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Bebe
Fandom: Otaku
Creado: 7/6/2026
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El precio del silencio y las flores de papel
La mansión Uchiha siempre olía a sándalo y a una soledad que calaba en los huesos, a pesar de los lujos que decoraban cada rincón. Naruto Uzumaki, sin embargo, se esforzaba cada día por llenar aquel vacío con colores brillantes. Esa tarde, había pasado horas acomodando los girasoles frescos en el jarrón de la entrada, tarareando una melodía infantil mientras movía sus pies descalzos sobre el mármol frío.
Naruto vestía un suéter de lana tres tallas más grande que él, de un color naranja chillón que contrastaba con la sobriedad gris de las paredes. A sus veintidós años, conservaba una inocencia casi anacrónica, una forma de hablar que a veces rayaba en lo infantil, pronunciando las palabras con una suavidad que buscaba desesperadamente una caricia de vuelta.
—¡Ya casi llega Sasu-kun! —exclamó para sí mismo, dando un pequeño saltito de emoción—. Tengo que estar listo, muy listo.
Se arregló el flequillo frente al espejo del recibidor. Sus ojos azules brillaban con una devoción que nadie más en el mundo empresarial de Konoha entendería. Para el resto, Sasuke Uchiha era el magnate de hierro, el hombre que había multiplicado la fortuna de su familia con una eficiencia despiadada. Para Naruto, Sasuke era el príncipe de los cuentos que le leían de niño, el hombre con el que siempre soñó casarse, incluso si ese matrimonio había sido un contrato firmado entre dos imperios financieros.
El sonido del motor del deportivo negro anunció su llegada. Naruto corrió hacia la puerta, abriéndola de par en par justo cuando Sasuke subía los escalones de la entrada.
—¡Bienvenido a casita, Sasuke-teme! —gritó Naruto con una sonrisa radiante, lanzándose a su cuello apenas el pelinegro cruzó el umbral.
Sasuke no se inmutó. No devolvió el abrazo, ni siquiera movió los brazos que colgaban rígidos a los costados de su impecable traje italiano. Su rostro era una máscara de indiferencia, sus ojos negros tan profundos y gélidos como un pozo sin fondo.
—Quítate, Naruto. Me sofocas —dijo Sasuke con una voz seca, sin un ápice de emoción.
Naruto no se desanimó. En su lugar, se puso de puntillas y depositó un beso sonoro en la mejilla del empresario.
—¡Naru te extrañó mucho hoy! ¿Tuviste muchas reuniones aburridas? Hice ramen casero y también preparé esa carne que tanto te gusta —dijo el rubio, entrelazando sus dedos con la mano enguantada de Sasuke, quien se soltó de inmediato.
—Tengo trabajo que terminar en el despacho. Saca la cena en diez minutos. No me hagas perder el tiempo —sentenció Sasuke, caminando hacia las escaleras sin mirar atrás.
Naruto se quedó allí, de pie en el vestíbulo, con las manos vacías y la sonrisa tambaleándose por un segundo. Pero rápidamente la recuperó. Él sabía que Sasuke era así. Sus padres le habían dicho que el amor de un Uchiha era "diferente", que debía ser paciente. Lo que no le dijeron era que Sasuke solo había aceptado este matrimonio por el ultimátum de su padre, Fugaku, y por la promesa de un heredero que unificara las fortunas Uzumaki y Uchiha.
Cuatro meses. Ese era el plazo que los ancianos de ambas familias habían dictado. Cuatro meses para que Naruto quedara embarazado.
El rubio caminó hacia la cocina, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Había un secreto que guardaba bajo llave, un informe médico que había quemado hace meses en la chimenea. Naruto era estéril. Un defecto de nacimiento, un capricho de la naturaleza que lo hacía "inservible" para los propósitos de su familia. Pero él amaba tanto a Sasuke que se convenció de que, si era lo suficientemente cariñoso, si lo complacía en todo, el destino le otorgaría un milagro.
La cena transcurrió en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de los cubiertos contra la porcelana. Naruto intentaba entablar conversación, contándole sobre un perrito que vio en el parque o sobre cómo las flores del jardín estaban creciendo, pero Sasuke solo respondía con monosílabos o, peor aún, con un silencio cortante.
—Sasuke... ¿está rico? —preguntó Naruto, apoyando la barbilla en sus manos, mirando al pelinegro con adoración.
