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Fandom: yellowstone

Creado: 7/6/2026

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Cenizas en el Viento de Montana

El polvo de la carretera de grava se elevó en una nube asfixiante cuando el Cadillac negro que me trajo desde el aeropuerto de Bozeman se alejó, dejándome allí, sola, frente a la entrada del rancho Walker. El silencio que siguió fue casi ensordecedor. No era el silencio de Nueva York, que siempre está lleno de un zumbido eléctrico de fondo, sino el silencio de las montañas: vasto, antiguo y cargado de una advertencia que solo los que nacimos aquí podemos entender.

Me quedé de pie, apretando el asa de mi maleta de diseño, sintiéndome como una impostora. Llevaba unos pantalones de sastre de lino beige, una blusa de seda y botas de tacón fino que se hundían en la tierra seca. Mi cabello castaño claro, ahora peinado con una perfección urbana que ocultaba mi verdadera naturaleza, ondeaba con la brisa fría que bajaba de los picos nevados.

Miré el letrero de madera quemada sobre la entrada: *Rancho Walker. Est. 1886*. Mis ojos se humedecieron. Venía huyendo de las luces de neón, de la superficialidad de la industria del diseño y de los ataques de pánico que me despertaban a las tres de la mañana en mi apartamento de la calle 14. Necesitaba el olor a pino y a estiércol, necesitaba que el horizonte no se terminara en un rascacielos.

Caminé hacia la casa principal, una construcción robusta de piedra y madera que parecía haber crecido de la misma tierra. Al entrar, el olor a café y a madera vieja me golpeó como un abrazo.

—¿Papá? —llamé, con la voz quebrada por el cansancio del viaje.

Escuché pasos pesados que venían de la oficina. Robert Walker apareció en el pasillo, con su sombrero de vaquero en la mano y el rostro más surcado de arrugas de lo que recordaba. Se detuvo en seco, parpadeando como si viera un fantasma.

—¿Claire? —Su voz era un rugido ronco de incredulidad—. ¿Hija?

Corrí hacia él y me hundí en sus brazos. Olía a tabaco y a cuero, el olor de mi infancia. Me apretó con fuerza, pero noté una rigidez en sus hombros que no solía estar allí.

—He vuelto, papá. No podía aguantar un minuto más allí —susurré contra su pecho.

—Dios mío, miren qué mujer —dijo, separándose para mirarme, aunque sus ojos mostraban un cansancio profundo—. Deberías haberme avisado, te habría enviado a alguien a buscarte. Tu hermano Marcus está en la ciudad con un cargamento de ganado, pero entra, entra.

Caminamos hacia su oficina. El lugar estaba exactamente igual, salvo por el desorden. Sobre su escritorio de roble no solo había facturas de pienso, sino montañas de documentos legales con sellos que reconocí de inmediato. *Market Equities*. Mi corazón dio un vuelco.

—Papá, ¿qué es todo esto? —pregunté, acercándome a la mesa.

Él suspiró, dejándose caer en su silla de cuero desgastado. Parecía haber envejecido diez años en los dos que estuve fuera.

—Tiempos difíciles, Claire. Esos buitres de la ciudad quieren el valle. Han empezado a presionar a los ranchos colindantes al Yellowstone. Creen que si nos quitan a nosotros, John Dutton se quedará sin aliados.

—Pero esto es acoso legal —dije, hojeando un contrato de opción de compra con términos leoninos—. Estas cláusulas son abusivas, papá. En Nueva York vi este tipo de tácticas, son depredadores.

—Lo sé —respondió él, frotándose las sienes—. Pero los abogados cuestan dinero que no tenemos y el estrés... bueno, digamos que el corazón ya no me sigue el ritmo como antes.

Me fijé entonces en una pequeña fotografía sobre su estantería que no estaba antes. Era una mujer rubia, de sonrisa amable, sentada en un porche.

—¿Quién es ella? —pregunté con una pequeña sonrisa.

Mi padre se sonrojó levemente, una visión extraña en un hombre tan rudo.

—Se llama Martha. Es una buena mujer, Claire. Me ha ayudado mucho desde que te fuiste. Pero no hablemos de eso ahora. Tú te ves... diferente. Estás pálida.

—Nueva York te absorbe el alma, papá —dije, sintiendo de nuevo ese nudo de ansiedad en el estómago—. Vine buscando paz, pero veo que he llegado justo a tiempo para la guerra.

