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Zooble x gangle

Fandom: Dijital circus

Creado: 7/6/2026

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Piezas y Cintas: El Arte del Descontrol

El vacío de las habitaciones en el Circo Digital no ofrecía consuelo, solo una monotonía geométrica que podía volver loco a cualquiera. Sin embargo, para Zooble, la locura era una vieja amiga que se manifestaba en la irritación constante por su propio cuerpo intercambiable. Gangle, por otro lado, era un nudo de nervios y fragilidad, siempre a un paso de romperse, literal y figuradamente.

Esa noche, el ambiente se sentía más pesado de lo habitual. Gangle estaba en el suelo de la habitación de Zooble, con su máscara de comedia hecha añicos a un lado, revelando la perpetua máscara de tragedia que definía su existencia. Sus extremidades de cinta temblaban, enredándose entre sí.

—Ya deja de llorar, Gangle —dijo Zooble, cuya voz áspera resonó contra las paredes digitales—. Me pones de los nervios con ese hipo constante.

—Lo siento... es que... Jax volvió a pisarme y... —Gangle no pudo terminar la frase. Un sollozo ahogado escapó de su boca inexpresiva.

Zooble se acercó, sus piezas de diferentes colores y formas haciendo un ruido metálico y plástico con cada paso. Se detuvo frente a la figura de cintas y, con una mano que terminaba en una pinza afilada, levantó el rostro de Gangle. La máscara de tragedia miró hacia arriba, llena de un terror que, extrañamente, empezaba a mezclarse con algo más oscuro y profundo.

—¿Quieres dejar de ser una víctima por un segundo? —preguntó Zooble, inclinándose sobre ella—. O mejor aún... ¿quieres que te dé una razón real para llorar?

Gangle se estremeció. La dominancia de Zooble era natural, una extensión de su rechazo por las reglas de Caine y el absurdo del circo. Para Gangle, cuya estructura física era la definición de la maleabilidad, esa fuerza era magnética.

—S-sí... por favor —susurró Gangle, sus cintas enroscándose involuntariamente alrededor de la pierna de Zooble.

Zooble soltó una risa seca y la arrastró hacia el centro de la habitación. Con un movimiento rápido, Zooble utilizó unas piezas sobrantes de su propia colección —ganchos y cables tensores— para fijar los extremos de las cintas de Gangle a los puntos de anclaje de las paredes. En pocos segundos, Gangle estaba suspendida, estirada como una marioneta en una red, con su cuerpo de cinta roja tensado al máximo.

—Estás tan indefensa, Gangle —comentó Zooble, recorriendo con una mano de madera el torso plano de la otra—. Eres solo una cuerda esperando a ser anudada.

—Me duele... —gimió Gangle, aunque su voz carecía de protesta real. Sus ojos fijos en la máscara de tragedia brillaban con una sumisión absoluta—. Me duele y me gusta.

Zooble no perdió el tiempo. Sabía que en este mundo digital el dolor no era físico en el sentido biológico, sino una sobrecarga de datos sensoriales que se sentía más real que la realidad misma. Agarró una de las cintas de Gangle y la retorció con fuerza, escuchando el crujido del material elástico.

—Si te rompes, te reconstruiré —dijo Zooble con frialdad—. Pero mientras tanto, vas a ser mi juguete.

Zooble comenzó a aplicar presión en los puntos donde las cintas se unían a la máscara. Gangle soltó un grito agudo, un sonido que se fragmentó en el aire. La sensación de ser estirada, de que su propia esencia fuera manipulada por las manos expertas y rudas de Zooble, la enviaba a un estado de éxtasis doloroso.

—¡Más! —suplicó Gangle, balanceándose en su prisión de cables—. ¡Zooble, por favor, rompe algo!

Zooble aceptó el desafío. Se desprendió de uno de sus brazos, una pieza terminada en una punta roma y pesada, y comenzó a golpear rítmicamente el cuerpo suspendido de Gangle. Cada impacto hacía que la forma de Gangle vibrara violentamente. El sadismo de Zooble era metódico; no buscaba la destrucción total, sino el límite exacto donde el ser se desmorona.

—Mírate —se burló Zooble, acercándose tanto que sus piezas rozaban la máscara de Gangle—. Tan frágil, tan patética. ¿Te gusta que te trate como basura?

—Soy tu basura —respondió Gangle, su voz quebrada—. Úsame... haz lo que quieras conmigo. No quiero pensar, solo quiero sentirte.

