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Amor prohibido
Fandom: Dragón ball
Creado: 7/6/2026
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RomanceUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaEstudio de PersonajeCelosDivergencia
Ritmos de Sangre y Fuego
El aire de la Ciudad del Oeste se sentía diferente esa noche. Había una electricidad palpable en la Corporación Cápsula, una mezcla de fragancias caras, risas estruendosas y el inconfundible aroma de la comida de clase mundial que solo Bulma Briefs podía organizar. Sin embargo, el verdadero motivo de la celebración no era un aniversario ni un logro científico, sino un regreso.
Pan había vuelto.
Después de tres años perfeccionando su entrenamiento y sus estudios en el extranjero, específicamente en las vibrantes tierras de Latinoamérica, la nieta de Son Goku ya no era la niña que todos recordaban. A sus diecinueve años, Pan había florecido de una manera que desafiaba cualquier expectativa. Su cuerpo, forjado por el rigor de las artes marciales y moldeado por la disciplina del baile, poseía una armonía perfecta. Tenía esa presencia magnética que recordaba a Daniela del grupo Katseye: una mezcla de seguridad arrolladora, rasgos exóticos y una elegancia que rozaba lo divino.
En un rincón de la terraza, Vegeta observaba el panorama con los brazos cruzados, apoyado contra una columna de mármol. Su expresión era la habitual, una máscara de indiferencia y severidad, pero por dentro, su mente era un caos. Su relación con Bulma atravesaba uno de esos periodos de distanciamiento frío; las discusiones por su obsesión con el entrenamiento y la falta de comunicación habían levantado un muro entre ellos. Se sentía fuera de lugar en su propia casa, rodeado de gente que no comprendía su naturaleza.
—¿Sigues intentando fulminar a los invitados con la mirada, papá? —La voz de Bra lo sacó de sus pensamientos.
Su hija lucía un vestido de seda azul que resaltaba su figura, pero incluso ella, con toda su belleza heredada, parecía impaciente por la llegada de su mejor amiga.
—Solo vigilo que nadie destruya la propiedad —gruñó Vegeta, aunque sus ojos se desviaron hacia la entrada principal.
—Pues prepárate, porque nada va a ser igual después de hoy —dijo Bra con una sonrisa traviesa—. Pan ha cambiado... mucho.
En ese momento, el murmullo de la fiesta se extinguió por un segundo para dar paso a un susurro colectivo de asombro. Pan entró en el jardín.
Llevaba un conjunto que dejaba poco a la imaginación pero que desbordaba clase: un top ajustado que resaltaba sus hombros definidos y unos pantalones de talle alto que acentuaban su cintura de avispa y sus piernas infinitas. Su piel tenía un bronceado dorado que brillaba bajo las luces de la fiesta, y su cabello oscuro caía en ondas salvajes sobre su espalda. Caminaba con una seguridad felina, cada paso era una declaración de intenciones.
Trunks, que estaba bebiendo una copa de champán cerca de la fuente, casi se atraganta al verla.
—¿Esa es... Pan? —logró decir, abriendo los ojos de par en par.
Vegeta no respondió. Se quedó inmóvil. Sus ojos de saiyajin, entrenados para detectar la fuerza y el peligro, notaron algo más. Pan no solo era poderosa; era hipnótica. Había algo en su postura, en la forma en que su cuerpo se movía con una fluidez casi líquida, que le resultó profundamente perturbador.
—¡Pan! —Bra corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo—. ¡Estás increíble! ¡Mírate, pareces una diosa!
—Hola, Bra —respondió Pan, y su voz sonaba más profunda, con un matiz aterciopelado que erizó la piel de más de uno—. Te extrañé demasiado.
La reunión continuó, pero el centro de gravedad había cambiado. Pan saludó a Gohan y Videl, quienes estaban visiblemente orgullosos y un poco abrumados por la transformación de su hija. Saludó a Piccolo con un respeto que el namekiano devolvió con un asentimiento solemne, aunque incluso él notó el cambio en su ki: era vibrante, rítmico.
La música cambió. Los ritmos electrónicos dieron paso a algo más orgánico, más cálido. Un reggaetón lento y pesado empezó a sonar desde los altavoces de alta fidelidad. En el centro del jardín, Bulma había instalado un escenario circular de cristal iluminado desde abajo, pensado para presentaciones o simplemente para que los invitados más audaces se lucieran.
