
Rumpelstiltskin el nene
Fandom: Once upon a time
Creado: 7/6/2026
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El eco de la fragilidad
El silencio en el castillo de las tinieblas nunca era realmente silencioso. Siempre había un siseo de magia negra en las paredes, el crujir de la rueca en el sótano o el goteo rítmico de alguna sustancia desconocida en el laboratorio. Pero últimamente, Gold sentía que el silencio era diferente. Era un silencio expectante, casi cálido, y eso lo aterraba más que cualquier maldición.
Se detuvo frente al gran ventanal del salón principal, observando los campos yermos que rodeaban su dominio. Sus dedos, largos y adornados con anillos, tamborileaban sobre el pomo de su bastón. La causa de su inquietud estaba a pocos metros, arrodillada frente a la chimenea, frotando las cenizas con una delicadeza que resultaba insultante para un lugar tan lúgubre.
Ali.
Ella era una visión casi irreal. Su cabello, tan rubio que parecía plata líquida, caía sobre sus hombros mientras trabajaba. Era pequeña, frágil, una criatura de luz atrapada en las garras de la bestia. Gold sintió una punzada en el pecho, una suavidad que detestaba. En las últimas semanas, se había descubierto a sí mismo bajando el tono de voz, permitiendo que ella cenara a su mesa en lugar de en el suelo, e incluso, en un momento de debilidad absoluta, le había regalado un libro de poemas.
Se estaba ablandando. Estaba olvidando por qué ella estaba allí.
—Esa mancha sigue ahí, querida —dijo Gold, su voz arrastrada y cargada de un veneno que no sentía del todo, pero que necesitaba proyectar—. Pareces estar más interesada en soñar despierta que en cumplir con tus obligaciones.
Ali se sobresaltó, sus grandes ojos azules se clavaron en él con una mezcla de temor y esa maldita comprensión que siempre lo desarmaba. Se puso de pie rápidamente, limpiándose las manos manchadas de hollín en su delantal blanco.
—Lo lamento mucho, señor Gold —susurró ella, bajando la mirada—. Estaba concentrada en dejarlo perfecto para usted. No volverá a pasar.
—¿"Señor Gold"? —Él se acercó a ella con pasos lentos y deliberados, el golpe seco de su bastón resonando contra la piedra—. Creo recordar que establecimos ciertas reglas cuando te traje de aquel patético reino de cristal y mentiras.
Ali tragó saliva, su pecho subiendo y bajando con nerviosismo.
—Lo siento... Amo.
Gold sintió un escalofrío de satisfacción oscura al oír esa palabra, pero no fue suficiente para acallar la voz en su cabeza que le recordaba que ella era la hija de Amelia. La hija de la mujer que prefirió matarse a sí misma y a su hijo antes que estar con un "cobarde". La hija del Rey que se burló de su cojera y de su pobreza.
—No parece que lo sientas —siseó él, rodeándola como un depredador—. Te he dado demasiadas libertades. Te he permitido creer que este es un hogar, que somos... iguales. Pero mírame, Ali. Mírame a los ojos.
Ella levantó la vista, y Gold vio el brillo de las lágrimas comenzando a formarse. Su pureza era una bofetada constante a su propia oscuridad.
—¿Ves a un hombre? —preguntó él, acercando su rostro al de ella, dejando que el tinte dorado de su piel y la locura de sus ojos la intimidaran—. ¿O ves al monstruo que compró tu vida por el precio de unos cuantos ogros muertos?
—Veo a un hombre que sufre —respondió ella con una voz tan dulce que le dolió—. Veo a alguien que ha sido herido y que intenta ocultarlo tras muros de piedra y palabras crueles.
Gold soltó una carcajada seca y estridente, un sonido que no contenía pizca de alegría.
—¡Qué conmovedor! La pequeña princesa cree que puede ver a través del Oscuro. —Se alejó de ella bruscamente, golpeando una mesa cercana y haciendo que varios frascos de cristal saltaran—. ¡No hay nada que ver! Solo hay poder y deudas por pagar. Y tú eres una deuda, Ali. Una deuda que tu madre dejó pendiente.
—Mi madre nunca me habló de usted —dijo Ali, con las lágrimas rodando finalmente por sus mejillas—. Pero si ella le hizo daño, yo estoy aquí para compensarlo. Haré lo que me pida, Amo. Por favor, no se enoje.
—¿Que no me enoje? —Gold se volvió hacia ella, su rostro contraído en una mueca de furia—. Has estado descuidando tus tareas. El té de esta mañana estaba tibio. La biblioteca está llena de polvo. Y lo peor de todo... me miras como si fuera digno de tu lástima.
—No es lástima, es...
—¡Silencio! —rugió él, haciendo que ella se encogiera de hombros y sollozara—. No quiero volver a escuchar tus excusas melosas. Has olvidado tu lugar, y es mi deber recordártelo.
Gold caminó hacia un rincón del salón donde descansaba un pesado baúl de madera. Lo abrió con un movimiento brusco de su mano, usando magia para sacar un fardo de sábanas viejas y sucias, restos de telas que habían estado acumulando moho en las mazmorras. Las arrojó a los pies de Ali.
—Vas a lavar esto. A mano. En el río, fuera del castillo. Y no volverás a entrar hasta que cada fibra sea blanca como la nieve que tanto parece gustarte.
—Pero... Amo, está nevando fuera —balbuceó Ali, mirando hacia el ventanal donde los copos de nieve comenzaban a caer con fuerza—. El agua estará congelada.
