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Héroe Caído

Fandom: Blue Lock

Creado: 7/6/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonSupervivencia
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Cenizas de un Héroe

El vapor se arremolinaba en el aire, denso y cálido, aferrándose a las baldosas blancas y a los espejos empañados. Olía a jabón, a cloro y a ese aroma metálico y limpio del esfuerzo físico que impregnaba cada rincón de Blue Lock. Para Hyoma Chigiri, era un olor familiar, casi reconfortante. Era el olor del progreso, de la superación. Pero esa noche, el vapor parecía pesado, asfixiante, cargado con una tensión que no provenía del calor del agua.

Sentado en un banco de madera, con una toalla sobre los hombros, Chigiri observaba. Sus ojos rosados, normalmente brillantes y desafiantes, estaban fijos en una figura al otro lado de los baños comunales. Una silueta que conocía tan bien y que, al mismo tiempo, se había vuelto la de un completo extraño.

Rensuke Kunigami.

Estaba de pie bajo el chorro de una de las duchas, de espaldas a la mayoría. El agua caía en cascada por su espalda, una espalda que ahora era un mapa de músculos duros y definidos, más ancha y poderosa que antes. Cada fibra parecía tallada en piedra, un testimonio silencioso del infierno por el que debía haber pasado. Su cabello, antes de un naranja vibrante y heroico, ahora era más largo, cayéndole sobre la nuca, y en las raíces, como una escarcha prematura, se vislumbraban mechones blancos. Un recordatorio cruel de que el tiempo, o algo mucho peor, le había pasado por encima.

Había vuelto, sí. Después de desaparecer en la Puerta del Wild Card, había regresado. Pero el Kunigami que volvió no era el mismo que se fue. El chico que hablaba con pasión sobre convertirse en un superhéroe del fútbol, el que tenía una brújula moral tan fuerte que parecía inquebrantable, había muerto en algún lugar de aquel camino sin retorno. En su lugar, había regresado una bestia. Un ser forjado en la desesperación, cuyo único lenguaje era el dominio y cuyo único objetivo era devorar a todos en el campo para marcar sus propios goles.

Chigiri apretó los puños sobre la toalla. Había visto el cambio en los entrenamientos, en los partidos de la Liga Neoegoísta. Kunigami se movía con una eficiencia brutal, una fuerza que rozaba la violencia. No había camaradería en sus ojos, no había ni una pizca de la calidez que antes lo caracterizaba. Apenas le dirigía la palabra a Isagi, el epicentro de su antiguo grupo, y al resto de ellos, a Chigiri, a Bachira, simplemente los ignoraba como si fueran obstáculos inanimados en su camino hacia la portería.

Y dolía. Dolía de una forma sorda y profunda que Chigiri no quería admitir.

No era solo por la amistad perdida. Era por la traición a un ideal. El Kunigami que él había conocido, el que le había gritado que no renunciara a su sueño cuando su propia pierna le había traicionado, ese Kunigami era una especie de ancla para él. Un héroe personal. Verlo ahora, convertido en la antítesis de todo lo que representaba, era como ver un monumento desmoronarse.

*«Ya no es mi héroe»*, pensó Chigiri con una punzada de amargura. *«Y nuestra… lo que sea que tuviéramos, ya no importa. El pasado es pasado»*.

Pero mientras se repetía esas palabras, una parte de él se rebelaba. No, no podía simplemente aceptarlo. No podía ver cómo esa sombra consumía por completo al chico que una vez admiró. Porque lo había visto. En momentos fugaces, casi imperceptibles. Una vacilación de una fracción de segundo antes de robarle el balón a un compañero, un destello en sus ojos oscurecidos cuando marcaba un gol, no de alegría, sino de algo más parecido a la desesperación.

Había una pizca de humanidad allí, enterrada bajo capas de cinismo y músculo. Una brasa parpadeante entre las cenizas de su antiguo yo. Y Chigiri, con su arrogancia característica, con esa confianza que le permitía correr más rápido que nadie, se convenció de una cosa: él, y solo él, podía avivar esa brasa.

Con una resolución que le tensó los músculos de la mandíbula, se puso de pie. La toalla cayó al suelo con un ruido sordo. Caminó descalzo sobre las baldosas húmedas, el sonido de sus pasos amortiguado por el constante murmullo del agua. Los pocos jugadores que quedaban en los baños empezaron a marcharse, dejando el vasto espacio casi vacío, poblado solo por ellos dos y los fantasmas de lo que solían ser.

Se detuvo a unos metros de Kunigami. El agua seguía golpeando la espalda del otro, ocultando su rostro.

—Vaya, vaya —dijo Chigiri, su voz cortando el aire húmedo con un filo deliberadamente burlón—. Si no es el gran y temible monstruo del Bastard München. ¿Disfrutando de tu soledad? Encaja con tu nueva personalidad.

