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Una historia tan patetica

Fandom: Kimetsu no yaiba

Creado: 6/6/2026

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El Eco de un Corazón de Hierro

La atmósfera en la finca de la Sede de los Cazadores de Demonios era inusualmente pesada. Tras el agotador enfrentamiento en la Aldea de los Herreros, el aire de victoria se veía empañado por la incertidumbre de lo que vendría después. Sin embargo, antes de que el entrenamiento de los Pilares diera inicio formalmente, una extraña anomalía en el espacio-tiempo, una grieta de luz plateada, proyectó una visión ante los ojos de los Pilares y los jóvenes cazadores presentes.

Nadie podía moverse. Frente a ellos, como si fuera una ventana al futuro, se desplegaba la Fortaleza Dimensional Infinita. Y en el centro de ese caos arquitectónico, la batalla más feroz que podrían imaginar: Tanjiro Kamado y Giyuu Tomioka contra la Tercera Luna Superior, Akaza.

—¿Ese es... Tomioka-san? —susurró Shinobu Kocho, con los ojos fijos en la imagen de su compañero, quien lucía marcas extrañas en su rostro y una determinación gélida.

—Y el joven Kamado... su fuerza es distinta —añadió Kyojuro Rengoku, cuya presencia espiritual parecía vibrar ante la visión de su sucesor peleando contra el demonio que le arrebató la vida.

La batalla era un torbellino de sangre y destellos azules. Akaza, con su Despliegue de Técnica, era una fuerza de la naturaleza. Pero entonces, algo cambió. Tanjiro, alcanzando el "Mundo Transparente", logró lo imposible: decapitar a la Luna Superior.

Sin embargo, el horror se apoderó de los espectadores cuando el cuerpo de Akaza no se desintegró. El tronco decapitado seguía moviéndose, lanzando golpes de una potencia devastadora que hacían retumbar la fortaleza.

—¡Es imposible! —exclamó Sanemi Shinazugawa, apretando los puños—. ¡Le cortaron la cabeza! ¡Debería estar muerto!

—Su voluntad de ganar es lo único que lo mantiene unido —murmuró Gyomei Himejima, juntando sus manos en una oración silenciosa.

En la visión, Akaza, o lo que quedaba de él, parecía entrar en un frenesí de regeneración. La carne burbujeaba, intentando reconstruir el rostro que una vez fue el de un hombre. Pero de repente, los movimientos del demonio se detuvieron en seco.

Akaza lanzó un golpe violento hacia lo que parecía ser el aire vacío a su lado, pero su puño se detuvo a medio camino. Los espectadores contuvieron el aliento. En la proyección, una figura etérea, casi invisible, se materializó parcialmente detrás de él. Era un hombre mayor, de aspecto severo pero amable, vestido con un kimono sencillo.

El hombre colocó una mano firme y cálida sobre el hombro de Akaza.

—¿Quién es ese? —preguntó Mitsuri Kanroji, con lágrimas en los ojos al sentir la tristeza que emanaba de la escena.

—Es su maestro... —respondió Tanjiro en el presente, sintiendo a través de la visión el olor a arrepentimiento y nostalgia que inundaba el lugar.

En la visión, Akaza tembló. La ira cruzó sus ojos reconstruidos a medias. Se sentía insultado, furioso de que alguien interrumpiera su búsqueda de la fuerza absoluta.

—¡Suéltame! —parecía gritar el alma de Akaza, aunque sus labios apenas se movían—. ¡Tengo que ganar! ¡Tengo que ser el más fuerte!

Pero el maestro no se movió. Su sola presencia parecía anular la sed de sangre del demonio. Y entonces, como si una represa se rompiera, los recuerdos de Akaza comenzaron a fluir, inundando la mente de todos los que observaban.

Vieron a un joven llamado Hakuji, un chico que robaba para comprar medicinas para su padre enfermo. Vieron los azotes, las marcas criminales en sus brazos, y el suicidio de su padre, quien no pudo soportar ver a su hijo convertirse en un ladrón por su culpa.

—No... esto es demasiado cruel —sollozó Mitsuri, cubriéndose la boca.

