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Lindo infantil
Fandom: Otaku
Creado: 7/6/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloHistoria DomésticaEstudio de PersonajeMpreg
El eco de un silencio de oro
El reloj de pared, una pieza de diseño minimalista que costaba más que la casa de cualquier ciudadano promedio, marcó las ocho de la noche. Naruto Uzumaki se sobresaltó en el sofá de terciopelo, frotándose los ojos con sus puños cerrados, como haría un niño pequeño al despertar de una siesta. Se acomodó su suéter naranja, varias tallas más grande de lo necesario, y corrió hacia la entrada principal de la mansión Uchiha.
Escuchó el rugido del motor del deportivo italiano aproximándose por el camino de piedra. Su corazón, siempre optimista y rebosante de un amor que no conocía límites, comenzó a latir con fuerza. Naruto se alisó el cabello rubio y practicó su mejor sonrisa frente al espejo del recibidor.
La puerta se abrió con la frialdad de una bóveda bancaria. Sasuke Uchiha entró, impecable en su traje gris carbón, la corbata perfectamente anudada y el maletín de cuero negro en la mano. Su mirada era como el hielo: hermosa, pero capaz de quemar por congelación.
— ¡Bienvenido a casa, Sasu-ke! —exclamó Naruto con voz cantarina, acortando la distancia entre ellos con pasos saltarines.
Sin esperar una respuesta que sabía que no llegaría, Naruto se puso de puntillas y rodeó el cuello del azabache con sus brazos delgados. Sasuke se quedó rígido, como una estatua de mármol. No correspondió el abrazo, ni siquiera bajó el maletín. Naruto, ignorando la rigidez, depositó un beso tierno y prolongado en la mejilla del empresario.
— Te extrañé mucho, mucho, mucho —susurró Naruto, rozando su nariz con la de Sasuke—. Hice ramen casero, pero también preparé el pescado que tanto te gusta porque sé que el ramen no es "comida de adultos".
Sasuke se apartó con un movimiento seco, sin mirarlo a los ojos. Caminó hacia el perchero, dejó su abrigo y se dirigió directamente a las escaleras.
— No tengo hambre —dijo Sasuke. Su voz era profunda, monótona, carente de cualquier matiz de afecto.
— Pero Sasuke... —Naruto lo siguió, sus dedos jugueteando con el dobladillo de su suéter—. Tienes que comer algo. Has trabajado todo el día en la empresa. El abuelo Madara se enojará si te enfermas, y yo me pondré muy triste.
Sasuke se detuvo en el primer escalón y giró la cabeza lo justo para que Naruto viera el perfil afilado de su rostro.
— Come tú, Naruto. No me molestes. Tengo informes que revisar antes de dormir.
Naruto hizo un pequeño puchero, sus ojos azules brillando con una pizca de humedad que se esforzó por ocultar. No era un berrinche real; era simplemente su naturaleza sensible reaccionando al rechazo constante. Sin embargo, perdonó el desplante en un segundo, como siempre lo hacía.
— ¡Está bien! —dijo Naruto, recuperando su tono alegre—. Te llevaré un té a la oficina más tarde. ¡Un té con mucha miel para que seas dulce como yo!
Sasuke no respondió. El sonido de sus pasos subiendo la escalera fue la única conclusión de la conversación.
Naruto suspiró y regresó al comedor inmenso. La mesa estaba puesta para dos, decorada con flores frescas que él mismo había cortado del jardín. Se sentó solo, balanceando sus piernas que no llegaban a tocar el suelo por completo debido a su postura encorvada y juguetona. Comió en silencio, imaginando que Sasuke estaba sentado frente a él, contándole cómo le había ido en sus juntas multimillonarias.
Para Naruto, este matrimonio no era un contrato comercial, aunque sabía que para sus familias lo era todo. Los Uzumaki y los Uchiha habían sellado una alianza de sangre y dinero. El objetivo era claro: un heredero que unificara las fortunas. Le habían dado cuatro meses. Cuatro meses para quedar embarazada.