—Está aceptable —respondió Sasuke, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta—. Mañana tengo una junta con los accionistas de Hyuga. No me esperes para desayunar.
—¡Oh! Pero... pero mañana es viernes —murmuró Naruto, bajando la mirada—. Los viernes son... nuestros.
Sasuke dejó los cubiertos con un golpe seco que hizo que Naruto diera un respingo.
—Los viernes son el día en que cumplo con mis obligaciones conyugales, Naruto. No lo confundas con una cita —dijo Sasuke con una frialdad que quemaba—. Ve arriba y prepárate. No quiero perder más tiempo del necesario.
Naruto asintió lentamente, sintiendo que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se obligó a sonreír.
—¡Sí! Naru se irá a poner el pijama bonito que compró. ¡Te espero arriba, Sasu-kun!
En la habitación principal, la atmósfera era diferente. Las luces estaban tenues. Naruto se despojó de su ropa con manos temblorosas. Una vez a la semana, Sasuke le permitía estar cerca, pero nunca de la forma en que Naruto lo anhelaba.
Cuando Sasuke entró en la habitación, no hubo palabras dulces, ni juegos previos, ni un solo beso que no fuera exigido por la fricción del acto. Como siempre, Naruto fue quien inició todo. Se movió sobre Sasuke, buscó sus labios con desesperación, susurró "te amo" una y otra vez contra su cuello, mientras el empresario mantenía los ojos cerrados, como si estuviera en otro lugar, simplemente dejando que el cuerpo del rubio hiciera el trabajo.
Naruto se esforzaba. Se movía con torpeza pero con una entrega total, tratando de arrancarle un gemido, una caricia, algo que le indicara que Sasuke estaba allí con él. Pero el pelinegro solo mantenía sus manos sobre las caderas de Naruto, guiándolo mecánicamente, con la mente puesta en las cifras de la bolsa o en los contratos pendientes.
Al terminar, Sasuke se levantó de inmediato, dirigiéndose al baño sin decir una palabra. Naruto se quedó acostado, respirando con dificultad, sintiendo el frío de la cama ahora que el calor del otro cuerpo se había ido.
—Sasuke... —susurró Naruto cuando el pelinegro salió del baño, ya envuelto en una bata de seda negra.
—Duérmete, Naruto. Mañana es un día largo —fue la única respuesta.
El rubio se hizo un ovillo entre las sábanas, abrazando una almohada. "Tres meses", pensó con angustia. Solo quedaban tres meses del plazo y su vientre seguía tan vacío como el corazón de su esposo.
A la mañana siguiente, Sasuke se fue antes de que el sol saliera. Naruto se quedó solo en la inmensa casa, rodeado de juguetes de peluche que él mismo compraba para no sentirse tan solo y de cuadros caros que no decían nada.
Decidió caminar por el jardín. El aire fresco le ayudaba a pensar. Se sentó en un banco de piedra y sacó un pequeño sobre de su bolsillo. Era una carta de su madre, Kushina, preguntando por "las buenas noticias". Todos esperaban el heredero. Todos esperaban que él cumpliera su función.
—¿Qué voy a hacer, Kurama? —le preguntó a un pequeño zorro de peluche que llevaba consigo—. Si Sasuke se entera de que no puedo darle un bebé... me dejará solo, ¿verdad? Y yo lo quiero tanto... lo quiero mucho, mucho.
El llanto de Naruto fue silencioso, apenas un temblor en sus hombros. Él sabía que su comportamiento infantil era su escudo. Si se portaba como un niño, tal vez Sasuke no sería tan duro con él. Si hablaba con ternura, tal vez algún día Sasuke le respondería de la misma forma. Era una esperanza vana, pero era lo único que mantenía a Naruto en pie.
Esa noche, Sasuke regresó más tarde de lo habitual. Se veía agotado, con la corbata floja y el ceño fruncido. Naruto lo esperaba sentado en el suelo de la sala, rodeado de papeles de colores.
—¡Sasuke! ¡Mira lo que hice! —dijo Naruto, levantando una flor de papel cuidadosamente doblada—. Es un origami. Me tomó mucho tiempo, pero quedó bonita, ¿a que sí?
Sasuke pasó por su lado, ignorando la flor de papel que Naruto le extendía con ilusión.
—Tengo dolor de cabeza, Naruto. No estoy para tus tonterías de preescolar.
