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Sumisión absoluta
Fandom: Kengan ashura
Creado: 8/6/2026
Etiquetas
OscuroPsicológicoDramaOOC (Fuera de Personaje)Ambientación CanonEstudio de PersonajeThriller
El Devoto y su Dueño
El sol comenzaba a ocultarse tras los imponentes edificios del complejo donde se llevaban a cabo las preliminares del torneo, tiñendo los pasillos de un naranja casi sangriento. Tomoko, con su habitual energía y esa curiosidad insaciable que la caracterizaba, caminaba a paso rápido por los niveles inferiores. Tenía una cámara colgando del cuello y una carpeta llena de notas sobre los luchadores, pero le faltaba su objetivo principal del día: Kiryu Setsuna.
—¿A dónde se habrá metido ese hombre? —murmuró Tomoko para sí misma, ajustándose las gafas—. Se supone que teníamos que revisar los detalles de su próxima entrevista. Si desaparece ahora, el jefe me va a matar.
Tomoko conocía bien los hábitos de Setsuna, o al menos eso creía. Sabía que el "Bello Bestial" solía rondar los lugares donde Ohma Tokita se encontraba, observándolo desde las sombras con esa mirada cargada de una devoción que rozaba la locura. Sin embargo, tras buscar en el gimnasio, en el comedor y en las áreas de descanso, no había rastro de él.
Al doblar una esquina hacia una sección del edificio que estaba teóricamente en mantenimiento, el silencio se volvió denso. Era un pasillo largo, con puertas reforzadas y poca iluminación. Tomoko se detuvo un momento, agudizando el oído. Escuchó un golpe seco contra una pared, seguido de un jadeo que no sonaba precisamente a dolor, sino a algo mucho más profundo y perturbador.
—No puede ser... ¿Estarán peleando aquí? —pensó, sintiendo un escalofrío de emoción—. Si es una pelea no oficial entre Kiryu y Ohma, ¡esto sería la primicia del siglo!
Caminó de puntillas, tratando de no hacer ruido con sus zapatos. Se acercó a una puerta entreabierta al final del pasillo. La luz que salía de la habitación era tenue, proveniente de una sola lámpara de pie. Tomoko contuvo el aliento y se asomó por la rendija, con la cámara lista en su mano, aunque algo en su instinto le decía que lo que estaba a punto de ver no era material para una revista deportiva.
Lo que vio la dejó petrificada. Sus ojos se agrandaron tanto que las gafas estuvieron a punto de resbalar por su nariz.
En el centro de la habitación, Ohma Tokita no lucía como el luchador salvaje y despreocupado que todos conocían. Estaba de pie, con una postura dominante y una frialdad en la mirada que Tomoko nunca había presenciado. Pero lo más impactante era lo que estaba a sus pies.
Kiryu Setsuna, el hombre que infundía terror en sus oponentes con su técnica de la Palma de Rakshasa, estaba de rodillas sobre el frío suelo de concreto. Sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda y su cabeza estaba inclinada hacia arriba, buscando desesperadamente la mirada de Ohma. No había rastro de su habitual locura destructiva; en su lugar, había una sumisión absoluta, casi religiosa.
—Te dije que no te movieras hasta que yo te lo ordenara —dijo Ohma con una voz baja y autoritaria, que resonó en el silencio de la sala.
—Lo siento... mi Dios... —susurró Setsuna, con la voz temblorosa—. Es solo que... tu presencia es tan abrumadora que mi cuerpo no puede evitar buscarte. Por favor, castígame por mi insolencia.
Tomoko sintió que el corazón le daba un vuelco. Se tapó la boca con una mano para no soltar un grito de asombro. "¡¿Mi Dios?! ¡¿Castígame?!", pensó, sintiendo que su cerebro procesaba la información a mil por hora.
Ohma dio un paso adelante, acortando la distancia, y puso una mano sobre el cabello de Setsuna, tirando ligeramente hacia atrás para obligarlo a exponer su cuello. No era un gesto de cariño, sino de posesión.
—Eres una perra tan impaciente, Setsuna —comentó Ohma, y por un segundo, una sonrisa cruel curvó sus labios—. ¿De verdad crees que mereces mi atención después de haber flaqueado hoy en el entrenamiento?
—No la merezco —respondió Setsuna, cerrando los ojos y dejando escapar un gemido ahogado al sentir el contacto—. No soy nada sin tu mano guiándome. Soy tu perro, Ohma... haz conmigo lo que desees. Solo no me ignores.
