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Goku dxd
Fandom: Dragon ball y High school DxD
Creado: 7/6/2026
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UA (Universo Alternativo)CrossoverOscuroFantasíaAcciónDistopíaEstudio de PersonajeDivergencia
El Despertar de la Matriarca y el Depredador del Vacío
El aire de los Apalaches siempre había sido distinto: denso, cargado de una humedad que olía a tierra antigua y a secretos que los humanos modernos habían olvidado. Pero hoy, el bosque no solo estaba en silencio; estaba aterrado. Las criaturas criptidas, los últimos vástagos que Lilith había engendrado con la semilla del Lucifer original, se agazapaban en las sombras de las cavernas, gimiendo con un pavor que no conocía precedentes.
Lilith, la Matriarca de los Demonios, se encontraba de pie en el umbral de su santuario oculto. No vestía las galas de la nobleza del Inframundo que tanto despreciaba, sino una túnica de seda negra que parecía absorber la escasa luz que se filtraba entre los árboles. Su belleza no era humana; era una perfección matemática y cruel, una simetría que causaba una punzada de inquietud en cualquiera que se atreviera a mirarla.
—Qué fragilidad —susurró Lilith, extendiendo una mano pálida hacia el cielo.
Ante sus ojos, el velo que separaba las dimensiones se deshilachaba como una tela podrida. No hubo explosiones ni cánticos rituales. Simplemente, las barreras mágicas que habían costado milenios construir y mantener se estaban desvaneciendo, consumidas por una presencia que no pertenecía a este plano existencial. Lilith no sintió miedo. Lo que sintió fue una epifanía biológica, un escalofrío que recorrió su columna vertebral y que no era producto del terror, sino de un instinto ancestral que reconocía la llegada del Alfa definitivo.
—Esto no es obra de los Maou, ni de los ángeles, ni de esos dragones que se creen dioses —murmuró con una sonrisa gélida—. Esto es... algo nuevo. Algo puro.
A miles de kilómetros de distancia, sobre un rascacielos en Osaka, Son Goku, el Hakaishin del Universo 7, mantenía su mirada fija en el horizonte. Su indumentaria ceremonial de la destrucción ondeaba levemente, y su aura rosa palpitaba con la parsimonia de un volcán a punto de entrar en erupción. A sus pies, la ciudad era un hormiguero de pánico. Los humanos gritaban al ver cómo el cielo cambiaba de color y cómo criaturas de pesadilla se volvían visibles en cada esquina.
Goku ladeó la cabeza. Sus ojos rosas, carentes de iris, se enfocaron en una dirección específica: el oeste.
—Vaya —dijo Goku, y su voz, aunque baja, vibró con una autoridad que hizo que el cristal del edificio bajo sus pies se agrietara—. Hay alguien en este mundo que no está temblando.
Goku cerró los ojos por un momento, expandiendo su percepción divina. Ignoró el ki errático de los demonios jóvenes que corrían de un lado a otro en el Inframundo, ignoró el brillo asustado de los ángeles en el Cielo y el hedor a soberbia herida de los dioses griegos. Se centró en esa pequeña mancha de antigüedad y malicia pura que emanaba de las montañas americanas.
—Interesante —sentenció el Saiyajin—. Una hembra que comprende la jerarquía.
En el Inframundo, el palacio de los Gremory era un hervidero de confusión. Sirzechs Lucifer, el actual Maou, caminaba de un lado a otro en su despacho, mientras Serafall Leviathan observaba las lecturas de energía que sus subordinados le entregaban.
—Las barreras no se han roto, Sirzechs —dijo Serafall, cuya habitual alegría había sido reemplazada por una seriedad gélida—. Han sido borradas. Es como si el concepto mismo de "protección" hubiera dejado de existir en nuestra realidad.
—¿Y el origen? —preguntó Sirzechs, apretando los puños—. ¿Es Ophis? ¿Es el Trihexa?
—No es nada de este mundo —respondió una voz que hizo que ambos Maou se congelaran.
