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Soledad

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 7/6/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonEscena FaltanteTragedia
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Lo que queda de nosotros

El olor a antiséptico y a muerte contenida era el perfume habitual de su santuario. Shoko Ieiri exhaló una nube de humo de su cigarrillo, observando cómo se arremolinaba y se disipaba bajo la cruda luz fluorescente de la morgue. Era tarde, tan tarde que el tiempo parecía haberse estancado en un limbo silencioso, solo roto por el zumbido grave de los refrigeradores que guardaban los cuerpos de hechiceros caídos. Era un sonido al que se había acostumbrado, una nana macabra que arrullaba su hastío.

Su mirada, perpetuamente cansada, se posó en un informe sobre su escritorio. Otro joven hechicero, destrozado por una maldición de grado especial. Lo había recompuesto lo mejor que pudo para la familia, pero su técnica de maldición inversa no podía devolver la vida. Solo podía curar, reparar, remendar la carne y los huesos. No podía sanar las cicatrices del alma. Y de eso, el hombre más fuerte del mundo tenía demasiadas.

Satoru Gojo.

El nombre resonó en su mente con el peso de una década de recuerdos compartidos, de risas y de una pérdida tan profunda que había fracturado su pequeño universo. A ojos de todos, Satoru era un dios irritante. Un prodigio con una sonrisa arrogante pegada al rostro, un hombre que se movía por el mundo como si fuera su patio de recreo personal, sin mostrar respeto por las antiguas tradiciones ni por los vejestorios del consejo. Era el más fuerte, un título que llevaba como una corona y una armadura.

Pero Shoko sabía. Ella lo había visto desmoronarse.

Recordaba al adolescente que, a pesar de su poder abrumador, todavía buscaba la aprobación y la compañía de su mejor amigo. Recordaba la luz en sus ojos —esos cielos embotellados— cuando discutía con Suguru Geto sobre ideales, sobre el futuro del mundo de la hechicería, sobre tonterías sin importancia. Eran un trío inseparable: el prodigio, el idealista y la observadora cínica que los mantenía a ambos con los pies en la tierra.

Luego, todo se había podrido desde dentro.

Shoko había sido testigo de la lenta erosión de Suguru, de cómo su compasión se había agriado hasta convertirse en un odio fanático hacia los no hechiceros, los "monos". Había visto cómo esa brecha ideológica se convertía en un abismo insalvable entre él y Satoru. Y aunque no estuvo allí en el momento final, sabía la verdad que Satoru ocultaba bajo capas de indiferencia y bromas estúpidas. Sabía que había sido la mano de Satoru la que había puesto fin a la vida de su único mejor amigo.

El más fuerte había tenido que matar a su otra mitad.

Y desde entonces, la soledad se había adherido a él como una segunda piel. Era una soledad distinta a la simple falta de compañía. Era el aislamiento de ser una singularidad. Para los altos mandos, era un arma nuclear con voluntad propia, una que debían apaciguar y utilizar. Para sus enemigos, un obstáculo insuperable. Para sus estudiantes, un maestro excéntrico y todopoderoso. Nadie lo veía como una persona. Nadie, excepto ella.

Y estaba harta.

Estaba harta de verlo regresar de misiones imposibles sin un rasguño visible, pero con una nueva grieta en su espíritu. Harta de sus sonrisas vacías, de sus bromas que ya no alcanzaban sus ojos. Harta de que llevara el peso del mundo sobre sus hombros como si fuera su penitencia personal. ¿Qué clase de castigo era ese? Ser el más fuerte no significaba que tuviera que estar solo. Ella estaba allí. Ella seguía allí. De su trío, de su juventud, de *ellos*, solo quedaban dos. Y no iba a permitir que él se ahogara en silencio.

Apagó el cigarrillo en el cenicero con una presión innecesaria. El chasquido resonó en el silencio. No, no se quedaría de brazos cruzados. Ese idiota podía pensar que la engañaba, que su fachada de niño inmaduro era impenetrable. Pero ella había vivido con él, había crecido con él. Sabía que el hombre que alguna vez había sido su amigo… el hombre por el que, en los recovecos más honestos y oscuros de su corazón, sentía algo más profundo y complicado… estaba roto.

