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amor entre muertos

Fandom: the walking dead

Creado: 7/6/2026

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Post-ApocalípticoSupervivenciaRomanceDolor/ConsueloFluffDramaCrossoverEstudio de PersonajeAventuraHistoria Doméstica
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El rastro de la pólvora y el óxido

La carretera era una cinta de asfalto agrietado que parecía no tener fin bajo el sol implacable de Georgia. Para Natalia y Jai, el mundo se había reducido a lo que podían cargar en sus mochilas y a la presencia constante, a veces reconfortante y a veces exasperante, de la otra. Eran las dos caras de una moneda lanzada al aire en medio del caos.

Natalia caminaba con paso firme, aunque sus botas estaban gastadas. Su mente no dejaba de dar vueltas a las posibilidades, a los suministros que les quedaban y a la última discusión que habían tenido hacía apenas una hora por culpa de un mapa mal interpretado. Era intensa, y en un mundo donde la muerte acechaba en cada esquina, esa intensidad se convertía a menudo en un motor de supervivencia o en un estallido de carácter.

—Te digo que si hubiéramos girado a la izquierda en aquel cruce, ya habríamos encontrado algo —refunfuñó Natalia, apartándose un mechón de pelo de la cara con gesto brusco.

Jai, que caminaba a su lado dando pequeños saltos erráticos a pesar del cansancio, soltó una risita nerviosa. Su naturaleza inquieta la obligaba a moverse, a tocar las hojas secas, a no quedarse quieta ni un segundo.

—¡Ay, Nati, no seas tan intensa! —dijo Jai, acercándose para darle un empujón cariñoso en el hombro—. A lo mejor el destino quería que viéramos estos árboles tan bonitos. Además, tengo un presentimiento.

—Tus presentimientos suelen terminar con nosotras corriendo de una horda —replicó Natalia, aunque una pequeña sonrisa delató que su enfado se estaba evaporando. La lealtad que sentía por Jai era lo único que la mantenía cuerda.

—Pero siempre nos libramos, ¿a que sí? Porque soy inteligente y tú tienes ese genio que asusta hasta a los muertos —Jai se colgó del brazo de su amiga, poniéndose pegajosa como solía hacer cuando quería ablandarla—. Venga, dame un poquito de amor, que hace calor y tengo hambre.

—Quítate, Jai, que sudas —protestó Natalia, pero no la apartó.

Llegaron a una gasolinera destartalada en un cruce de caminos. El cartel de "Texaco" colgaba de un solo tornillo, chirriando con el viento. Era un lugar desolador, pero era lo único que tenían.

—Tú vigila la entrada, yo entraré a ver si queda algo de comida —ordenó Natalia, recuperando su tono de mando.

—¡Voy contigo! No quiero quedarme aquí fuera sola, me aburro —insistió Jai, poniendo ojos de perrito degollado, su táctica infalible de "rogona".

—Está bien, pero no toques nada que haga ruido.

Dentro, el aire olía a moho y a algo dulce y podrido. Las estanterías estaban casi vacías. Natalia se movía con pragmatismo, revisando cada rincón, mientras Jai no podía evitar comentar cada objeto inútil que encontraba.

—¡Mira, Nati! Un pintalabios. ¿Crees que me queda bien este tono "apocalipsis chic"? —preguntó Jai, haciendo un mohín frente a un espejo roto.

—¡Jai, concéntrate! —susurró Natalia con agresividad.

De repente, el sonido de un motor acercándose las dejó heladas. No era un caminante. Era un vehículo. Natalia agarró a Jai del brazo y la arrastró detrás del mostrador de madera.

—Cállate. Ni un suspiro —ordenó Natalia, su mano apretando el mango de su cuchillo con nudillos blancos.

La puerta de cristal, ya rota, crujió al abrirse. Dos sombras se proyectaron sobre el suelo polvoriento.

—No parece que haya mucho aquí, Rick —dijo una voz grave, áspera como la lija.

—Tenemos que mirar, Daryl. El grupo necesita combustible y cualquier cosa que sea comestible —respondió otra voz, más calmada pero cargada de una autoridad pesada.

Natalia asomó la cabeza lo justo para verlos. Uno era un hombre alto, con una camisa de uniforme desaliñada y una mirada azul que parecía ver a través de las paredes; el otro era más menudo pero más fibroso, con el pelo sucio cayéndole sobre los ojos y una ballesta cargada en el hombro. Parecían peligrosos. Parecían supervivientes de verdad.