Lo que Naruto guardaba en lo más profundo de su corazón, como un secreto doloroso y punzante, era el diagnóstico médico que recibió meses antes de la boda. Infertilidad. El doctor le había explicado con palabras complejas que su cuerpo, aunque capaz de albergar vida en teoría por su condición especial, tenía una anomalía que hacía que las probabilidades fueran casi nulas.
Pero Naruto había insistido tanto en casarse con Sasuke, a quien amaba desde que eran niños y Sasuke aún le dedicaba alguna palabra, que sus padres cedieron. Naruto pensaba que, con suficiente amor, los milagros podían ocurrir. O quizás, simplemente quería pasar esos cuatro meses siendo, al menos en papel, el esposo del hombre que adoraba.
Cerca de las once de la noche, Naruto preparó la bandeja con el té. Caminó con cuidado hacia el despacho de Sasuke y llamó suavemente a la puerta.
— ¿Sasu? ¿Puedo pasar? —preguntó con voz pequeña.
— Pasa.
Naruto entró. El despacho olía a café cargado, papel nuevo y a la colonia costosa de Sasuke. El empresario estaba sentado tras un escritorio de roble, rodeado de pantallas y documentos legales.
— Aquí tienes tu té —dijo Naruto, dejando la taza cerca de su mano—. No trabajes hasta tan tarde, te saldrán arrugas y luego dirán que soy tu hijo en lugar de tu esposo.
Sasuke ni siquiera levantó la vista de la tablet.
— No digas tonterías, Naruto. Comportarte como un niño de cinco años no te hace más joven, solo más irritante.
El comentario dolió. Naruto sintió un pinchazo en el pecho, pero en lugar de llorar, se acercó y comenzó a masajear suavemente los hombros de Sasuke. El pelinegro se tensó bajo su tacto, pero no lo apartó de inmediato.
— Solo quiero que estés relajado —murmuró Naruto, pegando su mejilla a la espalda de la silla—. Te amo mucho, Sasuke. ¿Lo sabes, verdad?
Sasuke cerró los ojos un momento, soltando un suspiro de cansancio.
— El amor es una pérdida de tiempo y energía, Naruto. Es un concepto químico diseñado para asegurar la reproducción. Nada más.
— Eso es muy aburrido —respondió Naruto, rodeando el cuello de Sasuke con sus brazos y dejando un beso en su coronilla—. El amor es lo que hace que el ramen sepa mejor y que el sol brille.
— El sol brilla por la fusión nuclear —sentenció Sasuke, apartando las manos de Naruto con firmeza—. Ve a la cama. Mañana es jueves.
Naruto asintió lentamente. Jueves. El día de la semana estipulado en su "contrato" no escrito para intentar concebir al heredero. El único día en que Sasuke permitía un contacto físico más íntimo, aunque no por ello menos frío.
— Te esperaré despierto —dijo Naruto con una sonrisa triste que Sasuke no vio.
En la habitación principal, Naruto se cambió por un pijama de seda blanca, delicado y suave. Se metió bajo las sábanas, sintiendo el frío de la cama matrimonial que siempre parecía demasiado grande. Se acurrucó en posición fetal, esperando.
Una hora después, Sasuke entró. No hubo palabras de afecto, ni juegos previos, ni susurros al oído. Sasuke se desvistió con eficiencia mecánica y se posicionó sobre Naruto.
El rubio hizo todo el trabajo. Se encargó de besar sus labios de piedra, de acariciar su espalda firme, de guiar los movimientos para que Sasuke se sintiera cómodo. Naruto gemía el nombre de su esposo con una devoción casi religiosa, buscando en sus ojos negros una chispa de pasión, de reconocimiento, de algo que no fuera simple cumplimiento del deber.
Sasuke se limitaba a cumplir. Sus movimientos eran precisos, potentes, pero desprovistos de alma. No miraba a Naruto a los ojos; prefería observar la pared o cerrar los párpados para terminar más rápido. Para él, esto era una transacción. Una inversión de tiempo para obtener un resultado biológico.