De un círculo mágico que no emitía luz, sino una oscuridad absoluta, emergió una figura que Sirzechs no había visto en siglos. Lilith caminaba por el salón con la elegancia de una pantera, ignorando la guardia de honor y el protocolo.
—Madre —susurró Sirzechs, con una mezcla de respeto y desdén.
—Ahorra tus formalidades, subproducto —escupió Lilith, sin siquiera mirarlo—. Estás buscando respuestas en tus libros y tus sensores, cuando la respuesta está frente a tus ojos. La cadena alimenticia de este universo ha sido invadida por un depredador que está fuera de su alcance.
Serafall dio un paso adelante, intrigada a pesar del aura opresiva que Lilith desprendía.
—¿Qué quieres decir, Lilith-sama?
—Hablo de evolución, pequeña Leviathan —dijo Lilith, volviéndose hacia ella—. Mientras ustedes juegan a la diplomacia y cuidan de esos portadores de Sacred Gears como si fueran tesoros, una entidad de poder absoluto ha descendido sobre la Tierra. Su sola presencia está deshaciendo este mundo porque este mundo es demasiado débil para sostenerlo.
Lilith se acercó a un gran ventanal que mostraba el cielo purpúreo del Inframundo.
—Ustedes ven una catástrofe —continuó la Matriarca—. Yo veo una oportunidad. La estirpe que fundé con Lucifer se ha vuelto blanda, contaminada por la moralidad humana y la cobardía. Pero ese ser... su semilla podría dar origen a una raza que gobernaría no solo este mundo, sino el cosmos entero.
—¿Estás sugiriendo que nos sometamos? —preguntó Sirzechs, su aura carmesí empezando a brillar con advertencia.
—Sugiero que sobrevivan —sentenció Lilith—. Pero sé que no lo harán. Rias, tu hermana, ya está paralizada por el miedo. La veo desde aquí, aferrándose a ese chico de cabello castaño como si un portador de dragón fuera a salvarla de un Dios de la Destrucción. Es patético.
Serafall observó a Lilith con atención. A diferencia de Sirzechs, que sentía su orgullo herido, la Maou Leviathan estaba procesando las palabras de la Matriarca con un pragmatismo milenario.
—¿Dices que es un Dios? —preguntó Serafall.
—Es más que eso —respondió Lilith—. Es el final de todas las cosas y el principio de algo nuevo.
En Kuoh, la situación no era mejor. Rias Gremory se encontraba en la sala del Club de Investigación de lo Oculto, rodeada por su séquito. Issei Hyoudou estaba de pie junto a ella, con la Boosted Gear activada, pero su brazo temblaba de forma incontrolable.
—¡Ddraig! —gritó Issei—. ¡Dime qué está pasando! ¡¿De dónde viene esta presión?!
—¡Cállate, socio! —la voz del Dragón Galés sonaba distorsionada, cargada de un pavor que Issei nunca le había escuchado—. No te muevas. No llames su atención. No es un enemigo al que podamos vencer. Es... es como si el universo mismo estuviera intentando colapsar sobre nosotros.
Rias miró a Issei y luego a la ventana. El cielo de Kuoh estaba desgarrado.
—Tenemos que hacer algo —dijo Rias, aunque su voz carecía de convicción—. Somos los protectores de esta ciudad.
—No seas estúpida, Rias —dijo una voz desde las sombras.
Lilith apareció en el centro de la sala, ignorando los gritos de sorpresa y las armas que Kiba y Xenovia desenvainaron instintivamente. La Matriarca caminó hacia Rias y, con un movimiento tan rápido que nadie pudo seguir, le dio una bofetada que la mandó contra la pared.
—¡Buchou! —gritó Issei, lanzándose hacia adelante, pero Lilith solo tuvo que mirarlo para que el castaño cayera de rodillas, aplastado por una presión gravitatoria que le impedía respirar.
