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Ensayo clinico
Fandom: Kengan ashura
Creado: 8/6/2026
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La Obsesión de la Leche y la Sangre
La enfermería del Doctor Hanafusa nunca era un lugar tranquilo, ni siquiera para los estándares de la Asociación Kengan. El olor a antiséptico se mezclaba con el aroma ferroso de la sangre estancada y algo mucho más químico y dulce.
Setsuna Kiryu estaba de pie, con el torso desnudo, frente al médico cuya curiosidad científica rozaba a menudo la locura.
—Es un compuesto experimental, Kiryu-kun —dijo Hanafusa, ajustándose los guantes de látex con un chasquido sonoro—. Busco una forma de regeneración celular acelerada a través de la estimulación de las glándulas. Es posible que sientas un ligero... ardor.
Setsuna no respondió. Sus ojos, siempre perdidos en visiones de su "Dios", estaban fijos en la pared. Hanafusa aplicó una crema densa y nacarada sobre sus pectorales. Al contacto con la piel, el asesino del estilo Koei soltó un jadeo ahogado. No era dolor común; era un fuego líquido que parecía derretir sus fibras musculares, volviéndolas blandas y extremadamente sensibles.
—Toma estas pastillas —añadió el doctor, entregándole un frasco sin etiqueta—. Una al día durante un mes. No me falles con los datos, necesito ver cómo reacciona tu fisiología única.
Al día siguiente, Setsuna despertó con una sensación de pesadez extraña en el pecho. Al mirarse al espejo, sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y fascinación. Sus pectorales, antes definidos y duros como el acero, habían ganado un volumen antinatural. Eran redondeados, turgentes, casi como los de una mujer, pero manteniendo la firmeza del músculo alterado. Lo más impactante fue ver cómo una gota de líquido blanquecino brotaba de sus pezones, que ahora estaban erguidos y dolorosamente sensibles.
—¿Qué me has hecho, doctor? —susurró para sí mismo, tocando la piel caliente. El roce de sus propios dedos le provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral.
Se colocó parches absorbentes sobre los pezones, apretando la venda para ocultar la filtración, y se puso una camisa ajustada. Sin embargo, el relieve era innegable.
Al llegar a las instalaciones de la arena Kengan, el ambiente estaba cargado. Shion Akiyama y Kaede caminaban por el pasillo discutiendo los detalles del próximo encuentro, mientras Yamashita corría de un lado a otro con su habitual nerviosismo.
—¡Oh, Kiryu-san! —exclamó Tomoko, la secretaria de ojos soñadores, al verlo pasar—. Te ves... diferente hoy. ¿Has estado entrenando más el pecho?
Setsuna le dedicó una sonrisa gélida y forzada, tratando de pasar de largo, pero se detuvo en seco cuando una presencia familiar hizo que su corazón diera un vuelco.
Ohma Tokita estaba allí, apoyado contra la pared, observándolo con esos ojos oscuros e intensos. Ohma notó de inmediato que algo no encajaba. La camisa de Setsuna parecía estar a punto de reventar por la presión de sus pectorales, y el aroma que desprendía el luchador ya no era solo el de la muerte, sino algo lácteo y hormonal.
—Setsuna —gruñó Ohma, enderezándose.
—Ohma... mi Dios —susurró Setsuna, sintiendo cómo sus pezones punzaban bajo los parches—. No es momento. Tengo que irme.
Setsuna se dio la vuelta y caminó apresuradamente hacia los camerinos privados. Ohma, intrigado y extrañamente atraído por la vulnerabilidad que detectó en el otro, lo siguió sin decir una palabra.
Una vez dentro del camerino, Setsuna se apoyó contra el casillero, respirando con dificultad. El ardor en su pecho era insoportable. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe y Ohma entró, cerrando con llave tras de sí.
—¿Qué te pasa? —preguntó Ohma, acortando la distancia—. Hueles raro. Te ves raro.
