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Fandom: Chainsaw Man

Creado: 7/6/2026

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Cicatrices en la penumbra

El aire del apartamento olía a perro mojado, a tostadas quemadas de la mañana y a una extraña sensación de hogar que a Reze le resultaba tan ajena como reconfortante. Habían pasado semanas desde su regreso, un milagro retorcido cortesía de la misma organización que una vez la utilizó como un arma. Ahora, compartía un espacio minúsculo con Denji, una niña de pelo rosado que se hacía llamar Nayuta y que la miraba con una desconfianza casi cómica, y una jauría de perros que parecían ser la única fuente de alegría genuina en la vida del chico.

Era extraño. Denji estaba allí, en carne y hueso. Su pelo rubio seguía siendo un desastre indomable, sus dientes afilados asomaban en sonrisas torpes y su uniforme de Cazador de Demonios, que insistía en usar incluso para estar en casa, colgaba de su cuerpo con la misma dejadez de siempre. Era él, sin duda. Pero al mismo tiempo, no lo era.

Reze lo observaba desde el sofá mientras él intentaba enseñarle a uno de los perros a sentarse, usando un trozo de pan como cebo. Su voz era la de siempre, un poco rasposa, infantil en su entusiasmo.

—¡Mira, Meowy! ¡Así! ¡Siéntate! ¡Te doy el pan si te sientas! ¡Es un buen trato!

El perro simplemente ladeó la cabeza y le arrebató el pan de la mano, haciéndole perder el equilibrio. Denji cayó de espaldas al suelo con un ruido sordo, y por un instante, se quedó allí, mirando el techo. Reze esperó la carcajada estruendosa, la queja exagerada, el "¡Oye, eso es trampa!" que habría salido del Denji que ella recordaba.

En su lugar, solo hubo silencio. Una exhalación larga y cansada. Luego, Denji se levantó, se sacudió el polvo de los pantalones y siguió con su día como si nada. La sonrisa que le dirigió a Reze cuando sus miradas se cruzaron fue una sombra, un eco de la que una vez la había desarmado en aquella cabina telefónica bajo la lluvia.

Esa era la diferencia. El Denji que conoció era una explosión de energía caótica, un torbellino de deseos simples y emociones a flor de piel. Quería una novia, quería comer cosas ricas, quería una vida normal con una desesperación casi violenta. Este Denji… este Denji parecía estar funcionando en modo de ahorro de energía. Las luces estaban encendidas, pero la casa estaba vacía.

Claro, seguía siendo el mismo idiota adorable en la superficie. Se quejaba de la comida, se dormía en el sofá con la boca abierta y sus conversaciones rara vez se desviaban de sus tres temas predilectos: comer, dormir y cagar. Pero Reze, que había sido entrenada para leer a las personas, para encontrar sus grietas y explotarlas, veía las fisuras en su fachada. Veía la forma en que sus ojos se perdían en la distancia en mitad de una frase, la manera en que sus hombros se encorvaban sutilmente cuando pensaba que nadie lo miraba, el temblor casi imperceptible en sus manos cuando sostenía un cuchillo para cortar verduras.

Había escuchado los rumores, fragmentos de historias que Kishibe le había soltado con su habitual parsimonia brutal. Chainsaw Man. El héroe del infierno. La derrota de Makima. Ingenio. Una palabra que nadie habría asociado jamás con el Denji que ella conoció. ¿Ingenio para derrotar al Demonio del Control? Sonaba a una broma macabra.

Pero, ¿qué había pasado entre su "muerte" en la playa y su "resurrección" en este apartamento? ¿Qué había llenado ese vacío? ¿Qué clase de infierno personal había atravesado para que la chispa en sus ojos se hubiera atenuado hasta convertirse en una brasa mortecina?

Una noche, obtuvo la respuesta.

La ciudad de Tokio zumbaba con su murmullo nocturno habitual, una sinfonía de sirenas lejanas y el tráfico incesante que nunca dormía del todo. Reze no podía dormir. La cama improvisada en el salón era incómoda, pero no era esa la razón de su insomnio. Era el silencio del apartamento, un silencio que se sentía pesado, cargado de cosas no dichas.

