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Dolor y Culpa

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 7/6/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonTragedia
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Grietas en el acero

El sol de la tarde se filtraba entre los nuevos rascacielos de Tokio, proyectando largas sombras que danzaban sobre el asfalto recién pavimentado. La ciudad se reconstruía a un ritmo febril, un organismo de hormigón y acero que intentaba desesperadamente borrar las cicatrices de la guerra. Para la mayoría, era un símbolo de resiliencia, de un futuro que se negaba a ser extinguido. Para Itadori Yuji, era un recordatorio constante.

—¡Mirad eso! —exclamó, señalando un puesto de crepes con un entusiasmo que parecía casi forzado—. ¡Tienen un nuevo sabor de fresa y matcha! ¡Tenemos que probarlo! ¡Mi turno de invitar!

Caminaba un par de pasos por delante de Nobara y Megumi, con los hombros echados hacia atrás y un rebote enérgico en su andar. Llevaba su uniforme habitual, la sudadera roja asomando bajo la chaqueta oscura, un faro de color en el mar de grises y negros de la ciudad. Su sonrisa era amplia, brillante, la misma sonrisa que había ofrecido al mundo desde que lo conocían. Pero Nobara ya no se la creía.

Había aprendido a leer las grietas.

Observó cómo la sonrisa no llegaba a sus ojos, cómo sus hombros, a pesar de la postura erguida, mantenían una tensión perpetua, como si esperara un golpe que nunca llegaba. Observó cómo sus dedos tamborileaban nerviosamente contra su muslo cuando se detenían en un semáforo, un ritmo frenético y silencioso. Yuji se había convertido en un maestro del engaño, pero su público más devoto era él mismo.

Megumi, a su lado, caminaba en su habitual silencio contemplativo. Él también lo notaba, Nobara lo sabía. Veía la forma en que la mirada de Fushiguro se detenía en Yuji un segundo más de lo normal, una arruga de preocupación casi imperceptible en su frente. Pero Megumi era como un lago profundo y en calma; sus emociones se movían muy por debajo de la superficie, y no sabía cómo tender un puente hacia el torbellino que era Yuji.

Nobara, en cambio, era un martillo. Y veía una pared que necesitaba ser derribada.

—No tengo hambre de algo tan dulce —dijo ella, con un tono más cortante de lo que pretendía.

—¡Oh, vamos, Kugisaki! ¡Un poco de azúcar te quitará esa cara de amargada! —bromeó Yuji, girándose para caminar hacia atrás, sin dejar de sonreír.

La mentira le pesaba en el aire. *Esta en el pasado*. Se lo había oído murmurar a sí mismo una noche, cuando creía que todos dormían. Junpei, Shibuya, los Juegos del Sacrificio, Shinjuku. Nombres que eran lápidas en su memoria. Él los archivaba en un cajón mental con la etiqueta "superado", pero la cerradura estaba rota y los fantasmas se escapaban constantemente.

Nobara recordaba las primeras semanas después de que todo terminara. Después de la victoria amarga que les había costado a su maestro, a Choso, a incontables vidas. Yuji era un torbelliente de actividad. Ayudaba en la reconstrucción, entrenaba hasta el borde del colapso, se ofrecía voluntario para las misiones más tediosas. Cualquier cosa para no estar quieto. Cualquier cosa para no pensar.

Pero el cuerpo y la mente tienen un límite. Y el de Yuji se estaba deshilachando.

Estaban cruzando una amplia avenida, una de las zonas más afectadas durante el Incidente de Shibuya. Ahora, grúas gigantes se alzaban como esqueletos de dinosaurios metálicos, y el aire vibraba con el sonido de la construcción. Yuji se detuvo un momento, mirando un edificio a medio terminar, su expresión vacía por un instante.

—Es increíble cómo lo están levantando todo de nuevo, ¿eh? —murmuró, su voz perdiendo parte de su falsa alegría.

Y entonces ocurrió.

Desde una de las obras, una pila de vigas de acero, mal asegurada, se deslizó de una plataforma elevada. Cayó varios pisos con un estruendo ensordecedor, un cataclismo de metal contra hormigón que hizo temblar el suelo. *¡¡¡CRRAASSHHH!!!*

El sonido fue brutal, violento. La gente en la calle gritó, algunos se agacharon por instinto. Megumi se puso en guardia al instante, sus ojos buscando una amenaza de energía maldita. Nobara sintió un escalofrío, el eco de la destrucción grabado a fuego en su memoria.