—Mírate —dijo Lilith, observando a Rias con asco—. Una heredera de mi sangre, lloriqueando por un humano pervertido mientras el destino del mundo se decide. Eres una decepción, Rias Gremory. Prefieres tu pequeño romance adolescente a la trascendencia de nuestra raza.
—¡Déjala en paz! —rugió Issei, intentando levantarse.
Lilith lo miró con desprecio absoluto.
—Un instrumento burdo —comentó—. Un juguete que cree que por tener un artefacto en el brazo tiene derecho a hablarme.
Lilith se volvió hacia el resto del grupo, pero su mirada se detuvo en una figura que permanecía en silencio: Serafall Leviathan, que acababa de aparecer tras ella.
—Serafall —dijo Lilith—. ¿Vas a ser tan cobarde como ellos?
Serafall miró a Rias, luego a Issei, y finalmente fijó sus ojos en el horizonte, donde la firma energética de Goku brillaba como una estrella rosa. A diferencia de los demás, Serafall podía sentir la magnitud del abismo. No era solo poder; era una autoridad existencial que hacía que todo lo demás pareciera de juguete.
—No —dijo Serafall, y su voz no tembló—. Entiendo lo que dices, Lilith. Si ese ser es lo que dices, luchar contra él es un suicidio. Y esconderse es una condena.
Lilith sonrió, esta vez con una pizca de aprobación.
—Al menos una de ustedes tiene cerebro —dijo la Matriarca—. El Inframundo necesita una nueva dirección. Y yo voy a encontrar a ese Alfa. Si quieres venir conmigo y asegurar el futuro de nuestra estirpe, prepárate. Porque estar cerca de él es como estar cerca de un sol negro. Te consumirá si no eres lo suficientemente fuerte para soportar su calor.
En Osaka, Goku sintió el movimiento. Dos firmas de energía, una antigua y poderosa, la otra joven pero decidida, se movían hacia él. El Hakaishin bajó de la azotea, aterrizando suavemente en la calle desierta. El asfalto se agrietó bajo sus pies, no por el peso, sino por la densidad de su ki.
Un círculo mágico de color negro azabache se formó frente a él. De su interior emergieron Lilith y Serafall.
Goku no se puso en guardia. No lo necesitaba. Se limitó a observarlas con su mirada fija, esa mirada que nunca parpadeaba y que enviaba oleadas de terror instintivo a través del efecto del valle inquietante.
Lilith dio un paso adelante. Sus ojos se encontraron con los de Goku. Ella no vio a un guerrero, ni a un héroe, ni a un villano. Vio el vacío. Vio milenios de batallas divinas y la soberbia natural de quien puede borrar galaxias con un suspiro.
—Así que tú eres el causante de este caos —dijo Lilith, y por primera vez en eones, su voz tenía un matiz de genuina admiración.
Goku sonrió, una mueca salvaje que mostró sus colmillos ligeramente más afilados de lo normal.
—Este mundo es muy frágil —dijo Goku. Su voz tenía un acento extraño, una cadencia que no pertenecía a ninguna lengua humana—. Vine buscando entretenimiento, pero todo lo que encuentro es debilidad.
—No todo es debilidad —respondió Lilith, acercándose más, desafiando la presión de su aura—. Algunos de nosotros sabemos reconocer la grandeza. Algunos de nosotros sabemos que la única forma de evolucionar es unirse a lo que es superior.
Goku la observó de arriba abajo. Le gustaba lo que veía. No por deseo carnal —aunque la belleza de Lilith era innegable—, sino por la determinación implacable que emanaba de ella. Era una mujer que entendía la ley del más fuerte, la ley que regía a los Saiyajin y a los Hakaishin.
—¿Y qué propones, mujer demonio? —preguntó Goku, cruzando los brazos sobre su pecho ornamental.
—Propongo un pacto —dijo Lilith—. Ponemos este mundo a tus pies. Te entregamos nuestras intrigas, nuestro poder y nuestra sangre. A cambio, danos un nuevo linaje. Danos una estirpe que no sea débil, que no tenga miedo y que pueda caminar a tu sombra sin deshacerse.
