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Nuria y jaime

Fandom: Amar es para siempre (serie

Creado: 8/6/2026

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Sentimientos en libertad

El eco de la cerradura al cerrarse tras ellos en el despacho de los Novoa parecía marcar el fin de una era de angustia. Nuria dejó caer su bolso sobre la silla de cuero, sintiendo que el peso de los meses de lucha, de juicios y de noches en vela se desvanecía de golpe. Rafael estaba libre. Lo habían logrado.

Jaime se quitó la americana con un gesto cansado pero triunfante. Se soltó el nudo de la corbata, dejando que el aire fresco de la noche madrileña aliviara la tensión acumulada en sus hombros. Al girarse, se encontró con la mirada azul de Nuria, esa mirada que había sido su único faro en medio de la tormenta legal que casi acaba con su amigo.

—Lo hemos hecho, Nuria —susurró Jaime, acortando la distancia entre ambos—. Sin ti, Rafael seguiría entre rejas.

Nuria sonrió, y Jaime sintió que el corazón le daba un vuelco. A sus veintiséis años, la abogada poseía una determinación que lo cautivaba, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la lámpara de sobremesa, solo veía a la mujer de la que estaba perdidamente enamorado. Su cabello pelirrojo caía en ondas suaves sobre sus hombros, contrastando con la palidez de su piel.

—Lo hemos hecho juntos, Jaime —respondió ella, dando un paso hacia él—. No me atribuyas todo el mérito. Tu astucia con los testigos fue clave.

—Ya no quiero hablar de leyes, ni de juicios, ni de la cárcel —dijo Jaime, colocando sus manos en la cintura de Nuria.

Ella apoyó las manos en el pecho de él, sintiendo el latido acelerado de su corazón a través de la camisa blanca. La cercanía era embriagadora. Llevaban meses conteniendo un deseo que amenazaba con desbordarse en cada reunión de trabajo, en cada café compartido entre legajos.

—¿Y de qué quieres hablar? —preguntó Nuria en un susurro, alzando la vista para encontrarse con los ojos oscuros de Jaime.

—De esto —respondió él antes de inclinar la cabeza y sellar sus labios con los de ella.

El beso fue urgente, cargado de la adrenalina de la victoria y de una necesidad largamente postergada. Nuria enredó sus dedos en el cabello oscuro de Jaime, atrayéndolo más hacia sí, mientras él la estrechaba contra su cuerpo con una posesividad que la hizo estremecer. No era solo afecto; era una explosión de alivio y deseo.

Jaime comenzó a besar su cuello, descendiendo por la línea de su mandíbula mientras sus manos acariciaban la curva de su espalda. Nuria dejó escapar un suspiro entrecortado, echando la cabeza hacia atrás para darle mejor acceso.

—Jaime... aquí no —logró decir ella, aunque sus manos no hacían ademán de soltarlo.

—Tienes razón —murmuró él contra su piel—. Vamos arriba. Mis padres no volverán hasta mañana.

Subieron las escaleras casi sin soltarse, tropezando en su afán por no romper el contacto físico. Una vez en la habitación de Jaime, la penumbra los envolvió, rota solo por la luz de la luna que se filtraba por la ventana.

Jaime se detuvo un momento para observar a Nuria. Estaba radiante, con las mejillas encendidas y los labios ligeramente hinchados por el beso. Con manos temblorosas, él comenzó a desabrochar los botones de la blusa de ella. Uno a uno, los pequeños círculos de nácar cedieron, revelando la lencería de encaje y la piel suave que Jaime tanto había soñado tocar.

—Eres preciosa, Nuria —dijo Jaime con voz ronca—. He pasado tantas noches imaginando este momento.

—Yo también —confesó ella, ayudándolo a deshacerse de la camisa—. Pensé que nunca llegaría el día en que pudiéramos estar así, sin el peso del mundo sobre nosotros.

Cuando la ropa cayó al suelo, el contacto de piel con piel fue como una descarga eléctrica. Jaime la guio hacia la cama, recostándola con delicadeza sobre las sábanas. Se posicionó sobre ella, admirando el contraste de su pelo rojizo contra la almohada blanca.

Sus manos comenzaron a explorar el cuerpo de Nuria con una mezcla de reverencia y hambre. Acarició sus caderas, subiendo por sus costillas hasta llegar a sus pechos, donde se detuvo para mimarlos con sus pulgares. Nuria arqueó la espalda, soltando un gemido que fue música para los oídos de Jaime.

—¿Estás segura? —preguntó él, queriendo asegurarse de que ella estaba en la misma sintonía.

—Nunca he estado más segura de nada en mi vida, Jaime —respondió ella, tirando de él para que volviera a besarla.

Jaime bajó por su cuerpo, dejando un rastro de besos ardientes por su vientre. Cuando sus labios encontraron la intimidad de Nuria, ella apretó las sábanas con fuerza, cerrando los ojos ante la oleada de placer que la recorrió. Era una sensación nueva, abrumadora y maravillosa.

—Jaime, por favor... —suplicó ella, necesitando sentirlo más cerca.

Él regresó a su altura, buscando sus labios una vez más mientras se posicionaba entre sus piernas. Se miraron a los ojos, compartiendo un momento de muda comprensión y amor profundo. Jaime entró en ella con lentitud, con cuidado, queriendo que cada segundo quedara grabado en su memoria.

Nuria soltó un suspiro largo, sintiendo cómo se completaba algo que no sabía que estaba incompleto. Se aferró a los hombros anchos de Jaime, siguiendo el ritmo que él marcaba. Era un baile de piel, sudor y suspiros, una coreografía que sus cuerpos parecían conocer de antemano.

—Te quiero, Nuria —susurró Jaime al oído de ella, su voz quebrada por la emoción.

—Y yo a ti, Jaime —respondió ella, rodeando su cintura con las piernas para atraerlo más hacia su centro.

El ritmo aumentó, volviéndose más frenético a medida que el clímax se acercaba. El despacho, las leyes, los problemas de la familia Novoa... todo desapareció. Solo existían ellos dos, el calor de sus cuerpos y la liberación de una tensión que los había consumido durante meses.

Cuando finalmente el placer los alcanzó, fue como una marea que los arrastró a ambos. Se aferraron el uno al otro, compartiendo el último aliento de esa entrega total, hasta que sus respiraciones comenzaron a acompasarse de nuevo.

Minutos después, tumbados de lado y envueltos en las sábanas, Jaime acariciaba el brazo de Nuria mientras ella apoyaba la cabeza en su pecho. El silencio era cómodo, lleno de la paz que solo llega después de una gran batalla ganada.

—¿En qué piensas? —preguntó Jaime, besando la coronilla de su cabeza.

—En que mañana será el primer día, en mucho tiempo, en el que no despertaré con miedo —respondió Nuria, entrelazando sus dedos con los de él—. Y en que me gustaría despertar así todos los días.

Jaime sonrió, apretándola un poco más contra él.

—Cuenta con ello, Nuria. No pienso dejarte escapar ahora que por fin te tengo.

—¿Es una promesa de abogado? —bromeó ella, levantando un poco la cabeza para mirarlo.

—Es una promesa de un hombre enamorado —sentenció él antes de volver a besarla, esta vez con una ternura que prometía un futuro lleno de noches como aquella.

La noche continuó su curso sobre Madrid, pero en aquella habitación, el tiempo se había detenido. Por fin, después de tanta lucha, la libertad no era solo una sentencia judicial; era el calor de la piel ajena y la certeza de que, pasara lo que pasara, ya no tendrían que enfrentarse al mundo por separado.
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