—¡Oh, no! —exclamó Bra, tomando a Pan del brazo—. Sé que estuviste en Colombia y Brasil. He visto tus videos, Pan. Tienes que subir ahí.
—No seas tonta, Bra, acabo de llegar —dijo Pan, aunque una sonrisa juguetona curvó sus labios—. Además, esto es una fiesta familiar.
—¡No es una fiesta familiar, es tu bienvenida! —insistió Bra, arrastrándola hacia el escenario—. ¡Chicos, miren esto!
La atención de todos se centró en el escenario. Pan, animada por los vítores de sus amigos y la mirada expectante de la multitud, finalmente cedió. Un joven, uno de los instructores de baile de la academia de la ciudad que Bulma había invitado, subió con ella. Era un chico atractivo, pero al lado de Pan, parecía una sombra.
Cuando la música rompió, Pan se transformó.
No era solo baile; era una exhibición de control corporal absoluto. Sus caderas se movían con una precisión que recordaba a las mejores bailarinas latinas, con una sensualidad cruda que no pedía permiso. Cada giro, cada movimiento de hombros, cada vez que bajaba hasta el suelo con una flexibilidad asombrosa, robaba el aliento de los presentes. Era como ver una llama arder en medio de la noche.
Vegeta, desde su lugar en las sombras, no podía apartar la vista. Sentía una presión extraña en el pecho. Él, que siempre había despreciado las actividades humanas "frívolas", se encontró fascinado por la técnica de Pan. Había una ferocidad en su baile, una agresividad controlada que era puramente saiyajin, pero envuelta en una belleza femenina que lo golpeaba como un ataque de energía directo al centro de su orgullo.
—Baila como si estuviera peleando —susurró Trunks, acercándose a su padre—. Es increíble.
—Es una pérdida de tiempo —espetó Vegeta, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la barandilla.
—¿Ah, sí? —Trunks miró a su padre de reojo—. Porque no dejas de mirarla, papá.
Vegeta no respondió. Pan acababa de acercarse más a su pareja de baile, sus cuerpos casi rozándose en un movimiento coordinado que derrochaba tensión sexual. Ella echó la cabeza hacia atrás, riendo, y por un segundo, sus ojos negros se encontraron con los de Vegeta a través de la multitud.
No hubo timidez. Pan no bajó la mirada. Le sostuvo el contacto visual mientras sus caderas seguían el ritmo frenético de la percusión, con un desafío silencioso ardiendo en sus pupilas. Era como si supiera exactamente lo que él estaba pensando, como si pudiera oler la confusión y la atracción que el príncipe de los saiyajins intentaba desesperadamente ocultar.
La canción terminó con un movimiento seco y Pan quedó en una pose final, jadeando levemente, con el pecho subiendo y bajando de forma rítmica. El jardín estalló en aplausos y vítores.
—¡Eso fue increíble! —gritó Bulma, acercándose con una toalla y agua—. ¡Pan, querida, nos has dejado a todos mudos!
Pan bajó del escenario, aceptando los cumplidos con una gracia natural. Se despidió del bailarín con un beso en la mejilla que hizo que Vegeta apretara los dientes sin saber por qué. Ella caminó directamente hacia donde estaban los Briefs.
—Hola, Trunks —dijo ella, dándole un abrazo rápido que dejó al joven rubio un poco aturdido—. Te has puesto más fuerte.
—Tú... tú te has puesto... diferente —balbuceó Trunks.
—Se llama crecer, Trunks —rió ella. Luego, sus ojos se posaron en el hombre que permanecía en silencio absoluto—. Señor Vegeta. Ha pasado mucho tiempo.
Vegeta la analizó de arriba abajo. De cerca, el efecto era aún más devastador. Podía oler el aroma de su perfume mezclado con el ligero sudor del esfuerzo físico, una fragancia dulce y embriagadora.
—Has estado perdiendo el tiempo con movimientos ridículos —dijo Vegeta con su tono más gélido—. Espero que no hayas olvidado cómo lanzar un golpe de verdad.
Pan no se amilanó. Al contrario, dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, algo que casi nadie se atrevía a hacer.