—No es nada para que un Dios se preocupe —respondió Setsuna, tratando de esquivarlo, pero Ohma lo acorraló contra el metal frío de los casilleros.
—No me mientas.
Con un movimiento brusco y violento, Ohma agarró el cuello de la camisa de Setsuna y tiró hacia abajo. Los botones saltaron por toda la habitación, golpeando el suelo como granizo. La prenda quedó desgarrada, revelando el torso de Setsuna y los parches blancos que cubrían sus pezones, ya empapados por un líquido claro y espeso.
Ohma se quedó sin aliento. El pecho de Setsuna era una obra de arte deformada por la ciencia de Hanafusa: grande, hinchado y palpitante.
—¿Qué es esto? —Ohma extendió una mano y arrancó uno de los parches.
Setsuna soltó un grito que fue mitad agonía y mitad placer. Al quedar libre, el pezón disparó un fino chorro de leche que salpicó el rostro de Ohma.
—Es el experimento... el doctor... —gimió Setsuna, cayendo de rodillas, con la espalda arqueada—. Por favor, Ohma... duele... quema...
Ohma se limpió la mejilla con el pulgar y probó el líquido. Sus ojos se oscurecieron con una lujuria salvaje que rara vez mostraba. La visión de Setsuna, el hombre que lo acosaba con amor retorcido, ahora humillado y transformado frente a él, despertó un instinto dominante que superaba cualquier técnica de combate.
—Así que ahora eres esto —dijo Ohma, agarrando a Setsuna por el cabello para obligarlo a mirarlo—. Un recipiente.
—Soy lo que tú quieras que sea —respondió Setsuna, con los ojos en blanco, mientras Ohma apretaba sus pechos con fuerza bruta.
La violencia del agarre hizo que más leche brotara, manchando las manos de Ohma. El "Asura" no tuvo piedad. Comenzó un juego de dominación donde cada gemido de Setsuna era respondido con un golpe o un apretón más fuerte. Ohma usó sus dientes, mordiendo los pezones erectos hasta que la sangre se mezcló con la leche, creando un rastro rosado sobre la piel pálida.
—¡Más! ¡Mátame, Ohma! —suplicaba Setsuna, revolviéndose en el suelo mientras Ohma lo despojaba del resto de su ropa.
—No te voy a matar todavía —susurró Ohma al oído de Setsuna, su voz era una vibración baja que hacía vibrar los huesos del otro—. Primero vas a aprender cuál es tu lugar.
Ohma lo forzó a ponerse a cuatro patas, golpeando sus glúteos con la palma de la mano, dejando marcas rojas instantáneas. La sumisión de Setsuna era absoluta; temblaba bajo el toque de su Dios, disfrutando del dolor que se entrelazaba con la sensibilidad extrema de sus pechos.
El acto fue violento, una colisión de cuerpos que buscaban destruirse y poseerse al mismo tiempo. Ohma no fue gentil; cada embestida era un ataque, cada beso era un mordisco. El pecho de Setsuna rebotaba contra el suelo, derramando el líquido experimental mientras la habitación se llenaba del sonido de carne chocando contra carne y los gritos ahogados de placer de un hombre que finalmente encontraba su castigo soñado.
En las gradas, los espectadores esperaban el inicio de los combates, ajenos a la carnicería erótica que ocurría en las entrañas de la arena. Solo Hanafusa, en su oficina, miraba sus monitores con una sonrisa clínica.
—Parece que los niveles de oxitocina están por las nubes —comentó el doctor, anotando en su libreta—. Resultados fascinantes.
Cuando todo terminó, Ohma se puso de pie, dejando a un Setsuna destrozado y cubierto de fluidos en el suelo de baldosas. El pecho del asesino seguía palpitando, irritado y monumental.
—Mañana —dijo Ohma, limpiándose el sudor de la frente—, quiero que vuelvas a ver a ese doctor. No quiero que esto se detenga todavía.
