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Gerosaki

Fandom: Marriagetoxin

Creado: 8/6/2026

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El antídoto que no quiero beber

La mansión de los Arashiyama estaba iluminada por cientos de farolillos de papel que bañaban el jardín japonés en una luz cálida y ambarina. Era una celebración tras una misión exitosa, una de esas raras ocasiones en las que Gero Hikaru no estaba corriendo por su vida o tratando de evitar ser asesinado por un clan rival.

Gero, vestido con un kimono azul oscuro que resaltaba su porte elegante y su mandíbula definida, sostenía una pequeña copa de sake con la rigidez de quien teme romper un cristal valioso. A su lado, Ushio reía animadamente, gesticulando mientras contaba una anécdota sobre su entrenamiento. Arashiyama, por su parte, asentía con una sonrisa competitiva, desafiando a Gero a un brindis tras otro.

Cualquier hombre en su sano juicio se sentiría en el paraíso rodeado de mujeres tan capaces, hermosas y letales. Pero Gero, el heredero del clan de los venenos, el hombre que podía identificar una toxina por el simple cambio en la densidad del aire, tenía un punto ciego del tamaño de un continente: las relaciones humanas.

Y, sobre todo, tenía una distracción constante.

—¡Gero-san! ¿Me estás escuchando? —preguntó Ushio, inclinándose un poco hacia él con curiosidad—. Te decía que la próxima vez deberíamos intentar esa maniobra combinada.

—Ah, sí... —respondió Gero, forzando una sonrisa de "príncipe" que había practicado mil veces frente al espejo—. La maniobra. Suena... excepcionalmente eficiente, Ushio-san.

A pesar de sus palabras corteses, sus ojos ambarinos se desviaron, casi por instinto, hacia el borde de la terraza. Allí, apoyado contra una columna de madera, Mei Kinosaki observaba la escena con una sonrisa enigmática.

Kinosaki lucía un yukata de seda rosa pálido con motivos de flores de cerezo. Su peluca estaba perfectamente colocada, y el maquillaje resaltaba sus facciones delicadas, ocultando al estafador matrimonial bajo la fachada de la "asesora" perfecta.

Gero sintió un tirón extraño en el pecho. No era la taquicardia de un veneno paralizante, ni la adrenalina de un combate. Era algo más molesto. Algo que lo hacía querer dejar de hablar con las herederas de los clanes más poderosos de Japón solo para ir a preguntarle a Kinosaki si tenía frío.

—Gero-san, tienes esa mirada otra vez —dijo Arashiyama, cruzándose de brazos con una ceja alzada—. Estás aquí, pero tu mente está en otra parte. ¿O debería decir con "otra persona"?

Gero se tensó, sus orejas tiñéndose de un rojo delatador.

—No sé a qué te refieres, Arashiyama-san —mentó él, recuperando su compostura caballeresca—. Solo me aseguraba de que mi asesora matrimonial no necesitara nada. Como su cliente, es mi deber velar por su bienestar.

—Claro, "bienestar" —murmuró Ushio con una sonrisita cómplice, intercambiando una mirada con Arashiyama.

Gero no esperó a que continuaran con sus bromas. Con una inclinación de cabeza perfecta, se disculpó y caminó hacia Kinosaki. Cada paso que daba era medido, pero sus ojos no se apartaban de la figura delgada que jugaba con un abanico cerrado.

—Kinosaki —llamó Gero suavemente al llegar a su lado.

Kinosaki se giró, y por un segundo, la máscara de cinismo y profesionalismo que siempre llevaba se tambaleó. Sus ojos brillaron con una calidez que no tenía nada que ver con el negocio de casar a un asesino.

—Vaya, pero si es el soltero de oro —bromeó Kinosaki, tapándose la boca con el abanico—. ¿Qué haces aquí? Deberías estar allá atrás, cultivando tus "puntos de amor" con esas chicas. Son candidatas excelentes, Gero-chin.

Gero frunció el ceño, ignorando el apodo. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Kinosaki de una manera que nunca se atrevería a hacer con Ushio o Arashiyama.

—Está refrescando —dijo Gero, ignorando el comentario sobre las chicas—. Te has quedado aquí fuera demasiado tiempo. Tus manos deben de estar heladas.

Kinosaki soltó una risita nerviosa, dando un pequeño paso hacia atrás.

—Estoy bien, de verdad. Mi constitución es más fuerte de lo que parece, ¿recuerdas? Soy un profesional.

Gero no pareció convencido. Sin pedir permiso, se quitó la capa exterior de su kimono de gala y la colocó sobre los hombros de Kinosaki. El gesto fue tan natural, tan carente de segundas intenciones maliciosas, que Kinosaki se quedó sin palabras. El aroma de Gero —una mezcla de hierbas medicinales, sándalo y algo puramente masculino— lo envolvió de inmediato.

—No quiero que te enfermes —sentenció Gero con esa seriedad absoluta que lo caracterizaba—. Si te pasa algo, yo... el entrenamiento se detendría.

Kinosaki sintió una punzada en el corazón. "El entrenamiento". Siempre era eso, ¿verdad? O al menos eso era lo que Gero se decía a sí mismo.

—Eres demasiado amable para tu propio bien, Gero-chin —dijo Kinosaki, bajando la mirada hacia el suelo de madera—. Un príncipe de los venenos no debería cuidar así de su sirvienta... o de su asesor.

—No eres mi sirviente —corrigió Gero de inmediato, su voz bajando un octavo—. Eres mi socio. Y eres... importante.

Kinosaki apretó los bordes de la capa de Gero. Sabía que debía detener esto. Sabía que su tiempo era limitado, que su vida era una red de mentiras y que, al final del día, él no era la "esposa" que Gero necesitaba para salvar a su hermana y continuar el linaje Hikaru. Él era un hombre, un estafador, alguien que vivía en las sombras de las sombras.