—Pero... pero es para ti —insistió el rubio, levantándose y siguiendo a su esposo—. Es para que tu oficina no se vea tan triste. Si la pones en tu escritorio, te acordarás de Naru y sonreirás.
Sasuke se detuvo en seco y se giró. Su mirada era tan afilada que Naruto retrocedió un paso, apretando la flor contra su pecho.
—¿Crees que tengo tiempo para decorar mi oficina con basura de papel? —espetó Sasuke—. Madura de una vez. Tienes una sola tarea en esta casa, una sola función por la que nuestras familias hicieron este trato. Y hasta ahora, no veo resultados.
Naruto palideció. La mención del "trato" era como una bofetada.
—Yo... yo me esfuerzo mucho, Sasuke-teme —murmuró con la voz quebrada.
—El esfuerzo no sirve si no hay resultados —sentenció Sasuke—. Si en tres meses no estás esperando un hijo, mi padre disolverá el contrato. Y créeme, no tendré ningún inconveniente en firmar el divorcio.
Sasuke subió las escaleras, dejando a Naruto en la penumbra de la sala. El rubio miró la flor de papel en su mano. Estaba arrugada. Sus dedos temblaron mientras intentaba alisarla, pero el papel ya estaba marcado.
—No me dejes... por favor, no me dejes —susurró Naruto, hundiéndose en el sofá y escondiendo el rostro entre sus rodillas.
Él sabía que el tiempo se agotaba. Sabía que su secreto era una bomba de tiempo que destruiría el frágil mundo de fantasía que había construido. Pero incluso así, incluso con el desprecio de Sasuke quemándole la piel, Naruto no podía dejar de amarlo.
Se quedó allí, en la oscuridad, imaginando cómo sería si Sasuke lo abrazara de verdad, no por obligación, sino porque quisiera protegerlo. Imaginó un mundo donde no importara si era estéril o si hablaba como un niño, un mundo donde Sasuke le devolviera el beso al llegar a casa.
Pero al levantar la vista, solo vio las sombras de la mansión Uchiha, frías y elegantes, recordándole que en ese juego de poder y herencias, su corazón tierno era el único que siempre terminaría rompiéndose.
—Mañana... —se dijo Naruto a sí mismo, secándose las lágrimas con la manga de su suéter—. Mañana lo intentaré con más ganas. Le haré un postre especial. A lo mejor mañana sí me mira.
Porque Naruto Uzumaki era un experto en fingir que el sol salía cada día, incluso cuando vivía en el invierno eterno de los ojos de Sasuke Uchiha.
Naruto vestía un suéter de lana tres tallas más grande que él, de un color naranja chillón que contrastaba con la sobriedad gris de las paredes. A sus veintidós años, conservaba una inocencia casi anacrónica, una forma de hablar que a veces rayaba en lo infantil, pronunciando las palabras con una suavidad que buscaba desesperadamente una caricia de vuelta.
—¡Ya casi llega Sasu-kun! —exclamó para sí mismo, dando un pequeño saltito de emoción—. Tengo que estar listo, muy listo.
Se arregló el flequillo frente al espejo del recibidor. Sus ojos azules brillaban con una devoción que nadie más en el mundo empresarial de Konoha entendería. Para el resto, Sasuke Uchiha era el magnate de hierro, el hombre que había multiplicado la fortuna de su familia con una eficiencia despiadada. Para Naruto, Sasuke era el príncipe de los cuentos que le leían de niño, el hombre con el que siempre soñó casarse, incluso si ese matrimonio había sido un contrato firmado entre dos imperios financieros.
El sonido del motor del deportivo negro anunció su llegada. Naruto corrió hacia la puerta, abriéndola de par en par justo cuando Sasuke subía los escalones de la entrada.
—¡Bienvenido a casita, Sasuke-teme! —gritó Naruto con una sonrisa radiante, lanzándose a su cuello apenas el pelinegro cruzó el umbral.
Sasuke no se inmutó. No devolvió el abrazo, ni siquiera movió los brazos que colgaban rígidos a los costados de su impecable traje italiano. Su rostro era una máscara de indiferencia, sus ojos negros tan profundos y gélidos como un pozo sin fondo.
—Quítate, Naruto. Me sofocas —dijo Sasuke con una voz seca, sin un ápice de emoción.
Naruto no se desanimó. En su lugar, se puso de puntillas y depositó un beso sonoro en la mejilla del empresario.