Pero la reacción de Yuji fue diferente.

No gritó. No se movió. Se quedó congelado en el sitio, rígido como una estatua. Sus ojos, desmesuradamente abiertos, no miraban la fuente del ruido, sino algo lejano, algo que sólo él podía ver. Su rostro perdió todo el color, volviéndose de un blanco cerúleo. Su respiración se detuvo en su garganta, y sus manos se crisparon en puños a sus costados, las uñas clavándose en sus palmas.

El estruendo metálico... el sonido de un edificio derrumbándose en Shibuya. El aplauso de Mahito. El cierre de un Dominio. Todo se arremolinó en un instante de terror puro y paralizante.

—¿Itadori? —La voz de Megumi fue un susurro agudo.

Nobara vio el temblor que recorría su cuerpo. Un temblor fino, incontrolable, como si estuviera expuesto a un frío glacial. Sus labios se separaron, pero no salió ningún sonido. Era la imagen de alguien atrapado en una pesadilla con los ojos abiertos. Un shock nervioso, tan claro y devastador como una herida abierta.

Duró apenas cinco segundos, pero para Nobara fue una eternidad.

Tan rápido como llegó, Yuji pareció forzarse a volver. Parpadeó una, dos veces. Inhaló una bocanada de aire temblorosa y forzó una risa que sonó como cristales rotos.

—¡Joder, qué susto! —exclamó, llevándose una mano al pecho y frotándolo—. Casi se me sale el corazón por la boca. ¡Menudo estruendo!

Se giró hacia ellos, y la sonrisa estaba de vuelta en su sitio, pero era una máscara mal pegada. Sus ojos seguían desorbitados, y una fina capa de sudor brillaba en su frente.

—¿Estás bien? —preguntó Nobara, su voz baja y seria.

—¡Claro! ¡Perfectamente! —respondió él, demasiado rápido, demasiado alto—. Solo me pilló por sorpresa, eso es todo. Vamos, ¿a qué esperamos? ¡Esos crepes no se van a comer solos!

Y sin esperar respuesta, reanudó la marcha, casi corriendo hacia el puesto de comida, dejando atrás el caos y la mirada preocupada de sus dos amigos.

Megumi miró a Nobara. Había una pregunta tácita en sus ojos oscuros. *¿Qué hacemos?*

Nobara apretó la mandíbula. La ira, una emoción familiar y reconfortante, burbujeó en su pecho. Ira hacia las circunstancias, hacia los monstruos que le habían hecho esto, pero sobre todo, ira hacia la terquedad de Yuji. Hacia su estúpida y noble insistencia en llevar el peso del mundo sobre sus hombros, como si eso fuera a cambiar algo.

Ya no eran solo recuerdos. Eran traumas. Heridas psicológicas profundas que ella no podía curar con un martillo y clavos. Pero podía hacerle un agujero a esa armadura que se había construido, lo suficiente para que la luz entrara. Lo suficiente para que él supiera que no estaba solo en la oscuridad.

—Voy a hablar con él —dijo, más para sí misma que para Megumi.

—Ten cuidado —advirtió él en voz baja—. Si presionas demasiado...

—Lo sé —le interrumpió—. Pero si no presiono, se va a romper. Y no pienso quedarme de brazos cruzados mientras eso pasa.

Compraron los crepes. Yuji devoró el suyo con una voracidad que pretendía ser normal, haciendo chistes sobre la combinación de sabores y manchándose la comisura de la boca con crema. Nobara apenas probó el suyo. Lo sostuvo en sus manos, sintiendo cómo se enfriaba, mientras observaba cada uno de los movimientos de Yuji, cada sonrisa forzada, cada risa hueca.

Esa noche, la decisión estaba tomada. Ya era suficiente.

***

Esperó hasta que la escuela técnica se sumió en el silencio de la noche. La mayoría de los estudiantes y el personal auxiliar se habían retirado a sus habitaciones. La luna, casi llena, bañaba los patios de entrenamiento con una luz plateada y fantasmal.

Encontró a Yuji donde sospechaba que estaría: en uno de los dojos vacíos, golpeando un muñeco de entrenamiento con una ferocidad silenciosa y desesperada. No llevaba la parte superior de su uniforme, solo una camiseta negra empapada en sudor que se le pegaba a los músculos tensos de la espalda y los hombros.