Se levantó, la tela de su camisón rozando sus piernas en la oscuridad. Caminó de puntillas por el pasillo, pasando por la puerta de la habitación de Nayuta, desde donde se escapaba una respiración tranquila y acompasada. La puerta de Denji estaba entreabierta. Una costumbre, según él, para poder escuchar si los perros o Nayuta necesitaban algo.

Un sonido extraño la detuvo. Un quejido ahogado, bajo y gutural. No era uno de los perros. Provenía de la habitación de Denji. Con el corazón latiéndole un poco más rápido, se asomó por la rendija.

La luz de la luna se filtraba por la ventana, bañando la habitación en una luz pálida y fantasmal. Denji estaba en su cama, pero no dormía plácidamente. Su cuerpo estaba tenso, rígido como una tabla. Pequeños espasmos recorrían sus extremidades, haciendo que las sábanas se agitaran a su alrededor. Su rostro, normalmente impasible o tonto, estaba contraído en una máscara de pura agonía. El sudor perlaba su frente, pegando mechones de pelo rubio a su piel.

Y entonces, lo escuchó. Susurros rotos, apenas audibles, arrancados de lo más profundo de su garganta.

—Aki…

El nombre salió como un lamento, lleno de una desesperación tan cruda que a Reze se le heló la sangre. Se llevó una mano a la boca, reprimiendo una exclamación. Denji se retorció, sus manos crispándose sobre la manta como si intentara agarrar algo que no estaba allí. Sus párpados se apretaban con fuerza, y de las comisuras de sus ojos cerrados, una lágrima solitaria se abrió paso, trazando un surco brillante en su mejilla.

—No… no quería… Aki…

Otro espasmo, más violento esta vez. Su respiración se convirtió en un jadeo entrecortado. Y luego, otro nombre, pronunciado con una nota diferente. No de culpa, sino de pérdida absoluta, de un vacío insondable.

—Power…

El nombre flotó en el aire y se desvaneció, pero el peso de la pena que lo acompañaba se instaló en el pecho de Reze como una piedra. Power. Aki. Nombres que no conocía, pero que para el chico que sufría en esa cama, eran el epicentro de un terremoto emocional que lo estaba destrozando desde dentro.

De repente, todo encajó. Las piezas del rompecabezas que Kishibe le había lanzado con tanta indiferencia formaron una imagen horrible y coherente en su mente. Las palabras del viejo cazador resonaron en su cabeza, frías y precisas, como el informe de una autopsia.

*«La Cuarta División Especial fue aniquilada en el Infierno. Se encontraron con el Demonio de la Oscuridad. De los que volvieron, pocos quedaron cuerdos».*

Reze visualizó a Denji, el chico que tenía miedo de los demonios a pesar de ser uno, enfrentándose a una oscuridad primordial.

*«Luego vino lo de Santa Claus y los asesinos internacionales. Todos iban a por su corazón. Tú eras solo la primera de la lista, niña bomba».*

La forma casual en que lo dijo la había enfurecido en su momento. Ahora, solo sentía un escalofrío. Él había estado en el centro de una cacería humana global.

*«Y después… el Demonio Pistola. O lo que quedaba de él. Tomó el control del cuerpo de Aki Hayakawa».*

Aki. El primer nombre. El que había pronunciado con tanta culpa.

*«Denji tuvo que matarlo. Mató a su mejor amigo, a la única figura de hermano mayor que tuvo en su vida. Lo descuartizó en su propio apartamento, delante de la niña demonio».*

Reze cerró los ojos con fuerza. La imagen era insoportable. Denji, con sus manos, destrozando al único amigo que le quedaba en el mundo. El chico que solo quería una familia.

*«Y cuando pensaba que no podía ir a peor, Makima se encargó de ello. Asesinó a Power delante de sus ojos. Le voló el torso sin previo aviso. Solo para romperlo. Solo para demostrarle que cualquier felicidad que encontrara, ella se la arrebataría».*

Power. El segundo nombre. El que había susurrado con el dolor de un miembro fantasma. El dolor de ver a alguien a quien amaba ser borrado de la existencia.

