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Daddy

Fandom: bts

Creado: 6/6/2026

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El eco de los cuadros y las pisadas silenciosas

El Museo de Arte Contemporáneo de Seúl estaba inusualmente tranquilo esa mañana de martes. Namjoon caminaba con paso pausado, disfrutando del aroma a pintura fresca y del silencio reverencial que solo las galerías de arte lograban ofrecerle. Sin embargo, su atención no estaba puesta completamente en la escultura de madera que tenía frente a él. Sus ojos se desviaban constantemente hacia la derecha, donde Hye Rin intentaba, sin mucho éxito, mantener a la pequeña Hana en silencio.

Hana, de apenas siete meses, había decidido que el eco de la gran sala era el juguete más divertido del mundo. Cada vez que soltaba un balbuceo agudo, el sonido rebotaba en las paredes blancas, y ella respondía con una risa nerviosa y saltitos en el regazo de su madre.

— Shh, pequeña curadora de arte —susurró Hye Rin, dándole un beso en la mejilla regordeta—. Si sigues gritando así, nos van a pedir que califiques las obras desde el jardín.

Namjoon se acercó a ellas, rodeando la cintura de Hye Rin con un brazo y dejando que Hana agarrara su dedo índice con su mano pequeña y fuerte.

— Creo que está tratando de decirnos que esta pieza es demasiado minimalista para su gusto —comentó Namjoon con una sonrisa cálida—. Tiene el ojo crítico de su madre.

Hye Rin soltó una risita y lo miró de reojo, con ese brillo sarcástico que Namjoon tanto amaba.

— Oh, claro. Porque yo soy la que se queda mirando una mancha de café en el suelo durante diez minutos pensando que es una metáfora de la existencia humana —bromeó ella, apoyando la cabeza en el hombro de su esposo—. No me culpes de tus excentricidades, Kim Nam-joon.

Él soltó una carcajada baja, cuidando de no romper demasiado la paz del lugar. Hye Rin tenía esa capacidad: podía bajarlo de sus nubes existenciales con una sola frase, recordándole que, aunque fuera el líder de un fenómeno global y un intelectual respetado, en casa era simplemente el hombre que a veces se olvidaba de cerrar la tapa de la pasta de dientes.

— ¿Tienes hambre? —preguntó ella, cambiando el tono a uno más tierno mientras acomodaba la manta de Hana—. La bebé no ha comido desde que salimos de casa y tú... bueno, tú tienes esa cara de "necesito un café o voy a empezar a recitar poemas tristes".

— Me conoces demasiado bien —admitió él, dejando un beso en la frente de Hye Rin—. Vamos a buscar algo.

Caminar por Seúl con ellos era el momento favorito de Namjoon. Aunque solían ir con un par de miembros de seguridad a una distancia prudencial, esos instantes le devolvían la sensación de ser una persona normal. Hye Rin no era la "esposa perfecta" de los manuales; era real. Era la mujer que se olvidaba las llaves dentro de casa dos veces por semana, la que se reía a carcajadas cuando él tropezaba con sus propios pies y la que, en ese momento, llevaba una mancha de puré de manzana en su chaqueta de diseñador sin que pareciera importarle lo más mínimo.

Se instalaron en una pequeña cafetería cerca del parque. Mientras Namjoon pedía los cafés, observó a Hye Rin desde el mostrador. Estaba sentada en una mesa de madera, con Hana en brazos, moviéndose al ritmo de una canción que solo ella escuchaba para entretener a la niña. Sus movimientos eran fluidos, naturales. Hye Rin era el corazón de su hogar, el lugar donde el ruido del mundo se apagaba.

Cuando Namjoon regresó con las bebidas, encontró a Hye Rin revisando su teléfono con una expresión de concentración.

— Los chicos preguntan si vamos a ir al ensayo de la tarde —dijo ella, levantando la vista—. Jimin dice que extraña a su sobrina y que ha comprado un juguete nuevo que "definitivamente no es un peluche gigante que ocupará media sala".

Namjoon suspiró, aunque con una sonrisa.