Y si él no iba a hablar, ella lo obligaría a escuchar. Haría que entendiera, a la fuerza si era necesario, que no tenía que cargar con todo. Ella no podía borrar el dolor, no podía curar esa herida. Pero, maldita sea, podía ayudarlo a llevar la carga. Podía hacerla más ligera.

Como si sus pensamientos lo hubieran invocado, la puerta de la morgue se abrió con un chirrido agudo, inundando el espacio con la luz del pasillo y una silueta absurdamente alta.

—¡Sho-ko-chaaaan! —canturreó una voz que era pura energía y arrogancia contenida—. ¿Aún despierta? ¿No te cansas de jugar con tus fiambres?

Satoru Gojo entró pavoneándose, con las manos en los bolsillos de su uniforme azul oscuro. Llevaba su habitual venda negra sobre los ojos, pero la sonrisa en sus labios era tan brillante y falsa que a Shoko le dolió físicamente.

—Trabajo, Satoru —respondió ella, sin levantar la vista del informe—. Algo que tú evitas siempre que puedes.

—¡Oye, qué cruel! —Se acercó, apoyándose en el borde de su escritorio con una familiaridad que habría sido presuntuosa en cualquier otra persona—. Acabo de salvar al mundo de nuevo, ¿sabes? Unas cuantas maldiciones revoltosa en Kioto. Nada del otro mundo. Merezco un premio. ¿Tienes dulces? Unos mochis de fresa sonarían divinos ahora mismo.

Shoko permaneció en silencio, su pluma inmóvil sobre el papel. La energía chispeante de Satoru llenaba la habitación, una cacofonía ruidosa que intentaba desesperadamente ahogar el silencio subyacente. Era su mecanismo de defensa: ser tan abrumadoramente presente que nadie tuviera la oportunidad de mirar más allá.

—No tengo dulces —dijo finalmente, su voz plana.

—¿Eh? Qué aburrida. Siempre tan profesional. —Hizo un puchero infantil—. Bueno, entonces al menos dame un poco de tu atención. He estado pensando. ¿Recuerdas aquella vez en segundo año cuando convencimos a Yaga-sensei de que una maldición había poseído su colección de muñecos?

Intentaba atraerla a un terreno seguro, a la nostalgia de los buenos tiempos, cuando el mayor de sus problemas era una detención. Shoko levantó la cabeza lentamente, y la mirada que le dirigió hizo que la sonrisa de Satoru vacilara por una fracción de segundo.

—Basta, Satoru.

El cambio en su tono fue inmediato. No había rastro de su habitual sarcasmo o indiferencia. Era una orden suave pero inquebrantable.

—¿Basta de qué? —preguntó él, intentando mantener el tono juguetón, aunque ahora sonaba forzado—. Solo recordaba viejos tiempos. ¿No se puede?

—No estoy jugando —dijo ella, dejando la pluma a un lado y girando su silla para encararlo por completo—. No esta noche.

Satoru se enderezó, la postura relajada reemplazada por una tensión casi imperceptible. Cruzó los brazos sobre el pecho, un gesto defensivo.

—Vaya, alguien se levantó con el pie izquierdo. ¿Un mal día en la oficina de la muerte?

Shoko suspiró, un sonido cargado de una frustración que llevaba años acumulándose.

—Acabas de regresar de Kioto.

—Te lo dije. Unas cuantas maldiciones, boom, bam, listo. Estaba en casa para la cena, si quisiera cenar.

—Eran tres maldiciones de grado especial, Satoru. Y una de ellas tenía una técnica que atacaba directamente la psique. Lo leí en el informe preliminar.

La sonrisa de Gojo desapareció por completo. El aire en la habitación se enfrió.

—Los informes exageran. Eran unos debiluchos.

—Deja de mentir.

La frase fue tan directa, tan desprovista de artificio, que Satoru se quedó callado. Era raro que alguien se atreviera a acusarlo de mentir tan descaradamente. Era más raro aún que le afectara.

—No sé de qué hablas, Shoko.

—Sí que lo sabes —insistió ella, su voz ganando una intensidad tranquila—. Sé que estás cansado. Y no me refiero a físicamente cansado. Tus Seis Ojos te lo muestran todo, ¿verdad? La energía maldita, las técnicas… pero también ves otras cosas. Ves el miedo en los ojos de los demás. Ves cómo te miran los del consejo, como si fueras una bestia que tienen con una correa. Ves a tus estudiantes y sientes el peso de proteger su futuro. Y cuando estás solo… ¿qué ves entonces, Satoru?

