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Bendita sea esta Paladín Pervertida

Fandom: KonoSuba!

Creado: 5/6/2026

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El Precio de una Paladín

La vena en mi sien palpitaba con una furia sorda y constante. Si mi ira fuera maná, podría haber lanzado una docena de hechizos de explosión sin necesidad de Megumin. Estaba en la ruina. No, «en la ruina» era un eufemismo para describir el abismo financiero en el que me había hundido. Estaba en números rojos, tan rojos como las mejillas de Darkness cuando le susurraba alguna obscenidad al oído. Y todo por rescatar a esa misma mujer de un matrimonio concertado que la habría hecho miserable de una forma que ni siquiera su retorcido masoquismo podría disfrutar.

Uno pensaría que, tras un acto tan heroico y desinteresado —aunque motivado en un 90% por no querer buscar una nueva tanquista—, mis compañeras mostrarían algo de gratitud. Un poco de apoyo. Tal vez, ¿solo tal vez?, ¿ayudar a recuperar la fortuna que había sacrificado por una de ellas?

Qué iluso.

Aqua, la diosa inútil cuyo único poder divino parecía ser la capacidad de transformar el agua en alcohol y el dinero en deudas de bar, roncaba plácidamente en el sofá de la mansión, con una botella de vino barato abrazada como si fuera un tesoro sagrado. De vez en cuando, soltaba un murmullo sobre «agua bendita de alta graduación» y sonreía en sueños. Inútil.

Megumin, por su parte, era una lapa. Una lapa obsesionada con las explosiones. Cada mañana, me tironeaba de la manga con la energía de un cachorro hiperactivo.

—Kazuma, Kazuma. ¿Vamos a hacer una explosión? El castillo del Rey Demonio no se va a destruir solo. ¡Necesito mi explosión diaria! ¡Mi maná se desborda!

—¡Y mi cartera se desborda de aire! —le había gritado esa misma mañana, haciéndola respingar—. ¡Estoy trabajando! ¡Llevo tres días seguidos haciendo trabajos de construcción para poder pagar la comida de esta semana! ¡Si quieres una explosión, ve y explota unas rocas para la cantera y que te paguen por ello!

Se había ido haciendo un puchero, pero la muy terca no entendía el concepto de «trabajo remunerado». Para ella, el arte de la explosión era puro, no debía ser manchado por el vil metal. Fácil decirlo cuando no eres tú quien tiene que contar cada mísera moneda de cobre.

Y luego estaba Darkness. Lalatina. La paladín masoquista que había iniciado todo este desastre. Y ella… ella era el verdadero epicentro de mi preocupación, una preocupación que se disfrazaba de irritación. Había cambiado. Desde que volvimos a Axel, apenas la veía. Desaparecía durante horas, a veces días enteros. Cuando regresaba, lo hacía en un estado lamentable. Su brillante armadura, normalmente pulida hasta el exceso, volvía abollada y arañada. Su ropa, sucia y a veces rasgada. Su rostro, normalmente pálido y regio, lucía magulladuras y cortes.

Al principio, intenté ignorarlo. «Es Darkness», me decía. «Seguro que ha encontrado un nido de goblins y se ha ofrecido como cebo voluntario para sentir el placer de sus toscos ataques». Pero había algo diferente en su mirada. No era la habitual expresión de éxtasis pervertido. Era… agotamiento. Un cansancio profundo y pesado que ni sus jadeos de placer podían ocultar.

Cada vez que le preguntaba, la respuesta era la misma.

—¿Dónde estabas, Darkness?

—Cumpliendo con mi deber de paladín —respondía ella, con la voz un poco ronca, evitando mi mirada.

—Parece que tu deber era usar tu cara para detener un deslizamiento de tierra.

Ante eso, un leve rubor aparecía en sus mejillas, pero no iba acompañado del habitual jadeo. Solo una mirada evasiva y un seco:

—Fue una misión… ardua.

Y se encerraba en su habitación.

La preocupación, esa emoción molesta y desconocida que a veces sentía por este trío de inútiles, comenzó a carcomerme. Así que hice lo que cualquier líder de grupo responsable haría: fui al gremio a cotillear.

Luna, la recepcionista de generoso busto y paciencia infinita, me miró con compasión cuando me acerqué al mostrador. Probablemente pensó que venía a pedir otro adelanto.

—Kazuma-san. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Otra misión de exterminio de sapos? La temporada está por empezar.

