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Thomas x molly

Fandom: Thomas and friends

Creado: 7/6/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloRecortes de VidaEstudio de PersonajeUA (Universo Alternativo)FluffHistoria DomésticaDieselpunkAmbientación Canon
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El Amargo Sabor del Chocolate y la Frialdad del Invierno

El 14 de febrero en la isla de Sodor siempre se sentía como si el aire estuviera cargado de una energía empalagosa. Las calles de Knapford estaban decoradas con guirnaldas rojas, y el aroma a chocolate caliente y flores frescas inundaba cada esquina. Para Thomas, un joven de cabello alborotado y una sonrisa eterna, este era el día más importante del año. No era solo por la festividad, sino porque finalmente había reunido el valor suficiente para hablar con Emily.

Thomas sostenía contra su pecho una cartulina roja, recortada meticulosamente en forma de corazón. En el centro, con una caligrafía algo torpe pero honesta, había escrito un poema. Sus manos temblaban ligeramente mientras caminaba hacia el andén donde Emily solía organizar los horarios matutinos.

Cuando la vio, su corazón dio un vuelco. Emily lucía radiante, con su largo cabello oscuro recogido y esa aura de confianza que siempre lo había cautivado.

— ¡Emily! —exclamó Thomas, acercándose con paso rápido—. Feliz San Valentín. Yo... bueno, he estado pensando mucho en esto y quería darte esto.

Él extendió el corazón de cartulina con los ojos cerrados, esperando una reacción que cambiara su vida. Emily tomó el regalo, lo leyó con una sonrisa dulce pero, para desgracia de Thomas, carente de ese brillo romántico que él anhelaba.

— Oh, Thomas, esto es precioso —dijo ella, devolviéndole el corazón con delicadeza—. Eres el amigo más tierno que tengo en toda la isla.

El mundo de Thomas se detuvo por un segundo. La palabra «amigo» resonó en sus oídos como el silbato de una locomotora a toda potencia.

— ¿Amigo? —logró articular.

— Sí —asintió Emily con naturalidad—. Además, no puedo aceptar una cita hoy. He hecho planes con un chico que conocí en el continente hace unas semanas. Vendrá a buscarme esta tarde. Pero no te pongas triste, ¡seguro que te diviertes con los demás!

Thomas sintió un nudo en la garganta, pero su naturaleza sociable y amable se impuso. Forzó una sonrisa y asintió.

— No pasa nada, Emily. De verdad. Espero que... que te diviertas mucho con él.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar sin rumbo fijo. No se rendiría tan fácilmente. Sodor estaba lleno de gente maravillosa. Quizás su destino no estaba con Emily.

A lo largo de la mañana, Thomas intentó encontrar a alguien con quien compartir el día. Primero buscó a Rosie, pero ella ya estaba ocupada ayudando a Percy con una sorpresa. Mavis estaba en las canteras trabajando y dejó claro que no tenía tiempo para cursilerías. Daisy se rió de él, alegando que nadie estaba a la altura de su elegancia. Rebecca, Nia, Lady e incluso Flora... todas tenían ya planes o parejas confirmadas.

Al llegar la tarde, el entusiasmo de Thomas se había evaporado. Se sentó en un banco cerca de los talleres, mirando el suelo. Fue entonces cuando recordó a alguien. Alguien que siempre estaba en las sombras, cuya presencia era tan gélida como el metal en invierno: Molly Russell.

Molly era de su misma edad, pero parecía vivir en un mundo aparte. Era extremadamente seria, fría y tenía una reputación de ser alguien con quien no se debía jugar si no querías recibir una mirada que te congelara la sangre. Siempre estaba sola, alejada de las risas y las fiestas de los demás jóvenes de la isla.

— Quizás... quizás ella también esté sola —susurró Thomas para sí mismo.

Buscó en su mochila y sacó un detalle que había guardado por si acaso: un corazón de cartulina amarilla, el color favorito de Molly, y una pequeña caja de chocolates artesanales.

La encontró cerca de los cobertizos laterales, leyendo un libro técnico bajo la tenue luz de una farola. Molly ni siquiera levantó la vista cuando él se detuvo frente a ella.

— Hola, Molly —saludó Thomas con timidez.

Ella no respondió. El silencio se prolongó durante casi un minuto, hasta que ella cerró el libro de golpe, produciendo un sonido seco.

— ¿Qué quieres, Thomas? —preguntó ella con una voz monótona y cortante. Sus ojos azules eran como cristales de hielo.

— Es San Valentín —dijo él, extendiendo el corazón amarillo y el chocolate—. Me preguntaba si... si te gustaría ser mi San Valentín este año. No quiero que nadie esté solo hoy.

Molly miró el regalo y luego miró a Thomas. No hubo rubor, no hubo sonrisa, ni siquiera una pizca de sorpresa. Solo una expresión de profundo fastidio.

— No —respondió secamente—. No me interesa el amor, ni la amistad forzada, ni tus dulces baratos. Vete a molestar a otra persona.

— Pero Molly...

— He dicho que no. Vete.

Thomas bajó la mirada, sintiendo que su corazón se terminaba de romper en mil pedazos. Sin decir una palabra más, guardó el chocolate en su bolsillo y se alejó con los hombros caídos. El rechazo de Emily le había dolido, pero la frialdad absoluta de Molly lo había dejado vacío.

Mientras caminaba hacia la zona de carga para terminar su turno, se cruzó con Diesel y su grupo de amigos. Diesel siempre había sido un buscapleitos, y hoy parecía estar de un humor especialmente cruel.

— ¡Miren quién es! El pequeño Thomas, rechazado por toda la isla —se burló Diesel, bloqueándole el paso—. He oído que hasta la "Reina de Hielo" te mandó a volar. Qué patético.