El único sonido era el impacto sordo y rítmico de sus puños y pies contra la lona acolchada. No había gritos, no había kiais. Solo el sonido de la fuerza bruta, una y otra vez, como si intentara expulsar los demonios de su cuerpo a golpes. Cada impacto era un recuerdo. Junpei. Nanami. Gojo. Choso. Cientos de rostros anónimos de Shibuya. *Thud. Thud. Thud.*

Nobara se apoyó en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, y esperó. No dijo nada. Simplemente lo observó, dejando que el silencio entre los golpes se hiciera pesado.

Pasaron varios minutos. Yuji sabía que ella estaba allí —su percepción de la presencia de otros se había agudizado hasta un punto casi animal—, pero la ignoró, continuando su asalto implacable contra el muñeco inmóvil. Era su forma de decirle que se fuera.

Ella no se movió.

Finalmente, agotado, Yuji se detuvo. Sus puños cayeron a sus costados. Se quedó de pie, con la cabeza gacha, el pecho subiendo y bajando con respiraciones profundas y entrecortadas. El sudor goteaba de su pelo y corría por su rostro, mezclándose con algo que, en la penumbra, podría haber sido lágrimas.

—Si vienes a decirme que haga menos ruido, la próxima vez usaré uno más alejado —dijo, su voz ronca por el esfuerzo, sin darse la vuelta.

—No he venido por el ruido —respondió Nobara, su voz resonando clara en el dojo vacío.

Dio un paso adentro, y luego otro. El suelo de madera crujió bajo sus pies.

—Entonces, ¿qué quieres, Kugisaki? Es tarde.

—Tenemos que hablar, Itadori.

Él soltó una risa corta y sin alegría.

—¿Ahora? Estoy un poco ocupado tratando de no pensar.

—Ese es precisamente el problema.

Yuji finalmente se giró. En la luz tenue, su rostro era una máscara de agotamiento y frustración. Había ojeras oscuras bajo sus ojos, y una tensión en su mandíbula que parecía tallada en piedra.

—No sé de qué hablas.

—Deja de mentir —dijo Nobara, su tono firme, sin espacio para la evasión—. Deja de mentirte a ti mismo, y sobre todo, deja de mentirme a mí.

—No estoy mintiendo —replicó él, su voz subiendo un poco—. Estoy bien. ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Estoy cansado, eso es todo. Hemos pasado por mucho.

—"Mucho" es el eufemismo del siglo —espetó ella, acortando la distancia entre ellos—. Lo de hoy, en la calle. Ese no eras tú "asustándote". Eso fue otra cosa. Lo he visto antes. Pequeños shocks. Cuando alguien aplaude demasiado fuerte en el comedor. Cuando ves las noticias y hablan de reconstrucción. Cuando Megumi usa sus sombras de cierta manera. Te vas. Por un segundo, pero te vas. ¿Crees que no me doy cuenta? ¿Crees que soy estúpida?

Yuji desvió la mirada, apretando los puños de nuevo.

—Estás imaginando cosas.

—¡No, no lo hago! —Su voz se elevó, llena de una frustración nacida de la preocupación—. ¡Lo que imagino es lo que debe ser estar dentro de tu cabeza ahora mismo! ¡Imagino lo que es recordar a Sukuna usando tu cuerpo como un puto juguete para masacrar a gente! ¡Imagino ver a Nanamin desintegrarse delante de ti! ¡Imagino creer que yo estaba muerta! ¡Imagino ver a tu maestro, al hombre más fuerte del mundo, partido por la mitad! ¡Imagino a Choso sacrificándose por ti!

Cada palabra era un golpe, más certero que cualquiera de los que él había dado al muñeco. Vio cómo Yuji se encogía con cada frase, como si le estuvieran apuñalando.

—Para... —susurró él, su voz un hilo roto.

—¡No! —gritó ella—. ¡No voy a parar! Porque tú no paras. Sigues corriendo y sonriendo y pretendiendo que eres el mismo Yuji de siempre, ¡pero no lo eres! ¡Y está bien no serlo! ¡Sería de psicópatas estar bien después de todo eso!

—¿Y qué quieres que haga, eh? —replicó él, su voz finalmente quebrándose, la ira y el dolor mezclándose en un torbellino—. ¿Qué se supone que haga, Kugisaki? ¿Que me siente en un rincón a llorar? ¿Que me lamente todo el día? ¡La gente depende de nosotros! ¡El mundo sigue girando! ¡Ganamos! ¡Se supone que debo estar feliz por eso!