—No, gracias. Ya tuve suficiente de esa baba para toda una vida —dije, estremeciéndome al recordarlo—. En realidad, Luna-san, quería preguntarte por Darkness.

La expresión de Luna se suavizó.

—Ah, Lalatina-sama. Es una paladín muy dedicada.

—Dedicada a hacerse golpear, querrás decir. Últimamente ha estado desapareciendo. ¿Sabes algo? ¿Ha estado aceptando misiones por su cuenta?

Luna dudó un momento, mirando unos papeles sobre su escritorio como si contuvieran los secretos del universo.

—Bueno… no debería decírtelo, pero… —suspiró—. Sí. Ha estado aceptando misiones. Misiones muy difíciles, de hecho. De las que normalmente requieren un grupo completo. Exterminio de grifos en las montañas, eliminación de un nido de kóbolds mineros, incluso ahuyentar a un golem de roca que bloqueaba una ruta comercial.

Me quedé helado. Esas no eran misiones para una sola persona, ni siquiera para una tanquista con una defensa absurdamente alta como Darkness.

—¿Sola? ¿Por qué demonios haría algo así?

Luna bajó la voz, inclinándose sobre el mostrador.

—Las aceptó bajo una condición: pago por adelantado de una parte y el resto al completarla. Todas misiones con recompensas muy, muy altas, Kazuma-san. Y… ha pedido que una gran parte de esas recompensas se transfieran directamente a tu cuenta. Para, y cito, «comenzar a saldar la inmensa deuda de honor y financiera contraída con mi líder por su magnánima intervención en mis asuntos personales».

El mundo se detuvo por un instante. La imagen de Darkness, con su armadura abollada y su rostro magullado, se superpuso con las palabras de Luna. El dinero. Lo estaba haciendo por el maldito dinero. Para pagarme.

Una sonrisa cínica se dibujó en mi rostro. Por un lado, ¡genial! ¡Dinero gratis! Al menos una de estas inútiles estaba demostrando ser rentable. Podría relajarme un poco, dejar los trabajos de albañil y volver a mi cómoda vida de holgazán.

Pero entonces, la sonrisa se desvaneció tan rápido como había llegado. Recordé su agotamiento. La forma en que cojeaba ligeramente cuando pensaba que nadie la veía. Los cortes que intentaba ocultar con su cabello. El hecho de que se enfrentara a monstruos peligrosos, sola, no por el placer pervertido de ser golpeada, sino como una forma de… compensación. Como un sacrificio.

Y eso… eso era demasiado.

Una cosa era que disfrutara de ser un escudo humano en nuestras batallas, protegiéndonos mientras jadeaba de placer. Eso era parte de su extraña y retorcida personalidad. Era nuestro acuerdo tácito. Pero esto era diferente. Esto no era por placer. Esto era una penitencia autoimpuesta. Se estaba vendiendo, golpe a golpe, a los monstruos más peligrosos de la región para pagarme una deuda que yo nunca le había pedido que pagara.

La bilis me subió por la garganta. El cansancio de mis músculos por los trabajos manuales fue reemplazado por una oleada de adrenalina furiosa.

No. De ninguna manera.

No iba a quedarme de brazos cruzados mientras mi paladín se dejaba matar lentamente para llenar mi bolsillo. No iba a permitir que esa noble idiota se sacrificara por mí. No toleraría que convirtiera su masoquismo en un acto de martirio por mi culpa.

—Gracias, Luna —dije, con una voz tan fría que la hizo parpadear—. Me has sido de gran ayuda.

Me di la vuelta, con cada músculo de mi cuerpo tenso. Mi mente, normalmente un torbellino de planes perezosos y pensamientos lascivos, ahora estaba clara como el cristal, enfocada en un único objetivo.

Tenía que encontrar a Darkness. Y teníamos que tener una charla.

***

Sabía que esperarla en la mansión era inútil. Si volvía a aparecer en ese estado, simplemente me daría otra excusa y se escondería. Necesitaba interceptarla, pillarla con las manos en la masa, o más bien, con el cuerpo magullado.

El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de Axel con tonos anaranjados y púrpuras. Me aposté cerca de la puerta principal de la ciudad, el lugar por donde la mayoría de los aventureros regresaban al final del día. Me apoyé en la pared de piedra, cruzado de brazos, intentando parecer casual, aunque por dentro era un volcán a punto de entrar en erupción.

Pasaron comerciantes con sus carretas, aventureros novatos que volvían de cazar conejos con cuernos, y parejas que paseaban aprovechando el frescor del atardecer. Cada vez que una figura rubia aparecía en la distancia, mi corazón daba un vuelco estúpido, pero ninguna era ella.

