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Vuelve a mi

Fandom: Naruto

Creado: 6/6/2026

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RomanceDramaAngustiaPsicológicoEscena FaltanteEstudio de PersonajeAmbientación CanonDivergencia
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El eco de los lazos rotos

La lluvia caía sobre el País de los Campos de Arroz con una monotonía asfixiante. En el interior de uno de los refugios subterráneos de Orochimaru, el aire era pesado, cargado de humedad y del olor metálico del acero. Sasuke Uchiha, de apenas dieciséis años, permanecía sentado en el borde de su lecho de piedra, con la mirada perdida en la tenue luz de una antorcha que chisporroteaba en la pared.

Su cuerpo dolía. No era un dolor físico, de esos a los que estaba acostumbrado tras las extenuantes sesiones de entrenamiento con el Sannin de las serpientes, sino una punzada sorda en el pecho que se negaba a desaparecer. Habían pasado meses desde su último encuentro con el Equipo 7 en el puente de Tenchi, y sin embargo, la imagen de Naruto Uzumaki seguía grabada a fuego detrás de sus párpados.

—Es una distracción —susurró para sí mismo, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

Se puso en pie y caminó hacia el espejo de obsidiana que adornaba su habitación. Sus rasgos se habían vuelto más afilados, perdiendo cualquier rastro de la redondez infantil que alguna vez tuvo en la Academia. Sus ojos negros, profundos y gélidos, ocultaban el Sharingan que tanto poder le otorgaba, pero no podían ocultar la confusión que bullía en su interior.

Recordó la mirada de Naruto en su último encuentro. No era una mirada de odio, a pesar de que Sasuke había intentado atravesar su pecho con un Chidori en el Valle del Fin. Era una mirada de determinación absoluta, de una fe ciega que resultaba irritante y, al mismo tiempo, aterradoramente cálida.

—¿Por qué no te rindes? —preguntó a su reflejo, como si Naruto pudiera escucharlo a través de la distancia—. ¿Por qué sigues persiguiendo a alguien que ya está muerto por dentro?

Un golpe seco en la puerta interrumpió sus pensamientos. Kabuto entró sin esperar invitación, con esa sonrisa serpentina que siempre lograba irritar a Sasuke.

—Lord Orochimaru te busca, Sasuke-kun —dijo Kabuto, ajustándose las gafas—. Dice que es hora de probar tus nuevos límites. Estás distraído hoy, ¿ocurre algo?

Sasuke ni siquiera se giró para mirarlo. Su lenguaje corporal era de una arrogancia calculada, una máscara que perfeccionaba cada día para mantener a raya a los que lo rodeaban.

—No es de tu incumbencia, Kabuto. Dile que iré en un momento.

—Como desees. Solo recuerda que los sentimientos son una debilidad que no puedes permitirte si realmente quieres matar a Itachi.

La puerta se cerró y el silencio volvió a reinar. Sasuke sintió un escalofrío. "Debilidad". Esa era la palabra que definía su estancia en Konoha, o al menos eso era lo que se repetía a diario. Pero, ¿por qué entonces el recuerdo de Naruto comiendo ramen, o su risa ruidosa y carente de tacto, se sentía como lo único real en medio de este mundo de sombras y traiciones?

Cerró los ojos y, por un instante, se permitió recordar. No recordó la batalla, ni el Kyubi, ni la sangre. Recordó el momento en que, siendo niños, sus miradas se cruzaron por primera vez en el muelle. Había reconocido en Naruto la misma soledad que él cargaba, el mismo vacío. Eran dos caras de una misma moneda, forjados en el fuego del rechazo y la pérdida.

Pero había algo más. Algo que Sasuke se había negado a admitir mientras crecía. La competitividad que sentía hacia Naruto no era solo por ser el mejor, era una necesidad desesperada de que Naruto lo viera. De que Naruto fuera el único capaz de seguirle el ritmo.

—No es odio —murmuró Sasuke, sintiendo cómo el aire se escapaba de sus pulmones—. Es algo mucho peor.

El descubrimiento lo golpeó como un impacto físico. Durante años, había llamado a Naruto su "único vínculo", el lazo que debía cortar para alcanzar el Mangekyō Sharingan. Pero el lazo no era una simple cuerda de amistad que pudiera cortarse con una espada. Era algo que se había enraizado en su propia existencia. Se había enamorado de su peor enemigo, del único obstáculo que se interponía entre él y su venganza. O quizás, se había enamorado de la única persona que lo hacía sentir que aún era humano.

Salió de su habitación y caminó por los pasillos de piedra. Se encontró con Orochimaru en la sala de entrenamiento principal. El Sannin lo observó con sus ojos amarillos, relamiéndose los labios con una anticipación que a Sasuke siempre le había causado asco.

—Sasuke, mi querido aprendiz... —siseó Orochimaru—. Tu chakra está agitado. ¿Acaso el fantasma del chico zorro sigue rondando tu mente?

Sasuke desenvainó su Kusanagi en un movimiento fluido, apuntando directamente a la garganta del hombre.

—No vuelvas a pronunciar su nombre —dijo Sasuke, su voz era un susurro gélido, pero cargado de una furia que hizo que las antorchas de la sala vacilaran.

Orochimaru soltó una carcajada seca, sin inmutarse por la espada.

—Qué fascinante. El odio y el amor son dos ramas del mismo árbol, Sasuke. Ambos conducen al poder, pero solo uno te permite sobrevivir en la oscuridad. Si ese chico sigue siendo tu luz, nunca serás capaz de sumergirte en las sombras que necesito que habites.

