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Fandom: Mobile legends bang bang

Creado: 8/6/2026

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El Destello del Dragón y la Sombra del Pueblo

El sol de la tarde bañaba el camino de tierra con un tono dorado, casi tan brillante como el ánimo de Yin. El joven luchador caminaba a la vanguardia de su grupo, con los puños envueltos en sus vendas de combate y una sonrisa que parecía incapaz de borrarse. Detrás de él, Wanwan saltaba sobre las rocas del camino con su agilidad felina característica, mientras que Ling, siempre estoico y distante, cerraba la marcha vigilando los alrededores con su espada envainada.

Habían estado viajando por las regiones periféricas del Imperio Moniyan durante semanas, cumpliendo misiones menores y explorando nuevos horizontes. El mapa decía que el próximo asentamiento era una aldea próspera, famosa por sus aguas termales y su comercio de telas.

—¡Ya casi llegamos! —exclamó Yin, señalando hacia el valle donde empezaban a vislumbrarse los tejados de madera—. Apuesto a que tienen una comida increíble. Mi estómago ya está practicando sus propias técnicas de combate.

—Tú siempre piensas con el estómago, Yin —se burló Wanwan, aterrizando a su lado de un salto—. Pero tienes razón, un descanso no nos vendría mal. Ling parece que no ha dormido en tres dinastías.

El espadachín no respondió, limitándose a soltar un suspiro casi imperceptible.

Al entrar en el pueblo, Yin se sintió inmediatamente cautivado. No era una ciudad bulliciosa como los puertos comerciales, sino un lugar acogedor, lleno de flores en los balcones y gente que se saludaba por su nombre. Sin embargo, lo que detuvo sus pasos no fue la arquitectura ni el olor a pan recién horneado.

Cerca de la plaza central, un grupo de jóvenes estaba reunido junto a una fuente. Entre ellos, sentado en el borde de piedra, había un chico que destacaba por encima de los demás. Tenía el cabello plateado con mechones oscuros, despeinado de una forma que parecía rebelde pero natural. Vestía ropas sencillas de civil —una túnica oscura y pantalones reforzados—, pero había algo en su postura, una especie de elegancia salvaje, que atrajo la mirada de Yin de inmediato.

—Vaya... —susurró Yin, deteniéndose en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó Wanwan, chocando casi contra su espalda—. ¿Viste un puesto de brochetas?

—No... es ese chico —dijo Yin, señalando con discreción—. Es... es muy lindo, ¿no creen?

Wanwan entrecerró los ojos y luego soltó una risita pícara. Ling, por su parte, arqueó una ceja.

—Parece un lugareño común —comentó Ling con frialdad—. Aunque sus ojos tienen un brillo extraño.

Yin no escuchó la advertencia de su compañero. Impulsado por su curiosidad habitual y esa falta de filtro que lo caracterizaba, caminó directamente hacia el grupo.

El chico del cabello plateado estaba riendo ante algo que decía un joven de complexión robusta a su lado, pero se calló en cuanto notó la presencia de los forasteros. Sus ojos, de un color púrpura intenso que recordaba a las amatistas, se clavaron en Yin.

—Hola —saludó Yin, levantando una mano de forma amistosa—. Somos viajeros. Acabamos de llegar al pueblo y... bueno, me preguntaba dónde está la mejor posada. Y quizás tu nombre.

El grupo de amigos del chico se quedó en silencio, intercambiando miradas de sorpresa. El joven de ojos púrpuras se puso de pie con una lentitud deliberada. Era un poco más bajo que Yin, pero emanaba una energía magnética.

—La posada del Sauce está a la vuelta de esa calle —respondió el chico, su voz era un poco áspera pero extrañamente melodiosa—. Y me llamo Dyrroth. ¿Siempre eres así de directo con los desconocidos?

Yin sintió que el calor le subía a las mejillas, algo que rara vez le pasaba en combate.

