
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Bebe
Fandom: Otaku
Creado: 7/6/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloHistoria DomésticaTragediaEstudio de PersonajeMpregEmbarazo No Planificado/No DeseadoDiscriminación
El silencio de las sábanas frías
La mansión Uchiha siempre olía a sándalo y a una soledad que calaba en los huesos, a pesar de los lujos que decoraban cada esquina. Naruto se encontraba sentado en el borde de la inmensa cama matrimonial, balanceando sus piernas con nerviosismo. Llevaba puesto un pijama de seda naranja que contrastaba horriblemente con la decoración minimalista y gris de la habitación, pero a él no le importaba. Naruto era color, era ruido, era un corazón palpitante que intentaba desesperadamente calentar el iceberg que era su esposo.
Miró el reloj de pared. Eran las once de la noche. Sasuke llegaría pronto.
Naruto se levantó de un salto y corrió hacia el espejo para peinar sus cabellos rubios. Quería verse bonito. Quería que, por una vez, Sasuke lo mirara más de dos segundos seguidos. Recordó las palabras de su madre antes de la boda: "Tienes cuatro meses, Naruto. Un heredero consolidará la unión de las empresas Uzumaki y Uchiha. Es tu deber".
Lo que nadie sabía, lo que él guardaba como un secreto que le quemaba el alma, era el informe médico escondido en el fondo de su maleta. Infertilidad. Una palabra pequeña que destruía todos sus castillos en el aire.
El sonido del motor de un coche de lujo resonó en la entrada. Naruto sintió que su corazón daba un vuelco. Olvidó la tristeza, olvidó la infertilidad y corrió escaleras abajo, casi tropezando con sus propios pies.
Cuando la pesada puerta de roble se abrió, apareció la figura imponente de Sasuke Uchiha. Su traje negro estaba impecable, ni una sola arruga a pesar de las quince horas de trabajo. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia.
— ¡Sasu-kun! ¡Bienvenido a casita! —exclamó Naruto con una voz chillona y dulce, lanzándose a sus brazos.
Sasuke ni siquiera soltó su maletín. Se quedó rígido como una estatua de mármol mientras Naruto rodeaba su cuello con los brazos y le plantaba un beso sonoro en la mejilla.
— Quítate, Naruto. Hueles a perfume barato y estoy cansado —dijo Sasuke con una voz tan seca que cortaba el aire.
— ¡No es barato! Es el que me regalaste en nuestro aniversario de compromiso —respondió Naruto, haciendo un puchero exagerado y frotando su nariz contra el hombro del pelinegro—. ¿Me extrañaste? Yo te extrañé mucho, mucho, mucho. Hice ramen para la cena, ¡tu favorito!
Sasuke lo apartó con una mano, ni siquiera con fuerza, sino con una desgana que dolía más que un golpe.
— No tengo hambre. Tengo tres videoconferencias con Londres y luego dormiré. No me molestes.
— Pero... tenemos que cenar juntos —insistió Naruto, siguiéndolo como un perrito falto de afecto—. Es nuestra regla, Sasu. Un ratito nada más. Te contaré lo que hice hoy. Fui al parque y vi un gatito que se parecía a ti porque era muy gruñón...
— Naruto —Sasuke se detuvo en seco y lo miró con esos ojos negros, profundos y gélidos—. No soy tu juguete. No soy tu amigo. Soy tu esposo por un contrato legal. Deja de actuar como un niño de cinco años. Es patético.
Naruto retrocedió un paso, sus ojos azules se llenaron de lágrimas al instante. Era sensible, demasiado sensible para el mundo de acero en el que vivía Sasuke.
— Solo quería ser atento —susurró con la voz quebrada—. Solo quiero que me quieras un poquito.
— El afecto es una pérdida de tiempo para los negocios —sentenció Sasuke, retomando su camino hacia el despacho—. Ve a dormir.
Naruto se quedó solo en el pasillo. Se limpió las lágrimas con la manga de su pijama y forzó una sonrisa. No se rendiría. Él amaba a Sasuke desde que eran niños, desde que el pelinegro le había prestado un lápiz en la academia, aunque Sasuke probablemente ni siquiera lo recordara. Para Naruto, ese matrimonio era un sueño hecho realidad; para Sasuke, era una transacción.