—Es la guerra de los Dutton, pero nosotros siempre hemos estado en la trinchera con ellos —sentenció él—. John está en pie de guerra. No va a ceder ni un centímetro.

En ese momento, el sonido de varios caballos galopando hacia la casa interrumpió la conversación. Mi padre se levantó de inmediato, ajustándose el cinturón.

—Es John. Teníamos una reunión para discutir la defensa de la linde sur.

Salimos al porche. El sol de la tarde bañaba el valle en un tono dorado y violento. Tres jinetes se detuvieron frente a la casa, levantando una cortina de polvo. Reconocí de inmediato la figura imponente de John Dutton sobre su caballo castaño. A su lado, Rip Wheeler y otro vaquero que no logré identificar de espaldas.

John desmontó con la agilidad de un hombre que se niega a aceptar el paso del tiempo. Cuando me vio, sus ojos azules se abrieron con sorpresa genuina.

—¿Claire Walker? —preguntó, subiendo los escalones del porche—. No puede ser. La última vez que te vi parecías una niña asustada camino al internado.

—Hola, John —dije, permitiendo que me diera un abrazo breve y firme—. He vuelto a casa.

—Justo a tiempo para el caos —dijo John, mirando a mi padre con una complicidad sombría—. Bob, necesitamos revisar esos mapas. Los topógrafos de la constructora han sido vistos cerca del arroyo Negro.

—Lo sé, John. Entremos.

Se dirigieron a la oficina, dejándome sola en el porche. Saqué mi iPhone del bolsillo de seda. Tenía diez llamadas perdidas de mi jefe en la firma de diseño y veinte mensajes sobre una colección que ya no me importaba. Miré el aparato, ese objeto pequeño que simbolizaba toda la presión que casi me rompe, y caminé hacia el cubo de la basura que estaba junto a la barandilla. Sin dudarlo, arranqué la batería y lo tiré al fondo. El golpe seco del metal contra el plástico fue el sonido más satisfactorio que había escuchado en años.

Subí a mi antigua habitación. Al abrir la puerta, el tiempo pareció detenerse. Todo estaba igual: las fotos con mi madre antes de que el cáncer se la llevara, mis bocetos de vestidos mezclados con dibujos de caballos, y el viejo armario de cedro. Abrí las cajas que mi padre había guardado con cuidado.

Saqué mis viejos vaqueros desgastados, una camisa de franela que aún olía a limpio y mis botas de montar de cuero auténtico, las que tenían la punta rozada por los estribos. Me deshice de la ropa de Nueva York con una urgencia casi desesperada. Cuando me vi en el espejo, con el pelo recogido en una trenza deshecha y la ropa que realmente me pertenecía, sentí que volvía a respirar.

Bajé las escaleras justo cuando la reunión en la oficina terminaba. John y mi padre salían al pasillo.

—Esa es la Claire que recuerdo —dijo John con una sonrisa ladeada al ver mi aspecto—. Mañana habrá una marca de ganado en el Yellowstone. Deberías venir. Ayudaría a que las cosas vuelvan a la normalidad.

—Allí estaré —prometí.

Me quedé en el porche viendo cómo John se alejaba. Fue entonces cuando lo vi. Un cuarto jinete esperaba junto a la puerta de las cuadras, manteniendo las distancias. Iba montado sobre un semental negro como el carbón. Llevaba una chaqueta de lona oscura y el sombrero calado hasta las cejas, pero la forma en que se sentaba en la silla, con una arrogancia tensa y peligrosa, era inconfundible.

Mi corazón se detuvo. Liam.

Liam Dutton ya no era el chico con el que compartí mi primer cigarrillo detrás de los establos. El adolescente que me enseñó a montar en los prados altos había desaparecido, reemplazado por un hombre de hombros anchos y mandíbula endurecida. Su pelo negro estaba revuelto bajo el sombrero, y aunque estaba lejos, sentí el impacto de sus ojos azules, tan fríos como el hielo de un glaciar.

No se acercó. No saludó. Me miró como se mira a un enemigo que invade tu territorio. Espoleó a su caballo y salió al galope tras su padre, dejando tras de sí solo el eco de los cascos contra la tierra dura.

El aire se volvió más frío de repente.

—Ha cambiado mucho, ¿verdad? —La voz de mi padre me sobresaltó. Estaba de pie detrás de mí, observando la estela de polvo de los Dutton.

—Parece otra persona, papá —susurré, sintiendo un vacío en el estómago.