—¡Al diablo con lo que se supone! —Nobara estaba ahora justo delante de él, tan cerca que podía ver el temblor en sus labios—. ¿Ganamos? ¿Y a qué precio? Mírate. Eres un fantasma con una sonrisa pintada. Llevas el peso de cada muerte, de cada sacrificio, como si fuera solo tuyo. ¡Y es una carga demasiado pesada para una sola persona, idiota!

—¡Era mi responsabilidad! —gritó él, y el sonido fue un desgarro de pura agonía que pareció romper algo en el aire—. ¡Sukuna estaba dentro de mí! ¡Yo me lo tragué! ¡Yo lo traje a sus vidas! ¡Junpei... si yo hubiera sido más fuerte, si hubiera entendido a Mahito antes...! ¡Shibuya... esas personas...! ¡Yo las maté! ¡Sukuna usó mis manos! ¡Mis pies! ¡Mi cara!

El dique se había roto. Las palabras empezaron a salir a borbotones, tropezando unas con otras, una confesión febril que había estado pudriéndose en su interior durante meses.

—Oigo sus gritos a veces, cuando está todo en silencio. Veo sus caras. Sukuna riéndose... siempre riéndose... Y Nanamin... me miró y me dijo "el resto te lo encargo a ti"... ¿Y qué hice yo? ¡Nada! ¡No pude hacer nada! ¡Vi morir a Gojo-sensei y no pude mover un músculo! ¡Y Choso...! Se puso delante de mí... mi hermano... ¡y también murió por mi culpa! ¡Todo es mi culpa! ¡Todo lo que toco se muere! ¡Soy una jaula para un monstruo y una maldición andante para todos los que me importan!

Su voz se quebró por completo en la última frase. Las lágrimas que había estado conteniendo con tanta fuerza finalmente se derramaron, surcando la suciedad y el sudor de sus mejillas. Su cuerpo entero se convulsionó con un sollozo seco y desgarrador, y se dobló por la cintura, apoyando las manos en las rodillas como si el peso de sus propias palabras lo estuviera aplastando.

—Debería... debería haber sido yo... —susurró entre jadeos—. En lugar de todos ellos...

El dojo se quedó en silencio, a excepción de los sonidos ahogados de su llanto. Nobara se quedó inmóvil por un momento, dejando que el veneno saliera, dejando que la herida sangrara al aire libre por primera vez. Su propia garganta se sentía apretada, y sus ojos picaban. Ver a Yuji, su sol personal, tan completamente roto era físicamente doloroso.

Pero la piedad no era lo que él necesitaba.

Lentamente, levantó una mano. Dudó un instante, y luego, en lugar de una palmada o un golpe, la posó con una suavidad poco característica en su espalda sudorosa y temblorosa. Él se estremeció bajo su tacto, pero no se apartó.

—Sí —dijo ella, su voz ahora tranquila, pero con un filo de acero—. Tienes razón.

Yuji levantó la cabeza, sus ojos enrojecidos y llenos de confusión la miraron.

—¿Qué?

—Tienes razón en una cosa —repitió ella, mirándolo fijamente—. Es tu culpa. Es tu culpa ser un crío idiota que se cree que puede con todo solo. Es tu culpa pensar que eres el único que sufre, el único que tiene pesadillas. Es tu culpa creer que tu dolor es más importante que el nuestro, tanto que tienes que esconderlo para no "molestarnos".

Yuji la miró, sin palabras. La lógica retorcida pero extrañamente reconfortante de Nobara lo desarmó.

—¿Crees que Megumi duerme por las noches? —continuó ella, su voz baja e intensa—. Perdió a su hermana, la recuperó, y luego tuvo que ver cómo el monstruo que te poseía robaba su cuerpo y mataba a su maestro. ¿Crees que yo no me miro al espejo y veo el fantasma de la cicatriz que Mahito me dejó? ¿Que no recuerdo la sensación de mi ojo estallando? ¿El frío?

Se tocó instintivamente la piel junto a su ojo izquierdo. La herida había sanado milagrosamente gracias a Shoko, dejando apenas una marca casi invisible, pero la cicatriz fantasma seguía allí.

—Todos estamos rotos, Yuji —dijo, su voz suavizándose por primera vez—. Todos estamos cubiertos de cicatrices, visibles e invisibles. La diferencia es que Megumi y yo lo sabemos. Lo aceptamos. Y nos apoyamos el uno en el otro, aunque seamos un desastre en ello. Pero tú... tú insistes en sangrar solo en la oscuridad.