Él no respondió. La venda negra ocultaba sus ojos, pero Shoko podía imaginar la tormenta que se arremolinaba en ellos. Podía sentir la barrera invisible de su Infinito, que siempre zumbaba a su alrededor, volverse un poco más densa, un poco más fría.

—Ves su rostro, ¿verdad? —susurró ella, y el nombre salió de sus labios antes de que pudiera detenerlo, cargado con el peso de una década de dolor no expresado—. Sigues viendo a Suguru.

El nombre lo golpeó como un puñetazo físico. El cuerpo de Satoru se puso rígido como el acero. Por un instante, la presión en la habitación se volvió sofocante, como si su poder estuviera a punto de desbordarse sin control.

—No. Vuelvas. A decir. Su nombre. —Cada palabra fue un trozo de hielo, bajo y peligroso.

Cualquier otra persona habría retrocedido. Cualquier otra persona habría sentido el instinto primario de huir ante la ira contenida del hechicero más fuerte. Pero Shoko no era cualquier otra persona. Era la única que quedaba.

Se levantó, rodeó el escritorio y se detuvo a unos pasos de él. No invadió su espacio, pero su proximidad era una declaración. No tenía miedo.

—¿Por qué? ¿Porque duele? —lo desafió, su voz ahora temblando con su propia emoción reprimida—. ¿Crees que eres el único al que le duele, idiota? ¡Yo también estaba allí! ¡Él también era mi amigo! ¿Crees que he olvidado su sonrisa, o la forma en que discutía contigo sobre justicia, o el sabor del helado barato que comíamos en aquel banco del parque?

Los recuerdos eran vívidos, dolorosos. El Satoru que se quejaba del calor, el Suguru que intentaba ser la voz de la razón, y ella, sentada entre los dos, fumando un cigarrillo robado y pensando que ese momento duraría para siempre.

—Tú no entiendes —masculló Satoru, su voz un gruñido bajo.

—¡Claro que entiendo! —replicó ella, alzando la voz por primera vez—. Entiendo que tuviste que tomar una decisión imposible. Entiendo que tuviste que matarlo. ¡Pero no entiendo por qué insistes en llevar esa cruz tú solo, como si su pérdida fuera solo tuya! ¡Su traición nos rompió a los dos, Satoru! Lo que queda de nosotros… está aquí. En esta maldita morgue. Tú y yo.

El silencio que siguió fue denso y pesado. Satoru no se movía, una estatua de furia y dolor. Shoko podía ver una ligera tensión en los músculos de su cuello, la única señal de la batalla que se libraba en su interior.

—No necesito tu lástima —dijo finalmente, la voz desprovista de toda emoción.

—No es lástima, imbécil. Es rabia —espetó ella, dando un paso más cerca—. Estoy furiosa. Contigo. Por dejar que esto te consuma. Por construir este muro a tu alrededor y fingir que nada te afecta. ¿"El más fuerte"? ¡Qué estupidez! Eres el hombre más solitario que conozco, y es por tu propia y estúpida elección.

Extendió la mano, no para tocarlo, sino como una súplica.

—No estás solo. No tienes por qué estarlo. Yo estoy aquí. Déjame entrar, Satoru. Por favor.

Por un largo momento, él no hizo nada. Shoko mantuvo la mano extendida, su corazón latiendo con fuerza contra sus costillas. Podía sentir el pulso de su energía maldita, una tempestad contenida a milímetros de su piel. Podía retirarse, fingir que esta conversación nunca había ocurrido, y volver a su cómoda y cínica distancia. Pero no lo hizo. Se mantuvo firme.

Entonces, lentamente, algo en él se quebró.

No fue un sollozo. No fue un grito. Fue un colapso silencioso. Sus hombros, que siempre parecían llevar el cielo sin esfuerzo, se hundieron. La tensión abandonó su cuerpo, dejándolo encorvado, vulnerable. Lentamente, levantó una mano y, con dedos temblorosos, se quitó la venda de los ojos.

Los ojos de Satoru Gojo eran legendarios. Dos piezas de cielo, vibrantes y llenos de un poder cósmico. Pero lo que Shoko vio en ese momento no fue el cielo despejado de un día de verano. Vio un firmamento cubierto de nubes de tormenta, un azul profundo y herido, anegado por un cansancio tan antiguo como el universo.

