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Bebe

Fandom: Otaku

Creado: 8/6/2026

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El eco de un silencio de hielo

El reloj de pared, una pieza de oro y cristal que costaba más que la casa promedio de cualquier trabajador, marcaba las ocho de la noche con una precisión cruel. Naruto Uzumaki estaba sentado en el borde del inmenso sofá de terciopelo, balanceando sus piernas de un lado a otro. Llevaba puesto un suéter de lana naranja, tres tallas más grande de lo necesario, que lo hacía lucir aún más pequeño y vulnerable entre la opulencia de la mansión Uchiha.

Sus dedos jugueteaban con el dobladillo de su manga mientras sus ojos azules, brillantes y llenos de una esperanza infantil, no se apartaban de la puerta principal. Había preparado todo: la cena estaba en el calienta platos, las velas aromáticas de vainilla —sus favoritas— inundaban el aire, y él se había esforzado en peinar sus rebeldes cabellos rubios, aunque un par de mechones siempre decidían desobedecer.

El sonido del motor de un coche de lujo rompió la quietud del jardín. Naruto saltó del sofá con una energía que solo un niño o alguien profundamente enamorado podría poseer.

—¡Ya llegó! ¡Ya llegó el señor amargado de Naru! —susurró para sí mismo con una risita, corriendo hacia la entrada.

La puerta se abrió y el aire frío de la noche de Tokio se coló en el recibidor, pero no era tan gélido como la mirada de la figura que cruzaba el umbral. Sasuke Uchiha, impecable en su traje de tres piezas color carbón, ni siquiera levantó la vista de su teléfono móvil mientras caminaba hacia el interior.

—¡Sasu-kun! ¡Bienvenido a casita! —exclamó Naruto, lanzándose prácticamente sobre él.

El rubio rodeó el cuello del pelinegro con sus brazos, poniéndose de puntillas para intentar alcanzar sus labios. Naruto era todo dulzura, un torbellino de mimos y palabras empalagosas. Sin embargo, Sasuke se tensó. No le devolvió el abrazo; ni siquiera soltó su maletín de cuero. Con un movimiento seco y eficiente, apartó a Naruto de su espacio personal.

—Naruto, te he dicho que no hagas eso nada más llegar —dijo Sasuke. Su voz era plana, monocorde, carente de cualquier matiz de afecto.

—Pero... pero Naru te extrañó mucho, mucho, mucho —insistió el rubio, haciendo un puchero exagerado y juntando sus dedos índices—. El día es muy aburrido sin Sasu. ¿Me das un besito de saludo? ¿Solo uno pequeñito?

Sasuke suspiró, un sonido cargado de irritación contenida. Caminó hacia el perchero para dejar su abrigo, ignorando la mirada suplicante de su esposo.

—No seas infantil. Tengo hambre. ¿Está la cena lista o vas a seguir perdiendo el tiempo?

Naruto sintió una punzada en el pecho, ese pequeño pinchazo de dolor que ya se estaba volviendo costumbre. Pero él no era alguien que se rindiera fácilmente. Sus padres y los padres de Sasuke habían pactado este matrimonio por negocios, por la fusión de dos imperios, pero Naruto había aceptado con el corazón saltando de alegría. Él amaba a Sasuke desde que eran adolescentes, desde que el pelinegro era solo un chico brillante y distante en las reuniones de la alta sociedad. Naruto creía, con la inocencia de quien aún lee cuentos de hadas, que su amor sería suficiente para derretir el glaciar que Sasuke tenía por alma.

—¡Sí! ¡Naru hizo ramen casero y unas bolitas de arroz con caritas felices! —exclamó, recuperando su sonrisa forzada—. Ven, ven, siéntate. Naru te servirá todo.

La cena transcurrió en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el tintineo de los palillos contra la porcelana y el parloteo incesante de Naruto.

—Y entonces, la señora de las flores me dijo que mis ojos parecen zafiros, ¿verdad que es lindo, Sasu? —Naruto apoyó la barbilla en su mano, mirando a su esposo con absoluta adoración—. Ella dice que tienes suerte de tener un esposo tan bonito. ¿Tú crees que soy bonito?

Sasuke masticaba con elegancia, con la mirada fija en un punto indeterminado de la pared. No parecía estar escuchando ni una sola palabra.

—Es solo un comentario de alguien que quiere venderte algo, Naruto —respondió Sasuke finalmente, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de lino—. Deja de prestar atención a tonterías y come. Estás demasiado delgado.

—¡Oh! ¿Eso significa que te preocupas por mí? —Los ojos de Naruto se iluminaron como dos faros—. ¡Sasu quiere que Naru esté fuerte!

—Significa que tenemos un contrato que cumplir —sentenció Sasuke, poniéndose de pie de forma abrupta—. Tus padres y los míos esperan un heredero. Si estás desnutrido, el proceso se retrasará. Y no tengo tiempo que perder con complicaciones médicas.

El entusiasmo de Naruto se evaporó instantáneamente. El recordatorio del "contrato" siempre era como un balde de agua helada. Tenían cuatro meses. Cuatro meses para que él quedara embarazado y asegurara la unión de las empresas Namikaze y Uchiha.

—Naru no es solo una fábrica de bebés... —susurró el rubio, bajando la cabeza para que sus flequillos ocultaran las lágrimas que empezaban a asomar.

—Nadie ha dicho eso —replicó Sasuke con frialdad, dándose la vuelta para dirigirse a su despacho—. Iré a revisar unos informes. No me interrumpas.

Naruto se quedó solo en el gran comedor. Miró las bolitas de arroz con caritas felices que había decorado con tanto esmero. Ahora, bajo la luz de la lámpara de diseño, parecían burlarse de su soledad.

