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Rodeada de serpientes

Fandom: Harry Potter

Creado: 6/6/2026

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Sombras de Plata y Leones de Oro

La Gran Sala de Hogwarts ya no olía a miedo, pero tampoco se sentía como el hogar que Hermione Granger recordaba. El aire era denso, cargado de una solemnidad que las velas flotantes no lograban disipar por completo. El octavo año era una anomalía, un remiendo en la historia del colegio para aquellos cuyas vidas habían sido puestas en pausa por la guerra.

Hermione apretó los dedos sobre su túnica, sintiendo el metal frío de su nueva insignia. No era simplemente una Premio Anual; era, según la Profesora McGonagall, un "puente". Sin embargo, mientras observaba la mesa de Slytherin, se preguntaba si aquel puente no estaba construido sobre arenas movedizas.

—Es una locura, Hermione —susurró Ron a su lado, mirando con desprecio hacia la mesa de las serpientes—. No solo los dejan volver, sino que les dan privilegios. Se supone que deberían estar en Azkaban, o al menos bajo arresto domiciliario.

—El Ministerio cree en la reinserción, Ron —respondió ella, aunque su propia voz carecía de convicción—. Y la directora cree que la convivencia es la única forma de sanar las grietas de nuestra sociedad.

—Pues yo creo que McGonagall ha perdido el juicio —intervino Harry, aunque su tono era más de cansancio que de ira—. Vigilar a Malfoy es una cosa, pero vivir con él... Ten cuidado.

Hermione asintió y se puso en pie. Tenía una cita en el ala este del castillo, en una torre que había sido rehabilitada exclusivamente para los cuatro Premios Anuales de ese año. El Ministro Shacklebolt había sido claro: la supervisión de los hijos de mortífagos no podía ser solo externa. Necesitaban a alguien de confianza absoluta dentro de sus muros personales.

Caminó por los pasillos de piedra, escuchando el eco de sus propios pasos. Al llegar frente al retrato de una esfinge de mármol, pronunció la contraseña:

—*Aequitas*.

El retrato se deslizó hacia un lado, revelando una sala común que Hermione solo podría describir como un intento diplomático de decoración. Los tapices alternaban el rojo y el dorado con el verde y el plata; los muebles eran de madera oscura y cuero, lujosos y sobrios.

Sin embargo, lo que llamó su atención no fue la decoración, sino los tres hombres que ya ocupaban el espacio.

Draco Malfoy estaba de pie junto a la chimenea, observando las llamas con una expresión gélida. Su cabello rubio platino parecía casi blanco bajo la luz mágica, y su postura, aunque impecable, denotaba una tensión que antes solía ocultar tras la arrogancia.

Sentado en uno de los sillones de terciopelo verde, Theodore Nott hojeaba un libro antiguo. Theo era más delgado de lo que Hermione recordaba, con ojos hundidos que sugerían noches de poco sueño, pero mantenía esa aura de observador silencioso que siempre lo había distinguido.

Blaise Zabini, por el contrario, estaba recostado con elegancia en el sofá, con una pierna cruzada sobre la otra. Su piel oscura contrastaba con la camisa de seda gris que vestía bajo la túnica abierta. Al ver entrar a Hermione, una sonrisa ladeada, cargada de esa vanidad característica, apareció en su rostro.

—La salvadora del mundo mágico hace su entrada —dijo Blaise, su voz arrastrando las sílabas con una pereza estudiada—. Por un momento pensé que te habías arrepentido de compartir techo con los parias.

Hermione cerró la entrada tras de ella y caminó hacia el centro de la habitación, dejando su bolso sobre la mesa central.

—Tengo un deber que cumplir, Zabini —respondió ella con firmeza—. Al igual que todos nosotros.

—Un deber —repitió Draco, sin apartar la vista del fuego—. Es una forma interesante de llamar a la vigilancia penitenciaria. No te engañes, Granger. Sabemos perfectamente por qué estás aquí. Eres la niñera que el Ministerio nos ha impuesto para asegurarse de que no dibujamos marcas tenebrosas en las paredes.

Hermione se cruzó de brazos, sosteniendo la mirada gris de Malfoy cuando este finalmente se giró hacia ella.