Pasaron las horas. Naruto esperó sentado en el comedor, frente a dos platos de comida que ya estaban completamente fríos. No probó bocado. Finalmente, cuando el reloj marcó la una de la mañana, subió a la habitación.
Sasuke ya estaba allí, acostado de espaldas, ocupando exactamente su mitad de la cama. Naruto se deslizó bajo las sábanas con cuidado, intentando no hacer ruido. Se acercó lentamente, centímetro a centímetro, hasta que su pecho rozó la espalda de Sasuke. Intentó abrazarlo por la cintura, buscando un poco de calor humano.
— No me toques, hace calor —murmuró Sasuke sin abrir los ojos.
— Pero tengo frío, Sasu-kun... —susurró Naruto, pegándose más a él—. Por favor, solo un ratito.
Sasuke soltó un suspiro de fastidio, pero no se movió. Naruto aprovechó ese pequeño espacio de tolerancia para esconder su rostro en la nuca de su esposo. El rechazo constante era una espina clavada en su pecho, pero las migajas de atención que recibía le bastaban para seguir adelante.
Al día siguiente era viernes. El día que Naruto más temía y más ansiaba a la vez. El día de "cumplir con el deber".
Durante la cena, el ambiente era aún más tenso de lo habitual. Naruto intentaba hablar sobre la decoración de la casa, sobre las flores del jardín, sobre cualquier cosa que llenara el vacío, pero Sasuke solo respondía con monosílabos mientras revisaba documentos en su tableta.
— Sasu-kun... hoy es viernes —dijo Naruto en voz baja, jugueteando con un trozo de brócoli.
Sasuke dejó la tableta sobre la mesa y lo miró fijamente. No había deseo en sus ojos, solo una determinación mecánica.
— Lo sé. Termina de comer. No quiero perder el tiempo.
Naruto asintió, sintiendo un nudo en el estómago.
Subieron a la habitación. Como cada semana, Naruto fue quien tomó la iniciativa. Sasuke se limitaba a tumbarse, permitiendo que Naruto hiciera todo el trabajo. El rubio se esforzaba, lo besaba con una pasión desesperada, buscaba una reacción, un gemido, un "te quiero" que nunca llegaba.
— Sasu, mírame —pidió Naruto mientras se movía sobre él, con las manos temblando sobre los hombros del empresario.
Sasuke mantenía los ojos cerrados, su respiración apenas alterada.
— Solo termina con esto, Naruto. Tenemos que asegurar el heredero antes de que termine el mes. Mi padre está presionando.
Naruto sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. El placer que intentaba sentir se desvaneció, reemplazado por una angustia asfixiante. Se movió con más rapidez, queriendo acabar pronto, queriendo ocultar el hecho de que estaba llorando en silencio. Sasuke nunca se daba cuenta de sus lágrimas; siempre estaba demasiado lejos, incluso cuando estaban físicamente unidos.
Cuando todo terminó, Sasuke se levantó de inmediato para ir a la ducha. Ni un abrazo, ni un beso de buenas noches, ni un "gracias". Nada.
Naruto se quedó ovillado en la cama, cubriéndose con las mantas. Se tocó el vientre con suavidad.
— Lo siento, Sasu-kun —susurró a la oscuridad—. Lo siento mucho por no poder darte lo que quieres.
Sabía que cuando los cuatro meses pasaran y su vientre siguiera plano, Sasuke tendría la excusa perfecta para divorciarse de él. Y lo peor era que Naruto no sabía si podría sobrevivir a ese silencio definitivo.
Minutos después, Sasuke salió del baño, ya vestido con un pijama limpio y perfectamente abotonado. Se acostó y apagó la luz de la mesita de noche sin decir una palabra.
— Sasu... —llamó Naruto en un susurro—. ¿Alguna vez... alguna vez podrías quererme aunque no hubiera un bebé?
El silencio se prolongó tanto que Naruto pensó que Sasuke se había dormido.
— El amor es una construcción social para personas débiles, Naruto. Duérmete de una vez.
Naruto cerró los ojos con fuerza, dejando que la última lágrima de la noche mojara la almohada. Mañana volvería a despertar, volvería a sonreír, volvería a ser el esposo empalagoso y alegre que Sasuke tanto despreciaba, porque era la única forma que conocía de no desmoronarse por completo.