—Mis movimientos no son ridículos, Vegeta —dijo ella, eliminando el "señor" de forma deliberada—. Se necesita mucha fuerza y equilibrio para bailar así. Si quiere, mañana en la cámara de gravedad podemos ver quién ha olvidado cómo pelear.
El desafío quedó flotando en el aire. Bra miró a su padre y luego a su amiga, sintiendo la tensión casi eléctrica que vibraba entre ambos.
—¡Vaya! —exclamó Bra para romper el hielo—. Parece que alguien tiene ganas de entrenar. Pero ahora, es momento de seguir la fiesta.
Bulma se acercó en ese momento, mirando a Vegeta con una expresión de cansancio.
—Vegeta, deja de molestar a Pan. Acaba de llegar de un viaje largo. Pan, ignóralo, ya sabes cómo es de amargado.
—No me molesta, Bulma —dijo Pan, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que mantuvo fija en Vegeta—. Al contrario. Me gusta que las cosas no cambien.
Vegeta la vio alejarse hacia la mesa de comida, rodeada de gente, siendo el centro de atención absoluto. Se dio cuenta de que su mano estaba temblando ligeramente. No era miedo, era algo mucho más peligroso. Era un interés que no debería sentir, una chispa de fuego que amenazaba con quemar la precaria estabilidad de su vida.
—Esa niña va a ser un problema —murmuró Vegeta para sí mismo.
—¿Dijiste algo, papá? —preguntó Trunks.
—Nada que te interese —respondió él, dándose la vuelta para caminar hacia la oscuridad del jardín, lejos de las luces y de la risa de Pan.
Pero mientras caminaba, el ritmo de la música seguía resonando en su cabeza, y la imagen de Pan bailando, con esa mezcla de diosa y guerrera, se quedó grabada en su retina como una marca de fuego. El regreso de Pan no solo era un evento social; era el inicio de algo que Vegeta no estaba seguro de poder controlar.
En la distancia, Pan volvió a mirar por encima del hombro, buscando la silueta del príncipe entre las sombras. Sabía que él la estaba mirando. Lo sentía en su piel, un calor que el entrenamiento en las selvas de Latinoamérica no le había enseñado a manejar, pero que estaba ansiosa por explorar.
La noche apenas comenzaba, y en el mundo de los saiyajins, el baile y la batalla siempre habían estado separados por una línea muy delgada. Una línea que, esa noche, Pan había decidido empezar a borrar.
Pan había vuelto.
Después de tres años perfeccionando su entrenamiento y sus estudios en el extranjero, específicamente en las vibrantes tierras de Latinoamérica, la nieta de Son Goku ya no era la niña que todos recordaban. A sus diecinueve años, Pan había florecido de una manera que desafiaba cualquier expectativa. Su cuerpo, forjado por el rigor de las artes marciales y moldeado por la disciplina del baile, poseía una armonía perfecta. Tenía esa presencia magnética que recordaba a Daniela del grupo Katseye: una mezcla de seguridad arrolladora, rasgos exóticos y una elegancia que rozaba lo divino.
En un rincón de la terraza, Vegeta observaba el panorama con los brazos cruzados, apoyado contra una columna de mármol. Su expresión era la habitual, una máscara de indiferencia y severidad, pero por dentro, su mente era un caos. Su relación con Bulma atravesaba uno de esos periodos de distanciamiento frío; las discusiones por su obsesión con el entrenamiento y la falta de comunicación habían levantado un muro entre ellos. Se sentía fuera de lugar en su propia casa, rodeado de gente que no comprendía su naturaleza.
—¿Sigues intentando fulminar a los invitados con la mirada, papá? —La voz de Bra lo sacó de sus pensamientos.
Su hija lucía un vestido de seda azul que resaltaba su figura, pero incluso ella, con toda su belleza heredada, parecía impaciente por la llegada de su mejor amiga.
—Solo vigilo que nadie destruya la propiedad —gruñó Vegeta, aunque sus ojos se desviaron hacia la entrada principal.
—Pues prepárate, porque nada va a ser igual después de hoy —dijo Bra con una sonrisa traviesa—. Pan ha cambiado... mucho.
En ese momento, el murmullo de la fiesta se extinguió por un segundo para dar paso a un susurro colectivo de asombro. Pan entró en el jardín.
