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Thomas and friends la carta equivocada

Fandom: Thomas and friends

Creado: 5/6/2026

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Palabras equivocadas, el corazón correcto

La luz de la mañana se filtraba por las ventanas de los dormitorios de Tidmouth, una residencia moderna donde los conductores y trabajadores del ferrocarril de Sodor descansaban tras largas jornadas de trabajo. Thomas, un joven de cabello alborotado y ojos azules llenos de energía, estaba sentado en su pequeño escritorio, mordisqueando la punta de un bolígrafo. Frente a él, una hoja de papel blanco lucía varias tachaduras.

Thomas siempre había sido un chico decidido, pero cuando se trataba de Emily, su confianza se desvanecía como el vapor en un día de viento. Emily era elegante, inteligente y tenía una seguridad que a él lo desarmaba. Llevaba meses queriendo decirle lo que sentía, pero las palabras se le trababan en la garganta cada vez que la veía pasar con su largo cabello oscuro y su uniforme impecable.

—Hoy es el día —susurró Thomas para sí mismo—. No más dudas.

Con mano temblorosa, comenzó a escribir. No puso un encabezado con nombre, pues pensó que sería más romántico que ella lo descubriera al leer sus sentimientos más profundos. Escribió sobre cómo su sonrisa iluminaba los días de lluvia en la isla, sobre lo mucho que admiraba su dedicación y cómo su corazón latía más rápido cada vez que compartían un turno en la línea principal.

"Eres la persona más amable que he conocido, y tu luz hace que todo sea mejor. Me he enamorado de ti sin apenas darme cuenta, y no puedo pasar un día más sin que lo sepas", decía el párrafo final.

Dobló la carta con cuidado y salió de su habitación. Sabía que Emily compartía habitación con Rebecca, la nueva integrante del equipo de la línea principal. Rebecca era una chica de una belleza radiante; su cabello rubio caía en ondas suaves y siempre tenía una sonrisa para todos, aunque su torpeza era legendaria. Era común que Rebecca tropezara con sus propios pies o soltara cosas sin querer, pero su buen corazón hacía que nadie pudiera enfadarse con ella.

Thomas llegó a la puerta de la habitación de las chicas. Estaba entreabierta. Escuchó el sonido de la ducha y supuso que Emily se estaba bañando. Con el corazón a mil por hora, entró sigilosamente. Vio dos camas perfectamente tendidas. La de la izquierda tenía una colcha verde esmeralda (la de Emily, pensó él) y la de la derecha una de un amarillo brillante.

En su nerviosismo, y debido a que escuchó pasos acercándose por el pasillo, Thomas lanzó la carta sobre la cama que creía correcta y salió huyendo a toda prisa, sin notar que, en su agitación, la carta había aterrizado justo en el centro de la cama de colcha amarilla.

Unos minutos después, Rebecca entró en la habitación tarareando una melodía alegre. Se había recogido el cabello rubio en una coleta alta y traía consigo un montón de toallas limpias que, por supuesto, terminaron desparramadas por el suelo cuando tropezó con la alfombra.

—¡Ay, Rebecca! Siempre igual —se rió de sí misma mientras se agachaba para recogerlas.

Al levantarse para dejar las toallas en el armario, algo blanco sobre su cama llamó su atención. Dejó caer las toallas nuevamente (esta vez sobre una silla) y tomó el sobre. No tenía nombre en el exterior.

—¿Qué es esto? —se preguntó con curiosidad.

Abrió el papel y comenzó a leer. A medida que sus ojos recorrían las palabras de Thomas, sus mejillas comenzaron a teñirse de un rosa intenso. Su corazón dio un vuelco.

—"Tu luz hace que todo sea mejor... me he enamorado de ti" —leyó en voz alta, con un suspiro que parecía sacado de un cuento de hadas.

Rebecca siempre se había sentido un poco fuera de lugar por ser tan distraída, pero leer que alguien apreciaba su "luz" y su "amabilidad" de esa manera la conmovió profundamente. Y ella conocía esa letra. Era la letra de Thomas. Lo había visto escribir informes muchas veces en la oficina del Inspector Gordo.

—¿Thomas? —susurró, con una sonrisa radiante—. ¿Thomas siente esto por mí?

No lo pensó dos veces. Rebecca era una chica de impulsos puros. Salió de la habitación casi corriendo, tropezando con el marco de la puerta en el proceso, y se dirigió hacia el ala de los dormitorios masculinos. Sabía que Thomas estaría allí, preparándose para su turno matutino.