La visión continuó. Hakuji fue acogido por Keizo, el maestro del dojo que ahora ponía la mano sobre su hombro. Vieron a Koyuki, la hija de Keizo, una joven frágil que Hakuji cuidó con una devoción pura. Vieron el momento en que Hakuji finalmente encontró la felicidad, el momento en que prometió proteger a Koyuki por el resto de su vida bajo los fuegos artificiales.

Y luego, lo vieron todo arder.

El pozo envenenado por el dojo rival. La muerte de Keizo y Koyuki mientras Hakuji estaba fuera. La masacre que Hakuji perpetró en su dolor ciego, matando a sesenta y siete personas con sus propias manos antes de encontrarse con Muzan Kibutsuji.

—Él no quería ser un demonio —dijo Giyuu en voz baja, observando su propio reflejo en la lucha—. Solo quería proteger lo que amaba y falló.

De vuelta al presente de la visión, Akaza miró sus propias manos, las manos que habían asesinado a tantos, las manos que habían olvidado el rostro de la mujer que amaba. El odio hacia sí mismo superó cualquier deseo de victoria.

—Ya es suficiente —se dijo Akaza a sí mismo, con una voz que sonaba a mil años de cansancio—. No soy yo a quien quiero matar. Es a este monstruo en el que me he convertido.

Con un movimiento fluido y cargado de una dignidad recuperada, Akaza utilizó su propia técnica contra sí mismo. Sus puños impactaron su cuerpo, deteniendo la regeneración, destruyendo las células que Muzan le había impuesto.

—¡Se está suicidando! —gritó Inosuke, confundido por la resolución del demonio.

Pero el cuerpo del demonio, impulsado por el instinto de supervivencia primordial y la voluntad del Rey de los Demonios, se negó a morir. Los músculos se tensaron, los huesos crujieron y el torso sin cabeza intentó lanzarse una vez más contra Tanjiro y Giyuu, quienes estaban exhaustos y heridos en el suelo.

—¡Detente! —la voz de Akaza resonó en el vacío espiritual—. ¡Ya basta!

En ese espacio liminal entre la vida y la muerte, Akaza vio de nuevo a su maestro y, finalmente, a Koyuki. Ella estaba allí, hermosa y radiante, sosteniendo su mano.

—Gracias, Hakuji-san —susurró ella—. Has hecho suficiente.

Akaza, recuperando su forma humana de Hakuji en su mente, miró a Tanjiro, quien lo observaba con ojos llenos de una compasión dolorosa.

—Pelearon con honor —pensó Hakuji, dirigiendo su último pensamiento hacia los dos cazadores—. Gracias por detenerme.

El cuerpo del demonio comenzó a desmoronarse en cenizas plateadas. No hubo gritos de agonía, solo un suspiro largo y profundo que pareció limpiar el aire viciado de la fortaleza. El espíritu de Akaza se desvaneció, rodeado no por la oscuridad del infierno que le esperaba, sino por el abrazo de aquellos a quienes había fallado y que, a pesar de todo, lo perdonaban.

La visión se desvaneció lentamente, dejando a los Pilares en un silencio absoluto en la finca de la Aldea de los Herreros.

Rengoku fue el primero en hablar, su voz firme pero teñida de una nueva comprensión.

—Incluso en la oscuridad más profunda, el alma humana busca la luz —dijo, mirando al cielo—. Ese demonio... ese hombre, volvió a casa al final.

Tanjiro asintió, limpiándose las lágrimas. Sabía que las batallas que vendrían serían atroces, pero ahora entendía algo fundamental. No solo luchaban para destruir monstruos, sino para liberar a las almas atrapadas en la tragedia.

—Tenemos que hacernos más fuertes —dijo Tanjiro, con una determinación renovada—. Por todos los que cayeron, y por los que aún pueden ser salvados.

Giyuu, quien había permanecido en silencio, miró sus manos. La visión le había mostrado que, en el futuro, él y Tanjiro formarían un vínculo inquebrantable. El peso de la soledad que siempre cargaba pareció aligerarse un poco.

—Sí —respondió Giyuu sencillamente—. Entrenemos.

El sol comenzó a ponerse, tiñendo el horizonte de un rojo intenso, similar a las flores que Akaza recordaba de su juventud. La paz era momentánea, pero la lección de honor y redención que acababan de presenciar quedaría grabada en sus corazones para siempre, preparándolos para el descenso final a la oscuridad de la Fortaleza Infinita.
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