Pasaron las horas. Naruto limpió la cocina, se bañó y se puso su pijama más suave, uno con dibujos de zorritos pequeños. Se acurrucó en la inmensa cama matrimonial, esperando. Sabía qué día era. Era viernes. El día en que, por contrato y por rutina, Sasuke cumplía con sus "deberes" maritales.

Cuando la puerta de la habitación se abrió cerca de la medianoche, Naruto se incorporó rápidamente, tratando de borrar el rastro de sueño de sus ojos.

—Sasu... ¿ya terminaste de trabajar? —preguntó con voz suave y algo tímida.

Sasuke no respondió. Se desvistió con movimientos mecánicos, quedando solo en ropa interior antes de meterse en la cama. El lado del colchón ni siquiera pareció hundirse bajo su peso, tan rígido estaba.

—Sabes qué noche es —dijo Sasuke, cerrando los ojos.

—Sí... —Naruto se acercó a él, buscando el calor de su cuerpo, pero Sasuke se mantuvo de espaldas—. ¿Podemos... podemos darnos mimos primero? ¿Un poquito de cariño? Naru necesita sentirse querido hoy... me duele un poquito el corazón.

—No empieces con tus sensiblerías, Naruto. Hagamos esto rápido. Tengo una reunión a las siete de la mañana.

Naruto suspiró, sintiendo un nudo en la garganta. Se movió sobre Sasuke, comenzando el ritual que ya conocía de memoria. Él era quien iniciaba los besos, aunque Sasuke apenas le devolviera el contacto de los labios. Él era quien acariciaba la piel pálida y firme del empresario, buscando desesperadamente una reacción, un gemido, un susurro de su nombre que no fuera una orden.

Durante el acto, Naruto se esforzaba el doble. Se movía con torpeza pero con entrega, besando los hombros de Sasuke, susurrando "te amo" en su oído una y otra vez, como un mantra que esperaba romper el hechizo de indiferencia. Sasuke, por su parte, mantenía los ojos cerrados o miraba al techo, dejando que Naruto hiciera todo el trabajo, limitándose a cumplir con su parte biológica sin involucrar un solo átomo de sentimiento.

Cuando todo terminó, Sasuke se giró hacia el otro lado de la cama casi de inmediato.

—Límpiate y duerme —fue todo lo que dijo antes de que su respiración se volviera pesada y regular.

Naruto se quedó allí, en la penumbra, sintiéndose más vacío que antes de empezar. El líquido tibio en su interior era el recordatorio de su obligación, del heredero que debía engendrar, pero su alma gritaba por algo más. Se hizo un ovillo, abrazando su propia almohada, y dejó que las lágrimas fluyeran en silencio.

—Buenas noches, Sasu... —susurró, con la voz rota—. Naru te ama... aunque tú no sepas cómo amarme a mí.

A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las pesadas cortinas. Naruto despertó con la esperanza renovada que siempre le traía el nuevo día. Se estiró y buscó el cuerpo de su esposo, pero el lado de Sasuke ya estaba frío y la cama perfectamente hecha.

En la mesita de noche, no había una nota de amor, ni un "buenos días". Solo había una tableta de vitaminas y un vaso de agua, junto a un breve mensaje impreso por la secretaria de Sasuke: "No olvides tomarlas. Regresaré tarde. Hay una cena de negocios en Kioto".

Naruto tomó el papel y lo apretó contra su pecho.

—Es tan distraído que olvidó escribirme él mismo —dijo Naruto en voz alta, tratando de convencerse a sí mismo mientras una sonrisa triste aparecía en su rostro—. Pero me dejó agua. Eso es... eso es casi como un beso, ¿verdad?

Caminó hacia el espejo del baño y se miró. Sus ojos azules estaban un poco hinchados por el llanto de la noche anterior. Se dio unas palmaditas en las mejillas y puso su mejor cara de alegría.

—¡Hoy será un buen día! —anunció al vacío de la habitación—. Le haré un pastel de tomate para cuando vuelva de Kioto. A Sasu le gustan los tomates. Si le hago un pastel muy, muy rico, tal vez me diga "gracias, Naru".

El joven heredero de los Namikaze bajó las escaleras saltando, tratando de ignorar el hecho de que el calendario marcaba que ya había pasado el primer mes. Solo quedaban tres. Tres meses para lograr que el heredero llegara, o para lograr lo que parecía aún más imposible: que Sasuke Uchiha lo mirara no como un socio comercial o un recipiente, sino como el esposo que daría la vida por él.

Mientras encendía el horno, Naruto empezó a tararear una canción de cuna. Sus manos acariciaron su vientre aún plano.

—Si llegas pronto, pequeño... —murmuró con una ternura infinita—, tendrás que ayudar a mamá a enseñarle a papá cómo se dan los abrazos. Porque papá es un poquito tonto, ¿sabes? Pero lo queremos mucho.

Sin embargo, en la oficina central de las Empresas Uchiha, Sasuke miraba un informe de fertilidad sin ninguna expresión en el rostro. Para él, Naruto era un caos de colores y ruidos que no encajaba en su mundo ordenado de números y poder. No entendía por qué el rubio se empeñaba en sonreírle después de cada desplante, ni por qué sus ojos siempre brillaban con esa intensidad que lo hacía sentir extrañamente incómodo.

—Es solo un contrato —se repitió Sasuke a sí mismo, cerrando la carpeta con fuerza—. Nada más que eso.

Pero en el fondo de su mente, el eco de aquel "te amo" susurrado en la oscuridad de la habitación seguía resonando, molestándolo como una melodía que no podía sacar de su cabeza. Una melodía que, muy a su pesar, empezaba a ser lo único que rompía el silencio de su vida perfecta y solitaria.
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