Goku soltó una carcajada que hizo temblar los edificios colindantes.
—¿Quieres mi semilla para crear monstruos? —Goku se acercó a ella, quedando a escasos centímetros de su rostro. Su sombra, la del Ozaru gigante, pareció lamer los pies de Lilith—. Es una ambición audaz. Me gusta.
Serafall, que se mantenía un paso atrás, sintió que sus rodillas flaqueaban. El aire alrededor de Goku era pesado, cargado de una energía que parecía querer desintegrar sus átomos. Sin embargo, se obligó a permanecer de pie.
—Yo también acepto —dijo Serafall, con la voz firme a pesar del miedo—. Como Maou del Inframundo, reconozco tu autoridad.
Goku desvió su mirada hacia Serafall.
—Dos de ellas —murmuró—. Una con la malicia de la vieja era y otra con la inteligencia de la nueva.
El Hakaishin extendió una mano y acarició la mejilla de Lilith. Sus dedos estaban calientes, casi quemando la piel de la demonio.
—Acepto vuestra oferta —dijo Goku—. Pero no os equivoquéis. No soy vuestro salvador, ni vuestro rey. Soy vuestro Hakaishin. Si vuestra estirpe resulta ser débil, la borraré de la misma forma que borré mi propio universo.
Lilith no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia su mano, aceptando el contacto con una sonrisa triunfal.
—No te decepcionaremos —susurró la Matriarca.
Goku miró al cielo, donde las nubes rosas se arremolinaban bajo su mando.
—Entonces, que comience la reconstrucción —dijo el Saiyajin—. Quiero ver cómo este pequeño mundo se retuerce bajo mi voluntad.
Esa noche, mientras la humanidad se hundía en la histeria y las facciones sobrenaturales se preparaban para una guerra que ya habían perdido, Lilith y Serafall caminaron al lado del Dios de la Destrucción. El orden antiguo había muerto. Las mentiras de los Gremory y la moralidad de los ángeles ya no tenían lugar.
Un nuevo linaje estaba a punto de nacer de las cenizas de un mundo roto, y Lilith, la Matriarca original, finalmente había encontrado al Alfa que tanto había esperado. El depredador perfecto había llegado, y con él, el fin de la debilidad.
Lilith, la Matriarca de los Demonios, se encontraba de pie en el umbral de su santuario oculto. No vestía las galas de la nobleza del Inframundo que tanto despreciaba, sino una túnica de seda negra que parecía absorber la escasa luz que se filtraba entre los árboles. Su belleza no era humana; era una perfección matemática y cruel, una simetría que causaba una punzada de inquietud en cualquiera que se atreviera a mirarla.
—Qué fragilidad —susurró Lilith, extendiendo una mano pálida hacia el cielo.
Ante sus ojos, el velo que separaba las dimensiones se deshilachaba como una tela podrida. No hubo explosiones ni cánticos rituales. Simplemente, las barreras mágicas que habían costado milenios construir y mantener se estaban desvaneciendo, consumidas por una presencia que no pertenecía a este plano existencial. Lilith no sintió miedo. Lo que sintió fue una epifanía biológica, un escalofrío que recorrió su columna vertebral y que no era producto del terror, sino de un instinto ancestral que reconocía la llegada del Alfa definitivo.
—Esto no es obra de los Maou, ni de los ángeles, ni de esos dragones que se creen dioses —murmuró con una sonrisa gélida—. Esto es... algo nuevo. Algo puro.
A miles de kilómetros de distancia, sobre un rascacielos en Osaka, Son Goku, el Hakaishin del Universo 7, mantenía su mirada fija en el horizonte. Su indumentaria ceremonial de la destrucción ondeaba levemente, y su aura rosa palpitaba con la parsimonia de un volcán a punto de entrar en erupción. A sus pies, la ciudad era un hormiguero de pánico. Los humanos gritaban al ver cómo el cielo cambiaba de color y cómo criaturas de pesadilla se volvían visibles en cada esquina.