—Sólo cuando el desconocido me parece interesante —admitió Yin, rascándose la nuca—. Soy Yin. Y ellos son Wanwan y Ling.

—Un placer, Yin —dijo Dyrroth, cruzándose de brazos. Una pequeña sonrisa, casi desafiante, curvó sus labios—. No pareces de por aquí. Esos brazaletes... ¿eres un luchador de verdad o sólo es para impresionar a los locales?

—¡Oye! —intervino Wanwan, acercándose con curiosidad—. Yin es el mejor luchador que conocerás. Aunque a veces sea un poco tonto.

—Lo imagino —rio Dyrroth, y el sonido hizo que el corazón de Yin diera un vuelco—. Él es Thamuz, el hijo del herrero, y ella es Alice, la hija del boticario. Somos los que mantenemos este pueblo vivo, o al menos intentamos que no sea aburrido.

El chico robusto, Thamuz, asintió con un gruñido amistoso, mientras que la chica de cabello oscuro, Alice, observaba a los recién llegados con una mirada analítica pero amable. Eran jóvenes normales, civiles que vivían vidas tranquilas, lejos de las guerras de las Tierras de la Desesperanza o los conflictos de la Academia de Magia.

—¿Te gustaría que te mostráramos el lugar? —preguntó Dyrroth de repente, clavando su mirada en Yin—. Si vas a quedarte unos días, podrías perderte. Este pueblo es más laberíntico de lo que parece.

—¡Me encantaría! —respondió Yin con demasiado entusiasmo, ganándose un bufido de Ling.

Durante las siguientes horas, el grupo recorrió el pueblo. Dyrroth resultó ser un guía excepcional, aunque algo sarcástico. Le mostró a Yin el mercado de especias, el viejo puente de piedra y el mirador desde donde se veía todo el valle. A pesar de ser un civil, Dyrroth se movía con una agilidad que Yin encontraba fascinante; saltaba sobre los muretes y caminaba por los bordes estrechos con una confianza absoluta.

—¿Siempre has vivido aquí? —preguntó Yin mientras caminaban un poco rezagados del resto del grupo.

—Desde que tengo memoria —respondió Dyrroth, mirando hacia el horizonte—. A veces siento que este lugar es demasiado pequeño. Como si hubiera algo más allá de las montañas que me llama. Pero supongo que son sólo fantasías de alguien que ha leído demasiados libros de aventuras.

Yin lo miró con empatía. Él mismo había dejado su hogar para buscar su propio camino y lidiar con la entidad que habitaba en su interior.

—No son fantasías si realmente lo sientes —dijo Yin en voz baja—. El mundo es enorme, Dyrroth. Y hay lugar para todos, incluso para los que no sabemos dónde encajamos.

Dyrroth se detuvo y miró a Yin a los ojos. Por un momento, la máscara de sarcasmo cayó, dejando ver una vulnerabilidad que Yin encontró preciosa.

—Eres un tipo extraño, Yin —murmuró Dyrroth—. Pero me agradas.

—¿Ah, sí? —Yin sonrió de oreja a oreja—. Entonces, ¿esto significa que somos amigos?

—Significa que si no te vas mañana mismo, tal vez te deje ganarme en una carrera hasta la plaza —desafió Dyrroth, recuperando su tono burlón.

—¡Eso es una apuesta! —exclamó Yin.

La noche cayó sobre el pueblo, y el grupo se reunió en la taberna local para cenar. La atmósfera era cálida, llena de risas y música de laúd. Yin y Dyrroth compartieron una mesa, alejados del bullicio de Thamuz y Wanwan, que parecían estar compitiendo por quién podía comer más empanadillas.

—Dime una cosa, Yin —dijo Dyrroth, jugando con su vaso de jugo de bayas—. Ese brazalete que llevas... brilla a veces. ¿Es mágico?

Yin miró su brazo. El Lieh estaba en silencio, pero su poder siempre latía bajo la piel.

