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Rumpelstiltskin el nene

Fandom: Once upon a time

Creado: 7/6/2026

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El eco de un corazón de porcelana

El aire en el Castillo Oscuro siempre olía a una mezcla asfixiante de polvo antiguo, pergaminos secos y la magia negra que emanaba de cada piedra. No era un hogar, era un mausoleo dedicado a los rencores de un hombre que se negaba a olvidar. En el centro de ese silencio sepulcral, el suave roce de una escoba contra el suelo de piedra era el único sonido que se atrevía a desafiar la autoridad del Amo.

Ali se movía con la delicadeza de un pétalo a la deriva. Su cabello, de un rubio tan pálido que bajo la luz de las antorchas parecía plata pura, caía en una trenza desprolija sobre su hombro. Sus ojos azules, grandes y cargados de una melancolía que no pertenecía a alguien de su edad, estaban fijos en la tarea. No se quejaba. Nunca lo hacía. A pesar de que sus manos, pequeñas y blancas, ya mostraban las marcas del trabajo duro y el frío del castillo, Ali aceptaba su destino con la misma dulzura con la que un cisne acepta el invierno.

Ella sabía por qué estaba allí. Conocía la historia, o al menos la versión que su madre, Amelia, le había contado entre susurros llenos de odio. Sabía que era el pago por una deuda de sangre y orgullo. Lo que no sabía era que, para el hombre que la observaba desde las sombras de la galería superior, ella no era más que un recordatorio viviente de una traición que aún supuraba.

Rumpelstiltskin, conocido por los reinos vecinos simplemente como Gold, bajó las escaleras con esa elegancia siniestra que lo caracterizaba. El golpe rítmico de su bastón sobre los peldaños de piedra anunció su llegada mucho antes de que su figura apareciera bajo la luz. Ali se detuvo de inmediato, bajando la cabeza en una reverencia instintiva.

— El salón principal está casi terminado, amo —susurró ella, con una voz tan suave que apenas perturbó el aire.

Gold se detuvo a pocos pasos de ella. Su rostro, una máscara de ironía y desprecio, se contrajo en una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Observó el brillo impecable del suelo y luego dirigió su mirada hacia la muchacha. Cada vez que la miraba, veía los rasgos de Amelia: la misma nariz refinada, la misma curva de los labios. Pero los ojos... los ojos de Ali eran diferentes. No tenían la altivez de la reina, sino una pureza que a Gold le resultaba irritante, casi ofensiva.

— Me parece, cariño, que te has saltado un rincón —dijo él, señalando con la punta de su bastón de ébano una esquina donde una mota de polvo inexistente parecía ser el mayor de los crímenes—. ¿O es que tu sangre real te impide ver la suciedad que te rodea?

Ali no levantó la mirada. Sus dedos se apretaron alrededor del mango de la escoba.

— Lo lamento, amo. Lo limpiaré de inmediato.

— Oh, no te disculpes —rio él, un sonido seco y carente de alegría que resonó en las vigas del techo—. Las disculpas son para los débiles, y tú... tú eres el sacrificio de una madre que prefirió su corona a su propia carne. Dime, Ali, ¿alguna vez te has preguntado si ella lloró cuando te entregó a mí? ¿O estaba demasiado ocupada ajustándose la tiara?

Ali sintió una punzada en el pecho, pero no permitió que las lágrimas asomaran. Su madre la había entregado para salvar el reino de los ogros, o eso se decía a sí misma. Creía en el sacrificio. Creía que su presencia aquí servía para un bien mayor, aunque ese bien consistiera en aplacar la furia de un monstruo.

— Mi madre hizo lo que debía por su pueblo —respondió ella con una convicción que sorprendió a Gold—. Y yo hago lo que debo por ella.

Gold se acercó más, invadiendo su espacio personal hasta que ella pudo oler el aroma a cuero y magia vieja que desprendía su traje. Usó dos dedos para levantarle la barbilla, obligándola a mirarlo. Ali tembló, pero no apartó la vista.