Jai, incapaz de contener su curiosidad y su impulsividad, intentó ver también, pero tropezó con una lata de conserva vacía. El ruido resonó en el silencio de la tienda como un disparo.

—¡Salid de ahí con las manos en alto! —gritó el hombre de la ballesta, Daryl, apuntando directamente hacia el mostrador con una velocidad asombrosa.

Natalia se puso en pie de un salto, colocando a Jai detrás de ella, con el cuchillo en alto y una expresión de furia desafiante.

—¡No nos apuntes con esa cosa si no tienes intención de usarla, barbas! —espetó Natalia, su carácter explosivo saliendo a flote a pesar del peligro.

Rick, el líder, levantó una mano para calmar a su compañero, aunque no bajó su propia arma. Observó a las dos chicas: una desafiante y protectora, la otra asomándose por detrás con una sonrisa tímida y extrañamente risueña dadas las circunstancias.

—Baja el cuchillo —dijo Rick con calma—. No queremos problemas. Solo buscamos suministros.

—Nosotras llegamos primero —intervino Jai, saliendo del refugio de Natalia y mirando a Daryl de arriba abajo con descaro—. Aunque, si nos vais a invitar a cenar, podemos compartir. Por cierto, te queda muy bien ese chaleco de alas, te hace ver muy... rudo.

Daryl frunció el ceño, visiblemente desconcertado por la actitud de la chica.

—¿Estás loca, niña? Estamos en medio de la nada y te pones a soltar tonterías —gruñó Daryl, aunque bajó ligeramente la ballesta.

—No está loca, solo es idiota —dijo Natalia, sin bajar la guardia—. Y yo no voy a bajar mi arma hasta que vosotros guardéis las vuestras. No confiamos en nadie.

Rick estudió a Natalia. Vio en ella una chispa de algo que reconocía en sí mismo: la carga de proteger a alguien más, la desconfianza como armadura.

—Me llamo Rick. Él es Daryl —dijo él, bajando su pistola y enfundándola lentamente—. No os vamos a hacer daño. Pero este lugar es peligroso para dos chicas solas.

—Sabemos cuidarnos —replicó Natalia con orgullo, aunque su estómago rugió en ese preciso momento, traicionándola.

Jai soltó una carcajada sonora.

—¡Ay, Nati, tu orgullo tiene hambre! —Miró a Rick y luego a Daryl, guiñándole un ojo a este último—. Tenemos un poco de cecina, pero nada de agua. ¿Qué decís? ¿Hacemos un trato o nos seguimos mirando como si quisiéramos matarnos?

Daryl soltó un bufido, apartando la mirada, pero Rick asintió levemente.

—Podemos compartir lo que encontremos hoy. Y luego, cada uno por su lado.

Sin embargo, el destino, o la falta de recursos, tenía otros planes. Las semanas siguientes fueron un ejercicio de tensión constante. Decidieron caminar juntos unos días, simplemente porque había seguridad en el número, pero la desconfianza era un muro invisible entre ellos.

Natalia y Rick chocaban constantemente. Ambos tenían personalidades fuertes y una visión pragmática de la supervivencia, lo que generaba chispas cada vez que había que tomar una decisión.

—No podemos acampar aquí, Rick. Estamos demasiado expuestos —dijo Natalia una noche, de pie frente al fuego, con los brazos cruzados.

—Es el lugar más elevado. Podemos ver si algo se acerca —respondió Rick, sin levantar la vista del mapa.

—Y ellos pueden vernos a nosotros. Es de sentido común —replicó ella, acercándose un paso más, su presencia intensa llenando el espacio de Rick.

Rick se levantó, quedando a pocos centímetros de ella. Su mirada azul chocó con la determinación oscura de Natalia.

—Llevo liderando a gente mucho tiempo antes de que aparecieras tú con tu mal genio —dijo él en voz baja.

—Y yo llevo viva por mi cuenta sin necesidad de que un sheriff me diga dónde dormir —respondió ella, sin retroceder.

Había una tensión eléctrica entre ellos, una mezcla de irritación y una admiración reticente que ninguno de los dos quería admitir. Rick encontraba en Natalia una fuerza que lo desafiaba y lo mantenía alerta, algo que no había sentido en mucho tiempo.

Mientras tanto, cerca de los árboles, Daryl intentaba limpiar sus flechas en paz, pero Jai no se lo ponía fácil.