Pero en el fondo, en ese rincón oscuro de su mente donde guardaba los informes médicos, Naruto sabía que el tiempo se estaba agotando. Y que, al final del camino, solo quedaría el frío de una mansión demasiado grande para una sola persona.
Miró el reloj de pared. Eran las once de la noche. Sasuke llegaría pronto.
Naruto se levantó de un salto y corrió hacia el espejo para peinar sus cabellos rubios. Quería verse bonito. Quería que, por una vez, Sasuke lo mirara más de dos segundos seguidos. Recordó las palabras de su madre antes de la boda: "Tienes cuatro meses, Naruto. Un heredero consolidará la unión de las empresas Uzumaki y Uchiha. Es tu deber".
Lo que nadie sabía, lo que él guardaba como un secreto que le quemaba el alma, era el informe médico escondido en el fondo de su maleta. Infertilidad. Una palabra pequeña que destruía todos sus castillos en el aire.
El sonido del motor de un coche de lujo resonó en la entrada. Naruto sintió que su corazón daba un vuelco. Olvidó la tristeza, olvidó la infertilidad y corrió escaleras abajo, casi tropezando con sus propios pies.
Cuando la pesada puerta de roble se abrió, apareció la figura imponente de Sasuke Uchiha. Su traje negro estaba impecable, ni una sola arruga a pesar de las quince horas de trabajo. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia.
— ¡Sasu-kun! ¡Bienvenido a casita! —exclamó Naruto con una voz chillona y dulce, lanzándose a sus brazos.
Sasuke ni siquiera soltó su maletín. Se quedó rígido como una estatua de mármol mientras Naruto rodeaba su cuello con los brazos y le plantaba un beso sonoro en la mejilla.
— Quítate, Naruto. Hueles a perfume barato y estoy cansado —dijo Sasuke con una voz tan seca que cortaba el aire.
— ¡No es barato! Es el que me regalaste en nuestro aniversario de compromiso —respondió Naruto, haciendo un puchero exagerado y frotando su nariz contra el hombro del pelinegro—. ¿Me extrañaste? Yo te extrañé mucho, mucho, mucho. Hice ramen para la cena, ¡tu favorito!
Sasuke lo apartó con una mano, ni siquiera con fuerza, sino con una desgana que dolía más que un golpe.
— No tengo hambre. Tengo tres videoconferencias con Londres y luego dormiré. No me molestes.
— Pero... tenemos que cenar juntos —insistió Naruto, siguiéndolo como un perrito falto de afecto—. Es nuestra regla, Sasu. Un ratito nada más. Te contaré lo que hice hoy. Fui al parque y vi un gatito que se parecía a ti porque era muy gruñón...
— Naruto —Sasuke se detuvo en seco y lo miró con esos ojos negros, profundos y gélidos—. No soy tu juguete. No soy tu amigo. Soy tu esposo por un contrato legal. Deja de actuar como un niño de cinco años. Es patético.
Naruto retrocedió un paso, sus ojos azules se llenaron de lágrimas al instante. Era sensible, demasiado sensible para el mundo de acero en el que vivía Sasuke.
— Solo quería ser atento —susurró con la voz quebrada—. Solo quiero que me quieras un poquito.
— El afecto es una pérdida de tiempo para los negocios —sentenció Sasuke, retomando su camino hacia el despacho—. Ve a dormir.
Naruto se quedó solo en el pasillo. Se limpió las lágrimas con la manga de su pijama y forzó una sonrisa. No se rendiría. Él amaba a Sasuke desde que eran niños, desde que el pelinegro le había prestado un lápiz en la academia, aunque Sasuke probablemente ni siquiera lo recordara. Para Naruto, ese matrimonio era un sueño hecho realidad; para Sasuke, era una transacción.
Pasaron las horas. Naruto esperó sentado en el comedor, frente a dos platos de comida que ya estaban completamente fríos. No probó bocado. Finalmente, cuando el reloj marcó la una de la mañana, subió a la habitación.