— Qué criatura tan curiosa eres —murmuró él, bajando el tono a un susurro seductor y peligroso—. Tienes el rostro del pecado que me destruyó, pero el alma de un mártir. Es una combinación... fascinante. Casi me hace sentir lástima por ti. Casi.

— No necesito su lástima, amo —dijo Ali, su voz temblando ligeramente—. Solo necesito saber qué desea que haga a continuación.

Gold la soltó bruscamente, como si su piel le quemara. Se dio la vuelta, caminando hacia la gran chimenea donde un fuego verde esmeralda crepitaba sin cesar.

— La cena —ordenó sin mirarla—. Y asegúrate de que el vino sea de la cosecha del sur. El que tu madre solía beber antes de decidir que un simple tejedor no era suficiente para sus ambiciones.

Ali asintió y se retiró hacia las cocinas. Mientras caminaba por los pasillos oscuros, no pudo evitar pensar en las historias que se contaban sobre el Oscuro. Decían que no tenía corazón, que lo había cambiado por poder. Pero en el mes y medio que llevaba allí, Ali había visto destellos de algo más. Había visto cómo Gold acariciaba a veces un viejo huso de hilar con una tristeza que no encajaba con su reputación. Había visto cómo su mirada se perdía en el vacío cuando creía que nadie lo observaba.

Ella no le temía a su poder, le temía a su soledad.

En la cocina, Ali se puso a trabajar. Preparó un estofado sencillo pero aromático, usando las hierbas que había logrado cultivar en el pequeño y sombrío jardín del patio interior. Sus movimientos eran fluidos, casi una danza. Mientras cocinaba, cantaba en voz baja una canción de cuna que apenas recordaba, una melodía que parecía calmar las sombras que siempre acechaban en las esquinas del castillo.

Cuando regresó al comedor, Gold estaba sentado a la cabecera de la larga mesa de roble, rodeado de libros y contratos legales. No levantó la vista cuando ella depositó el plato frente a él, ni cuando sirvió el vino con mano temblorosa pero precisa.

— Amo, la cena está servida.

Gold tomó un sorbo de vino y arrugó la nariz.

— Demasiado dulce —sentenció—. Como todo lo que viene de ese reino podrido.

— Puedo traerle algo más amargo si lo desea —ofreció Ali de inmediato.

— Siéntate —ordenó él, señalando la silla al final de la mesa, a una distancia considerable pero dentro de su campo de visión.

Ali parpadeó, confundida.

— ¿Amo?

— He dicho que te sientes, cariño. Me aburre comer solo con el eco de mis propios pensamientos. Y quiero que me cuentes algo.

Ali obedeció, sentándose en el borde de la silla, manteniendo la espalda recta.

— ¿Qué desea saber?

— Cuéntame sobre ella —dijo Gold, y por un momento, su máscara de control se agrietó, revelando una sed de venganza mezclada con una nostalgia tóxica—. Cuéntame cómo vive Amelia. ¿Es feliz en su palacio de cristal? ¿Sigue mirando a los demás como si fueran insectos bajo su bota?

Ali bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas sobre el regazo.

— Mi madre es... una mujer de deberes. No habla mucho de su pasado. Siempre parecía estar esperando algo, o huyendo de algo. Nunca la vi reír de verdad.

Gold soltó una carcajada amarga.

— Esperando... Probablemente esperando que el tiempo borrara la mancha de haber amado a un cobarde. ¿Te habló alguna vez de mí antes de que los ogros llamaran a su puerta?

— No, amo. Solo cuando el cielo se oscureció y el Rey dijo que no había esperanza, ella pronunció su nombre. Dijo que usted era el único que podía salvarnos, pero que el precio sería más alto de lo que el reino podía pagar.

— Y aun así, te pagó a ti —apostilló Gold con una sonrisa cruel—. Te cambió por su seguridad. Una madre ejemplar, sin duda.