—Es una carga y un regalo —explicó Yin con seriedad—. Me permite proteger a los que quiero, pero también es peligroso. Por eso entreno tanto. Para ser yo quien controle el poder, y no al revés.

Dyrroth extendió una mano y, por un segundo, pareció que iba a tocar el brazalete, pero se detuvo a medio camino y, en su lugar, rozó los dedos de Yin. Su piel estaba fría, pero el contacto envió una descarga eléctrica a través del luchador.

—Ojalá yo tuviera algo así —susurró Dyrroth—. A veces siento que soy demasiado... normal. Que no tengo nada especial que ofrecer.

—Eso no es cierto —replicó Yin de inmediato, cerrando su mano sobre la de Dyrroth—. Tienes esos ojos que parecen ver a través de las personas. Tienes esa risa que hace que todo parezca menos difícil. Eres especial, Dyrroth. No necesitas magia para eso.

Dyrroth se quedó sin palabras. Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave y apartó la mirada, aunque no retiró su mano.

—Realmente eres un tonto —dijo Dyrroth, pero no había rastro de insulto en sus palabras—. Un tonto muy amable.

—¡Oigan, ustedes dos! —gritó Wanwan desde el otro lado de la taberna—. ¡Dejen de mirarse así y vengan a probar este pastel de carne! ¡Thamuz dice que es el mejor de la región!

Ambos se sobresaltaron y se separaron rápidamente, aunque la conexión permaneció en el aire.

Al final de la noche, Yin acompañó a Dyrroth hasta la puerta de su pequeña casa, una construcción de madera acogedora con flores trepadoras en la fachada.

—Gracias por el recorrido —dijo Yin, balanceándose sobre sus talones—. Ha sido el mejor día que he tenido en mucho tiempo.

—No ha estado mal —admitió Dyrroth, apoyándose en el marco de la puerta—. Para ser un forastero que llegó de la nada, no has causado demasiados problemas.

—Mañana saldremos temprano —dijo Yin, sintiendo una punzada de tristeza—. Pero me gustaría volver. O tal vez... tal vez podrías venir con nosotros alguna vez.

Dyrroth guardó silencio durante un largo rato, mirando las estrellas que empezaban a brillar con intensidad.

—Este es mi hogar, Yin —respondió finalmente—. Pero si vuelves... te estaré esperando en la fuente.

Yin sintió un impulso que no pudo frenar. Se acercó rápidamente y depositó un beso fugaz en la mejilla de Dyrroth. Fue un contacto breve, apenas un roce, pero dejó a ambos con la respiración contenida.

—Entonces es una promesa —dijo Yin, retrocediendo con una sonrisa radiante—. ¡No te olvides de mí!

Dyrroth se llevó una mano a la mejilla, con los ojos más brillantes que nunca.

—Difícil sería olvidarse de alguien tan ruidoso como tú —replicó Dyrroth, aunque su voz temblaba ligeramente—. Hasta pronto, Yin.

Yin regresó a la posada casi flotando. Wanwan y Ling lo esperaban en la entrada. La chica tenía una sonrisa de suficiencia, mientras que Ling simplemente negaba con la cabeza.

—¿Y bien? —preguntó Wanwan—. ¿Ya planeaste la boda o tenemos que seguir viajando mañana?

—Cállate, Wanwan —rio Yin, entrando en la posada—. Sólo digamos que este pueblo tiene algo muy especial.

—Se llama Dyrroth —murmuró Ling, aunque con una pequeña sombra de sonrisa en sus labios.

Esa noche, Yin soñó con campos abiertos y un chico de cabello plateado que corría a su lado, no como un guerrero, sino como alguien libre. Y en algún lugar del pueblo, Dyrroth miraba por su ventana, preguntándose por primera vez si el mundo exterior era tan brillante como los ojos del chico que acababa de conocer.

La aventura continuaría al amanecer, pero para Yin, el mapa ahora tenía un punto de referencia mucho más importante que cualquier tesoro o misión: un pueblo pequeño, una fuente de piedra y una promesa grabada en el corazón.
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