Goku ladeó la cabeza. Sus ojos rosas, carentes de iris, se enfocaron en una dirección específica: el oeste.
—Vaya —dijo Goku, y su voz, aunque baja, vibró con una autoridad que hizo que el cristal del edificio bajo sus pies se agrietara—. Hay alguien en este mundo que no está temblando.
Goku cerró los ojos por un momento, expandiendo su percepción divina. Ignoró el ki errático de los demonios jóvenes que corrían de un lado a otro en el Inframundo, ignoró el brillo asustado de los ángeles en el Cielo y el hedor a soberbia herida de los dioses griegos. Se centró en esa pequeña mancha de antigüedad y malicia pura que emanaba de las montañas americanas.
—Interesante —sentenció el Saiyajin—. Una hembra que comprende la jerarquía.
En el Inframundo, el palacio de los Gremory era un hervidero de confusión. Sirzechs Lucifer, el actual Maou, caminaba de un lado a otro en su despacho, mientras Serafall Leviathan observaba las lecturas de energía que sus subordinados le entregaban.
—Las barreras no se han roto, Sirzechs —dijo Serafall, cuya habitual alegría había sido reemplazada por una seriedad gélida—. Han sido borradas. Es como si el concepto mismo de "protección" hubiera dejado de existir en nuestra realidad.
—¿Y el origen? —preguntó Sirzechs, apretando los puños—. ¿Es Ophis? ¿Es el Trihexa?
—No es nada de este mundo —respondió una voz que hizo que ambos Maou se congelaran.
De un círculo mágico que no emitía luz, sino una oscuridad absoluta, emergió una figura que Sirzechs no había visto en siglos. Lilith caminaba por el salón con la elegancia de una pantera, ignorando la guardia de honor y el protocolo.
—Madre —susurró Sirzechs, con una mezcla de respeto y desdén.
—Ahorra tus formalidades, subproducto —escupió Lilith, sin siquiera mirarlo—. Estás buscando respuestas en tus libros y tus sensores, cuando la respuesta está frente a tus ojos. La cadena alimenticia de este universo ha sido invadida por un depredador que está fuera de su alcance.
Serafall dio un paso adelante, intrigada a pesar del aura opresiva que Lilith desprendía.
—¿Qué quieres decir, Lilith-sama?
—Hablo de evolución, pequeña Leviathan —dijo Lilith, volviéndose hacia ella—. Mientras ustedes juegan a la diplomacia y cuidan de esos portadores de Sacred Gears como si fueran tesoros, una entidad de poder absoluto ha descendido sobre la Tierra. Su sola presencia está deshaciendo este mundo porque este mundo es demasiado débil para sostenerlo.
Lilith se acercó a un gran ventanal que mostraba el cielo purpúreo del Inframundo.
—Ustedes ven una catástrofe —continuó la Matriarca—. Yo veo una oportunidad. La estirpe que fundé con Lucifer se ha vuelto blanda, contaminada por la moralidad humana y la cobardía. Pero ese ser... su semilla podría dar origen a una raza que gobernaría no solo este mundo, sino el cosmos entero.
—¿Estás sugiriendo que nos sometamos? —preguntó Sirzechs, su aura carmesí empezando a brillar con advertencia.
—Sugiero que sobrevivan —sentenció Lilith—. Pero sé que no lo harán. Rias, tu hermana, ya está paralizada por el miedo. La veo desde aquí, aferrándose a ese chico de cabello castaño como si un portador de dragón fuera a salvarla de un Dios de la Destrucción. Es patético.
Serafall observó a Lilith con atención. A diferencia de Sirzechs, que sentía su orgullo herido, la Maou Leviathan estaba procesando las palabras de la Matriarca con un pragmatismo milenario.
—¿Dices que es un Dios? —preguntó Serafall.
—Es más que eso —respondió Lilith—. Es el final de todas las cosas y el principio de algo nuevo.