La espera me dio tiempo para pensar. ¿Qué le iba a decir exactamente? «¡Deja de pagarme, idiota masoquista!». No, demasiado directo. «Tu sacrificio me ofende, noble dama». Demasiado dramático. Quizás algo como: «Escucha, aprecio el gesto, pero prefiero que estés en una pieza para poder usarte como escudo humano en nuestras propias misiones rentables». Sí, eso sonaba más a mí.

Justo cuando la última luz del día se desvanecía y las antorchas de la ciudad comenzaban a ser encendidas, la vi.

Era una silueta solitaria que se recortaba contra el crepúsculo. Cojeaba. Era una cojera casi imperceptible, la de alguien que intenta con todas sus fuerzas caminar con normalidad, pero el dolor es demasiado persistente. A medida que se acercaba, los detalles se hicieron más nítidos y mi mandíbula se apretó.

Era peor de lo que había imaginado.

Su armadura pectoral tenía una abolladura del tamaño de un puño de ogro justo en el centro. La hombrera derecha, esa con forma de ala, estaba partida por la mitad. Su preciosa coleta rubia estaba deshecha, con mechones pegados a su frente por el sudor y la suciedad. Tenía un corte profundo en la mejilla izquierda, del que aún manaba un hilillo de sangre que ella se limpiaba con el dorso de un guantelete lleno de barro. Su vestido amarillo estaba desgarrado en el dobladillo y manchado con algo que parecía lodo de pantano y… ¿icor de monstruo?

Pero lo peor era su expresión. La máscara de estoicismo que intentaba mantener se resquebrajaba con cada paso doloroso. Sus ojos azules, normalmente brillantes y llenos de una determinación fanática, estaban apagados, nublados por el puro y simple agotamiento.

Apreté los puños con tanta fuerza que mis uñas se clavaron en mis palmas.

Cuando pasó a mi lado, sin verme, concentrada en poner un pie delante del otro, extendí el brazo y la agarré por la muñeca.

Ella se sobresaltó, soltando un pequeño grito ahogado. Se giró bruscamente, adoptando una postura defensiva por puro instinto, antes de que sus ojos se enfocaran en mí.

—¿Ka-Kazuma? —tartamudeó, sorprendida. El alivio y la confusión lucharon en su rostro—. ¿Qué haces aquí?

Mi mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose deliberadamente en cada herida, cada abolladura, cada mancha. Mi voz salió como un gruñido bajo.

—Yo podría preguntarte lo mismo. Aunque, a juzgar por tu aspecto, diría que vienes de una cita muy intensa con un nido de osos-lechuza. ¿Te divertiste?

Darkness apartó la mirada, un rubor de vergüenza tiñendo sus mejillas sucias de mugre. Intentó soltarse de mi agarre, pero lo mantuve firme.

—No sé de qué hablas. Solo… fue una misión de exploración. Un poco más movida de lo esperado.

—¿Exploración? —repetí, mi voz goteando sarcasmo—. ¿Exploraste el interior del estómago de un monstruo? ¡Mírate, Darkness! ¡Estás hecha un desastre!

—¡No es nada que un buen baño y una noche de descanso no puedan curar! —replicó ella, intentando sonar altiva, pero su voz tembló ligeramente—. Además, fue un éxito. La recompensa fue… considerable.

Ahí estaba. La palabra clave. «Recompensa».

Solté su muñeca de golpe y di un paso atrás, mirándola con los brazos en jarras.

—La recompensa. Claro. De eso se trata todo esto, ¿no? De la estúpida recompensa.

—¡No es estúpida! —protestó, y por primera vez, había un destello de su antigua fogosidad en sus ojos—. Es mi deber. Como noble y como tu compañera. Te dejé en una situación financiera precaria por mi egoísmo. Es mi responsabilidad enmendarlo.

Hizo un gesto y del cinturón descolgó una bolsa de cuero que sonó con el inconfundible tintineo del oro. Era una bolsa pesada, muy pesada. Me la tendió.

—Toma. Esto es solo el principio. Con unas cuantas misiones más…

No la cogí. La miré fijamente, luego a la bolsa, y luego a sus ojos desconcertados. Y entonces, empecé a reír. No fue una risa alegre. Fue una risa seca, amarga, llena de toda la frustración que había acumulado.

