pequeños cuando jugaban juntos en Seúl antes de que nos mudáramos.
Jimin miró a Jungkook con una ceja levantada.
—No recordaba que el pequeño Kookie se hubiera convertido en algo tan... grande —comentó Jimin, con un tono sugerente que hizo que Namjoon carraspeara y Seokjin sonriera con malicia.
—Jimin, no molestes a Jungkook —regañó Shin-hye suavemente—. Él es un chico muy aplicado.
—Lo sé, mamá. Ya me dejó claro que es el dueño del campo —respondió Jimin, acercándose a Soobin—. Hola, pequeño. Soy Jimin. ¿Quieres ver un truco?
Jimin hizo una voltereta hacia atrás en el lugar, aterrizando perfectamente frente al niño. Soobin abrió los ojos de par en par, maravillado.
—¡Guau! ¡Eres como un superhéroe! —gritó Soobin.
—Algo así —rio Jimin, pero luego su expresión cambió cuando Soobin intentó tocar su cabello—. Solo no me despeines, pequeño Jeon. Soy muy celoso con mi aspecto.
La cena familiar fue una tortura para Jungkook. Jimin se sentó justo frente a él y, bajo la mesa, Jungkook juraría que sintió el roce de una bota de cuero contra su espinilla más de una vez. Los rumores en la universidad ya estaban volando; alguien había tomado una foto de Jimin enfrentando a Leendo y otra de Jungkook mirando a Jimin durante el entrenamiento.
Al día siguiente, la universidad era un hervidero.
—¿Viste al nuevo? —decía una chica en el pasillo—. Dicen que es el hermano de Yoongi y que ya puso en su lugar a medio equipo de soccer.
—Y dicen que Jungkook no le quita la vista de encima —añadía otro—. Lee Soe está furiosa.
Jungkook caminaba hacia su clase de economía cuando fue interceptado por Lee Soe.
—Jungkook, tenemos que hablar sobre la presentación del viernes —dijo ella, bloqueándole el paso—. Los porristas necesitamos más tiempo en el campo para ensayar la pirámide.
—Habla con el entrenador, Soe. Yo no hago los horarios —respondió él, intentando rodearla.
—Es por el rubio, ¿verdad? —soltó ella, con veneno en la voz—. Es un presumido. Cree que porque es bonito puede hacer lo que quiera. Incluso escuché que es un buscapleitos.
—No hables de lo que no sabes —dijo Jungkook, sorprendiéndose a sí mismo por defender a alguien que apenas conocía.
—¡Oh, por favor! —exclamó Soe—. Solo quiere llamar la atención. Es un...
—¿Es un qué? —la voz de Jimin resonó detrás de ellos.
Jimin caminaba con Taehyung a su lado. El rubio tenía una sonrisa gélida en el rostro.
—Termina la frase, castañita —retó Jimin, acercándose a Soe—. Me encantaría saber qué opinas de mí.
Soe retrocedió, intimidada por la intensidad de la mirada azul de Jimin.
—Solo decía que eres nuevo y ya estás causando problemas —balbuceó ella.
—Causar problemas es mi especialidad cuando la gente se mete en lo que no le importa —dijo Jimin. Luego, miró a Jungkook—. Y tú, Capitán, deja de dejar que otros hablen por ti. Si tienes algo que decirme, dímelo a la cara.
Jimin dio media vuelta y se alejó, con Taehyung siguiéndolo mientras le lanzaba una mirada de disculpa a Jungkook.
Esa noche, Jungkook no podía dormir. Se quedó en el campo de entrenamiento mucho después de que las luces se apagaran, pateando balones contra la red vacía. El silencio de la noche era solo interrumpido por el impacto del cuero contra el metal.
—Sabía que te encontraría aquí.
Jungkook se giró. Jimin estaba apoyado contra el poste de la portería, vistiendo una sudadera de gran tamaño que lo hacía ver pequeño y vulnerable, una imagen que contrastaba totalmente con su actitud del día.
—¿Qué haces aquí, Jimin? Es tarde.
—No podía dormir. Este lugar es demasiado tranquilo comparado con Seúl —dijo Jimin, caminando hacia el centro del campo—. Y quería saber si el capitán es tan bueno como dicen, o si todo es solo publicidad.
—¿Quieres probar? —desafió Jungkook, pasándole el balón con el pie.
Jimin atrapó el balón con una habilidad sorprendente.
—Hagamos una apuesta, Jeon. Si anoto tres goles, me dejas usar el campo media hora antes de tu entrenamiento todos los días.
—¿Y si gano yo? —preguntó Jungkook, acercándose.
Jimin sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa que hizo que la sangre de Jungkook hirviera.
—Si ganas tú... puedes pedirme lo que quieras.
El juego comenzó. No era soccer profesional; era una danza de sombras bajo la luz de la luna. Jimin era rápido, increíblemente ágil, escapando de los intentos de Jungkook por quitarle el balón. Jungkook, por su parte, usaba su fuerza y su envergadura para acorralarlo.
En un movimiento rápido, Jungkook logró arrebatarle el balón, pero Jimin, en lugar de rendirse, se lanzó hacia él, provocando que ambos cayeran sobre el césped húmedo.
Jungkook terminó encima de Jimin, con las manos a ambos lados de su cabeza. La respiración de ambos era agitada, el vapor saliendo de sus labios en el aire frío de la noche. Los ojos azules de Jimin brillaban con una mezcla de desafío y algo más profundo, algo eléctrico.
—Parece que gané —susurró Jungkook, su voz volviéndose ronca.
—¿Ah, sí? —respondió Jimin, sin apartar la mirada—. ¿Y qué vas a pedir, Capitán?
La tensión entre ellos era casi tangible. Los rumores, el soccer, las clases... todo desapareció. Jungkook bajó la mirada hacia los labios carnosos de Jimin, sintiendo una atracción que desafiaba toda lógica.
—Quiero que dejes de jugar conmigo —dijo Jungkook en voz baja—. Quiero saber quién eres realmente detrás de toda esa fachada de chico malo.
Jimin suavizó su expresión por un momento, sus dedos rozando apenas la muñeca de Jungkook.
—Soy lo que ves, Jungkook. Soy posesivo, soy difícil y no me dejo de nadie. Pero si decides entrar en mi mundo, tienes que saber que no hay vuelta atrás.
Jungkook no esperó más. Se inclinó y unió sus labios a los de Jimin en un beso que comenzó con urgencia y terminó con una pasión que amenazaba con consumirlos a ambos. Era el inicio de algo que sacudiría los cimientos de la Universidad de Busán.
Porque cuando un capitán que no se deja distraer encuentra a un porrista que no se deja dominar, el resultado es una explosión que nadie puede ignorar. Y mientras las sombras de la noche los envolvían, Jungkook supo que su vida nunca volvería a ser la misma. Jimin no era solo un intercambio; era el destino que finalmente lo había alcanzado.