En Kuoh, la situación no era mejor. Rias Gremory se encontraba en la sala del Club de Investigación de lo Oculto, rodeada por su séquito. Issei Hyoudou estaba de pie junto a ella, con la Boosted Gear activada, pero su brazo temblaba de forma incontrolable.
—¡Ddraig! —gritó Issei—. ¡Dime qué está pasando! ¡¿De dónde viene esta presión?!
—¡Cállate, socio! —la voz del Dragón Galés sonaba distorsionada, cargada de un pavor que Issei nunca le había escuchado—. No te muevas. No llames su atención. No es un enemigo al que podamos vencer. Es... es como si el universo mismo estuviera intentando colapsar sobre nosotros.
Rias miró a Issei y luego a la ventana. El cielo de Kuoh estaba desgarrado.
—Tenemos que hacer algo —dijo Rias, aunque su voz carecía de convicción—. Somos los protectores de esta ciudad.
—No seas estúpida, Rias —dijo una voz desde las sombras.
Lilith apareció en el centro de la sala, ignorando los gritos de sorpresa y las armas que Kiba y Xenovia desenvainaron instintivamente. La Matriarca caminó hacia Rias y, con un movimiento tan rápido que nadie pudo seguir, le dio una bofetada que la mandó contra la pared.
—¡Buchou! —gritó Issei, lanzándose hacia adelante, pero Lilith solo tuvo que mirarlo para que el castaño cayera de rodillas, aplastado por una presión gravitatoria que le impedía respirar.
—Mírate —dijo Lilith, observando a Rias con asco—. Una heredera de mi sangre, lloriqueando por un humano pervertido mientras el destino del mundo se decide. Eres una decepción, Rias Gremory. Prefieres tu pequeño romance adolescente a la trascendencia de nuestra raza.
—¡Déjala en paz! —rugió Issei, intentando levantarse.
Lilith lo miró con desprecio absoluto.
—Un instrumento burdo —comentó—. Un juguete que cree que por tener un artefacto en el brazo tiene derecho a hablarme.
Lilith se volvió hacia el resto del grupo, pero su mirada se detuvo en una figura que permanecía en silencio: Serafall Leviathan, que acababa de aparecer tras ella.
—Serafall —dijo Lilith—. ¿Vas a ser tan cobarde como ellos?
Serafall miró a Rias, luego a Issei, y finalmente fijó sus ojos en el horizonte, donde la firma energética de Goku brillaba como una estrella rosa. A diferencia de los demás, Serafall podía sentir la magnitud del abismo. No era solo poder; era una autoridad existencial que hacía que todo lo demás pareciera de juguete.
—No —dijo Serafall, y su voz no tembló—. Entiendo lo que dices, Lilith. Si ese ser es lo que dices, luchar contra él es un suicidio. Y esconderse es una condena.
Lilith sonrió, esta vez con una pizca de aprobación.
—Al menos una de ustedes tiene cerebro —dijo la Matriarca—. El Inframundo necesita una nueva dirección. Y yo voy a encontrar a ese Alfa. Si quieres venir conmigo y asegurar el futuro de nuestra estirpe, prepárate. Porque estar cerca de él es como estar cerca de un sol negro. Te consumirá si no eres lo suficientemente fuerte para soportar su calor.
En Osaka, Goku sintió el movimiento. Dos firmas de energía, una antigua y poderosa, la otra joven pero decidida, se movían hacia él. El Hakaishin bajó de la azotea, aterrizando suavemente en la calle desierta. El asfalto se agrietó bajo sus pies, no por el peso, sino por la densidad de su ki.
Un círculo mágico de color negro azabache se formó frente a él. De su interior emergieron Lilith y Serafall.
Goku no se puso en guardia. No lo necesitaba. Se limitó a observarlas con su mirada fija, esa mirada que nunca parpadeaba y que enviaba oleadas de terror instintivo a través del efecto del valle inquietante.