Sasuke ya estaba allí, acostado de espaldas, ocupando exactamente su mitad de la cama. Naruto se deslizó bajo las sábanas con cuidado, intentando no hacer ruido. Se acercó lentamente, centímetro a centímetro, hasta que su pecho rozó la espalda de Sasuke. Intentó abrazarlo por la cintura, buscando un poco de calor humano.
— No me toques, hace calor —murmuró Sasuke sin abrir los ojos.
— Pero tengo frío, Sasu-kun... —susurró Naruto, pegándose más a él—. Por favor, solo un ratito.
Sasuke soltó un suspiro de fastidio, pero no se movió. Naruto aprovechó ese pequeño espacio de tolerancia para esconder su rostro en la nuca de su esposo. El rechazo constante era una espina clavada en su pecho, pero las migajas de atención que recibía le bastaban para seguir adelante.
Al día siguiente era viernes. El día que Naruto más temía y más ansiaba a la vez. El día de "cumplir con el deber".
Durante la cena, el ambiente era aún más tenso de lo habitual. Naruto intentaba hablar sobre la decoración de la casa, sobre las flores del jardín, sobre cualquier cosa que llenara el vacío, pero Sasuke solo respondía con monosílabos mientras revisaba documentos en su tableta.
— Sasu-kun... hoy es viernes —dijo Naruto en voz baja, jugueteando con un trozo de brócoli.
Sasuke dejó la tableta sobre la mesa y lo miró fijamente. No había deseo en sus ojos, solo una determinación mecánica.
— Lo sé. Termina de comer. No quiero perder el tiempo.
Naruto asintió, sintiendo un nudo en el estómago.
Subieron a la habitación. Como cada semana, Naruto fue quien tomó la iniciativa. Sasuke se limitaba a tumbarse, permitiendo que Naruto hiciera todo el trabajo. El rubio se esforzaba, lo besaba con una pasión desesperada, buscaba una reacción, un gemido, un "te quiero" que nunca llegaba.
— Sasu, mírame —pidió Naruto mientras se movía sobre él, con las manos temblando sobre los hombros del empresario.
Sasuke mantenía los ojos cerrados, su respiración apenas alterada.
— Solo termina con esto, Naruto. Tenemos que asegurar el heredero antes de que termine el mes. Mi padre está presionando.
Naruto sintió que el corazón se le rompía en mil pedazos. El placer que intentaba sentir se desvaneció, reemplazado por una angustia asfixiante. Se movió con más rapidez, queriendo acabar pronto, queriendo ocultar el hecho de que estaba llorando en silencio. Sasuke nunca se daba cuenta de sus lágrimas; siempre estaba demasiado lejos, incluso cuando estaban físicamente unidos.
Cuando todo terminó, Sasuke se levantó de inmediato para ir a la ducha. Ni un abrazo, ni un beso de buenas noches, ni un "gracias". Nada.
Naruto se quedó ovillado en la cama, cubriéndose con las mantas. Se tocó el vientre con suavidad.
— Lo siento, Sasu-kun —susurró a la oscuridad—. Lo siento mucho por no poder darte lo que quieres.
Sabía que cuando los cuatro meses pasaran y su vientre siguiera plano, Sasuke tendría la excusa perfecta para divorciarse de él. Y lo peor era que Naruto no sabía si podría sobrevivir a ese silencio definitivo.
Minutos después, Sasuke salió del baño, ya vestido con un pijama limpio y perfectamente abotonado. Se acostó y apagó la luz de la mesita de noche sin decir una palabra.
— Sasu... —llamó Naruto en un susurro—. ¿Alguna vez... alguna vez podrías quererme aunque no hubiera un bebé?
El silencio se prolongó tanto que Naruto pensó que Sasuke se había dormido.
— El amor es una construcción social para personas débiles, Naruto. Duérmete de una vez.
Naruto cerró los ojos con fuerza, dejando que la última lágrima de la noche mojara la almohada. Mañana volvería a despertar, volvería a sonreír, volvería a ser el esposo empalagoso y alegre que Sasuke tanto despreciaba, porque era la única forma que conocía de no desmoronarse por completo.
Pero en el fondo, en ese rincón oscuro de su mente donde guardaba los informes médicos, Naruto sabía que el tiempo se estaba agotando. Y que, al final del camino, solo quedaría el frío de una mansión demasiado grande para una sola persona.