— Esos seis van a malcriar a Hana antes de que aprenda a decir "papá".

— Hana ya sabe quiénes son sus tíos favoritos —respondió Hye Rin, dándole un sorbo a su latte—. Ayer, cuando Jin hizo esa cara graciosa por videollamada, ella casi se cae del sofá de la risa. Tienes competencia, Joon. Ya no eres el hombre más divertido de su vida.

— Nunca lo fui —murmuró él, sentándose frente a ella—. Ella te mira a ti como si fueras el sol. Y no la culpo.

Hye Rin se sonrojó ligeramente, un gesto que, después de años de matrimonio, aún hacía que el corazón de Namjoon diera un vuelco. Ella estiró la mano sobre la mesa y apretó la de él.

— Estás cansado —dijo ella, su voz suavizándose. No era una pregunta, era una observación—. Los ensayos para la nueva gira están siendo intensos, ¿verdad?

Namjoon asintió, dejando caer los hombros. Solo con ella podía permitirse mostrar ese peso.

— Es solo que... quiero que todo sea perfecto. Pero a veces siento que me falta el aire.

Hye Rin no le dio un discurso motivacional. No le dijo que era el mejor líder del mundo ni que no debía preocuparse. En lugar de eso, apretó su mano con más fuerza y lo miró con esos ojos observadores que parecían leerle el alma.

— Pues respira ahora —dijo ella con sencillez—. Aquí no eres RM. Aquí eres el papá de Hana y el hombre que todavía no sabe cómo doblar correctamente las sábanas ajustables. El mundo puede esperar una hora más.

Namjoon cerró los ojos y exhaló un largo suspiro. Ella tenía razón. Ella siempre era el ancla.

Unas horas más tarde, el ambiente cambió radicalmente. Del silencio del museo pasaron al caos controlado de la sala de ensayos de HYBE. La música retumbaba en las paredes y el olor a esfuerzo y café llenaba el aire.

Cuando la familia Kim entró, la música se detuvo casi instantáneamente.

— ¡La princesa ha llegado! —gritó Taehyung, corriendo hacia ellos con los brazos abiertos.

Hana, al ver las caras conocidas, empezó a agitar los brazos con entusiasmo. Hye Rin se la entregó a Taehyung, quien comenzó a dar vueltas con ella mientras Jungkook y J-Hope se acercaban haciendo ruidos extraños para llamar su atención.

— Cuidado con su cabeza, Tae —advirtió Hye Rin, aunque se estaba riendo—. Y no le enseñes a hacer ese gesto con la lengua, que luego no hay quien la pare.

— ¡Es una estrella nata! —exclamó Hobi, acariciando las pequeñas manos de la bebé—. Mira esos ojos, tiene toda la curiosidad de Namjoon pero, por suerte, la gracia de Hye Rin.

— ¡Oye! —protestó Namjoon, aunque estaba apoyado contra la pared con una expresión de pura felicidad.

Hye Rin se acercó a Yoongi y Jin, que estaban sentados cerca de la mesa de mezclas.

— ¿Han comido algo decente hoy? —preguntó ella, escaneando las cajas de comida rápida vacías sobre la mesa—. Eso parece puro sodio y arrepentimiento.

Jin soltó una carcajada.

— Nuestra salvadora ha llegado. Namjoon nos dijo que estabas a dieta de "paz mental", pero veo que tu instinto de madre nos incluye a nosotros también.

— Alguien tiene que cuidarlos —dijo ella, sacando de su bolso unos recipientes con fruta cortada y sándwiches caseros que había preparado esa mañana—. Si fuera por Namjoon, vivirían de café y barritas de proteínas.

— Ella recuerda que odio el pepino —comentó Yoongi, tomando uno de los sándwiches con un gesto de agradecimiento—. Namjoon, no sé qué hiciste en tu vida pasada para convencerla de casarse contigo, pero claramente fue algo heroico.