Thomas intentó ignorarlo, pero Diesel continuó.

— Molly es un bicho raro. Deberían echarla de Sodor, nadie la quiere cerca. Es una amargada que no sirve para nada más que para dar asco con su actitud.

Algo se encendió dentro de Thomas. Podía soportar que se burlaran de él, pero no que insultaran a alguien que, aunque fría, no le hacía daño a nadie.

— Cállate, Diesel —dijo Thomas, apretando los puños.

— ¿O qué? ¿Vas a llorar? —Diesel empujó a Thomas contra una pared de ladrillos.

La pelea fue rápida y violenta. Thomas no era un luchador, pero su terquedad lo mantuvo en pie. Recibió varios golpes, terminó con el labio partido y un moretón que empezaba a oscurecerse en su mejilla, pero logró derribar a Diesel y hacer que sus amigos se retiraran ante el escándalo que estaban provocando.

El Inspector Gordo llegó poco después, con el rostro rojo de indignación.

— ¡Thomas! ¡Diesel! ¡Este comportamiento es inaceptable, y menos en un día de celebración! —gritó el hombre—. Diesel, te encargarás de la limpieza de los túneles. Y tú, Thomas, aunque hayas intentado "defender" el honor de alguien, las peleas están prohibidas. Se te descontará el sueldo de este mes y, como castigo adicional, te encargarás de llevar el cargamento del Pez Volador a las tres de la madrugada durante los próximos dos meses.

Thomas no protestó. Simplemente se dejó caer al suelo una vez que el Inspector se fue. Estaba agotado, adolorido y se sentía más solo que nunca. Sus dedos buscaron en el suelo el corazón amarillo que se le había caído durante la pelea. Estaba arrugado y manchado de tierra.

De repente, una sombra se proyectó sobre él. Thomas levantó la vista con dificultad, esperando ver a Diesel regresando para terminar el trabajo. Pero no era él.

Era Molly.

Ella estaba allí, de pie, con su habitual expresión seria y distante. Sus brazos estaban cruzados sobre su pecho. Se quedaron en silencio un largo rato, mientras el viento frío de la noche soplaba entre los edificios.

Molly se agachó y, con un movimiento lento, recogió el corazón amarillo del suelo. Lo limpió con la manga de su chaqueta y luego extendió una mano hacia Thomas.

— Levántate —ordenó ella. No era una petición, era un mandato.

Thomas tomó su mano, sorprendido por la firmeza de su agarre. Ella lo ayudó a ponerse en pie, aunque él tambaleó un poco. Molly no lo soltó hasta que estuvo seguro de que no se caería.

— Has sido un idiota —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Podría haberme defendido sola. No necesitaba que un chico bajito y tímido se hiciera moler a golpes por mí.

— Lo sé —susurró Thomas, bajando la cabeza—. Pero no estaba bien lo que decían.

Molly guardó silencio. Sus ojos recorrieron las heridas de Thomas. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta de él y sacó la pequeña caja de chocolates que él había intentado darle horas antes.

Con parsimonia, Molly abrió la caja. Tomó uno de los bombones, lo observó un segundo y se lo llevó a la boca. Masticó lentamente, manteniendo su rostro impasible, como si estuviera analizando un informe técnico en lugar de disfrutar de un dulce.

— Está demasiado dulce —sentenció ella, aunque no dejó de comerlo—. Pero supongo que es aceptable.

Thomas la miró, confundido.

— ¿Molly?

Ella guardó la caja en su propio bolsillo y luego guardó el corazón de cartulina amarilla en el interior de su libro, marcando la página donde se había quedado.

— Has perdido dinero y vas a tener que trabajar de madrugada por mi culpa —dijo ella, recuperando su tono frío y cortante—. Sería una injusticia dejar que este día termine así.

Molly dio un paso adelante, quedando muy cerca de él. La diferencia de altura era mínima, pero su presencia era imponente.

— Seré tu San Valentín por hoy —declaró ella, mirando hacia otro lado para ocultar que, por primera vez, sus mejillas tenían un levísimo tono rosado—. No te acostumbres. Y mañana, a las tres de la madrugada, estaré en el puerto. Si vas a llevar ese pescado apestoso, al menos alguien tendrá que asegurarse de que no te quedes dormido en el camino.

Thomas sintió que el dolor de sus heridas se desvanecía, reemplazado por una calidez que no había sentido en todo el día. Una sonrisa, la primera sonrisa auténtica de la jornada, apareció en su rostro.

— ¿De verdad vendrás?

— He dicho que sí. No me hagas repetirlo, Thomas. Odio repetirme —respondió ella, dándose la vuelta para caminar hacia la salida del recinto—. Camina. Te acompañaré a la enfermería antes de que cierren.

Thomas la siguió, cojeando un poco pero con el corazón latiendo con fuerza. Molly Russell seguía siendo fría, seguía siendo seria y seguía siendo la persona más difícil de tratar en toda la isla de Sodor. Pero mientras caminaban juntos bajo la luz de la luna, Thomas se dio cuenta de que, a veces, los mejores regalos no vienen envueltos en papel brillante, sino en la inesperada compañía de alguien que prefiere los hechos a las palabras.

— ¡Molly! —llamó él.

Ella se detuvo y lo miró de reojo, impaciente.

— Gracias.

Molly no respondió con palabras. Simplemente soltó un bufido sonoro, se ajustó la bufanda y siguió caminando, pero esta vez redujo el paso para que Thomas pudiera seguirle el ritmo sin esforzarse. En el frío silencio de la noche, aquel gesto fue más que suficiente.
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