—¿Acaso me estás cuestionando? —Gold se acercó a ella, su sombra cerniéndose sobre su pequeña figura—. Quizás prefieras que visite a tu padre, el Rey, y le recuerde que el trato puede ser revocado. Podría dejar que los ogros terminen lo que empezaron.
—¡No! Por favor, no —suplicó ella, cayendo de rodillas y aferrándose al dobladillo de la levita de Gold—. Iré. Lo haré ahora mismo.
Gold sintió un nudo en la garganta al verla así, tan humillada, tan rota. Una parte de él quería levantarla, pedirle perdón y decirle que no era necesario. Pero la sombra de Amelia, con su desprecio y su daga, gritaba más fuerte en su memoria. No podía permitirse amar a nada que viniera de ese linaje. No podía volver a ser el hombre débil que todos pisoteaban.
—Entonces, muévete —dijo con frialdad, apartando su ropa de las manos de la chica—. Y recuerda, Ali... cada vez que me hables, cada vez que respires en mi presencia, quiero oírlo. Quiero saber que entiendes quién es el dueño de tu alma.
—Sí, Amo —sollozó ella, recogiendo el fardo de ropa sucia con sus manos pequeñas y temblorosas—. Lo siento, Amo.
Ali se levantó y, sin mirar atrás, caminó hacia la pesada puerta del castillo. Su figura delgada desapareció tras el umbral, enfrentándose al frío cortante del invierno con apenas un chal fino sobre los hombros.
Gold se quedó solo en el salón. El silencio regresó, pero esta vez no era cálido. Era un silencio gélido, acusador. Se acercó a la rueca y comenzó a hilar, buscando en el movimiento repetitivo una paz que se le escapaba. El oro fluía de sus dedos, pero se sentía como ceniza.
—Es por mi propio bien —se susurró a sí mismo, aunque su voz temblaba—. Ella es solo una herramienta. Una distracción.
Pasaron las horas. El sol comenzó a ponerse, tiñendo el cielo de un color púrpura sangriento. Gold intentaba concentrarse en sus contratos, en sus planes para encontrar a su hijo, en cualquier cosa que no fuera la imagen de Ali bajo la nieve. Pero su mente traicionera le devolvía la imagen de sus ojos azules, llenos de una bondad que él no merecía.
Finalmente, incapaz de soportarlo más, se puso de pie y se dirigió a la puerta. Salió al balcón que daba al río. A lo lejos, pudo ver una pequeña figura encorvada sobre las rocas. Ali estaba allí, con el agua helada cubriéndole los brazos hasta los codos, frotando las telas con una determinación desesperada. Sus movimientos eran lentos, entorpecidos por el frío.
Gold sintió una oleada de asco hacia sí mismo, una sensación de suciedad que ninguna magia podía limpiar. Estaba castigando a una inocente por los pecados de sus padres. Estaba convirtiéndose en el mismo tipo de monstruo que le había arrebatado todo.
—¡Ali! —gritó, su voz rompiendo el aire helado.
La chica se sobresaltó y perdió el equilibrio, cayendo sobre sus rodillas en el agua poco profunda. Se levantó como pudo, temblando de forma violenta, y miró hacia el balcón.
—¿Amo? —su voz era apenas un hilo, casi inaudible por el viento.
—Entra —ordenó él, tratando de mantener la dureza en su tono, aunque fallaba estrepitosamente—. Ya es suficiente. Has demostrado que puedes ser obediente.
Ali recogió las sábanas, que ahora pesaban el doble por el agua, y caminó hacia el castillo con pasos erráticos. Cuando finalmente entró en el salón, era una visión lamentable. Su piel estaba azulada, su ropa empapada y sus manos estaban rojas y agrietadas por el frío.
Gold la esperaba junto al fuego. Al verla en ese estado, el corazón se le encogió.
—Déjalas ahí —dijo, señalando el suelo—. Ve a cambiarte.
—¿He... he cumplido, Amo? —preguntó ella, con los dientes castañeando tanto que apenas podía articular las palabras.
—Sí, Ali. Has cumplido —respondió él, evitando su mirada—. Ahora vete. No quiero que ensucies mi alfombra con el agua del río.
Ali hizo una pequeña reverencia, una muestra de sumisión que a Gold le dolió más que cualquier insulto.
—Gracias, Amo. Gracias por su misericordia.
Ella se retiró hacia sus aposentos, dejando un rastro de agua y una sensación de vacío absoluto en la habitación. Gold se dejó caer en su silla frente al fuego, tapándose la cara con las manos.
Odiaba a Amelia. Odiaba al Rey. Pero sobre todo, se odiaba a sí mismo por lo que acababa de hacer. Había buscado una excusa para herirla, para alejarla, porque tenía miedo de que ella fuera la única persona en todo Storybrooke capaz de ver que, bajo la piel escamosa y el poder del Oscuro, todavía quedaba un hombre que solo quería ser amado.
—Cariño —susurró para nadie—, eres un monstruo de lo más patético.
Se quedó allí, mirando las llamas, sabiendo que mañana volvería a ser cruel, volvería a exigirle que lo llamara amo y volvería a buscar formas de romper su espíritu. Porque si no la rompía a ella, ella terminaría rompiendo la única defensa que él tenía: su soledad.
Y mientras el fuego crepitaba, Gold supo que la verdadera humillación no era la de Ali arrodillada ante él, sino la suya propia, siendo esclavo de un pasado que no podía soltar y de un corazón que, a pesar de todo, se negaba a dejar de latir por la persona equivocada.