*«Se escondió. Se rompió. Pero luego, el idiota hizo algo inteligente por primera vez en su vida. Descubrió la debilidad de Makima, su forma de ver el mundo. La engañó. La derrotó. Y luego… bueno. Para asegurarse de que no volviera, se la comió».*

Se la comió.

La frase final cayó como una sentencia de muerte. No era una metáfora. Kishibe lo había dicho con una seriedad pétrea. Denji, el chico que soñaba con comer pan con mermelada, había tenido que devorar a su torturadora, pedazo a pedazo, para liberarse.

Todo cobró un sentido terrible. La sonrisa vacía. La mirada perdida. Los hombros caídos. No estaba "apagado". Estaba destrozado. Estaba manteniendo los pedazos juntos con cinta adhesiva y pura fuerza de voluntad. La máscara de indiferencia y estupidez que siempre había llevado, esa que Reze había encontrado tan encantadora en su simpleza, ya no era una simple coraza. Era una frágil careta de cristal, surcada por miles de grietas, a punto de desmoronarse al menor contacto.

El chico que quería una vida normal había sido arrastrado por el infierno y de vuelta, perdiendo a todos los que alguna vez formaron su improvisada y disfuncional familia en el proceso. Aki. Power. Dos nombres que representaban dos heridas abiertas y supurantes en su alma.

Los espasmos de Denji comenzaron a amainar. Su respiración se volvió más lenta, aunque todavía irregular. El rastro de la lágrima se secaba en su mejilla. Se había calmado, sumido de nuevo en un sueño sin sueños, o quizás en uno demasiado profundo para manifestarse.

Reze se quedó inmóvil en el umbral, sintiendo un nudo en la garganta. Su propio pasado, su propio dolor como híbrido, como arma del gobierno soviético, de repente parecía… manejable. Ella había sido creada para el dolor. Entrenada para soportarlo. A Denji, en cambio, la vida simplemente se lo había arrojado encima, una y otra vez, sin piedad.

Su primer instinto al volver había sido egoísta. Quería retomar lo que habían dejado. Quería huir con él, como le había propuesto aquella noche en el festival. Escapar a algún lugar lejano donde nadie los conociera, donde pudieran ser solo un chico y una chica, torpes y enamorados.

Pero ahora, mirando al joven roto que dormía en esa cama, se dio cuenta de lo infantil que era ese deseo. No podía "huir" de esto. No se podía escapar de los fantasmas que gritaban tu nombre en mitad de la noche.

Lentamente, con un cuidado infinito, entró en la habitación. El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos, pero Denji no se movió. Se arrodilló junto a la cama, su rostro a la altura del de él. En la penumbra, podía ver las ojeras oscuras bajo sus ojos, la tensión que aún persistía en su mandíbula incluso en el sueño.

Extendió una mano temblorosa. Dudó por un segundo, su corazón martilleando contra sus costillas. ¿Qué derecho tenía ella a ofrecer consuelo? Ella, que también le había mentido, que le había roto el corazón, que había intentado matarlo.

Pero la imagen de su sufrimiento era más fuerte que su propia culpa. Con la punta de su pulgar, rozó su mejilla, limpiando con una delicadeza que no sabía que poseía el rastro salado de la lágrima seca. La piel de él estaba caliente, febril.

Denji suspiró en sueños, un sonido suave, casi de alivio. Su cuerpo pareció relajarse un poco más bajo el contacto.

Reze no se apartó. Se quedó allí, arrodillada en el suelo frío, con la mano apoyada suavemente en su rostro, como si su simple presencia pudiera anclarlo a la calma, alejar las pesadillas.

Ya no quería huir con él.

Quería quedarse.

Quería aprender a cocinar algo más que los platos sencillos que él preparaba. Quería ayudar a Nayuta con sus deberes, aunque la niña la odiara. Quería aprender los nombres de todos los perros y rascarles detrás de las orejas como a él le gustaba.