— Ella sabía que yo estaría a salvo aquí —dijo Ali, alzando la vista con una valentía que dejó a Gold sin palabras por un segundo—. Sabía que, a pesar de su fama, usted no daña a los que cumplen con sus tratos. Soy su propiedad ahora, y como tal, usted me protege.

Gold se puso de pie tan rápido que la silla chirrió contra el suelo. Caminó hacia ella, rodeando la mesa como un depredador. Ali no se movió, aunque su corazón latía con fuerza contra sus costillas.

— ¿Protección? —se burló él, inclinándose sobre ella—. Estás en la guarida de la bestia, pequeña Ali. Aquí no hay protección, solo servidumbre. Podría convertirte en polvo con un chasquido de mis dedos. Podría hacer que desearas no haber nacido nunca.

— Pero no lo hará —replicó ella suavemente—. Porque usted no es el monstruo que todos dicen. Un monstruo no guardaría un vestido de novia viejo en una habitación cerrada con llave. Un monstruo no lloraría en silencio frente a una chimenea apagada.

El silencio que siguió fue tan denso que parecía que el tiempo mismo se había detenido. Gold retrocedió un paso, su rostro palideciendo bajo la luz de las velas. Su mano libre se cerró con fuerza alrededor del puño de su bastón.

— ¿Cómo te atreves...? —siseó, su voz cargada de una amenaza real—. Has estado husmeando donde no debes.

— No he husmeado, amo —dijo Ali, levantándose también, su pequeña estatura contrastando con la imponente presencia de él—. El castillo habla. Las paredes recuerdan. Y yo solo... yo solo quiero entender por qué sufre tanto.

Gold extendió la mano y, por un momento, Ali pensó que la golpearía o que usaría su magia para silenciarla. Pero la mano de él se detuvo a milímetros de su mejilla, temblando. Sus ojos dorados se clavaron en los azules de ella, y por un instante fugaz, la máscara desapareció. No era el Oscuro, no era el Sr. Gold, el titiritero de Storybrooke. Era un hombre roto, traicionado por la única mujer que había amado, un hombre que había perdido a su hijo y su honor en un solo día.

— No intentes entenderme —dijo él, su voz ahora un susurro roto—. No hay nada que entender. Solo hay un trato, y tú eres parte de él.

Retiró la mano y recuperó su compostura con una rapidez aterradora. El brillo siniestro regresó a sus ojos y la sonrisa burlona volvió a curvar sus labios.

— Mañana quiero que limpies la biblioteca —dijo, recuperando su tono condescendiente—. Cada libro, cada estante. Y ni una palabra más sobre lo que crees saber. ¿Entendido, cariño?

— Sí, amo —respondió Ali, bajando la cabeza.

Gold se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras, pero antes de desaparecer en las sombras, se detuvo.

— El estofado... no estaba mal —dijo sin mirar atrás—. Pero mañana, ponle menos sal. No me gusta la comida que sabe a lágrimas.

Ali se quedó sola en el gran comedor, observando cómo la figura de Gold se perdía en la oscuridad. Suspiró y comenzó a recoger los platos. Sabía que su vida allí sería difícil, que cada día sería una batalla contra la amargura de un hombre que se alimentaba de su propio dolor. Pero mientras limpiaba la mesa, Ali sintió una pequeña chispa de esperanza.

Había visto al hombre detrás de la bestia. Y aunque él no lo supiera, ella no se rendiría hasta que esa chispa de humanidad se convirtiera en un fuego que pudiera consumir la oscuridad que lo rodeaba. Porque Ali no solo creía en el sacrificio; creía en la redención. Y en aquel castillo maldito, ella era la única que aún recordaba cómo se sentía la luz.

Al subir a su pequeño jergón en la habitación de servicio, Ali cerró los ojos y rezó, no por su libertad, sino por el alma de aquel que la mantenía prisionera. En algún lugar de la planta superior, el sonido de una rueca comenzó a girar, un zumbido constante que acompañó sus sueños, recordándole que, en el tablero de ajedrez de Gold, ella era una pieza que él no había previsto: una que no se movía por miedo, sino por amor.
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