Setsuna, con la mirada perdida y una sonrisa de absoluta locura y devoción, solo pudo asentir mientras intentaba lamer la leche que quedaba en su propio brazo. Había encontrado una nueva forma de adorar a su Dios, y el dolor nunca se había sentido tan dulce.
Setsuna Kiryu estaba de pie, con el torso desnudo, frente al médico cuya curiosidad científica rozaba a menudo la locura.
—Es un compuesto experimental, Kiryu-kun —dijo Hanafusa, ajustándose los guantes de látex con un chasquido sonoro—. Busco una forma de regeneración celular acelerada a través de la estimulación de las glándulas. Es posible que sientas un ligero... ardor.
Setsuna no respondió. Sus ojos, siempre perdidos en visiones de su "Dios", estaban fijos en la pared. Hanafusa aplicó una crema densa y nacarada sobre sus pectorales. Al contacto con la piel, el asesino del estilo Koei soltó un jadeo ahogado. No era dolor común; era un fuego líquido que parecía derretir sus fibras musculares, volviéndolas blandas y extremadamente sensibles.
—Toma estas pastillas —añadió el doctor, entregándole un frasco sin etiqueta—. Una al día durante un mes. No me falles con los datos, necesito ver cómo reacciona tu fisiología única.
Al día siguiente, Setsuna despertó con una sensación de pesadez extraña en el pecho. Al mirarse al espejo, sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y fascinación. Sus pectorales, antes definidos y duros como el acero, habían ganado un volumen antinatural. Eran redondeados, turgentes, casi como los de una mujer, pero manteniendo la firmeza del músculo alterado. Lo más impactante fue ver cómo una gota de líquido blanquecino brotaba de sus pezones, que ahora estaban erguidos y dolorosamente sensibles.
—¿Qué me has hecho, doctor? —susurró para sí mismo, tocando la piel caliente. El roce de sus propios dedos le provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral.
Se colocó parches absorbentes sobre los pezones, apretando la venda para ocultar la filtración, y se puso una camisa ajustada. Sin embargo, el relieve era innegable.
Al llegar a las instalaciones de la arena Kengan, el ambiente estaba cargado. Shion Akiyama y Kaede caminaban por el pasillo discutiendo los detalles del próximo encuentro, mientras Yamashita corría de un lado a otro con su habitual nerviosismo.
—¡Oh, Kiryu-san! —exclamó Tomoko, la secretaria de ojos soñadores, al verlo pasar—. Te ves... diferente hoy. ¿Has estado entrenando más el pecho?
Setsuna le dedicó una sonrisa gélida y forzada, tratando de pasar de largo, pero se detuvo en seco cuando una presencia familiar hizo que su corazón diera un vuelco.
Ohma Tokita estaba allí, apoyado contra la pared, observándolo con esos ojos oscuros e intensos. Ohma notó de inmediato que algo no encajaba. La camisa de Setsuna parecía estar a punto de reventar por la presión de sus pectorales, y el aroma que desprendía el luchador ya no era solo el de la muerte, sino algo lácteo y hormonal.
—Setsuna —gruñó Ohma, enderezándose.
—Ohma... mi Dios —susurró Setsuna, sintiendo cómo sus pezones punzaban bajo los parches—. No es momento. Tengo que irme.
Setsuna se dio la vuelta y caminó apresuradamente hacia los camerinos privados. Ohma, intrigado y extrañamente atraído por la vulnerabilidad que detectó en el otro, lo siguió sin decir una palabra.
Una vez dentro del camerino, Setsuna se apoyó contra el casillero, respirando con dificultad. El ardor en su pecho era insoportable. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe y Ohma entró, cerrando con llave tras de sí.
—¿Qué te pasa? —preguntó Ohma, acortando la distancia—. Hueles raro. Te ves raro.
—No es nada para que un Dios se preocupe —respondió Setsuna, tratando de esquivarlo, pero Ohma lo acorraló contra el metal frío de los casilleros.
—No me mientas.