Se agachó un poco para estar a su altura, obligándolo a mantener la mirada.

—Deja de ser un mártir. No te hace más fuerte, solo te hace estar más solo. No pediste nada de esto. La vida de un hechicero es una mierda, lo sabemos. La gente muere. Es injusto y horrible. Pero no estás solo en esta mierda. Estamos aquí, imbécil.

Sus palabras lo golpearon con más fuerza que la realidad de sus traumas. La simple, innegable verdad de su presencia. De la de Megumi.

—Somos un equipo, ¿recuerdas? El trío de primer año. Se supone que debemos compartir la carga. Así que empieza a repartir el peso, o te juro por mi vida que te romperás del todo. Y si te rompes, ¿quién nos ayudará a Megumi y a mí a cargar con nuestra parte? ¿Lo habías pensado?

Lentamente, Yuji se enderezó. Las lágrimas seguían cayendo, pero los sollozos desesperados habían cesado. La miró, y por primera vez en meses, ella vio más allá de la sonrisa falsa y el dolor abrumador. Vio al verdadero Yuji, vulnerable, perdido, pero todavía allí.

—No sé cómo... —murmuró, su voz apenas un susurro—. No sé cómo parar. Cómo... dejar de sentir que es mi culpa.

—No tienes que parar de sentirlo de la noche a la mañana —respondió Nobara—. Solo tienes que parar de esconderlo. Habla. Grita. Golpea cosas. Haz lo que necesites. Pero hazlo con nosotros. Deja que te veamos. Deja que te ayudemos.

Hubo un largo silencio. El único sonido era la respiración temblorosa de Yuji. Él la miró, a sus ojos color naranja que ardían con una intensidad feroz y protectora. Vio en ellos no lástima, sino una exigencia. Una exigencia de que viviera, de que luchara no solo contra las maldiciones, sino contra la oscuridad que llevaba dentro.

Y entonces, hizo algo que sorprendió a ambos.

Dio un paso adelante y la abrazó.

No fue un abrazo suave. Fue torpe, desesperado. Apoyó su frente en el hombro de ella, y su cuerpo entero se sacudió con una nueva oleada de sollozos, pero esta vez eran diferentes. Eran sollozos de alivio. De rendición. El sonido de una presa que finalmente cede ante una presión insoportable.

Nobara se quedó rígida por un segundo, sorprendida por el contacto. Abrazar no era lo suyo. Pero luego, sintiendo el temblor de su amigo, el calor de sus lágrimas empapando su chaqueta, levantó sus propios brazos y lo rodeó con torpeza, dándole palmaditas firmes en la espalda.

—Ya está... —murmuró, su voz un poco ahogada—. Ya está, idiota.

Se quedaron así, en medio del dojo silencioso, bajo la luz plateada de la luna. Dos supervivientes rotos, sosteniéndose mutuamente. Él no estaba curado. Las grietas en el acero de su alma no se habían soldado. Pero por primera vez, había dejado que alguien más viera su fragilidad. Había permitido que alguien más compartiera el peso.

Cuando finalmente se separaron, el rostro de Yuji estaba hinchado y rojo, un desastre de lágrimas y sudor. Pero sus ojos, aunque agotados, tenían una nueva claridad. La tensión insoportable en sus hombros se había aflojado, aunque fuera un poco.

—Gracias... Kugisaki —dijo, su voz ronca y frágil.

Nobara resopló, tratando de recuperar su compostura habitual, aunque sentía un nudo en la garganta.

—No me des las gracias. Solo empieza a actuar como parte de un equipo en lugar de un protagonista trágico de un solo hombre. Y ahora ve a darte una ducha. Apestas.

A pesar de todo, una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en los labios de Yuji. Era una sonrisa cansada, temblorosa y frágil. No era la máscara brillante y falsa de antes. Era real. Y para Nobara, fue más deslumbrante que cualquier amanecer.

Sabía que este era solo el primer paso en un camino largo y doloroso. Mañana, el peso volvería. Los recuerdos seguirían ahí. Pero esta noche, habían abierto una grieta en su armadura. Y ella estaría allí, con su martillo listo, para asegurarse de que nunca más volviera a cerrarse por completo. Porque las grietas, a veces, son la única forma de que la luz pueda entrar.
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