—Liam se marcó el pecho con el hierro del rancho el año que te fuiste —dijo mi padre con tristeza—. Se volvió frío, Claire. Es el mejor vaquero que ha tenido John, pero ha perdido la alegría. Cree que el mundo es un lugar donde solo te quedas para que te abandonen.

—Yo no quería abandonarlo —dije, aunque sabía que las palabras no servían de nada ahora—. No me dejaron despedirme.

—Él no lo ve así. Para Liam, tú elegiste las luces de la ciudad. Y ahora que has vuelto, él te ve como parte de ese mundo que intenta destruir el nuestro.

Esa noche, me costó dormir. El silencio de la montaña, que tanto había anhelado, se sentía pesado. Sabía que el rancho estaba en peligro, que mi padre estaba enfermo de preocupación y que el chico que una vez fue mi refugio ahora me odiaba.

A la mañana siguiente, ensillé a *Cinnamon*, mi vieja alazana. Ella me reconoció de inmediato, frotando su hocico contra mi hombro. Cabalgué hacia el Yellowstone por el camino de los pastos altos, el mismo camino donde Liam y yo solíamos escondernos del mundo.

Cuando llegué a los corrales principales del Yellowstone, el ambiente era frenético. Había humo, olor a hierro candente y el griterío de los vaqueros. Vi a Kayce y a Rip trabajando cerca del fuego. Y entonces lo vi a él.

Liam estaba en el centro del corral, derribando a un ternero con una fuerza bruta y eficiente. No llevaba camisa bajo el chaleco abierto, y pude ver sus músculos tensos y sudorosos, moviéndose con una gracia animal. Tenía una cicatriz en el antebrazo que no recordaba y, lo más doloroso, la marca de la "Y" de los Dutton grabada a fuego en su piel.

Se levantó, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano, y sus ojos se cruzaron con los míos. El tiempo se congeló. El ruido del rancho se desvaneció.

Caminó hacia la valla donde yo estaba montada. Cada paso que daba era una declaración de guerra. Se detuvo a apenas un metro, mirando mi ropa, mi caballo, y finalmente mis ojos verdes.

—Vaya —dijo, y su voz era más profunda, cargada de un cinismo que me dolió más que un golpe—. La princesa de Park Avenue ha decidido ensuciarse las botas.

—Liam —dije, tratando de mantener la voz firme—. Me alegra verte.

Él soltó una carcajada seca, carente de humor. Se acercó más, apoyando los brazos en la barandilla de madera. El olor a sudor, cuero y humo emanaba de él, una fragancia embriagadora y masculina que me hizo flaquear.

—No mientas, Claire. A las chicas como tú no les alegra ver nada que no tenga una etiqueta de precio —sus ojos azules recorrieron mi rostro con una hostilidad eléctrica—. ¿Qué pasa? ¿Te quedaste sin dinero o simplemente te aburriste de jugar a ser importante?

—Vine porque mi padre me necesita. Porque este rancho es mi hogar —respondí, sintiendo que la ira empezaba a reemplazar a la culpa.

—Este lugar dejó de ser tu hogar en el momento en que cerraste esa maleta sin mirar atrás —escupió él. Se acercó tanto que pude ver las motas doradas en sus ojos azules—. Aquí la tierra no perdona, y yo tampoco. No esperes una bienvenida, Walker. Para mí, eres solo otra turista que se ha perdido de camino al centro comercial.

Se dio la vuelta sin esperar respuesta, regresando al barro y al fuego del corral. Me quedé allí, temblando de rabia y de una tristeza infinita. El Liam que yo amaba seguía allí dentro, enterrado bajo capas de hielo y resentimiento, pero me di cuenta de una cosa mientras lo veía trabajar con esa furia contenida.

Él no me odiaba porque no me quisiera. Me odiaba porque todavía me quería, y eso, en el Yellowstone, era la debilidad más peligrosa de todas.

Miré hacia las montañas que rodeaban el valle. La guerra legal de Market Equities estaba llamando a la puerta de mi padre, y la guerra personal con Liam acababa de empezar. No sabía si sería capaz de ganar ninguna de las dos, pero mientras apretaba las riendas de *Cinnamon*, supe que no volvería a huir.

Si Liam Dutton quería una extraña hostil, eso es lo que tendría. Pero yo iba a salvar este rancho, y si tenía que quemar su muro de hielo en el proceso, lo haría. Después de todo, ambos éramos hijos de esta tierra salvaje, y en Montana, nada sobrevive sin luchar.
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