—¿Unas cuantas misiones más? —dije entre risas—. ¿Para que vuelvas partida en dos? ¿O quizás la próxima vez no vuelvas en absoluto? ¡Claro, el dinero estaría bien, pero encontrar un reemplazo de paladín tan bueno para atraer la atención de los monstruos es un verdadero fastidio!

Sus ojos se abrieron de par en par, herida.

—¡Kazuma!

—¡No! —le espeté, mi risa muriendo tan rápido como empezó—. ¡No me vengas con esa cara de doncella ofendida! ¿De verdad crees que soy tan imbécil? ¿Crees que no sé lo que has estado haciendo?

—Yo solo estoy…

—¡Estás intentando pagarme! —la interrumpí, dando un paso adelante, invadiendo su espacio personal. Ella retrocedió instintivamente—. ¡Estás saliendo ahí fuera, sola, a enfrentarte a monstruos que podrían matarte, y todo para pagarme un dinero que gasté porque no quería verte casada con ese cretino!

El rostro de Darkness se contrajo. La vergüenza y la terquedad luchaban en sus facciones.

—¡Es mi honor! ¡La casa Dustiness siempre paga sus deudas!

—¡Al diablo con tu honor! ¡Y al diablo con la casa Dustiness! —grité, y varias personas que pasaban se giraron a mirarnos—. ¡No somos una casa noble y su vasallo, somos un grupo de aventureros! ¡Se supone que debemos hacer estas estupideces juntos, para poder culparnos los unos a los otros cuando todo salga mal!

Un pesado silencio cayó entre nosotros. Darkness me miraba, con la bolsa de oro todavía extendida, su brazo temblando ligeramente por el agotamiento. Sus labios se separaron, como si fuera a decir algo, pero los volvió a cerrar. En su mirada, vi algo que me heló la sangre más que cualquier monstruo: una profunda y genuina tristeza.

Y entonces, en un murmullo apenas audible, lo dijo.

—Pero… soy una carga. Siempre causo problemas. Mi torpeza… mis… impulsos… solo te traigo gastos y disgustos. En el juicio, por mi culpa… con el matrimonio… yo… yo solo quería ser útil por una vez. De una forma real.

La ira se desinfló de mí como un globo pinchado, dejando un vacío incómodo y doloroso. La miré. A la poderosa paladín, la noble Lalatina, reducida a una figura patética y rota en la entrada de la ciudad, confesando sus inseguridades a la única persona que probablemente no debería.

Mierda.

Mierda, mierda, mierda. De todas las cosas que podría haber dicho, tuvo que decir la más honesta y desgarradora.

Suspiré, pasándome una mano por el pelo. Mi propia frustración me parecía ahora pequeña y estúpida.

—Eres una idiota —dije, pero mi voz ya no tenía la misma dureza. Sonaba… cansada.

Le quité la bolsa de dinero de la mano. El peso me sorprendió. Realmente había ganado una fortuna. Por un segundo, mi lado codicioso se regocijó. Luego miré su rostro y la sensación desapareció.

—Por supuesto que eres una carga —continué, con mi tono sarcástico habitual regresando, pero esta vez era un mecanismo de defensa—. Eres una paladín que no puede acertar un solo golpe. Eres una noble que se pone a respirar con dificultad cada vez que un monstruo la insulta. Eres una pervertida que nos mete en problemas porque busca activamente el peligro.

Con cada palabra, ella se encogía un poco más, como si mis frases fueran golpes físicos. Y, conociéndola, probablemente una parte de ella lo estaba disfrutando, lo cual era irritante.

—Pero —añadí, y ella levantó la vista, sorprendida—, Aqua es una diosa inútil que solo sabe llorar y pedir alcohol. Y Megumin es una maga de un solo uso que es más un estorbo que una ayuda el 99% del tiempo. Y yo soy un aventurero débil con estadísticas de mierda que depende de la suerte y de trucos sucios para sobrevivir.

Me acerqué y, sin pensarlo dos veces, le di un golpecito en la abolladura de su armadura con el nudillo. Ella se estremeció, pero no de dolor.

—Somos un grupo de cargas inútiles, Darkness. Esa es nuestra esencia. Somos el grupo de la disfuncionalidad. Pero funcionamos, a nuestra manera de mierda, porque nos cubrimos las espaldas los unos a los otros.

Ella me miraba con los ojos muy abiertos, el azul de sus iris brillando bajo la luz de las antorchas. La sangre seca en su mejilla contrastaba con la palidez de su piel.