Namjoon se acercó y pasó un brazo por los hombros de Hye Rin, atrayéndola hacia él. Ella se dejó querer, apoyando la espalda en su pecho mientras observaban el caos en el centro de la sala: cuatro idols de fama mundial intentando descifrar cómo funcionaba un sonajero nuevo.

— A veces yo también me lo pregunto —susurró Namjoon al oído de su esposa.

Hye Rin se giró un poco para mirarlo, con una sonrisa juguetona.

— Fue el hoyuelo —dijo ella en voz baja—. Y el hecho de que me hiciste un análisis de diez minutos sobre por qué mi serie favorita era una deconstrucción del mito del héroe. Me diste tanta lástima que decidí adoptarte.

Namjoon soltó una risotada y le dio un pequeño empujón cariñoso.

— Eres imposible.

— Pero me amas —respondió ella, dándole un rápido beso en los labios antes de separarse para rescatar a Hana de las garras de un Jimin que intentaba ponerle sus gafas de sol.

El ensayo continuó, pero el ambiente era diferente. La presencia de Hye Rin y la bebé suavizaba las aristas del trabajo duro. Mientras Namjoon repasaba las coreografías y discutía los arreglos musicales, su mirada volvía constantemente a la esquina de la sala. Allí, Hye Rin estaba sentada en el suelo sobre una colchoneta, jugando con Hana. A veces, ella levantaba la vista y le guiñaba un ojo, o le hacía una mueca divertida cuando él se ponía demasiado serio.

Hye Rin no era una espectadora pasiva. Era el recordatorio constante de por qué hacía todo aquello. Ella no lo veía como el ídolo, sino como el hombre que se emocionaba con los brotes de sus plantas y que le escribía notas adhesivas en el espejo del baño.

Al final del día, cuando el sol ya se había ocultado tras los rascacielos de Seúl, los tres regresaron a casa. El trayecto en coche fue silencioso; Hana se había quedado dormida profundamente en su silla, agotada de tanta atención.

Ya en el apartamento, el ritual de la noche comenzó. Namjoon se encargó de bañar a la bebé mientras Hye Rin preparaba una cena ligera. Eran esos momentos, en la intimidad de su hogar, donde la grandeza de su vida pública se sentía como un sueño lejano.

Después de dormir a Hana, Namjoon fue a la sala. Encontró a Hye Rin sentada en el sofá, con un libro a medio leer y los pies sobre la mesa de centro. Parecía cansada, pero había una serenidad en su rostro que siempre lo desarmaba.

Se sentó a su lado y ella, sin decir nada, se acomodó entre sus brazos. Namjoon hundió el rostro en su cuello, respirando su perfume, una mezcla de vainilla y el aroma a bebé que parecía haberse quedado impregnado en ella.

— Gracias —murmuró él contra su piel.

— ¿Por qué? —preguntó ella, entrelazando sus dedos con los de él.

— Por hacer que esto se sienta como una casa. Por no dejar que me pierda.

Hye Rin se separó un poco para mirarlo a los ojos. Su expresión era dulce, pero con ese toque de humor que nunca la abandonaba.

— Bueno, si te pierdes, Hana y yo tendremos que buscar a otro gigante torpe que sepa de arte coreano, y eso suena como mucho trabajo de búsqueda en aplicaciones de citas. Prefiero quedarme contigo.

Namjoon sonrió, sintiendo cómo la tensión de la gira y las expectativas desaparecían por completo.

— Eres increíble, Hye Rin. A veces te miro y no puedo creer que seas mi esposa. Que hayamos construido esto.

— Créetelo, Kim Nam-joon —dijo ella, volviendo a abrazarlo—. Porque mañana te toca a ti cambiar el primer pañal del día. Y te aseguro que eso es muy real.

Él se rió, una risa limpia y honesta, mientras la estrechaba más fuerte. Afuera, el mundo seguía girando a una velocidad vertiginosa, pero dentro de esas cuatro paredes, bajo la luz cálida de la sala, Namjoon tenía todo lo que necesitaba. Tenía su refugio, su realidad y el amor de la mujer que, con su sencillez y su alegría, lo hacía sentir, por encima de todo, un hombre afortunado.
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