—¡Naru te extrañó mucho hoy! ¿Tuviste muchas reuniones aburridas? Hice ramen casero y también preparé esa carne que tanto te gusta —dijo el rubio, entrelazando sus dedos con la mano enguantada de Sasuke, quien se soltó de inmediato.
—Tengo trabajo que terminar en el despacho. Saca la cena en diez minutos. No me hagas perder el tiempo —sentenció Sasuke, caminando hacia las escaleras sin mirar atrás.
Naruto se quedó allí, de pie en el vestíbulo, con las manos vacías y la sonrisa tambaleándose por un segundo. Pero rápidamente la recuperó. Él sabía que Sasuke era así. Sus padres le habían dicho que el amor de un Uchiha era "diferente", que debía ser paciente. Lo que no le dijeron era que Sasuke solo había aceptado este matrimonio por el ultimátum de su padre, Fugaku, y por la promesa de un heredero que unificara las fortunas Uzumaki y Uchiha.
Cuatro meses. Ese era el plazo que los ancianos de ambas familias habían dictado. Cuatro meses para que Naruto quedara embarazado.
El rubio caminó hacia la cocina, sintiendo un nudo en el estómago que no tenía nada que ver con el hambre. Había un secreto que guardaba bajo llave, un informe médico que había quemado hace meses en la chimenea. Naruto era estéril. Un defecto de nacimiento, un capricho de la naturaleza que lo hacía "inservible" para los propósitos de su familia. Pero él amaba tanto a Sasuke que se convenció de que, si era lo suficientemente cariñoso, si lo complacía en todo, el destino le otorgaría un milagro.
La cena transcurrió en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de los cubiertos contra la porcelana. Naruto intentaba entablar conversación, contándole sobre un perrito que vio en el parque o sobre cómo las flores del jardín estaban creciendo, pero Sasuke solo respondía con monosílabos o, peor aún, con un silencio cortante.
—Sasuke... ¿está rico? —preguntó Naruto, apoyando la barbilla en sus manos, mirando al pelinegro con adoración.
—Está aceptable —respondió Sasuke, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta—. Mañana tengo una junta con los accionistas de Hyuga. No me esperes para desayunar.
—¡Oh! Pero... pero mañana es viernes —murmuró Naruto, bajando la mirada—. Los viernes son... nuestros.
Sasuke dejó los cubiertos con un golpe seco que hizo que Naruto diera un respingo.
—Los viernes son el día en que cumplo con mis obligaciones conyugales, Naruto. No lo confundas con una cita —dijo Sasuke con una frialdad que quemaba—. Ve arriba y prepárate. No quiero perder más tiempo del necesario.
Naruto asintió lentamente, sintiendo que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se obligó a sonreír.
—¡Sí! Naru se irá a poner el pijama bonito que compró. ¡Te espero arriba, Sasu-kun!
En la habitación principal, la atmósfera era diferente. Las luces estaban tenues. Naruto se despojó de su ropa con manos temblorosas. Una vez a la semana, Sasuke le permitía estar cerca, pero nunca de la forma en que Naruto lo anhelaba.
Cuando Sasuke entró en la habitación, no hubo palabras dulces, ni juegos previos, ni un solo beso que no fuera exigido por la fricción del acto. Como siempre, Naruto fue quien inició todo. Se movió sobre Sasuke, buscó sus labios con desesperación, susurró "te amo" una y otra vez contra su cuello, mientras el empresario mantenía los ojos cerrados, como si estuviera en otro lugar, simplemente dejando que el cuerpo del rubio hiciera el trabajo.
Naruto se esforzaba. Se movía con torpeza pero con una entrega total, tratando de arrancarle un gemido, una caricia, algo que le indicara que Sasuke estaba allí con él. Pero el pelinegro solo mantenía sus manos sobre las caderas de Naruto, guiándolo mecánicamente, con la mente puesta en las cifras de la bolsa o en los contratos pendientes.
Al terminar, Sasuke se levantó de inmediato, dirigiéndose al baño sin decir una palabra. Naruto se quedó acostado, respirando con dificultad, sintiendo el frío de la cama ahora que el calor del otro cuerpo se había ido.
—Sasuke... —susurró Naruto cuando el pelinegro salió del baño, ya envuelto en una bata de seda negra.
—Duérmete, Naruto. Mañana es un día largo —fue la única respuesta.
El rubio se hizo un ovillo entre las sábanas, abrazando una almohada. "Tres meses", pensó con angustia. Solo quedaban tres meses del plazo y su vientre seguía tan vacío como el corazón de su esposo.