Zooble metió sus dedos —una mezcla de metal y plástico— entre los pliegues de las cintas de Gangle, buscando los nodos de sensibilidad que Caine había programado por error o malicia. Cuando los encontró, aplicó una presión eléctrica. Gangle se arqueó, sus cintas tensándose hasta el punto de parecer hilos de acero.

—¡Aaaah! —El grito de Gangle llenó la habitación, un sonido puro de agonía y placer—. ¡Zooble! ¡No te detengas!

—No pensaba hacerlo —respondió Zooble.

Con un movimiento brusco, Zooble tiró de los cables que mantenían a Gangle suspendida, obligándola a abrirse aún más, exponiendo su vulnerabilidad total. Zooble utilizó una de sus piezas puntiagudas para delinear los bordes de la máscara de Gangle, bajando luego por el cuello de cinta, dejando marcas digitales que parpadeaban en un rojo intenso.

El contraste era absoluto: Zooble, un rompecabezas de piezas inconexas y voluntad de hierro, sobre Gangle, una línea roja y continua de pura entrega. Zooble comenzó a morder —o lo que pasaba por morder en su forma actual— las cintas de Gangle, sintiendo la resistencia del material antes de que cediera ligeramente.

—Eres tan fácil de manipular —dijo Zooble, su voz bajando a un susurro peligroso—. Podría enredarte tanto que nunca encontrarías el final de ti misma.

—Hazlo —jadeó Gangle—. Enrédate en mí... no me dejes ir.

Zooble procedió a cumplir el deseo. Usando sus propias piezas desmontables, empezó a entrelazarse con Gangle. Sus extremidades se mezclaban con las cintas rojas, creando un nudo caótico de colores y texturas. El sadomasoquismo de la escena escaló cuando Zooble comenzó a tirar de las cintas de Gangle desde adentro, provocando una sensación de desgarro interno que hizo que Gangle perdiera el sentido de dónde terminaba ella y dónde empezaba su dominatriz.

—¿Sientes eso? —preguntó Zooble, aumentando la presión—. Es el sonido de tu código gritando.

—Lo siento... lo siento todo —Gangle sollozaba, pero esta vez no era por Jax ni por la tristeza del circo. Era un llanto de liberación—. Eres tan fuerte... tan cruel...

Zooble disfrutaba de la sumisión extrema de Gangle. Había algo catártico en tener el control total sobre otro ser en un lugar donde nadie tenía control sobre nada. Golpeó una vez más la máscara de Gangle, esta vez con la palma de su mano, un impacto seco que resonó en el vacío.

—Cállate y aguanta —ordenó Zooble.

Gangle obedeció instantáneamente, mordiéndose su propia cinta para ahogar los gritos mientras Zooble continuaba explorando los límites de su resistencia. La habitación se convirtió en un torbellino de movimiento: el metal chocando contra el plástico, el roce frenético de las cintas, y los suspiros pesados que cortaban el aire estático del mundo digital.

Zooble llevó a Gangle al borde del colapso sensorial. Con un último tirón violento de las cintas que la sujetaban, Zooble provocó una sobrecarga en el sistema de Gangle. La figura roja se sacudió violentamente, sus ojos en la máscara de tragedia girando frenéticamente hasta que, con un último espasmo de placer doloroso, se desplomó contra el pecho de Zooble, aún sujeta por los anclajes.

Zooble la sostuvo por un momento, sintiendo las vibraciones residuales en el cuerpo de la otra. No hubo palabras dulces, ni consuelo. Solo la cruda realidad de su conexión.

—Mañana volverás a ser la misma llorona de siempre —dijo Zooble, soltando los ganchos y dejando que Gangle cayera al suelo en un montón desordenado de cintas.

Gangle, desde el suelo, miró hacia arriba. Su máscara seguía siendo la de la tragedia, pero por primera vez en mucho tiempo, había una chispa de satisfacción en su mirada vacía.

—Gracias... Zooble —susurró, casi sin aliento.

Zooble se dio la vuelta, ajustando una de sus piezas del hombro que se había aflojado durante el encuentro.

—Como sea. No te acostumbres —respondió, aunque ambas sabían que, en la eterna repetición del Circo Digital, este ritual de dolor y entrega era lo único que las mantenía cuerdas.

Zooble salió de la habitación, dejando a Gangle en el suelo, rodeada de sus propias cintas enredadas, saboreando el eco del dolor que, por un breve momento, la había hecho sentir viva.
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