Cuando todo terminó, Sasuke se retiró de inmediato. Se levantó, fue al baño a asearse y regresó para acostarse en su lado de la cama, dándole la espalda a Naruto.
— Duerme —fue lo único que dijo antes de cerrar los ojos.
Naruto, con el cuerpo aún temblando y el corazón latiendo desbocado por la cercanía física que tanto anhelaba, se acercó lentamente por detrás. Pegó su pecho a la espalda de Sasuke y pasó un brazo por su cintura.
— Te amo, Sasuke —susurró contra su omóplato.
Sasuke no respondió. Su respiración se volvió pesada y regular en poco tiempo, sumiéndose en un sueño profundo.
Naruto se quedó despierto, mirando la luz de la luna filtrarse por las cortinas de seda. Acarició su propio vientre con una mezcla de esperanza y desesperación. Sabía que el tiempo se agotaba. Los cuatro meses estaban pasando, y su cuerpo seguía siendo un campo estéril a pesar de todas las semillas que Sasuke plantaba en él con desdén.
¿Qué pasaría cuando Sasuke se enterara? ¿Qué pasaría cuando su familia descubriera que el "pequeño y tierno Naruto" no podía cumplir con la única función por la que lo habían casado?
— Solo quiero que me quieras un poquito —susurró Naruto a la oscuridad, sintiendo una lágrima solitaria rodar por su mejilla—. Aunque sea un poquito, Sasu.
Se apretó más contra la espalda fría de su marido, buscando un calor que Sasuke no sabía dar, pero que Naruto estaba dispuesto a inventar en su imaginación con tal de no romperse en mil pedazos. Porque Naruto Uzumaki era así: perdonaba rápido, amaba demasiado y estaba dispuesto a dar su vida entera por un hombre que ni siquiera le dirigía la palabra durante el desayuno.
A la mañana siguiente, el ciclo comenzó de nuevo. Naruto se despertó antes, preparó el café negro y fuerte que a Sasuke le gustaba, y lo esperó con una sonrisa radiante a pesar del dolor sordo en su interior.
— ¡Buenos días, Sasu! —exclamó cuando el empresario entró a la cocina—. ¡Dormiste como un tronquito! ¿Quieres que te prepare unos huevos o prefieres solo el café?
Sasuke tomó la taza de café sin rozar los dedos de Naruto. Bebió un sorbo, revisando los titulares financieros en su teléfono.
— El café está bien. Tengo una reunión a las siete. No volveré para la cena.
— Oh... —la decepción cruzó el rostro de Naruto por un milisegundo antes de ser reemplazada por su eterna alegría—. ¡Entiendo! El gran jefe tiene que salvar el mundo de los negocios. ¡Te dejaré algo en la nevera por si te da hambre a medianoche!
Sasuke se levantó, tomó su maletín y caminó hacia la salida. Naruto corrió tras él, logrando alcanzarlo justo en la puerta.
— ¡Espera! ¡Mi beso de despedida!
Sasuke se detuvo, suspirando con fastidio. Se quedó quieto mientras Naruto se colgaba de sus hombros y le daba un beso sonoro en la mejilla, seguido de uno pequeño y casto en los labios.
— Que tengas un día súper genial, Sasu. Te estaré pensando todo el tiempo.
Sasuke lo miró por un breve instante. Por un segundo, sus ojos parecieron suavizarse, pero fue una ilusión óptica que Naruto probablemente imaginó.
— Adiós, Naruto —dijo Sasuke, cerrando la puerta tras de sí.
Naruto se quedó solo en el gran vestíbulo. Caminó hacia el calendario de la cocina y marcó un día más con una pequeña carita feliz. Los cuatro meses estaban por terminar. El silencio de la casa parecía volverse más pesado, pero él comenzó a tararear una canción infantil mientras recogía la mesa.