Kunigami no se movió. Ni un solo músculo de su espalda se crispó. Era como hablarle a una pared.

Chigiri frunció el ceño. La indiferencia era casi más insultante que la hostilidad. Dio un par de pasos más, hasta quedar casi a su lado, aunque todavía ligeramente detrás.

—Sabes, te has vuelto increíblemente aburrido, Kunigami. Antes, al menos, tenías tus discursos de héroe. Eran cursis, pero tenían… carácter. Ahora solo eres una montaña de músculos con cara de funeral. No es muy atractivo.

Silencio. Solo el sonido del agua. Chigiri podía ver el vapor subir de la piel de Kunigami, ver cómo las gotas se deslizaban por las cicatrices apenas visibles que ahora marcaban sus hombros y brazos. Cicatrices que no estaban allí antes.

—¿Vas a ignorarme toda la noche? —insistió Chigiri, su tono perdiendo un poco de su ligereza y ganando en intensidad—. ¿O es que el nuevo ego no te permite hablar con simples mortales como yo?

Finalmente, Kunigami cerró el grifo. El repentino silencio fue atronador. Se quedó inmóvil un segundo, el agua goteando de su cabello más largo, pegándoselo a la frente y al cuello. Luego, lentamente, se giró.

El impacto fue como un golpe físico.

El Kunigami que lo miraba no tenía nada que ver con el chico de las fotografías mentales de Chigiri. Sus ojos, antes de un cálido color castaño, ahora parecían pozos de un ámbar oscuro y sin vida. Había ojeras profundas bajo ellos, y su expresión era una máscara de absoluta y desoladora seriedad. No había ira, no había molestia. Solo un vacío gélido.

—¿Qué quieres, Chigiri?

Su voz. Era más grave, más áspera. Como si la hubiera arrastrado sobre grava. Cada palabra era un esfuerzo, pronunciada con una economía que bordeaba el desprecio.

Chigiri sintió un escalofrío, pero lo enmascaró con una sonrisa ladeada, su habitual fachada de "princesa" arrogante.

—Quería comprobar si el rumor era cierto. Si realmente habías perdido el alma ahí dentro —dijo, señalando con la barbilla en dirección a la nada, al lugar imaginario donde se había ido—. Y parece que sí. Te la arrancaron y la reemplazaron con… esto.

Kunigami cogió su toalla de un gancho cercano y comenzó a secarse el pelo con movimientos bruscos y mecánicos, sin apartar la vista de él.

—No es asunto tuyo.

—Claro que es asunto mío —replicó Chigiri, dando un paso más cerca. La diferencia de altura y de masa entre ellos era más pronunciada que nunca. Chigiri tuvo que levantar ligeramente la cabeza para mirarlo a los ojos—. Jugamos en el mismo equipo, ¿recuerdas? O al menos, en la misma liga. Tu egoísmo nos afecta a todos. Pero, sinceramente, eso me importa una mierda.

Kunigami se detuvo, la toalla a medio camino de su rostro. Una ceja se arqueó mínimamente. Era la primera reacción real que obtenía de él.

—Lo que me molesta —continuó Chigiri, bajando la voz, haciéndola más íntima, más peligrosa—, es que el tipo que me gritó que no me rindiera, el que creía en ser un héroe del fútbol… se ha convertido en un cobarde.

La palabra "cobarde" quedó suspendida en el aire viciado.

La atmósfera cambió al instante. El vacío en los ojos de Kunigami fue reemplazado por una chispa. Una chispa oscura y furiosa. Dejó caer la toalla y, en un movimiento tan rápido que Chigiri apenas pudo registrarlo, su mano se cerró alrededor de la muñeca del pelirrojo. El agarre fue como un cepo de acero.

—Repítelo —gruñó Kunigami, su voz un susurro letal.

Chigiri sintió el dolor punzante en su muñeca, los dedos de Kunigami clavándose en su piel. Pero no retrocedió. No mostró ni una pizca de miedo en su rostro. En su lugar, sonrió, una sonrisa afilada y provocadora.

—C-o-b-a-r-d-e —silabeó, mirándolo directamente a los ojos—. Te escondes detrás de esa fuerza, de esa actitud de "no me importa nada". Pero es una fachada. Tienes miedo. Miedo de volver a ser el que eras, porque ser él significaba que podías fallar. Que podías ser eliminado.

La presión en su muñeca aumentó hasta ser casi insoportable. Kunigami se inclinó sobre él, su rostro a centímetros del de Chigiri. El calor que emanaba de su cuerpo era intenso, casi febril.