"No te enamores, Mei", se reprendió a sí mismo. "Él es un cliente. Un cliente muy guapo, muy tonto y muy, muy dulce".

—Gero-san —dijo Kinosaki, recuperando su tono juguetón pero con un matiz de tristeza que Gero no supo interpretar—, mira hacia allá. Ushio te está mirando. Ve con ella. Ella puede darte el futuro que buscas.

Gero miró hacia donde estaban las otras chicas. Eran valientes, fuertes y lo respetaban. Pero cuando las miraba, veía aliadas, veía amigas, veía una meta que debía alcanzar por obligación familiar.

Cuando miraba a Kinosaki, Gero sentía que podía respirar.

—Ellas están bien —dijo Gero, volviendo su atención total a Kinosaki—. Pero tú pareces cansado. ¿Has comido algo desde que llegamos? Te vi saltarte el banquete principal.

—Estaba ocupado analizando el comportamiento de las candidatas para darte un informe detallado —mintió Kinosaki. En realidad, solo le dolía un poco el pecho al ver a Gero sonreírle a otras.

—Mentira —dijo Gero con una calma aterradora—. Tu pulso se aceleró un poco cuando dije eso. Te conozco, Kinosaki.

Gero metió la mano en su manga y sacó un pequeño paquete envuelto en papel encerado. Lo abrió para revelar unos dulces de yuzu, los favoritos de Kinosaki.

—Los guardé para ti —dijo Gero, extendiendo el dulce—. Come. Es una orden de tu cliente.

Kinosaki sintió que las lágrimas amenazaban con asomar. Tomó el dulce, su dedo rozando accidentalmente la palma de Gero. El contacto eléctrico hizo que ambos se tensaran.

—Gracias... —susurró Kinosaki, probando el dulce. El sabor ácido y dulce inundó su boca, pero lo que realmente lo reconfortaba era la mirada protectora de Gero.

—¿Sabes? —empezó Gero, mirando hacia el estanque de carpas koi— A veces me pregunto si todo este esfuerzo por casarme es... correcto. Si estoy buscando en los lugares equivocados.

Kinosaki se tensó.

—¿A qué te refieres? —preguntó, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—A que me siento más cómodo aquí, contigo, hablando de nada, que intentando impresionar a las herederas más brillantes de Japón —confesó Gero, rascándose la mejilla con timidez—. Tal vez soy más torpe de lo que pensaba. Tal vez no estoy hecho para esto.

—No digas tonterías —intervino Kinosaki con una voz un poco más aguda de lo normal—. Eres el soltero más codiciado del mundo criminal. Cualquier mujer mataría por estar en tu lugar.

—Pero yo no quiero que maten por mí —dijo Gero, girándose para mirar a Kinosaki a los ojos—. Quiero a alguien que me entienda. Alguien que sepa que, aunque soy un experto en venenos, a veces necesito un antídoto para la soledad.

Kinosaki guardó silencio. No podía admitirlo. No podía decirle que él sentía lo mismo, que cada vez que Gero lo protegía de un ataque o se preocupaba por su bienestar, su resolución de mantener las distancias se desmoronaba. No podía decirle que, para él, Gero ya no era una misión, sino su mundo entero.

Porque Kinosaki sabía que su papel tenía fecha de caducidad. Algún día, Gero tendría que elegir a una de esas mujeres. Algún día, la estafa terminaría.

—Gero-chin —dijo Kinosaki, forzando una sonrisa brillante, la que usaba para engañar a los hombres más peligrosos del país—, eres un romántico empedernido. Ve a bailar con Ushio. Es una orden de tu asesora.

Gero lo miró fijamente durante unos segundos. Sus instintos le decían que algo andaba mal, que Kinosaki estaba ocultando algo detrás de esa sonrisa perfecta. Pero, como siempre, su falta de experiencia en el amor lo dejó sin herramientas para presionar.

—Está bien —cedió Gero, aunque no se movió de inmediato—. Pero quédate con la capa. Y no te muevas de aquí. Volveré en diez minutos para llevarte a casa. No quiero que camines sola... solo... por la noche.

Kinosaki asintió, viendo cómo Gero se alejaba lentamente hacia el grupo de chicas. Vio cómo Ushio lo recibía con una carcajada y cómo Arashiyama le ofrecía más sake. Gero reía, hablaba y cumplía con su papel de príncipe, pero Kinosaki notó que, cada pocos segundos, el heredero de los venenos giraba la cabeza ligeramente hacia atrás, asegurándose de que el yukata rosa y la capa azul seguían en el mismo lugar.

Gero estaba rodeado de belleza y poder, pero su atención, su cuidado y su corazón, aunque él mismo no lo supiera, estaban anclados en la sombra que lo esperaba en la terraza.

Kinosaki se abrazó a la capa de Gero, aspirando el aroma que lo hacía sentir seguro.

—Eres un idiota, Gero-chin —susurró para sí mismo, con una lágrima traicionera resbalando por su mejilla—. Y yo soy un idiota aún más grande por dejar que me cuides así.

En el jardín, bajo la luz de los farolillos, Gero Hikaru seguía sonriendo a las candidatas, pero su mente estaba calculando cuántos minutos faltaban para poder volver al lado de la única persona que realmente lo hacía sentir que no necesitaba ningún veneno para defenderse del mundo.

Porque para Gero, el mundo podía esperar, pero Kinosaki no podía pasar frío. Y ese, aunque ninguno de los dos se atreviera a nombrarlo, era el veneno más potente de todos: el que no mata, sino que te obliga a vivir por alguien más.
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