Ohma soltó un bufido corto, una mezcla de desdén y satisfacción.
—Mírame —ordenó.
Setsuna obedeció al instante, abriendo los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, y el brillo de adoración en ellas era tan intenso que resultaba casi doloroso de ver.
—Si vuelves a actuar por tu cuenta, te dejaré encadenado en la oscuridad —dijo Ohma, su tono era gélido—. ¿Entendido?
—Sí, amo... —contestó Setsuna, bajando la vista hacia las botas de Ohma—. Entendido.
Tomoko, desde su escondite, sentía que sus piernas flaqueaban. La dinámica que estaba presenciando rompía todos los esquemas que tenía sobre los dos luchadores. Ohma, el hombre que parecía solo vivir para la pelea y la comida, era en realidad un amo absoluto en la intimidad. Y Setsuna... el temido asesino, era poco más que un juguete sumiso en sus manos.
De repente, Ohma levantó la vista hacia la puerta. Tomoko se quedó helada. ¿La había escuchado? ¿Había sentido su respiración?
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Ohma, su voz recuperando ese tono áspero y peligroso que usaba en el ring.
Setsuna ni siquiera se inmutó por la posible presencia de un tercero; su atención seguía fija en Ohma, esperando su siguiente orden como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Tomoko retrocedió rápidamente, tropezando con sus propios pies, pero logró mantener el equilibrio. Se dio la vuelta y corrió por el pasillo lo más silenciosamente que pudo, con el corazón martilleando contra sus costillas. No se detuvo hasta que llegó a la zona iluminada y concurrida de los vestuarios principales.
Se apoyó contra una pared, tratando de recuperar el aliento. Sus manos temblaban mientras sostenía la cámara.
—Dios mío... —susurró, mirando hacia el pasillo oscuro del que acababa de salir—. Nadie me creería. Si cuento esto, pensarían que me he vuelto loca.
Miró su cámara. Estuvo tentada de revisar si había logrado capturar alguna imagen, pero se detuvo. Había algo en la mirada de Ohma, algo tan oscuro y dominante, que le advirtió que interferir en esa relación secreta era jugar con fuego. No era solo un "asunto sucio", era un pacto entre dos monstruos que habían encontrado una forma retorcida de equilibrio.
Mientras tanto, en la habitación, Ohma volvió a centrar su atención en el hombre que seguía arrodillado frente a él.
—Parece que solo era el viento —dijo Ohma, aunque sabía perfectamente que alguien había estado observando. No le importaba. En realidad, la idea de que alguien viera a la "Bestia" de la Kengan de rodillas ante él le producía una punzada de orgullo oscuro.
—Amo... —llamó Setsuna, frotando su mejilla contra la rodilla de Ohma—. Por favor... continúa. Necesito sentir que me perteneces.
Ohma agarró a Setsuna por la barbilla, obligándolo a ponerse de pie solo a medias, manteniéndolo en una posición incómoda y vulnerable.
—Tú eres el que me pertenece, Setsuna —corrigió Ohma—. Nunca lo olvides. Tú no eres un luchador cuando estás conmigo. Eres mi propiedad.
—Sí... —suspiró Setsuna, con una sonrisa de puro éxtasis—. Tu propiedad. Tu perra. Siempre.
Ohma lo empujó de vuelta contra la pared, esta vez con más fuerza, y Setsuna soltó una risa quebrada, disfrutando de la brutalidad. Para el resto del mundo, ellos eran rivales, enemigos, o piezas en un tablero de ajedrez corporativo. Pero en la penumbra de esas habitaciones olvidadas, la jerarquía era clara.
Fuera, Tomoko finalmente se alejó, guardando su cámara en el bolso. Decidió que ese secreto se quedaría con ella. Algunas verdades eran demasiado pesadas para ser publicadas, y algunas bestias eran mejores dejarlas en su propia jaula, especialmente cuando una de ellas disfrutaba tanto de sus cadenas.
—Mañana... —se dijo Tomoko, tratando de recomponerse—, mañana simplemente le diré al jefe que no pude encontrar a Kiryu. Sí, eso será lo mejor.