Sus miradas se encontraron, y por primera vez en años, él no ocultó nada. Ella vio el dolor de la traición, la culpa del verdugo, el peso aplastante de la soledad. Lo vio todo.

—Pesa… —susurró él, y su voz se rompió, tan frágil que Shoko apenas la oyó—. Pesa tanto, Shoko.

Esas cuatro palabras fueron la grieta en el dique. La confesión que había mantenido encerrada durante una década.

Shoko sintió que sus propios ojos se llenaban de lágrimas, pero parpadeó para ahuyentarlas. Él no necesitaba sus lágrimas ahora. Necesitaba un ancla.

Caminó el último paso que los separaba y, en lugar de un abrazo que podría haber sido demasiado, demasiado abrumador, simplemente puso una mano en su hombro. El contacto fue firme, real. No había ninguna barrera infinita que la detuviera. Él la había dejado pasar.

—Lo sé —dijo ella en voz baja—. Lo sé. Pero no tienes que llevarlo todo. Dame un poco. Puedo soportarlo.

Satoru no respondió. Simplemente se quedó allí, dejándose tocar, permitiendo que la presencia de ella lo anclara en la fría realidad de la morgue. Después de lo que pareció una eternidad, se dejó caer en la silla más cercana, una silla de metal fría e impersonal. Apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro entre las manos, sus nudillos blancos por la presión. Su cabello blanco caía hacia adelante, ocultando su expresión, pero Shoko podía ver el temblor de sus hombros.

No lloraba, pero la agonía silenciosa era casi peor. Era el duelo de un hombre que se había olvidado de cómo permitirse sentir.

Shoko se movió por la habitación en silencio. Abrió un cajón de su escritorio, sacó su paquete de cigarrillos y un mechero. Cogió dos. Se acercó a él y le tendió uno.

Él levantó la vista, sus ojos azules enrojecidos y perdidos. Miró el cigarrillo como si fuera un artefacto de otro tiempo. Era un vicio que habían compartido en su juventud, un pequeño acto de rebelión que los unía. Hacía años que no lo veía fumar.

Dudó un instante, y luego lo tomó con dedos inseguros. Shoko se llevó el suyo a los labios, lo encendió y luego le ofreció la llama. Satoru se inclinó, y la pequeña llama del mechero danzó entre ellos, iluminando la vulnerabilidad en su rostro. El extremo del cigarrillo se encendió con un brillo anaranjado.

Shoko no se sentó. Se quedó de pie a su lado, apoyada en una de las frías mesas de autopsias, y dio una larga calada. El humo llenó sus pulmones, un veneno familiar y reconfortante. Exhaló lentamente.

Satoru imitó el gesto, tosiendo un poco al principio, como si su cuerpo hubiera olvidado la sensación. El humo se mezcló con el de ella en el aire estancado de la habitación.

Durante varios minutos, no dijeron nada. El único sonido era el zumbido de los refrigeradores y el suave crepitar de los cigarrillos al consumirse. Era un silencio diferente al de antes. No estaba tenso ni cargado de palabras no dichas. Era un silencio compartido, un espacio para respirar.

—La primera vez que fumamos —dijo Satoru de repente, su voz ronca y baja, sin levantar la vista del suelo—, fue detrás del dojo. Suguru nos robó el paquete del coche de Yaga.

Shoko sonrió levemente, una sonrisa genuina y triste.

—Recuerdo que te atragantaste y casi vomitaste sobre sus zapatos. Él dijo que eras un prodigio en todo menos en los vicios.

Una risa seca y sin alegría escapó de los labios de Satoru.

—Tenía razón. Siempre era mejor en esas cosas. En mantener la calma. En pensar en los demás.

—Él también se perdió, Satoru. No fue culpa tuya.

—¿No lo fue? —Levantó la cabeza, y sus ojos buscaron los de ella, desesperados por una absolución que sabía que no podía recibir—. Yo era el más fuerte. Debería haberlo visto. Debería haber hecho algo. Debería haberlo traído de vuelta.

—Lo intentaste —dijo Shoko con firmeza—. Ambos lo intentamos. Pero no puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado. Su camino lo eligió él. La decisión final… la tomó él.