—Si el Ministerio quisiera carceleros, habría enviado Aurores —replicó ella—. Estoy aquí para terminar mis estudios y para asegurar que este año transcurra sin incidentes. Si eso significa convivir con vosotros, que así sea.

Theodore Nott cerró su libro con un golpe seco, aunque sus movimientos fueron tranquilos.

—La convivencia requiere reglas —dijo Theo, su voz era baja y sorprendentemente melodiosa—. Y supongo que tú ya tienes una lista preparada, ¿no es así, Hermione?

Ella parpadeó, sorprendida por el uso de su nombre de pila.

—He esbozado algunos puntos básicos —admitió, sacando un pergamino de su bolsillo—. Horarios de limpieza de las zonas comunes, respeto por las horas de estudio y, por supuesto, una tregua absoluta sobre cualquier conflicto de sangre o pasado político.

Blaise soltó una carcajada corta y sin alegría.

—Una tregua. Qué adorable. ¿Oyes eso, Draco? La sangre sucia quiere que seamos amigos.

—Zabini —advirtió Draco, pero su tono no fue de reproche, sino de advertencia cansada—. No empieces. No tengo energía para tus juegos este año.

Hermione sintió una punzada de extrañeza. El Malfoy de sexto año habría saltado ante el insulto de Blaise, o lo habría alentado. Este Malfoy parecía simplemente... agotado.

—No pido amistad —dijo Hermione, ignorando el epíteto—. Pido civismo. Estamos en la misma posición. Los cuatro somos Premios Anuales, los cuatro tenemos responsabilidades sobre el resto de la escuela. Si no podemos mantener el orden aquí dentro, ¿cómo esperamos hacerlo fuera?

—Ella tiene razón —intervino Theo, poniéndose en pie—. Aunque nos cueste admitirlo, nuestra libertad condicional depende de lo bien que nos llevemos con la "Regla de Oro" de Gryffindor. Si ella reporta que somos inadaptados, volveremos a las audiencias del Wizengamot antes de Navidad.

Theo se acercó a la mesa y tomó el pergamino de manos de Hermione. Sus dedos rozaron los de ella por un breve segundo, y Hermione notó que estaban inusualmente fríos. El joven Slytherin leyó la lista con atención.

—Me parece razonable —concluyó Theo, pasándole el papel a Draco—. Excepto lo de los turnos de limpieza. Podemos pedirle a los elfos domésticos que se encarguen.

—No —dijo Hermione de inmediato—. Los elfos no son nuestros esclavos. Si vamos a vivir aquí como adultos, limpiaremos nuestros propios desastres. Es una cuestión de principios.

Draco leyó el pergamino y soltó un bufido de desdén, pero no lo rompió. Lo dejó caer sobre la mesa.

—Principios —masculló Draco—. Siempre tienes que complicarlo todo con tu moralidad, Granger. Está bien. Seguiremos tus reglas, siempre y cuando tú no interfieras en nuestros asuntos privados. Lo que hagamos en nuestras habitaciones no es de tu incumbencia.

—Mientras no sea ilegal o ponga en peligro la seguridad del castillo, no me importa lo que hagáis —aseguró ella.

Blaise se levantó del sofá, estirándose como un gato.

—Bueno, ahora que hemos establecido los términos de nuestra cautividad compartida, sugiero que cada uno se retire a sus aposentos. El viaje en tren ha sido agotador y el aire de rectitud de Granger me está dando dolor de cabeza.

—Mañana a las ocho desayunaremos aquí para organizar las patrullas de los pasillos —anunció Hermione, tratando de retomar el control de la situación.

—¿Desayunar juntos? —Blaise enarcó una ceja—. ¿Es obligatorio o es otra de tus torturas de integración?

—Es necesario para coordinar el trabajo —insistió ella.

—Iremos, Granger —dijo Draco, dándole la espalda de nuevo—. Ahora, vete. Queremos hablar entre nosotros sin testigos.

Hermione dudó. Sus instintos de Gryffindor le decían que debía quedarse, que debía saber qué tramaban. Pero su parte lógica le recordó que forzar la situación solo generaría más resistencia. Con un suspiro, tomó su bolso y se dirigió hacia el pasillo donde se encontraban los dormitorios.

—Buenas noches —dijo antes de salir de la sala común.