—¿Sabes que si frunces tanto el ceño se te van a quedar arrugas? —dijo Jai, sentada a su lado, balanceando las piernas—. Deberías reírte más. Tienes una cara bonita debajo de toda esa mugre.

—Cállate, chica —gruñó Daryl, aunque no se alejó.

—Me llamo Jai. J-A-I. No es tan difícil —ella se inclinó, invadiendo su espacio personal, algo que solía poner a Daryl de los nervios—. ¿Me enseñas a usar la ballesta? Prometo ser una alumna aplicada y no distraerte mucho... bueno, solo un poco.

Daryl la miró de reojo. Jai era explosiva, errática y terriblemente pegajosa, todo lo que él solía evitar. Pero también era comprensiva. En los momentos en que él se hundía en su propio silencio huraño, ella simplemente se sentaba a su lado, sin presionar, ofreciéndole una galleta rancia o una broma tonta que, muy a su pesar, le arrancaba una media sonrisa.

—Te vas a disparar en un pie —dijo Daryl, pero le tendió el arma con brusquedad—. Agárrala así. No la sueltes.

Jai puso sus manos sobre las de él, y Daryl sintió una descarga que no tuvo nada que ver con el peligro de los caminantes. Ella era cálida, demasiado cálida para un mundo tan frío.

—Eres un blando, Dixon —susurró Jai, riendo y apoyando la cabeza en su hombro por un segundo antes de levantarse.

Daryl se quedó inmóvil, mirando cómo ella se alejaba saltando hacia el fuego.

—Maldita loca —masculló, pero por primera vez en años, no se sentía como un lobo solitario.

La convivencia no fue fácil. Hubo peleas por la comida, discusiones sobre la ruta y momentos de silencio sepulcral donde la desconfianza volvía a brotar. Pero también hubo momentos de vulnerabilidad.

Una noche, tras un ataque de caminantes que casi les cuesta la vida, Natalia se encontró temblando en la oscuridad, lejos del fuego. Su fachada de chica dura se había agrietado. Rick la encontró allí.

—Estás a salvo —dijo él, sentándose a su lado. No intentó tocarla, conociendo su carácter.

—Casi la pierdo, Rick —susurró Natalia, refiriéndose a Jai—. Ella es mi familia. Si le pasa algo... me volveré loca.

Rick suspiró, mirando las estrellas.

—Eso es lo que nos hace seguir. Esa obsesión por protegerlos. Es lo que te hace leal, Natalia. Y es lo que me hace confiar en ti, aunque me lleves la contraria en todo.

Natalia lo miró, y en la penumbra, vio al hombre detrás del líder. Vio su cansancio y su inquebrantable sentido del deber. Sin pensarlo mucho, movida por su intensidad habitual, extendió la mano y apretó la de él.

—Eres un pesado, Grimes. Pero supongo que eres nuestro pesado.

Rick sonrió, una sonrisa auténtica que suavizó sus rasgos.

—Y tú eres un dolor de cabeza, Natalia. Pero no querría estar en otro sitio.

Cerca de allí, bajo el cobijo de una lona, Jai se había quedado dormida prácticamente encima de Daryl. El cazador, que inicialmente habría saltado ante tal contacto, ahora simplemente dejaba que ella se acurrucara contra su costado. Su instinto protector se había activado de una manera que no podía explicar. Jai era un caos risueño, y él, por alguna razón, quería ser el orden que la mantuviera a salvo.

Daryl le apartó un mechón de pelo de la cara con una torpeza infinita, asegurándose de que nadie lo viera.

—Duérmete ya, renacuajo —susurró con cariño.

El mundo seguía destruido fuera de ese pequeño campamento. Los muertos seguían caminando y el futuro era una mancha incierta de sangre y polvo. Pero allí, entre los cuatro, algo nuevo había echado raíces. Ya no eran dos parejas de extraños desconfiados; eran un grupo, una extraña y disfuncional familia que había encontrado el amor en el lugar más improbable.

Natalia y Rick, dos pilares de fuerza chocando y apoyándose. Jai y Daryl, la luz inquieta y la sombra protectora.

—¿Crees que mañana encontraremos algo de chocolate? —preguntó Jai de repente, abriendo un ojo.

—Duérmete, Jai —dijeron los otros tres al unísono.

Ella se rió, feliz, y se pegó más a Daryl. El apocalipsis podía esperar; por esa noche, el silencio era suficiente.
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