A la mañana siguiente, Sasuke se fue antes de que el sol saliera. Naruto se quedó solo en la inmensa casa, rodeado de juguetes de peluche que él mismo compraba para no sentirse tan solo y de cuadros caros que no decían nada.
Decidió caminar por el jardín. El aire fresco le ayudaba a pensar. Se sentó en un banco de piedra y sacó un pequeño sobre de su bolsillo. Era una carta de su madre, Kushina, preguntando por "las buenas noticias". Todos esperaban el heredero. Todos esperaban que él cumpliera su función.
—¿Qué voy a hacer, Kurama? —le preguntó a un pequeño zorro de peluche que llevaba consigo—. Si Sasuke se entera de que no puedo darle un bebé... me dejará solo, ¿verdad? Y yo lo quiero tanto... lo quiero mucho, mucho.
El llanto de Naruto fue silencioso, apenas un temblor en sus hombros. Él sabía que su comportamiento infantil era su escudo. Si se portaba como un niño, tal vez Sasuke no sería tan duro con él. Si hablaba con ternura, tal vez algún día Sasuke le respondería de la misma forma. Era una esperanza vana, pero era lo único que mantenía a Naruto en pie.
Esa noche, Sasuke regresó más tarde de lo habitual. Se veía agotado, con la corbata floja y el ceño fruncido. Naruto lo esperaba sentado en el suelo de la sala, rodeado de papeles de colores.
—¡Sasuke! ¡Mira lo que hice! —dijo Naruto, levantando una flor de papel cuidadosamente doblada—. Es un origami. Me tomó mucho tiempo, pero quedó bonita, ¿a que sí?
Sasuke pasó por su lado, ignorando la flor de papel que Naruto le extendía con ilusión.
—Tengo dolor de cabeza, Naruto. No estoy para tus tonterías de preescolar.
—Pero... pero es para ti —insistió el rubio, levantándose y siguiendo a su esposo—. Es para que tu oficina no se vea tan triste. Si la pones en tu escritorio, te acordarás de Naru y sonreirás.
Sasuke se detuvo en seco y se giró. Su mirada era tan afilada que Naruto retrocedió un paso, apretando la flor contra su pecho.
—¿Crees que tengo tiempo para decorar mi oficina con basura de papel? —espetó Sasuke—. Madura de una vez. Tienes una sola tarea en esta casa, una sola función por la que nuestras familias hicieron este trato. Y hasta ahora, no veo resultados.
Naruto palideció. La mención del "trato" era como una bofetada.
—Yo... yo me esfuerzo mucho, Sasuke-teme —murmuró con la voz quebrada.
—El esfuerzo no sirve si no hay resultados —sentenció Sasuke—. Si en tres meses no estás esperando un hijo, mi padre disolverá el contrato. Y créeme, no tendré ningún inconveniente en firmar el divorcio.
Sasuke subió las escaleras, dejando a Naruto en la penumbra de la sala. El rubio miró la flor de papel en su mano. Estaba arrugada. Sus dedos temblaron mientras intentaba alisarla, pero el papel ya estaba marcado.
—No me dejes... por favor, no me dejes —susurró Naruto, hundiéndose en el sofá y escondiendo el rostro entre sus rodillas.
Él sabía que el tiempo se agotaba. Sabía que su secreto era una bomba de tiempo que destruiría el frágil mundo de fantasía que había construido. Pero incluso así, incluso con el desprecio de Sasuke quemándole la piel, Naruto no podía dejar de amarlo.
Se quedó allí, en la oscuridad, imaginando cómo sería si Sasuke lo abrazara de verdad, no por obligación, sino porque quisiera protegerlo. Imaginó un mundo donde no importara si era estéril o si hablaba como un niño, un mundo donde Sasuke le devolviera el beso al llegar a casa.
Pero al levantar la vista, solo vio las sombras de la mansión Uchiha, frías y elegantes, recordándole que en ese juego de poder y herencias, su corazón tierno era el único que siempre terminaría rompiéndose.
—Mañana... —se dijo Naruto a sí mismo, secándose las lágrimas con la manga de su suéter—. Mañana lo intentaré con más ganas. Le haré un postre especial. A lo mejor mañana sí me mira.
Porque Naruto Uzumaki era un experto en fingir que el sol salía cada día, incluso cuando vivía en el invierno eterno de los ojos de Sasuke Uchiha.