Lilith dio un paso adelante. Sus ojos se encontraron con los de Goku. Ella no vio a un guerrero, ni a un héroe, ni a un villano. Vio el vacío. Vio milenios de batallas divinas y la soberbia natural de quien puede borrar galaxias con un suspiro.
—Así que tú eres el causante de este caos —dijo Lilith, y por primera vez en eones, su voz tenía un matiz de genuina admiración.
Goku sonrió, una mueca salvaje que mostró sus colmillos ligeramente más afilados de lo normal.
—Este mundo es muy frágil —dijo Goku. Su voz tenía un acento extraño, una cadencia que no pertenecía a ninguna lengua humana—. Vine buscando entretenimiento, pero todo lo que encuentro es debilidad.
—No todo es debilidad —respondió Lilith, acercándose más, desafiando la presión de su aura—. Algunos de nosotros sabemos reconocer la grandeza. Algunos de nosotros sabemos que la única forma de evolucionar es unirse a lo que es superior.
Goku la observó de arriba abajo. Le gustaba lo que veía. No por deseo carnal —aunque la belleza de Lilith era innegable—, sino por la determinación implacable que emanaba de ella. Era una mujer que entendía la ley del más fuerte, la ley que regía a los Saiyajin y a los Hakaishin.
—¿Y qué propones, mujer demonio? —preguntó Goku, cruzando los brazos sobre su pecho ornamental.
—Propongo un pacto —dijo Lilith—. Ponemos este mundo a tus pies. Te entregamos nuestras intrigas, nuestro poder y nuestra sangre. A cambio, danos un nuevo linaje. Danos una estirpe que no sea débil, que no tenga miedo y que pueda caminar a tu sombra sin deshacerse.
Goku soltó una carcajada que hizo temblar los edificios colindantes.
—¿Quieres mi semilla para crear monstruos? —Goku se acercó a ella, quedando a escasos centímetros de su rostro. Su sombra, la del Ozaru gigante, pareció lamer los pies de Lilith—. Es una ambición audaz. Me gusta.
Serafall, que se mantenía un paso atrás, sintió que sus rodillas flaqueaban. El aire alrededor de Goku era pesado, cargado de una energía que parecía querer desintegrar sus átomos. Sin embargo, se obligó a permanecer de pie.
—Yo también acepto —dijo Serafall, con la voz firme a pesar del miedo—. Como Maou del Inframundo, reconozco tu autoridad.
Goku desvió su mirada hacia Serafall.
—Dos de ellas —murmuró—. Una con la malicia de la vieja era y otra con la inteligencia de la nueva.
El Hakaishin extendió una mano y acarició la mejilla de Lilith. Sus dedos estaban calientes, casi quemando la piel de la demonio.
—Acepto vuestra oferta —dijo Goku—. Pero no os equivoquéis. No soy vuestro salvador, ni vuestro rey. Soy vuestro Hakaishin. Si vuestra estirpe resulta ser débil, la borraré de la misma forma que borré mi propio universo.
Lilith no retrocedió. Al contrario, se inclinó hacia su mano, aceptando el contacto con una sonrisa triunfal.
—No te decepcionaremos —susurró la Matriarca.
Goku miró al cielo, donde las nubes rosas se arremolinaban bajo su mando.
—Entonces, que comience la reconstrucción —dijo el Saiyajin—. Quiero ver cómo este pequeño mundo se retuerce bajo mi voluntad.
Esa noche, mientras la humanidad se hundía en la histeria y las facciones sobrenaturales se preparaban para una guerra que ya habían perdido, Lilith y Serafall caminaron al lado del Dios de la Destrucción. El orden antiguo había muerto. Las mentiras de los Gremory y la moralidad de los ángeles ya no tenían lugar.
Un nuevo linaje estaba a punto de nacer de las cenizas de un mundo roto, y Lilith, la Matriarca original, finalmente había encontrado al Alfa que tanto había esperado. El depredador perfecto había llegado, y con él, el fin de la debilidad.