Mientras tanto, en su habitación, Thomas caminaba de un lado a otro. Se sentía aliviado, pero también aterrorizado. ¿Qué diría Emily? ¿Se reiría de él? ¿Aceptaría sus sentimientos? Estaba tan sumido en sus pensamientos que no escuchó los pasos rápidos que se detenían frente a su puerta.

De repente, la puerta se abrió de par en par. Rebecca estaba allí, jadeando un poco por la carrera, con el cabello algo desordenado y los ojos brillando como dos soles.

Thomas se quedó helado.

—¿Rebecca? —preguntó extrañado—. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

Rebecca cerró la puerta tras de sí con un golpe seco y caminó hacia él. Tenía la carta apretada contra su pecho.

—Leí tu carta, Thomas —dijo ella con una voz dulce y emocionada—. No sabía que te sentías así.

Thomas sintió que el mundo se detenía. ¿Rebecca había leído la carta? Pero... ¡la carta era para Emily! Abrió la boca para explicar el malentendido, para decir que se había equivocado de cama, pero las palabras no salieron.

—Dijiste cosas tan lindas de mí —continuó Rebecca, acercándose un paso más, acortando la distancia entre ambos—. Siempre pensé que era demasiado ruidosa o torpe para alguien como tú, pero saber que me ves de esa forma... que amas mi luz...

—Rebecca, yo... —intentó decir Thomas, pero ella le puso un dedo en los labios.

—No tienes que decir nada más, Thomas. Acepto. Yo también siento algo especial por ti, aunque no sabía cómo decírtelo —dijo ella con una sinceridad tan aplastante que Thomas sintió un nudo en el estómago.

Rebecca era hermosa, amable y en ese momento lo miraba con una devoción que él nunca había visto en nadie. Antes de que Thomas pudiera encontrar la manera de aclarar que la carta no era para ella sin romperle el corazón en mil pedazos, Rebecca se inclinó hacia adelante.

Lo tomó por el cuello de su camisa azul y lo atrajo hacia ella. Thomas, sorprendido, no tuvo tiempo de reaccionar antes de que los labios de Rebecca se posaran sobre los suyos. Fue un beso profundo, lleno de la alegría y el entusiasmo que caracterizaban a la chica rubia.

Al principio, Thomas se quedó rígido, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. Pero el beso de Rebecca era cálido y dulce, olía a flores y a la frescura de la mañana. Sin darse cuenta, sus ojos se cerraron y sus manos encontraron la cintura de la chica.

¿Cómo podía decirle la verdad ahora? Rebecca estaba radiante, feliz de una manera que contagiaba. El error de la carta se sentía, de repente, como una jugada del destino.

Cuando finalmente se separaron, Rebecca tenía el rostro encendido y una sonrisa de oreja a oreja.

—Eso fue... —comenzó Thomas, todavía un poco aturdido.

—Fue perfecto —completó ella, dándole un suave apretón en las manos—. Gracias por ser tan valiente y dejarme esa carta, Thomas. Prometo que no te arrepentirás.

—Yo... bueno —Thomas tragó saliva, mirando esos ojos brillantes que lo observaban con tanta ilusión—. Solo quería que supieras cómo me sentía.

—Y ahora lo sé —dijo ella, dándole un beso rápido en la mejilla—. ¡Tengo que ir a preparar mi locomotora! ¡Nos vemos en el cruce de Knapford!

Rebecca salió de la habitación casi saltando, chocando accidentalmente con Percy en el pasillo y pidiéndole perdón entre risas mientras seguía su camino.

Thomas se dejó caer en su cama, con el corazón latiendo con fuerza. Miró hacia la puerta y luego hacia sus manos. Había escrito una carta para Emily, pero había terminado ganándose el corazón de la chica más dulce de la isla.

—Vaya —susurró para sí mismo, llevándose los dedos a los labios, donde aún sentía el calor del beso de Rebecca—. Creo que... creo que acabo de tener el error más afortunado de mi vida.

A lo lejos, escuchó el silbato de una locomotora. El día de trabajo comenzaba, y aunque no era el comienzo que había planeado, Thomas no podía evitar sentir que, por una vez, su torpeza al entregar esa carta lo había llevado exactamente a donde necesitaba estar. No sabía qué pasaría cuando viera a Emily, pero al pensar en la sonrisa de Rebecca, supo que no quería verla triste nunca.

A veces, las palabras equivocadas llegaban a los oídos que más necesitaban escucharlas.
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