Caminó hacia la salida, pero la imagen de Setsuna, el hombre más peligroso que conocía, mirando a Ohma con esa devoción absoluta, quedó grabada en su mente para siempre. Había descubierto el secreto más oscuro del torneo, y aunque no podía escribir sobre ello, ahora miraría cada combate de Ohma Tokita con ojos muy diferentes. Porque ahora sabía que el "Ashura" no solo conquistaba en el ring, sino que también era capaz de doblegar el alma de los demonios.
—¿A dónde se habrá metido ese hombre? —murmuró Tomoko para sí misma, ajustándose las gafas—. Se supone que teníamos que revisar los detalles de su próxima entrevista. Si desaparece ahora, el jefe me va a matar.
Tomoko conocía bien los hábitos de Setsuna, o al menos eso creía. Sabía que el "Bello Bestial" solía rondar los lugares donde Ohma Tokita se encontraba, observándolo desde las sombras con esa mirada cargada de una devoción que rozaba la locura. Sin embargo, tras buscar en el gimnasio, en el comedor y en las áreas de descanso, no había rastro de él.
Al doblar una esquina hacia una sección del edificio que estaba teóricamente en mantenimiento, el silencio se volvió denso. Era un pasillo largo, con puertas reforzadas y poca iluminación. Tomoko se detuvo un momento, agudizando el oído. Escuchó un golpe seco contra una pared, seguido de un jadeo que no sonaba precisamente a dolor, sino a algo mucho más profundo y perturbador.
—No puede ser... ¿Estarán peleando aquí? —pensó, sintiendo un escalofrío de emoción—. Si es una pelea no oficial entre Kiryu y Ohma, ¡esto sería la primicia del siglo!
Caminó de puntillas, tratando de no hacer ruido con sus zapatos. Se acercó a una puerta entreabierta al final del pasillo. La luz que salía de la habitación era tenue, proveniente de una sola lámpara de pie. Tomoko contuvo el aliento y se asomó por la rendija, con la cámara lista en su mano, aunque algo en su instinto le decía que lo que estaba a punto de ver no era material para una revista deportiva.
Lo que vio la dejó petrificada. Sus ojos se agrandaron tanto que las gafas estuvieron a punto de resbalar por su nariz.
En el centro de la habitación, Ohma Tokita no lucía como el luchador salvaje y despreocupado que todos conocían. Estaba de pie, con una postura dominante y una frialdad en la mirada que Tomoko nunca había presenciado. Pero lo más impactante era lo que estaba a sus pies.
Kiryu Setsuna, el hombre que infundía terror en sus oponentes con su técnica de la Palma de Rakshasa, estaba de rodillas sobre el frío suelo de concreto. Sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda y su cabeza estaba inclinada hacia arriba, buscando desesperadamente la mirada de Ohma. No había rastro de su habitual locura destructiva; en su lugar, había una sumisión absoluta, casi religiosa.
—Te dije que no te movieras hasta que yo te lo ordenara —dijo Ohma con una voz baja y autoritaria, que resonó en el silencio de la sala.
—Lo siento... mi Dios... —susurró Setsuna, con la voz temblorosa—. Es solo que... tu presencia es tan abrumadora que mi cuerpo no puede evitar buscarte. Por favor, castígame por mi insolencia.
Tomoko sintió que el corazón le daba un vuelco. Se tapó la boca con una mano para no soltar un grito de asombro. "¡¿Mi Dios?! ¡¿Castígame?!", pensó, sintiendo que su cerebro procesaba la información a mil por hora.
Ohma dio un paso adelante, acortando la distancia, y puso una mano sobre el cabello de Setsuna, tirando ligeramente hacia atrás para obligarlo a exponer su cuello. No era un gesto de cariño, sino de posesión.
—Eres una perra tan impaciente, Setsuna —comentó Ohma, y por un segundo, una sonrisa cruel curvó sus labios—. ¿De verdad crees que mereces mi atención después de haber flaqueado hoy en el entrenamiento?
—No la merezco —respondió Setsuna, cerrando los ojos y dejando escapar un gemido ahogado al sentir el contacto—. No soy nada sin tu mano guiándome. Soy tu perro, Ohma... haz conmigo lo que desees. Solo no me ignores.
Ohma soltó un bufido corto, una mezcla de desdén y satisfacción.
—Mírame —ordenó.
Setsuna obedeció al instante, abriendo los ojos. Sus pupilas estaban dilatadas, y el brillo de adoración en ellas era tan intenso que resultaba casi doloroso de ver.