Él amaba a Sasuke. Y para Naruto, eso era suficiente para llenar cualquier vacío, incluso el de un vientre que se negaba a dar vida y el de un esposo que se negaba a dar amor. O al menos, eso intentaba creer mientras las paredes de la mansión Uchiha le devolvían el eco de su propia soledad.
Escuchó el rugido del motor del deportivo italiano aproximándose por el camino de piedra. Su corazón, siempre optimista y rebosante de un amor que no conocía límites, comenzó a latir con fuerza. Naruto se alisó el cabello rubio y practicó su mejor sonrisa frente al espejo del recibidor.
La puerta se abrió con la frialdad de una bóveda bancaria. Sasuke Uchiha entró, impecable en su traje gris carbón, la corbata perfectamente anudada y el maletín de cuero negro en la mano. Su mirada era como el hielo: hermosa, pero capaz de quemar por congelación.
— ¡Bienvenido a casa, Sasu-ke! —exclamó Naruto con voz cantarina, acortando la distancia entre ellos con pasos saltarines.
Sin esperar una respuesta que sabía que no llegaría, Naruto se puso de puntillas y rodeó el cuello del azabache con sus brazos delgados. Sasuke se quedó rígido, como una estatua de mármol. No correspondió el abrazo, ni siquiera bajó el maletín. Naruto, ignorando la rigidez, depositó un beso tierno y prolongado en la mejilla del empresario.
— Te extrañé mucho, mucho, mucho —susurró Naruto, rozando su nariz con la de Sasuke—. Hice ramen casero, pero también preparé el pescado que tanto te gusta porque sé que el ramen no es "comida de adultos".
Sasuke se apartó con un movimiento seco, sin mirarlo a los ojos. Caminó hacia el perchero, dejó su abrigo y se dirigió directamente a las escaleras.
— No tengo hambre —dijo Sasuke. Su voz era profunda, monótona, carente de cualquier matiz de afecto.
— Pero Sasuke... —Naruto lo siguió, sus dedos jugueteando con el dobladillo de su suéter—. Tienes que comer algo. Has trabajado todo el día en la empresa. El abuelo Madara se enojará si te enfermas, y yo me pondré muy triste.
Sasuke se detuvo en el primer escalón y giró la cabeza lo justo para que Naruto viera el perfil afilado de su rostro.
— Come tú, Naruto. No me molestes. Tengo informes que revisar antes de dormir.
Naruto hizo un pequeño puchero, sus ojos azules brillando con una pizca de humedad que se esforzó por ocultar. No era un berrinche real; era simplemente su naturaleza sensible reaccionando al rechazo constante. Sin embargo, perdonó el desplante en un segundo, como siempre lo hacía.
— ¡Está bien! —dijo Naruto, recuperando su tono alegre—. Te llevaré un té a la oficina más tarde. ¡Un té con mucha miel para que seas dulce como yo!
Sasuke no respondió. El sonido de sus pasos subiendo la escalera fue la única conclusión de la conversación.
Naruto suspiró y regresó al comedor inmenso. La mesa estaba puesta para dos, decorada con flores frescas que él mismo había cortado del jardín. Se sentó solo, balanceando sus piernas que no llegaban a tocar el suelo por completo debido a su postura encorvada y juguetona. Comió en silencio, imaginando que Sasuke estaba sentado frente a él, contándole cómo le había ido en sus juntas multimillonarias.
Para Naruto, este matrimonio no era un contrato comercial, aunque sabía que para sus familias lo era todo. Los Uzumaki y los Uchiha habían sellado una alianza de sangre y dinero. El objetivo era claro: un heredero que unificara las fortunas. Le habían dado cuatro meses. Cuatro meses para quedar embarazada.
Lo que Naruto guardaba en lo más profundo de su corazón, como un secreto doloroso y punzante, era el diagnóstico médico que recibió meses antes de la boda. Infertilidad. El doctor le había explicado con palabras complejas que su cuerpo, aunque capaz de albergar vida en teoría por su condición especial, tenía una anomalía que hacía que las probabilidades fueran casi nulas.