—Lo que no hacemos —continué, bajando la voz—, es salir a escondidas a intentar solucionar los problemas de todo el grupo por nuestra cuenta. Eso rompe el sistema. Mi trabajo es idear planes estúpidos para conseguir dinero. El de Aqua es gastarlo y purificar agua ocasionalmente. El de Megumin es volar algo por los aires una vez al día. Y el tuyo… —Hice una pausa, mirándola directamente a los ojos—. Es estar en primera línea, recibiendo los golpes para que nosotros, los más débiles, no muramos. Ese es tu papel. Y lo haces jodidamente bien.

Un profundo rubor se extendió por su rostro, desde el cuello hasta las orejas. Empezó a respirar de forma entrecortada, su cuerpo temblando. Oh, no. Había activado su modo masoquista.

—Ka-Kazuma… decir esas cosas… tan dominante… ordenándome cuál es mi papel… ¡Ah! ¡Es como si me estuvieras encadenando a mi deber! ¡Qué humillación tan placentera!

Puse los ojos en blanco. Por un momento, casi lo había conseguido. Casi habíamos tenido un momento humano normal.

—¡Cállate, pervertida! —le espeté, dándole un suave empujón—. ¡No estaba intentando excitarte! ¡Estaba intentando tener una conversación seria!

—¡Pero lo que dices es tan… tan de líder! ¡Asumiendo la responsabilidad, dictando nuestras vidas…! ¡Ah, Kazuma! ¡Repréndeme más! ¡Dime lo inútil que soy sin ti para guiarme!

—¡Eres increíble! —grité, exasperado—. ¡Intento decirte que no te sacrifiques por mí y lo conviertes en una de tus fantasías! ¡Olvídalo!

Di media vuelta, dispuesto a marcharme y dejarla allí con sus jadeos, pero me detuve. No podía hacer eso. No en el estado en que estaba.

Suspiré por enésima vez esa noche. Me giré de nuevo hacia ella. Su rostro estaba sonrojado, sus ojos brillantes de una emoción que era una mezcla de gratitud y excitación pervertida, y su respiración seguía siendo irregular.

—Escucha. Y escucha bien, porque no pienso repetirlo —dije, con toda la seriedad que pude reunir—. Aprecio el dinero. —Sopesé la bolsa en mi mano—. Realmente lo aprecio. Estoy casi tentado de dejar que continúes. Pero no lo harás.

Di un paso y me paré justo frente a ella.

—Esta es la última vez. ¿Entendido? A partir de mañana, volvemos a la normalidad. Buscaremos una misión de grupo. Una fácil. Cazar algunas ranas, tal vez. O entregar un paquete. Algo que podamos hacer los cuatro juntos. Y nos repartiremos la recompensa a partes iguales, como siempre.

Ella abrió la boca para protestar, probablemente para hablar de su «deuda». La callé levantando un dedo.

—Y en cuanto a la deuda… considérala pagada. No la deuda monetaria, esa la recuperaremos juntos. Me refiero a la otra. La de «honor». Me salvaste de morir innumerables veces sirviendo de escudo. Estamos en paz, ¿de acuerdo?

Darkness se quedó en silencio, mirándome. El rubor se había atenuado, reemplazado por una expresión de asombro. Asintió lentamente, casi con timidez.

—De acuerdo.

—Bien —dije, sintiéndome extrañamente agotado—. Ahora, vamos a casa. Hueles a pantano y a fracaso, y necesitas un baño urgentemente. Además, con este dinero, mañana podemos permitirnos el lujo de desayunar algo que no sea pan duro.

Empecé a caminar hacia la mansión, sintiendo su presencia a mi lado. Caminamos en silencio durante un rato, el único sonido era el tintineo de la bolsa de oro y el suave ruido de su armadura dañada.

—Kazuma.

—¿Qué?

—Gracias —dijo en voz baja.

No me giré para mirarla.

—No me des las gracias. Solo estaba protegiendo mi inversión. Eres una tanquista de primera, sería una pena tener que buscar otra.

Pude sentir, más que ver, la pequeña sonrisa que se dibujó en su rostro.

—Como digas, mi líder.

Puse los ojos en blanco, pero una pequeña sonrisa tiró de la comisura de mis labios.

Sí, mi grupo estaba formado por una diosa estúpida, una maga loca y una paladín pervertida. Eran un desastre. Eran una carga. Eran mi dolor de cabeza constante.

Pero eran mi grupo. Y no iba a dejar que ninguna de ellas se rompiera por mi culpa. Ya teníamos suficientes problemas como para añadir el autosacrificio a la lista.
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