—Si vuelves a actuar por tu cuenta, te dejaré encadenado en la oscuridad —dijo Ohma, su tono era gélido—. ¿Entendido?
—Sí, amo... —contestó Setsuna, bajando la vista hacia las botas de Ohma—. Entendido.
Tomoko, desde su escondite, sentía que sus piernas flaqueaban. La dinámica que estaba presenciando rompía todos los esquemas que tenía sobre los dos luchadores. Ohma, el hombre que parecía solo vivir para la pelea y la comida, era en realidad un amo absoluto en la intimidad. Y Setsuna... el temido asesino, era poco más que un juguete sumiso en sus manos.
De repente, Ohma levantó la vista hacia la puerta. Tomoko se quedó helada. ¿La había escuchado? ¿Había sentido su respiración?
—¿Hay alguien ahí? —preguntó Ohma, su voz recuperando ese tono áspero y peligroso que usaba en el ring.
Setsuna ni siquiera se inmutó por la posible presencia de un tercero; su atención seguía fija en Ohma, esperando su siguiente orden como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.
Tomoko retrocedió rápidamente, tropezando con sus propios pies, pero logró mantener el equilibrio. Se dio la vuelta y corrió por el pasillo lo más silenciosamente que pudo, con el corazón martilleando contra sus costillas. No se detuvo hasta que llegó a la zona iluminada y concurrida de los vestuarios principales.
Se apoyó contra una pared, tratando de recuperar el aliento. Sus manos temblaban mientras sostenía la cámara.
—Dios mío... —susurró, mirando hacia el pasillo oscuro del que acababa de salir—. Nadie me creería. Si cuento esto, pensarían que me he vuelto loca.
Miró su cámara. Estuvo tentada de revisar si había logrado capturar alguna imagen, pero se detuvo. Había algo en la mirada de Ohma, algo tan oscuro y dominante, que le advirtió que interferir en esa relación secreta era jugar con fuego. No era solo un "asunto sucio", era un pacto entre dos monstruos que habían encontrado una forma retorcida de equilibrio.
Mientras tanto, en la habitación, Ohma volvió a centrar su atención en el hombre que seguía arrodillado frente a él.
—Parece que solo era el viento —dijo Ohma, aunque sabía perfectamente que alguien había estado observando. No le importaba. En realidad, la idea de que alguien viera a la "Bestia" de la Kengan de rodillas ante él le producía una punzada de orgullo oscuro.
—Amo... —llamó Setsuna, frotando su mejilla contra la rodilla de Ohma—. Por favor... continúa. Necesito sentir que me perteneces.
Ohma agarró a Setsuna por la barbilla, obligándolo a ponerse de pie solo a medias, manteniéndolo en una posición incómoda y vulnerable.
—Tú eres el que me pertenece, Setsuna —corrigió Ohma—. Nunca lo olvides. Tú no eres un luchador cuando estás conmigo. Eres mi propiedad.
—Sí... —suspiró Setsuna, con una sonrisa de puro éxtasis—. Tu propiedad. Tu perra. Siempre.
Ohma lo empujó de vuelta contra la pared, esta vez con más fuerza, y Setsuna soltó una risa quebrada, disfrutando de la brutalidad. Para el resto del mundo, ellos eran rivales, enemigos, o piezas en un tablero de ajedrez corporativo. Pero en la penumbra de esas habitaciones olvidadas, la jerarquía era clara.
Fuera, Tomoko finalmente se alejó, guardando su cámara en el bolso. Decidió que ese secreto se quedaría con ella. Algunas verdades eran demasiado pesadas para ser publicadas, y algunas bestias eran mejores dejarlas en su propia jaula, especialmente cuando una de ellas disfrutaba tanto de sus cadenas.
—Mañana... —se dijo Tomoko, tratando de recomponerse—, mañana simplemente le diré al jefe que no pude encontrar a Kiryu. Sí, eso será lo mejor.
Caminó hacia la salida, pero la imagen de Setsuna, el hombre más peligroso que conocía, mirando a Ohma con esa devoción absoluta, quedó grabada en su mente para siempre. Había descubierto el secreto más oscuro del torneo, y aunque no podía escribir sobre ello, ahora miraría cada combate de Ohma Tokita con ojos muy diferentes. Porque ahora sabía que el "Ashura" no solo conquistaba en el ring, sino que también era capaz de doblegar el alma de los demonios.