—Tú no sabes nada —siseó Kunigami, y por primera vez, Chigiri vio la rabia pura y sin filtrar arremolinándose en sus ojos—. No tienes ni la más remota idea de lo que es ese lugar. Es un pozo donde los sueños van a morir. Donde tienes que pisotear los cadáveres de los demás y el tuyo propio para poder ver la luz de nuevo.

—¿Y qué pisoteaste tú, Kunigami? —preguntó Chigiri, su voz firme a pesar del dolor—. ¿Qué parte de ti tuviste que matar para salir?

Por un instante, la furia en el rostro de Kunigami vaciló, reemplazada por una vulnerabilidad tan cruda y desgarradora que a Chigiri se le encogió el corazón. Fue solo un parpadeo, una grieta en la armadura, pero estuvo ahí.

—Al héroe —dijo Kunigami, y la palabra salió de sus labios como un veneno, amarga y llena de autodesprecio—. Lo maté. Lo devoré. Porque los héroes no ganan. Los héroes son los primeros en caer. Son débiles. Son una fantasía estúpida para niños que no entienden cómo funciona el mundo.

Soltó la muñeca de Chigiri con un empujón, haciendo que el pelirrojo diera un paso atrás, tropezando ligeramente. Chigiri se frotó la piel enrojecida, donde ya se estaban formando las marcas de los dedos.

Kunigami se pasó una mano por el rostro, un gesto de agotamiento y frustración. Se apoyó contra la pared de baldosas, y el sonido de su respiración era agitado, irregular. La máscara de indiferencia se había roto, y lo que quedaba debajo era un caos de dolor y rabia.

Chigiri lo observó. Había cruzado una línea, lo sabía. Había hurgado en la herida a propósito. Pero era necesario.

—¿Débil? —repitió Chigiri, su tono ahora despojado de toda burla, teñido de una extraña suavidad—. El Kunigami que yo conocí era la persona más fuerte de Blue Lock. No por sus músculos, idiota. Sino porque tenía convicciones. Porque creía en algo más grande que solo marcar un gol. Creía en la justicia, en el juego limpio… Creía en ser un héroe.

Kunigami soltó una risa seca y sin alegría. Un sonido horrible.

—Y mira a dónde le llevó esa creencia. A un callejón sin salida. Eliminado. Olvidado. Mientras vosotros seguíais avanzando, yo estaba en la oscuridad, luchando contra otros fracasados por una única oportunidad de volver a ser relevante. ¿Crees que la "justicia" o el "juego limpio" existen en un lugar así? Allí solo sobrevive el que es más egoísta, el que está dispuesto a aplastar a quien sea, incluso a sí mismo.

Se golpeó el pecho con el puño. Un golpe sordo y potente.

—Este cuerpo, esta fuerza… no son un regalo. Son el precio que pagué. El precio por abandonar esa estúpida fantasía. Ahora solo me importo yo. Mi gol. Mi supervivencia. Y no dejaré que nadie, ni Isagi, ni Kaiser, y mucho menos tú, se interponga en mi camino.

Chigiri lo escuchó en silencio, absorbiendo cada palabra cargada de dolor. Vio el temblor en las manos de Kunigami, la forma en que sus hombros se hundían bajo un peso invisible. El monstruo que pretendía ser no era más que un niño asustado que se había puesto una armadura demasiado pesada.

Lentamente, acortó la distancia entre ellos de nuevo. Kunigami lo observó con recelo, su cuerpo tenso, listo para atacar o para huir.

—Eres un idiota —dijo Chigiri en voz baja.

No se detuvo ante la mirada de advertencia de Kunigami. Siguió avanzando hasta que sus pies casi tocaron los del otro. Y entonces, hizo algo que ninguno de los dos esperaba.

Levantó una mano, lentamente, para que Kunigami pudiera ver cada movimiento, y la posó con una delicadeza increíble en su mejilla. La piel de Kunigami estaba caliente, áspera por la barba incipiente. Bajo sus dedos, sintió el temblor que recorría la mandíbula del otro.

Kunigami se quedó completamente paralizado. Sus ojos oscuros se abrieron de par en par, fijos en los de Chigiri, llenos de una confusión aturdida. Era como si nadie lo hubiera tocado con suavidad en una eternidad.

—Dices que lo mataste —susurró Chigiri, su pulgar acariciando suavemente la piel bajo el ojo de Kunigami—. Dices que lo devoraste. Pero los fantasmas no sangran. Y tú estás sangrando por todas partes, Rensuke.

El uso de su nombre de pila, algo que no había hecho en mucho, mucho tiempo, pareció golpearlo con más fuerza que cualquier insulto. Un espasmo recorrió el cuerpo de Kunigami. Sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido.