Pero Naruto había insistido tanto en casarse con Sasuke, a quien amaba desde que eran niños y Sasuke aún le dedicaba alguna palabra, que sus padres cedieron. Naruto pensaba que, con suficiente amor, los milagros podían ocurrir. O quizás, simplemente quería pasar esos cuatro meses siendo, al menos en papel, el esposo del hombre que adoraba.
Cerca de las once de la noche, Naruto preparó la bandeja con el té. Caminó con cuidado hacia el despacho de Sasuke y llamó suavemente a la puerta.
— ¿Sasu? ¿Puedo pasar? —preguntó con voz pequeña.
— Pasa.
Naruto entró. El despacho olía a café cargado, papel nuevo y a la colonia costosa de Sasuke. El empresario estaba sentado tras un escritorio de roble, rodeado de pantallas y documentos legales.
— Aquí tienes tu té —dijo Naruto, dejando la taza cerca de su mano—. No trabajes hasta tan tarde, te saldrán arrugas y luego dirán que soy tu hijo en lugar de tu esposo.
Sasuke ni siquiera levantó la vista de la tablet.
— No digas tonterías, Naruto. Comportarte como un niño de cinco años no te hace más joven, solo más irritante.
El comentario dolió. Naruto sintió un pinchazo en el pecho, pero en lugar de llorar, se acercó y comenzó a masajear suavemente los hombros de Sasuke. El pelinegro se tensó bajo su tacto, pero no lo apartó de inmediato.
— Solo quiero que estés relajado —murmuró Naruto, pegando su mejilla a la espalda de la silla—. Te amo mucho, Sasuke. ¿Lo sabes, verdad?
Sasuke cerró los ojos un momento, soltando un suspiro de cansancio.
— El amor es una pérdida de tiempo y energía, Naruto. Es un concepto químico diseñado para asegurar la reproducción. Nada más.
— Eso es muy aburrido —respondió Naruto, rodeando el cuello de Sasuke con sus brazos y dejando un beso en su coronilla—. El amor es lo que hace que el ramen sepa mejor y que el sol brille.
— El sol brilla por la fusión nuclear —sentenció Sasuke, apartando las manos de Naruto con firmeza—. Ve a la cama. Mañana es jueves.
Naruto asintió lentamente. Jueves. El día de la semana estipulado en su "contrato" no escrito para intentar concebir al heredero. El único día en que Sasuke permitía un contacto físico más íntimo, aunque no por ello menos frío.
— Te esperaré despierto —dijo Naruto con una sonrisa triste que Sasuke no vio.
En la habitación principal, Naruto se cambió por un pijama de seda blanca, delicado y suave. Se metió bajo las sábanas, sintiendo el frío de la cama matrimonial que siempre parecía demasiado grande. Se acurrucó en posición fetal, esperando.
Una hora después, Sasuke entró. No hubo palabras de afecto, ni juegos previos, ni susurros al oído. Sasuke se desvistió con eficiencia mecánica y se posicionó sobre Naruto.
El rubio hizo todo el trabajo. Se encargó de besar sus labios de piedra, de acariciar su espalda firme, de guiar los movimientos para que Sasuke se sintiera cómodo. Naruto gemía el nombre de su esposo con una devoción casi religiosa, buscando en sus ojos negros una chispa de pasión, de reconocimiento, de algo que no fuera simple cumplimiento del deber.
Sasuke se limitaba a cumplir. Sus movimientos eran precisos, potentes, pero desprovistos de alma. No miraba a Naruto a los ojos; prefería observar la pared o cerrar los párpados para terminar más rápido. Para él, esto era una transacción. Una inversión de tiempo para obtener un resultado biológico.
Cuando todo terminó, Sasuke se retiró de inmediato. Se levantó, fue al baño a asearse y regresó para acostarse en su lado de la cama, dándole la espalda a Naruto.