Llevaba un conjunto que dejaba poco a la imaginación pero que desbordaba clase: un top ajustado que resaltaba sus hombros definidos y unos pantalones de talle alto que acentuaban su cintura de avispa y sus piernas infinitas. Su piel tenía un bronceado dorado que brillaba bajo las luces de la fiesta, y su cabello oscuro caía en ondas salvajes sobre su espalda. Caminaba con una seguridad felina, cada paso era una declaración de intenciones.
Trunks, que estaba bebiendo una copa de champán cerca de la fuente, casi se atraganta al verla.
—¿Esa es... Pan? —logró decir, abriendo los ojos de par en par.
Vegeta no respondió. Se quedó inmóvil. Sus ojos de saiyajin, entrenados para detectar la fuerza y el peligro, notaron algo más. Pan no solo era poderosa; era hipnótica. Había algo en su postura, en la forma en que su cuerpo se movía con una fluidez casi líquida, que le resultó profundamente perturbador.
—¡Pan! —Bra corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo—. ¡Estás increíble! ¡Mírate, pareces una diosa!
—Hola, Bra —respondió Pan, y su voz sonaba más profunda, con un matiz aterciopelado que erizó la piel de más de uno—. Te extrañé demasiado.
La reunión continuó, pero el centro de gravedad había cambiado. Pan saludó a Gohan y Videl, quienes estaban visiblemente orgullosos y un poco abrumados por la transformación de su hija. Saludó a Piccolo con un respeto que el namekiano devolvió con un asentimiento solemne, aunque incluso él notó el cambio en su ki: era vibrante, rítmico.
La música cambió. Los ritmos electrónicos dieron paso a algo más orgánico, más cálido. Un reggaetón lento y pesado empezó a sonar desde los altavoces de alta fidelidad. En el centro del jardín, Bulma había instalado un escenario circular de cristal iluminado desde abajo, pensado para presentaciones o simplemente para que los invitados más audaces se lucieran.
—¡Oh, no! —exclamó Bra, tomando a Pan del brazo—. Sé que estuviste en Colombia y Brasil. He visto tus videos, Pan. Tienes que subir ahí.
—No seas tonta, Bra, acabo de llegar —dijo Pan, aunque una sonrisa juguetona curvó sus labios—. Además, esto es una fiesta familiar.
—¡No es una fiesta familiar, es tu bienvenida! —insistió Bra, arrastrándola hacia el escenario—. ¡Chicos, miren esto!
La atención de todos se centró en el escenario. Pan, animada por los vítores de sus amigos y la mirada expectante de la multitud, finalmente cedió. Un joven, uno de los instructores de baile de la academia de la ciudad que Bulma había invitado, subió con ella. Era un chico atractivo, pero al lado de Pan, parecía una sombra.
Cuando la música rompió, Pan se transformó.
No era solo baile; era una exhibición de control corporal absoluto. Sus caderas se movían con una precisión que recordaba a las mejores bailarinas latinas, con una sensualidad cruda que no pedía permiso. Cada giro, cada movimiento de hombros, cada vez que bajaba hasta el suelo con una flexibilidad asombrosa, robaba el aliento de los presentes. Era como ver una llama arder en medio de la noche.
Vegeta, desde su lugar en las sombras, no podía apartar la vista. Sentía una presión extraña en el pecho. Él, que siempre había despreciado las actividades humanas "frívolas", se encontró fascinado por la técnica de Pan. Había una ferocidad en su baile, una agresividad controlada que era puramente saiyajin, pero envuelta en una belleza femenina que lo golpeaba como un ataque de energía directo al centro de su orgullo.
—Baila como si estuviera peleando —susurró Trunks, acercándose a su padre—. Es increíble.
—Es una pérdida de tiempo —espetó Vegeta, aunque sus nudillos estaban blancos de tanto apretar la barandilla.
—¿Ah, sí? —Trunks miró a su padre de reojo—. Porque no dejas de mirarla, papá.
Vegeta no respondió. Pan acababa de acercarse más a su pareja de baile, sus cuerpos casi rozándose en un movimiento coordinado que derrochaba tensión sexual. Ella echó la cabeza hacia atrás, riendo, y por un segundo, sus ojos negros se encontraron con los de Vegeta a través de la multitud.
