
Nuevas caras
Fandom: Mobile legends bang bang
Creado: 8/6/2026
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Entre hilos de seda y miradas de acero
El sol de la tarde caía sobre el mercado de Lumina, un pequeño asentamiento en las fronteras del Imperio Moniyan que, a pesar de su tamaño, rebosaba una vitalidad contagiosa. Para Yin, cada paso en este nuevo lugar era una aventura. Sus botas golpeaban el empedrado con energía, mientras sus ojos dorados saltaban de un puesto de frutas a una herrería con la curiosidad de un niño.
A su espalda, el grupo de la Luz Oculta mantenía un ritmo más pausado. Xavier caminaba con la elegancia de quien ha visto demasiado mundo, ajustándose la capa con un suspiro de cansancio. Melissa, por su parte, no dejaba de juguetear con sus agujas y su muñeco de trapo, lanzando miradas críticas a las telas baratas que se exhibían en los tenderetes. Julian cerraba la marcha, silencioso como una sombra, con la mirada fija en cualquier posible amenaza, aunque en este pueblo lo más peligroso parecía ser un carro de manzanas mal equilibrado.
—¿Podrías dejar de saltar, Yin? —pidió Melissa, entornando los ojos—. Pareces un cachorro que acaba de descubrir que tiene cola.
—¡Vamos, Melissa! —exclamó Yin, dándose la vuelta para caminar de espaldas—. Es un pueblo nuevo. La gente parece amable, el aire huele a pan recién horneado y, quién sabe, ¡quizás encontremos algo interesante que hacer!
—Lo único interesante será encontrar una posada donde mis pies dejen de gritar —murmuró Xavier, aunque una pequeña sonrisa delataba que disfrutaba del entusiasmo del joven luchador.
De repente, Yin se detuvo en seco. Melissa casi choca contra su espalda y soltó un gruñido de fastidio, pero Yin no se movió. Su atención se había desviado hacia una esquina de la plaza central, donde un grupo de jóvenes conversaba cerca de una fuente de piedra.
—Vaya... —susurró Yin.
—¿"Vaya" qué? —preguntó Julian, acercándose con cautela.
Yin señaló con la cabeza. En el centro del grupo de lugareños se encontraba un chico que destacaba por encima del resto, no por su altura, sino por su aura. Tenía el cabello blanco con mechones oscuros, despeinado de una forma que parecía desafiar la gravedad, y vestía ropas sencillas de lino que, sin embargo, no lograban ocultar una constitución atlética. Sus ojos eran de un rojo intenso, casi como rubíes bajo la luz del sol, pero su expresión era de una indiferencia absoluta.
A su lado, una mujer de cabello rubio y porte noble, Silvana, hablaba animadamente sobre los suministros del invierno. Un hombre robusto con un martillo al hombro, Tigreal, asentía con gravedad, mientras una joven de cabellos dorados y una varita de cristal, Guinevere, gesticulaba con dramatismo sobre la falta de seda de calidad en el mercado.
—Es él —dijo Yin, con las mejillas ligeramente encendidas.
—¿Quién? ¿El tipo con cara de que odia el mundo? —preguntó Melissa, arqueando una ceja.
—No odia el mundo —corrigió Yin, sin apartar la vista—. Solo parece... muy tranquilo. Y es muy lindo.
Xavier soltó una carcajada suave.
—Yin, tienes un gusto peculiar para la belleza. Ese chico parece que preferiría estar en cualquier otro lugar, incluso en el abismo, antes que escuchando a sus amigos hablar de suministros.
Sin esperar a que sus compañeros lo detuvieran, Yin avanzó hacia el grupo. Su naturaleza extrovertida siempre ganaba a su prudencia. Se acercó con una sonrisa radiante, levantando una mano a modo de saludo.
—¡Hola! Siento interrumpir —dijo Yin, deteniéndose frente a ellos—. Somos viajeros, acabamos de llegar al pueblo y buscábamos un lugar para comer. ¿Saben de algún sitio bueno?