No hubo respuesta, salvo el crepitar de la leña en el hogar.

Una vez en su habitación, Hermione se dejó caer sobre la cama de dos columnas. El cuarto era espacioso, decorado en tonos neutros para no ofender a ninguna casa, con una ventana que daba al Bosque Prohibido. Se sentía extrañamente sola. Durante años, su vida en Hogwarts había estado definida por el ruido de la sala común de Gryffindor, por las risas de Ron y las preocupaciones de Harry. Ahora, estaba rodeada de silencio y de enemigos que se suponía debían ser sus aliados.

"Son solo diez meses", se dijo a sí misma. "Diez meses para demostrar que el mundo ha cambiado".

Mientras tanto, en la sala común, el ambiente cambió drásticamente tras la partida de Hermione. Blaise se sirvió una copa de un licor ambarino que había sacado de su baúl, mientras Theo se sentaba en el suelo, apoyando la espalda contra el sofá.

—Es más terca de lo que recordaba —comentó Blaise, saboreando la bebida—. Y tiene esa mirada... como si esperara que mordiéramos a alguien en cualquier momento.

—¿Y no es lo que esperas tú también, Blaise? —preguntó Theo, mirando al techo—. Todos esperan que cometamos un error. McGonagall, Shacklebolt... incluso nuestros propios padres desde sus celdas.

Draco finalmente se sentó, hundiéndose en el sillón que Hermione había ocupado mentalmente como "el suyo".

—No podemos permitirnos errores —dijo Draco, su voz era ahora un susurro cargado de una seriedad mortal—. Si Granger escribe un solo informe negativo, mi madre perderá su libertad condicional. Nos han puesto con ella porque saben que es la única que no puede ser comprada, ni intimidada, ni seducida.

—Habla por ti —murmuró Blaise con una sonrisa maliciosa—. Granger ha crecido bastante bien durante el verano. Quizás la seducción sea la estrategia más divertida.

—Inténtalo y te arrepentirás —dijo Draco bruscamente—. No estamos aquí para jugar, Zabini. Estamos aquí para sobrevivir. Si ella quiere que limpiemos, limpiaremos. Si quiere que patrullemos, patrullaremos. Seremos los estudiantes modelo que este estúpido colegio quiere que seamos.

Theo observó a Draco con curiosidad.

—¿Te molesta tanto que sea ella, Draco? ¿O te molesta que ella sea la que tiene el poder sobre nosotros ahora?

Draco apretó los puños sobre los reposabrazos del sillón.

—Me molesta que ella me mire y vea a un criminal —confesó, y por un momento, la máscara de arrogancia se quebró, revelando la vulnerabilidad de un joven que había visto demasiada muerte—. Y lo que más me molesta es que tiene razón al hacerlo.

El silencio volvió a reinar en la sala, pero esta vez era un silencio compartido, pesado por las culpas del pasado.

A la mañana siguiente, Hermione fue la primera en levantarse. Se vistió con esmero, asegurándose de que su insignia de Premio Anual estuviera perfectamente nivelada. Cuando salió a la sala común, se sorprendió al encontrar la mesa del comedor puesta. No había comida aún, pero los platos y cubiertos estaban dispuestos con una simetría militar.

Theodore Nott estaba sentado en un rincón, leyendo un periódico diferente al *Profeta Diario*.

—Buenos días —dijo Hermione, acercándose—. No esperaba que nadie estuviera despierto.

—Los hábitos de la guerra son difíciles de romper —respondió Theo sin levantar la vista—. El sueño profundo es un lujo que algunos no recuperamos.

Poco después, Draco y Blaise aparecieron. Draco vestía su uniforme con una pulcritud casi obsesiva, mientras que Blaise parecía haber hecho un esfuerzo por lucir lo más desaliñado posible dentro de las normas, con la corbata floja y el primer botón de la camisa desabrochado.

Se sentaron a la mesa en un silencio incómodo hasta que la comida apareció por arte de magia.

—Bien —comenzó Hermione, desplegando un mapa del castillo—. He dividido las rondas nocturnas. Malfoy, tú vendrás conmigo los lunes y miércoles. Nott y Zabini se encargarán de los martes y jueves. Los fines de semana rotaremos.

Draco dejó de remover su avena y la miró fijamente.