No hubo timidez. Pan no bajó la mirada. Le sostuvo el contacto visual mientras sus caderas seguían el ritmo frenético de la percusión, con un desafío silencioso ardiendo en sus pupilas. Era como si supiera exactamente lo que él estaba pensando, como si pudiera oler la confusión y la atracción que el príncipe de los saiyajins intentaba desesperadamente ocultar.
La canción terminó con un movimiento seco y Pan quedó en una pose final, jadeando levemente, con el pecho subiendo y bajando de forma rítmica. El jardín estalló en aplausos y vítores.
—¡Eso fue increíble! —gritó Bulma, acercándose con una toalla y agua—. ¡Pan, querida, nos has dejado a todos mudos!
Pan bajó del escenario, aceptando los cumplidos con una gracia natural. Se despidió del bailarín con un beso en la mejilla que hizo que Vegeta apretara los dientes sin saber por qué. Ella caminó directamente hacia donde estaban los Briefs.
—Hola, Trunks —dijo ella, dándole un abrazo rápido que dejó al joven rubio un poco aturdido—. Te has puesto más fuerte.
—Tú... tú te has puesto... diferente —balbuceó Trunks.
—Se llama crecer, Trunks —rió ella. Luego, sus ojos se posaron en el hombre que permanecía en silencio absoluto—. Señor Vegeta. Ha pasado mucho tiempo.
Vegeta la analizó de arriba abajo. De cerca, el efecto era aún más devastador. Podía oler el aroma de su perfume mezclado con el ligero sudor del esfuerzo físico, una fragancia dulce y embriagadora.
—Has estado perdiendo el tiempo con movimientos ridículos —dijo Vegeta con su tono más gélido—. Espero que no hayas olvidado cómo lanzar un golpe de verdad.
Pan no se amilanó. Al contrario, dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal, algo que casi nadie se atrevía a hacer.
—Mis movimientos no son ridículos, Vegeta —dijo ella, eliminando el "señor" de forma deliberada—. Se necesita mucha fuerza y equilibrio para bailar así. Si quiere, mañana en la cámara de gravedad podemos ver quién ha olvidado cómo pelear.
El desafío quedó flotando en el aire. Bra miró a su padre y luego a su amiga, sintiendo la tensión casi eléctrica que vibraba entre ambos.
—¡Vaya! —exclamó Bra para romper el hielo—. Parece que alguien tiene ganas de entrenar. Pero ahora, es momento de seguir la fiesta.
Bulma se acercó en ese momento, mirando a Vegeta con una expresión de cansancio.
—Vegeta, deja de molestar a Pan. Acaba de llegar de un viaje largo. Pan, ignóralo, ya sabes cómo es de amargado.
—No me molesta, Bulma —dijo Pan, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, pero que mantuvo fija en Vegeta—. Al contrario. Me gusta que las cosas no cambien.
Vegeta la vio alejarse hacia la mesa de comida, rodeada de gente, siendo el centro de atención absoluto. Se dio cuenta de que su mano estaba temblando ligeramente. No era miedo, era algo mucho más peligroso. Era un interés que no debería sentir, una chispa de fuego que amenazaba con quemar la precaria estabilidad de su vida.
—Esa niña va a ser un problema —murmuró Vegeta para sí mismo.
—¿Dijiste algo, papá? —preguntó Trunks.
—Nada que te interese —respondió él, dándose la vuelta para caminar hacia la oscuridad del jardín, lejos de las luces y de la risa de Pan.
Pero mientras caminaba, el ritmo de la música seguía resonando en su cabeza, y la imagen de Pan bailando, con esa mezcla de diosa y guerrera, se quedó grabada en su retina como una marca de fuego. El regreso de Pan no solo era un evento social; era el inicio de algo que Vegeta no estaba seguro de poder controlar.
En la distancia, Pan volvió a mirar por encima del hombro, buscando la silueta del príncipe entre las sombras. Sabía que él la estaba mirando. Lo sentía en su piel, un calor que el entrenamiento en las selvas de Latinoamérica no le había enseñado a manejar, pero que estaba ansiosa por explorar.
La noche apenas comenzaba, y en el mundo de los saiyajins, el baile y la batalla siempre habían estado separados por una línea muy delgada. Una línea que, esa noche, Pan había decidido empezar a borrar.