Silvana, que parecía ser la líder natural del grupo, le devolvió una sonrisa amable.
—Bienvenidos a Lumina. La posada de la "Llama del Este" es la mejor de la zona. Yo soy Silvana, y estos son mis amigos Tigreal, Guinevere y Alucard —dijo señalando al grupo—. Y el chico que parece que quiere desaparecer es Dyrroth.
El chico de ojos rojos levantó la mirada por primera vez. No era una mirada agresiva, simplemente era... vacía. Como si estuviera observando una piedra en el camino.
—Hola —dijo Dyrroth. Su voz era profunda, pero carente de cualquier emoción.
—¡Soy Yin! —El joven luchador dio un paso más hacia él, invadiendo ligeramente su espacio personal—. Me gusta tu pelo. Es muy original.
Dyrroth parpadeó, confundido por la falta de distancia y la energía desbordante del extraño. Se cruzó de brazos, apartando la vista hacia la fuente.
—Es solo pelo —respondió con desdén—. Y está sucio por el polvo del camino.
—¡Aun así se ve genial! —insistió Yin, soltando una risita—. Nosotros también venimos de lejos. Somos la Luz Oculta. Bueno, es un nombre que nos pusimos, pero en realidad solo somos amigos que viajan juntos.
Guinevere se acercó a Melissa, examinando con curiosidad las agujas que llevaba prendidas en su ropa.
—¿"Luz Oculta"? Suena un poco dramático, ¿no creen? Aunque debo admitir que tu estilo es interesante, niña. ¿Tú misma hiciste ese muñeco?
—Se llama Giggles y tiene más personalidad que la mayoría de la gente que conozco —respondió Melissa, aunque suavizó el tono al ver que Guinevere no parecía tener malas intenciones.
Mientras los dos grupos empezaban a mezclarse y a intercambiar anécdotas básicas de viaje, Yin no dejaba de observar a Dyrroth. El chico se mantenía un paso por detrás de los demás, apoyado contra el borde de la fuente, observando el agua como si fuera lo más fascinante del mundo.
—¿No hablas mucho, verdad? —preguntó Yin, sentándose en el borde de la fuente, justo al lado de él.
Dyrroth soltó un suspiro largo, pero no se alejó.
—No tengo mucho que decir. Silvana habla por todos nosotros. Ella es la que se preocupa por el pueblo, por las leyes y por quién entra o sale. Yo solo vivo aquí.
—Eso suena un poco aburrido —comentó Yin, balanceando las piernas—. A mí me gusta hablar. Mi maestro decía que las palabras son puentes. Si no hablas, te quedas atrapado en tu propia isla.
Dyrroth giró la cabeza lentamente para mirarlo. Por un segundo, el brillo dorado de los ojos de Yin pareció reflejarse en las pupilas rojas del otro.
—A veces las islas son lugares seguros —dijo Dyrroth con una frialdad que habría hecho retroceder a cualquiera, pero Yin solo sonrió más.
—¡Pero las islas son solitarias! Además, si te quedas en tu isla, nunca probarías la comida de otros lugares. ¿Has probado los bollos de carne de las Tierras del Río? Son increíbles.
Dyrroth frunció el ceño, genuinamente desconcertado por la persistencia del chico.
—No. Y dudo que lleguen hasta aquí sin pudrirse.
—¡Buen punto! Por eso viajo. Para comerlos frescos. Deberías venir con nosotros alguna vez —soltó Yin sin pensar.
Xavier, que estaba cerca hablando con Tigreal sobre las rutas comerciales, casi se atraganta con su propia saliva al oír la propuesta de Yin.
—¡Yin! No puedes ir invitando a desconocidos a unirse a nosotros después de cinco minutos de conversación —le reprendió el mayor.