—¿Tú y yo? —preguntó—. ¿Estás segura de que quieres caminar por pasillos oscuros conmigo, Granger? Podría... no sé, hechizarte por la espalda.

—Si hubieras querido hacerlo, ya habrías tenido oportunidades anoche —replicó ella, encontrando su mirada sin pestañear—. Además, ambos sabemos que soy más rápida con la varita que tú.

Blaise soltó una risita ahogada, mientras que Theo permitió que una pequeña sonrisa curvara sus labios. Draco, lejos de enfurecerse, pareció casi impresionado por la respuesta.

—Touche, Granger —concedió él—. Lunes y miércoles, entonces. Pero no esperes que mantenga una conversación amena sobre la liberación de los elfos o el metabolismo de los gnomos de jardín.

—Me conformo con que no intentes maldecir a ningún alumno de primer año —dijo ella, cerrando el mapa.

El desayuno transcurrió con una tensión vibrante, pero manejable. Hermione observaba a los tres Slytherins. Eran diferentes, sí. Había una oscuridad en ellos que no se borraría fácilmente, una sombra que los separaba del resto de los estudiantes que reían y bromeaban en el Gran Comedor. Pero también vio algo más: una necesidad desesperada de normalidad.

—¿Por qué volviste, Nott? —preguntó Hermione de repente—. Tu familia tiene propiedades en el extranjero. Podrías haber terminado tus estudios en cualquier otro lugar.

Theo dejó su café y la miró con sus ojos inteligentes y melancólicos.

—Hogwarts es el único lugar donde todavía se me juzga por mis propias notas y no solo por el apellido de mi padre —respondió con sinceridad—. Y porque, a pesar de todo, este castillo es lo más parecido a un hogar que he tenido.

Hermione sintió una punzada de empatía. A menudo olvidaba que, bajo las túnicas caras y las actitudes gélidas, estos chicos también habían sido víctimas de las ambiciones de sus padres.

—¿Y tú, Zabini? —quiso saber ella.

—Oh, yo solo vine por el drama —respondió Blaise con una sonrisa deslumbrante—. Y porque mi madre se va a casar por octava vez y no soporto al nuevo candidato. Hogwarts es mucho más tranquilo que una boda de los Zabini.

Draco no esperó a que ella le preguntara.

—Estoy aquí porque no tengo otra opción, Granger. Es esto o la degradación total de mi linaje. Si este año sale bien, los Malfoy conservaremos nuestra varita. Si sale mal... bueno, supongo que siempre podré aprender a usar un arado muggle.

El sarcasmo en su voz era amargo, pero Hermione detectó el miedo real detrás de sus palabras.

—Entonces hagamos que salga bien —dijo ella, levantándose de la mesa—. Tenemos clase de Pociones en diez minutos. Sugiero que nos movamos. No querréis llegar tarde el primer día con Slughorn.

Mientras caminaban juntos hacia las mazmorras, el grupo de cuatro Premios Anuales atraía todas las miradas. Era una imagen poderosa: la heroína de guerra flanqueada por tres de los nombres más infames de la comunidad mágica.

Era un experimento peligroso, Hermione lo sabía. Pero mientras caminaba al lado de Draco Malfoy, notó que él no se alejaba de ella cuando los estudiantes de Gryffindor los abucheaban en voz baja. Al contrario, caminaba con la cabeza alta, manteniendo el paso firme.

Al llegar a la puerta del aula, Draco se detuvo un momento y se inclinó hacia el oído de Hermione.

—Granger —susurró, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. Gracias por no ponerme con Zabini en las rondas. No lo habría soportado.

Antes de que ella pudiera responder, él entró en el aula, dejando tras de sí un rastro de perfume a sándalo y una sensación de que, quizás, aquel año no sería solo una cuestión de vigilancia.

El puente estaba construido. Ahora solo faltaba ver quién sería el primero en intentar cruzarlo, y quién, en un momento de debilidad, intentaría quemarlo. Pero mientras Hermione tomaba su lugar en su mesa habitual, sintió que, por primera vez desde el fin de la guerra, el futuro no estaba escrito en piedra, sino que era algo que ellos mismos tendrían que forjar, pieza por pieza, en la penumbra de aquella torre compartida.
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