Con un movimiento brusco y violento, Ohma agarró el cuello de la camisa de Setsuna y tiró hacia abajo. Los botones saltaron por toda la habitación, golpeando el suelo como granizo. La prenda quedó desgarrada, revelando el torso de Setsuna y los parches blancos que cubrían sus pezones, ya empapados por un líquido claro y espeso.
Ohma se quedó sin aliento. El pecho de Setsuna era una obra de arte deformada por la ciencia de Hanafusa: grande, hinchado y palpitante.
—¿Qué es esto? —Ohma extendió una mano y arrancó uno de los parches.
Setsuna soltó un grito que fue mitad agonía y mitad placer. Al quedar libre, el pezón disparó un fino chorro de leche que salpicó el rostro de Ohma.
—Es el experimento... el doctor... —gimió Setsuna, cayendo de rodillas, con la espalda arqueada—. Por favor, Ohma... duele... quema...
Ohma se limpió la mejilla con el pulgar y probó el líquido. Sus ojos se oscurecieron con una lujuria salvaje que rara vez mostraba. La visión de Setsuna, el hombre que lo acosaba con amor retorcido, ahora humillado y transformado frente a él, despertó un instinto dominante que superaba cualquier técnica de combate.
—Así que ahora eres esto —dijo Ohma, agarrando a Setsuna por el cabello para obligarlo a mirarlo—. Un recipiente.
—Soy lo que tú quieras que sea —respondió Setsuna, con los ojos en blanco, mientras Ohma apretaba sus pechos con fuerza bruta.
La violencia del agarre hizo que más leche brotara, manchando las manos de Ohma. El "Asura" no tuvo piedad. Comenzó un juego de dominación donde cada gemido de Setsuna era respondido con un golpe o un apretón más fuerte. Ohma usó sus dientes, mordiendo los pezones erectos hasta que la sangre se mezcló con la leche, creando un rastro rosado sobre la piel pálida.
—¡Más! ¡Mátame, Ohma! —suplicaba Setsuna, revolviéndose en el suelo mientras Ohma lo despojaba del resto de su ropa.
—No te voy a matar todavía —susurró Ohma al oído de Setsuna, su voz era una vibración baja que hacía vibrar los huesos del otro—. Primero vas a aprender cuál es tu lugar.
Ohma lo forzó a ponerse a cuatro patas, golpeando sus glúteos con la palma de la mano, dejando marcas rojas instantáneas. La sumisión de Setsuna era absoluta; temblaba bajo el toque de su Dios, disfrutando del dolor que se entrelazaba con la sensibilidad extrema de sus pechos.
El acto fue violento, una colisión de cuerpos que buscaban destruirse y poseerse al mismo tiempo. Ohma no fue gentil; cada embestida era un ataque, cada beso era un mordisco. El pecho de Setsuna rebotaba contra el suelo, derramando el líquido experimental mientras la habitación se llenaba del sonido de carne chocando contra carne y los gritos ahogados de placer de un hombre que finalmente encontraba su castigo soñado.
En las gradas, los espectadores esperaban el inicio de los combates, ajenos a la carnicería erótica que ocurría en las entrañas de la arena. Solo Hanafusa, en su oficina, miraba sus monitores con una sonrisa clínica.
—Parece que los niveles de oxitocina están por las nubes —comentó el doctor, anotando en su libreta—. Resultados fascinantes.
Cuando todo terminó, Ohma se puso de pie, dejando a un Setsuna destrozado y cubierto de fluidos en el suelo de baldosas. El pecho del asesino seguía palpitando, irritado y monumental.
—Mañana —dijo Ohma, limpiándose el sudor de la frente—, quiero que vuelvas a ver a ese doctor. No quiero que esto se detenga todavía.
Setsuna, con la mirada perdida y una sonrisa de absoluta locura y devoción, solo pudo asentir mientras intentaba lamer la leche que quedaba en su propio brazo. Había encontrado una nueva forma de adorar a su Dios, y el dolor nunca se había sentido tan dulce.