—¿Por qué no? —preguntó Yin, encogiéndose de hombros—. Parece que necesita un poco de sol en su vida. Está muy pálido.
Dyrroth soltó un sonido que estuvo a punto de ser una risa, pero se quedó en un bufido seco.
—Estoy pálido porque trabajo en la biblioteca de Silvana, no porque necesite que un extraño me dé lecciones de salud.
—¿Trabajas en una biblioteca? —Los ojos de Yin se abrieron de par en par—. ¡Eso es genial! Debes saber muchísimas historias. Cuéntame una. La más emocionante que sepas.
—No —respondió Dyrroth, volviendo a mirar el agua.
—¿Un cuento corto?
—No.
—¿Una leyenda local?
—Vete a comer, Yin —dijo Dyrroth, aunque esta vez su tono no era tan cortante. Había una pizca de resignación, como si hubiera aceptado que este chico era una fuerza de la naturaleza imposible de detener.
Silvana se acercó a ellos, poniendo una mano en el hombro de Dyrroth.
—No seas tan duro con él, Dyrroth. Es raro ver caras nuevas por aquí que no tengan miedo de tu mirada de "voy a incinerar el mundo".
—No tengo esa mirada —protestó él, aunque sin mucha convicción.
—La tienes —intervino Alucard, acercándose con una sonrisa burlona—. Asustaste al panadero ayer solo por pedirle que no quemara la corteza.
Yin se rió, una risa clara y contagiosa que hizo que Dyrroth se removiera incómodo en su sitio.
—A mí no me asusta —dijo Yin con orgullo—. He visto cosas mucho más raras que un chico guapo con mal humor.
El silencio que siguió a esa frase fue sepulcral. Melissa se tapó la cara con la mano, Julian miró al suelo y Xavier fingió un interés repentino por una estatua cercana. Dyrroth, por su parte, sintió un calor extraño subir por su cuello hasta las orejas. Nadie en el pueblo, ni siquiera sus amigos más cercanos, le decía cosas así de frente.
—Eres... muy extraño —logró decir Dyrroth, evitando a toda costa mirar a Yin a los ojos.
—Soy sincero —corrigió Yin, levantándose del borde de la fuente—. Bueno, creo que mis amigos tienen hambre de verdad. ¿Nos vemos luego? Me gustaría que me enseñaras esa biblioteca.
Dyrroth no respondió de inmediato. Observó cómo Yin regresaba con su grupo, gesticulando y riendo mientras Melissa le daba un golpe juguetón en el brazo por lo que acababa de decir.
—La biblioteca cierra al anochecer —murmuró Dyrroth, tan bajo que pensó que nadie lo oiría.
Pero Yin tenía un oído excelente. Se detuvo, se giró y le dedicó un guiño antes de seguir caminando.
Cuando la Luz Oculta se alejó lo suficiente, Silvana soltó una risita y le dio un codazo a Dyrroth.
—"Eres muy extraño" —lo imitó ella—. Vaya, Dyrroth, creo que finalmente has encontrado a alguien que no se deja intimidar por tu silencio.
—Es un idiota —respondió Dyrroth, aunque su mirada siguió la silueta de Yin hasta que desapareció tras la esquina de la posada—. Un idiota ruidoso y demasiado brillante.
—Pero vas a dejar que entre en la biblioteca, ¿verdad? —preguntó Guinevere con una sonrisa maliciosa.
Dyrroth no contestó. Simplemente se dio la vuelta y empezó a caminar en dirección contraria, con las manos en los bolsillos y el corazón latiendo un poco más rápido de lo habitual.
Mientras tanto, en la posada, Yin devoraba un plato de estofado con una energía renovada.
—¿Qué? —preguntó con la boca medio llena al notar las miradas de sus compañeros.
—"Un chico guapo con mal humor" —repitió Melissa con voz chillona—. Yin, de verdad, tu instinto de supervivencia es nulo. Ese chico parece que podría apuñalarte con la mirada.