—Yo no necesito luz —replicó Sasuke, activando su Sharingan. Las aspas giraron furiosamente—. Solo necesito poder para cumplir mi propósito. Naruto Uzumaki no es nada para mí.

—Mientes tan bien que casi te crees tus propias palabras —dijo Orochimaru, dándose la vuelta—. Entrenemos. Demuéstrame que ese "nada" no te impedirá matarme cuando llegue el momento.

La sesión de entrenamiento fue brutal. Sasuke descargó toda su frustración, su confusión y ese sentimiento nuevo y punzante sobre los subordinados que Orochimaru dispuso para él. Los derrotó a todos en cuestión de segundos, sin piedad, buscando en la violencia un refugio para sus pensamientos.

Sin embargo, cuando terminó y se quedó solo en medio del campo de entrenamiento, rodeado de cuerpos inconscientes, la soledad lo golpeó de nuevo. Se sentó en el suelo, jadeando, y miró sus manos. Estaban manchadas de una oscuridad que Naruto nunca aceptaría.

—Eres un idiota, Naruto —dijo en voz alta, aunque no había nadie para escucharlo—. Eres un idiota por creer en mí. Y yo soy un idiota por quererte de vuelta.

Se imaginó a Naruto en ese momento, probablemente entrenando bajo el sol de Konoha, gritando que se convertiría en Hokage y que traería a Sasuke de vuelta a casa. Esa fe inquebrantable era lo que más amaba y lo que más odiaba de él. Era la prueba viviente de que Sasuke había tomado el camino equivocado, y al mismo tiempo, era la única razón por la que todavía quería volver.

¿Cómo podía estar enamorado de alguien a quien deseaba destruir? ¿Cómo podía desear el calor de su presencia cuando se había condenado a sí mismo al frío eterno de la venganza?

—Si te vuelvo a ver... —comenzó Sasuke, cerrando el puño—. Si te vuelvo a ver, tendré que matarte. O tendré que rendirme ante ti.

Esa era la verdad que lo aterraba. Sasuke Uchiha, el último de su estirpe, el prodigio que había abandonado todo por poder, se sentía vulnerable ante la simple idea de un chico rubio de sonrisa radiante. No era una debilidad que Orochimaru pudiera explotar, era algo mucho más profundo. Era su última conexión con la inocencia que perdió la noche de la masacre.

Regresó a su habitación cuando la noche ya había caído. Se quitó la túnica blanca y se lavó la cara con agua fría. El reflejo que le devolvía el espejo ya no era el de un vengador impasible. Era el de un adolescente perdido en un laberinto de emociones que no sabía cómo manejar.

Se acostó y cerró los ojos, tratando de dormir, pero el sueño se le escapaba. En su mente, las imágenes se sucedían: el beso accidental en la academia, la forma en que Naruto lo protegió de Haku en el País de las Olas, el momento en que compartieron un trozo de comida bajo la lluvia. Cada recuerdo era una puñalada.

—Naruto... —susurró el nombre, probando cómo se sentía en sus labios sin la máscara de desprecio.

Se sentía como una promesa. Una promesa que sabía que probablemente no podría cumplir.

En ese momento, Sasuke comprendió que su camino hacia la venganza se había vuelto infinitamente más difícil. Ya no luchaba solo contra Itachi o contra el mundo. Luchaba contra sí mismo, contra ese sentimiento que crecía en su pecho como una flor en medio de un campo de batalla.

Si Naruto era el sol, él era la luna, condenado a reflejar su luz pero destinado a habitar en la oscuridad. Y aunque su orgullo le impedía admitirlo ante nadie más, esa noche, en la soledad de su celda de oro y piedra, Sasuke aceptó su derrota. Había perdido la batalla más importante contra su propio corazón.

—Algún día —dijo para sí mismo, mirando hacia el techo oscuro—, nos enfrentaremos de nuevo. Y ese día, Naruto, descubrirás que el odio no es lo que me mantiene vivo.

Con esa resolución agridulce, Sasuke finalmente cerró los ojos. El camino por delante era oscuro y estaba lleno de sangre, pero por primera vez en años, tenía una razón para seguir adelante que no nacía del odio. Era una razón egoísta, impulsiva y arrogante, tal como era él en ese momento.

Quería que Naruto lo mirara. Quería que Naruto lo salvara, incluso si tenía que luchar contra él con todas sus fuerzas para lograrlo. Porque en el fondo de su alma atormentada, Sasuke sabía que solo Naruto Uzumaki podía redimir al monstruo en el que se estaba convirtiendo.

La lluvia continuó cayendo sobre el refugio, borrando las huellas de los entrenamientos del día, pero incapaz de lavar el sentimiento que se había instalado en el corazón del joven Uchiha. El heredero del Sharingan, el vengador, el traidor... todos esos títulos se desvanecían ante la simple y dolorosa realidad de que, por primera vez, Sasuke se sentía vivo gracias a la persona que más debería odiar.

—Espérame, Naruto —fue su último pensamiento antes de que el cansancio lo venciera—. No dejes de buscarme. Porque si dejas de hacerlo, me perderé para siempre.

Y en la oscuridad de la habitación, una pequeña chispa de esperanza, tan tenue como la llama de una vela moribunda, permaneció encendida, desafiando a las sombras que amenazaban con consumirlo todo. Sasuke Uchiha había encontrado su verdad, y era una verdad que cambiaría el destino del mundo ninja para siempre. No era el poder lo que buscaba desesperadamente, sino el derecho a pertenecer a alguien de nuevo. Y ese alguien tenía ojos azules y una voluntad de fuego que ni siquiera el Sharingan más poderoso podría apagar jamás.
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