— Duerme —fue lo único que dijo antes de cerrar los ojos.
Naruto, con el cuerpo aún temblando y el corazón latiendo desbocado por la cercanía física que tanto anhelaba, se acercó lentamente por detrás. Pegó su pecho a la espalda de Sasuke y pasó un brazo por su cintura.
— Te amo, Sasuke —susurró contra su omóplato.
Sasuke no respondió. Su respiración se volvió pesada y regular en poco tiempo, sumiéndose en un sueño profundo.
Naruto se quedó despierto, mirando la luz de la luna filtrarse por las cortinas de seda. Acarició su propio vientre con una mezcla de esperanza y desesperación. Sabía que el tiempo se agotaba. Los cuatro meses estaban pasando, y su cuerpo seguía siendo un campo estéril a pesar de todas las semillas que Sasuke plantaba en él con desdén.
¿Qué pasaría cuando Sasuke se enterara? ¿Qué pasaría cuando su familia descubriera que el "pequeño y tierno Naruto" no podía cumplir con la única función por la que lo habían casado?
— Solo quiero que me quieras un poquito —susurró Naruto a la oscuridad, sintiendo una lágrima solitaria rodar por su mejilla—. Aunque sea un poquito, Sasu.
Se apretó más contra la espalda fría de su marido, buscando un calor que Sasuke no sabía dar, pero que Naruto estaba dispuesto a inventar en su imaginación con tal de no romperse en mil pedazos. Porque Naruto Uzumaki era así: perdonaba rápido, amaba demasiado y estaba dispuesto a dar su vida entera por un hombre que ni siquiera le dirigía la palabra durante el desayuno.
A la mañana siguiente, el ciclo comenzó de nuevo. Naruto se despertó antes, preparó el café negro y fuerte que a Sasuke le gustaba, y lo esperó con una sonrisa radiante a pesar del dolor sordo en su interior.
— ¡Buenos días, Sasu! —exclamó cuando el empresario entró a la cocina—. ¡Dormiste como un tronquito! ¿Quieres que te prepare unos huevos o prefieres solo el café?
Sasuke tomó la taza de café sin rozar los dedos de Naruto. Bebió un sorbo, revisando los titulares financieros en su teléfono.
— El café está bien. Tengo una reunión a las siete. No volveré para la cena.
— Oh... —la decepción cruzó el rostro de Naruto por un milisegundo antes de ser reemplazada por su eterna alegría—. ¡Entiendo! El gran jefe tiene que salvar el mundo de los negocios. ¡Te dejaré algo en la nevera por si te da hambre a medianoche!
Sasuke se levantó, tomó su maletín y caminó hacia la salida. Naruto corrió tras él, logrando alcanzarlo justo en la puerta.
— ¡Espera! ¡Mi beso de despedida!
Sasuke se detuvo, suspirando con fastidio. Se quedó quieto mientras Naruto se colgaba de sus hombros y le daba un beso sonoro en la mejilla, seguido de uno pequeño y casto en los labios.
— Que tengas un día súper genial, Sasu. Te estaré pensando todo el tiempo.
Sasuke lo miró por un breve instante. Por un segundo, sus ojos parecieron suavizarse, pero fue una ilusión óptica que Naruto probablemente imaginó.
— Adiós, Naruto —dijo Sasuke, cerrando la puerta tras de sí.
Naruto se quedó solo en el gran vestíbulo. Caminó hacia el calendario de la cocina y marcó un día más con una pequeña carita feliz. Los cuatro meses estaban por terminar. El silencio de la casa parecía volverse más pesado, pero él comenzó a tararear una canción infantil mientras recogía la mesa.
Él amaba a Sasuke. Y para Naruto, eso era suficiente para llenar cualquier vacío, incluso el de un vientre que se negaba a dar vida y el de un esposo que se negaba a dar amor. O al menos, eso intentaba creer mientras las paredes de la mansión Uchiha le devolvían el eco de su propia soledad.