—Pero fui yo quien…

—Hiciste lo que tenías que hacer —lo interrumpió ella, su tono dejando claro que no había lugar a discusión—. Pusiste fin a su sufrimiento y evitaste que matara a miles de personas. Fue un acto de misericordia. Y un infierno personal para ti. Ambos son verdad.

Le dio otra calada a su cigarrillo, dejando que sus palabras se asentaran.

—Vivir con ambas verdades es la carga. Pero no tienes que hacerlo solo. Eso es todo lo que estoy diciendo.

Satoru la miró, y la tormenta en sus ojos pareció amainar un poco, dando paso a una especie de calma agotada. La arrogancia, la energía maníaca, todo se había desvanecido, dejando solo al hombre. Al Satoru que ella conocía, al que había perdido y al que ahora, quizás, estaba empezando a encontrar de nuevo.

—¿Por qué? —preguntó él en un susurro—. ¿Por qué te importa tanto?

Shoko sintió un nudo en la garganta. Podría haberle dado una respuesta fácil. *Porque somos amigos. Porque somos lo único que queda.* Pero en la cruda honestidad de aquella morgue, a aquella hora intempestiva, las respuestas fáciles parecían una traición.

Se encogió de hombros, una finta de indiferencia que no engañó a ninguno de los dos.

—Quizá porque estoy cansada de hablar sola con los muertos —dijo, y una pequeña sonrisa torcida jugó en sus labios—. Y tú, Satoru Gojo, eres el hombre más exasperantemente vivo que conozco. Sería una pena que te convirtieras en un fantasma antes de tiempo.

Él la observó durante un largo rato, procesando sus palabras. Una emoción nueva y difícil de descifrar parpadeó en sus ojos. No era gratitud, no exactamente. Era algo más parecido al reconocimiento. A ser visto, de verdad, por primera vez en mucho tiempo.

Finalmente, una sonrisa diminuta, genuina y terriblemente triste, apareció en su rostro.

—Un fantasma, ¿eh? —Dio la última calada a su cigarrillo, que ya casi se había consumido, y lo aplastó en el cenicero del escritorio de Shoko, junto al de ella—. Supongo que tienes razón.

Se puso de pie, y aunque todavía parecía cansado, ya no estaba encorvado por el peso. Había una nueva ligereza en sus hombros, como si al compartir una mínima parte de su carga, esta se hubiera vuelto un poco más manejable.

Se acercó a ella, deteniéndose tan cerca que Shoko podía sentir el calor que emanaba de él. Por un instante, pensó que iba a abrazarla, o a decir algo más. Pero en lugar de eso, simplemente levantó una mano y, con una suavidad que contrastaba con su inmenso poder, le apartó un mechón de pelo castaño de la cara. Sus dedos rozaron su piel por una fracción de segundo, un contacto tan efímero y sin embargo tan cargado de significado que a Shoko se le cortó la respiración.

—Gracias, Shoko —dijo, su voz apenas un murmullo.

Y luego, sin más, se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. No se pavoneó. No hizo ninguna broma. Simplemente caminó, como un hombre normal saliendo de una habitación.

En el umbral, se detuvo y miró por encima del hombro. La venda seguía en su mano, no sobre sus ojos.

—Por cierto —dijo, y un vestigio de su antigua chispa apareció en su sonrisa, aunque esta vez era cálida, no arrogante—, todavía quiero esos mochis de fresa. Mañana. No lo olvides.

Y con eso, se fue, cerrando la puerta suavemente detrás de él y dejando a Shoko sola de nuevo en el silencio de la morgue.

Ella se quedó inmóvil, con la mano en el lugar donde él la había rozado. El aire todavía olía a tabaco y a ozono, el rastro persistente de su poder. Miró los dos cigarrillos aplastados uno junto al otro en el cenicero.

No había solucionado nada. El dolor seguía ahí. La pérdida era irrevocable. Pero la fachada se había roto. Una pequeña grieta de luz se había abierto en la oscuridad que él habitaba.

Shoko cogió otro cigarrillo del paquete, pero no lo encendió. Simplemente lo sostuvo entre sus dedos, una sonrisa cansada pero real dibujándose en su rostro por primera vez en mucho tiempo.

No, no había curado la herida. Pero la había limpiado. Y por esta noche, eso era más que suficiente. La carga era más ligera. Y mañana, estarían allí para volver a intentarlo. Juntos. Porque eso era, al final, todo lo que quedaba de ellos. Y era suficiente.
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