Quería sentarse con él en silencio cuando las palabras no salieran. Quería estar allí por la noche, para poder despertarlo suavemente si las pesadillas volvían. Quería ser un ancla en su tormenta, un refugio seguro en medio de los escombros de su vida.

Sabía que no podía curarlo. Heridas como las suyas no cicatrizaban. Se convertían en parte de ti, en cicatrices que dolían con el frío y los recuerdos. Pero quizás, solo quizás, podía ayudar a apaciguar el dolor. Podía compartir el peso, aunque fuera un poco. Podía recordarle que, a pesar de todo lo que había perdido, no estaba completamente solo.

Se inclinó y depositó un beso increíblemente suave en su frente, justo donde el sudor se había enfriado. Fue un beso que no pedía nada a cambio. No era la promesa de una cita, ni el preludio de una batalla. Era un juramento silencioso.

*«Estoy aquí»,* pensó, dejando que la emoción la embargara por completo. *«Esta vez, de verdad estoy aquí».*

Se quedó a su lado hasta que los primeros rayos del amanecer tiñeron el cielo de un gris pálido, velando por su sueño, protegiéndolo de los fantasmas que solo ella sabía que lo acechaban.

***

La mañana llegó con el olor a café barato y el sonido estridente de Denji buscando algo en la cocina.

—¡Reze! ¡Oye, Reze! ¿Has visto la mermelada de fresa? ¡Juro que quedaba medio bote! ¡Esa mocosa de Nayuta se la ha vuelto a comer a cucharadas!

Reze apareció en el umbral de la cocina, ya vestida con su delantal sobre la ropa. Su pelo negro estaba perfectamente peinado, y en su cuello, la gargantilla con el alfiler de granada era un recordatorio constante de lo que era. Pero su sonrisa, por primera vez en mucho tiempo, se sentía genuina.

Denji estaba de espaldas a ella, con la cabeza metida en la nevera. Su camisa blanca estaba arrugada, las mangas arremangadas de cualquier manera y el pelo era un caos absoluto. Era el Denji de siempre. La máscara de cristal estaba firmemente en su sitio.

Pero Reze ya no veía la máscara. Veía las grietas debajo. Veía al chico que lloraba en silencio en la oscuridad.

—Buenos días, Denji —dijo en voz baja y clara.

Él sacó la cabeza de la nevera y se giró, con una expresión de frustración infantil en el rostro.

—¡Ah, ahí estás! No hay mermelada. ¡Esto es un desastre! ¿Cómo se supone que voy a comer mis tostadas? ¡Es la mejor parte del desayuno!

Reze se acercó al mostrador, cogió dos rebanadas de pan y las metió en la tostadora.

—No te preocupes —dijo, su voz suave pero firme—. Yo me encargo del desayuno hoy. Siéntate.

Denji parpadeó, sorprendido. Normalmente, era él quien se encargaba de la comida. Era una de las pocas cosas que parecía disfrutar de verdad.

—¿Eh? ¿Seguro? Puedo…

—Siéntate —repitió ella, mirándolo directamente a los ojos. Su mirada era diferente. Había una nueva profundidad en ella, una paciencia que no estaba allí el día anterior.

Él la sostuvo por un momento, confundido por el cambio. Luego, con un encogimiento de hombros, se desplomó en una de las sillas de la pequeña mesa.

—Bueno, vale. Pero que quede bueno, ¿eh?

Reze le dio la espalda para buscar una sartén, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. No, no podía borrar sus cicatrices. Nadie podía. Pero podía estar allí para aplicar la pomada cuando dolieran. Podía cocinarle el desayuno. Podía asegurarse de que, incluso si el mundo se había llevado todo lo demás, al menos tuviera pan con mermelada por la mañana. O, en su defecto, unos huevos perfectamente hechos.

Era un comienzo. Y por primera vez, Reze sintió que sabía exactamente cuál era su lugar en el mundo. Estaba justo aquí, en esta cocina diminuta, con un chico roto y la promesa silenciosa de un nuevo amanecer.
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