—No es así —dijo Yin, tragando por fin—. Solo está solo. Y tiene unos ojos increíbles. Además, apuesto a que detrás de toda esa indiferencia, es una buena persona.
Julian, que rara vez hablaba a menos que fuera necesario, levantó la vista de su plato.
—Tiene las manos de alguien que sabe defenderse. No es un civil cualquiera.
—Todos en este pueblo parecen saber defenderse —observó Xavier—. Silvana tiene el porte de una comandante y Tigreal no es solo un herrero, tiene cicatrices de batalla. Es un lugar curioso. Pero mientras no busquen pelea, nosotros tampoco lo haremos.
Yin asintió, pero su mente ya no estaba en la conversación. Estaba pensando en la biblioteca y en los ojos rojos de Dyrroth. Había algo en ese chico, una chispa oculta bajo capas de hielo, que Yin estaba decidido a derretir. No sabía cuánto tiempo se quedarían en Lumina, pero estaba seguro de una cosa: ese encuentro no iba a ser el último.
Al caer la noche, el pueblo se sumergió en una calma azulada. Las farolas de aceite empezaron a parpadear, iluminando las calles empedradas. Yin se escabulló de la posada mientras Xavier y Julian discutían sobre el mapa de la siguiente ruta y Melissa se quedaba dormida sobre sus hilos.
Caminó hacia la zona más antigua del pueblo, donde Silvana le había indicado que estaba la biblioteca. Era un edificio de piedra gris con grandes ventanales de arco. A través de uno de ellos, pudo ver una luz tenue.
Se acercó a la puerta y llamó suavemente. No hubo respuesta. Probó a empujar y, para su sorpresa, la puerta estaba abierta. El interior olía a papel viejo, cera de vela y algo que Yin solo pudo describir como el aroma de la lluvia.
—¿Hola? —susurró, entrando con cuidado.
Al fondo de la sala, sentado en una mesa desordenada con libros abiertos, estaba Dyrroth. Una sola vela iluminaba su rostro, acentuando las sombras bajo sus ojos y el blanco plateado de su cabello. No levantó la vista, pero Yin supo que sabía que estaba allí.
—Llegas tarde —dijo Dyrroth. Su voz resonó en la sala vacía, más suave que durante el día—. Dije que cerraba al anochecer.
—La puerta estaba abierta —se defendió Yin, acercándose lentamente—. Eso significa que me estabas esperando, ¿no?
Dyrroth finalmente levantó la mirada. El rojo de sus ojos parecía brillar con una intensidad propia en la penumbra.
—Significa que me olvidé de echar el cerrojo. No te creas tan importante, viajero.
Yin sonrió y se sentó en la silla frente a él, apoyando los codos en la mesa.
—Me llamo Yin. Ya te lo dije. Y no me creo importante, solo soy persistente.
Dyrroth lo observó durante un largo minuto. La energía de Yin era casi tangible, una calidez que contrastaba con el frío habitual de la biblioteca. Por primera vez en mucho tiempo, Dyrroth sintió que su indiferencia flaqueaba. No era que Yin fuera especial, se dijo a sí mismo, era simplemente que era demasiado ruidoso para ser ignorado.
—¿Qué quieres saber, Yin? —preguntó Dyrroth, cerrando el libro que estaba leyendo.
—Todo —respondió Yin con entusiasmo—. Cuéntame sobre este lugar, sobre ti... y sobre por qué alguien con ojos de fuego prefiere esconderse entre libros viejos.
Dyrroth guardó silencio, pero esta vez no fue un silencio cortante. Fue un silencio compartido. El chico de la ciudad de los libros y el guerrero de las tierras lejanas se quedaron allí, bajo la luz de una sola vela, mientras el mundo exterior seguía su curso, ajeno al pequeño puente que empezaba a construirse entre dos islas que nunca pensaron encontrarse.