—No lo mataste —continuó Chigiri, su mirada intensa, inquebrantable—. Solo lo encerraste en la mazmorra más profunda de tu ser. Porque tenías miedo de que no fuera lo suficientemente fuerte para sobrevivir. Pero sigue ahí. Puedo verlo.

Su pulgar se detuvo, aplicando una ligera presión.

—Lo veo en la forma en que dudas antes de arrollar a alguien. Lo vi el otro día, cuando Isagi casi se lesiona y tus ojos se desviaron hacia él por un segundo. Lo veo ahora, en el pánico que hay detrás de toda esa furia. El héroe no está muerto. Solo está aterrorizado.

Las defensas de Kunigami se derrumbaron. No de forma dramática, no con lágrimas ni gritos. Fue un colapso interno, silencioso. La tensión abandonó sus hombros, su postura se encorvó, y por un instante, el peso del mundo pareció caer sobre él. Apoyó la frente contra la pared fría, su cuerpo temblando visiblemente ahora. Su mano subió y cubrió la de Chigiri, no para apartarla, sino para aferrarse a ella, sus dedos fríos y temblorosos contra los del pelirrojo.

El silencio se extendió de nuevo, pero esta vez era diferente. No era un silencio vacío, sino uno lleno de cosas no dichas, de un dolor compartido y una comprensión incipiente.

—No… no puedes entenderlo —murmuró Kunigami, su voz rota, ahogada por la pared y su propia miseria.

—Entonces explícamelo —respondió Chigiri, su voz igual de baja, firme como una roca—. Deja de actuar como si estuvieras solo en esto. Deja de cargar con todo tú solo. Eres fuerte, sí. Físicamente, eres un monstruo. Pero hasta los monstruos necesitan… a alguien.

Kunigami no respondió. Se quedó así, apoyado en la pared, con la mano de Chigiri todavía en su mejilla y la suya propia sobre ella, como si fuera un ancla en medio de una tormenta. Chigiri podía sentir el pulso acelerado de Kunigami a través de su piel. Podía sentir la batalla que se libraba en su interior.

Después de lo que pareció una eternidad, Kunigami se apartó. Lo hizo con lentitud, casi con desgana. Apartó la mano de Chigiri con cuidado y dio un paso atrás, creando una distancia segura entre ellos. No lo miró a los ojos. Su mirada estaba fija en el suelo, en las baldosas mojadas.

La máscara estaba de vuelta en su sitio, pero era una imitación pobre. Estaba agrietada, mal ajustada. Se podía ver el agotamiento debajo de ella.

—No vuelvas a hacer eso —dijo, su voz ronca pero controlada.

—¿Hacer qué? ¿Decirte la verdad? ¿O tocarte como si fueras una persona y no un arma? —replicó Chigiri, cruzándose de brazos, observando cada matiz de su reacción.

Kunigami cogió su toalla del suelo, la envolvió alrededor de su cintura y empezó a caminar hacia la salida, hacia los vestuarios.

—No te metas en mis asuntos, Chigiri.

—Es demasiado tarde para eso —dijo Chigiri a su espalda—. Ya me he metido. Y no pienso salir.

Kunigami se detuvo en el umbral, su ancha espalda bloqueando la luz del pasillo. No se giró.

—Eres un idiota —dijo, y en esa frase, Chigiri no escuchó la amenaza de antes, sino un eco de su antigua dinámica. Un atisbo del viejo Kunigami regañando al impulsivo Chigiri.

—Lo sé —respondió Chigiri con una media sonrisa que Kunigami no podía ver—. Pero soy el idiota que no va a dejar que te ahogues en tu propia oscuridad. Así que acostúmbrate, héroe caído. Porque esta "princesa" va a ser tu peor pesadilla.

Kunigami permaneció inmóvil un segundo más. Luego, sin decir una palabra más, desapareció por el pasillo.

Chigiri se quedó solo en el enorme baño, el vapor comenzando a disiparse. El aire se sentía más ligero, más respirable. Levantó la mano, la que había tocado a Kunigami, y la miró. Casi podía sentir el fantasma de su piel, el calor de su dolor.

No había ganado nada. Kunigami no había cambiado de repente. Mañana, en el campo de entrenamiento, probablemente volvería a ser el mismo monstruo frío y distante. Pero Chigiri había logrado algo. Había abierto una grieta en la fortaleza. Había confirmado su sospecha.

La brasa seguía allí. Débil, parpadeante, casi ahogada por las cenizas, pero viva.

Y Hyoma Chigiri, con toda la velocidad y la terquedad de su ser, se juró a sí mismo que no descansaría hasta convertir esa brasa en un incendio. Sin importar lo que costara. Porque tal vez el héroe había muerto para el resto del mundo, pero para él, Rensuke Kunigami todavía valía la pena ser salvado.
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