Fanfy
.studio
Imagen de fondo

Deseo Carnal

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Creado: 8/6/2026

Etiquetas

DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonNovela CortaTragediaEscena Faltante
Índice

Lo que la mariposa y el océano callan

La sede del Cuerpo de Cazadores de Demonios bullía con una actividad contenida, el aire vibrante con el ir y venir de los kakushi, el sonido distante de las katanas chocando contra las rocas de entrenamiento y el murmullo de conversaciones urgentes. En medio de todo, dos figuras destacaban por su quietud, un contraste tan marcado como el día y la noche. Giyu Tomioka permanecía de pie junto a uno de los pilares del porche principal de la finca Ubuyashiki, su mirada perdida en el jardín de rocas, su expresión tan impasible como la superficie de un lago en calma. Su haori, dividido en un rojo sólido y un patrón geométrico de colores, era la única nota discordante en su apariencia serena y monocromática.

Un aroma a glicinas y un ligero perfume medicinal precedió a su llegada.

—Ara, ara, Tomioka-san. ¿Sigues aquí? —La voz de Shinobu Kocho era como el tintineo de campanillas de viento, melódica y ligera—. Pensé que ya te habrías ido a un rincón solitario para meditar sobre por qué nadie te quiere.

Giyu no giró la cabeza. Sus ojos azul lapislázuli se movieron mínimamente para captarla por el rabillo del ojo. Ella estaba allí, con su perpetua sonrisa amable y sus grandes ojos de insecto que parecían verlo todo sin revelar nada. Su haori con diseño de alas de mariposa se mecía suavemente con la brisa, dándole un aire etéreo, casi irreal.

Él no respondió. El silencio era su idioma más elocuente, una barrera que pocos se atrevían a cruzar. Shinobu, sin embargo, disfrutaba saltando sobre esa barrera con una agilidad casi sádica.

—¿Sabes, Tomioka-san? —continuó ella, acercándose hasta quedar a su lado, aunque manteniendo una distancia respetuosa—. Hoy he oído un rumor muy divertido. Decían que un demonio te vio y se asustó tanto de tu cara de pocos amigos que se entregó voluntariamente. ¿No es gracioso?

Un suspiro casi imperceptible escapó de los labios de Giyu.

—Kocho.

Solo su apellido. Una advertencia, una súplica, una simple constatación. Con él, era difícil saberlo.

Shinobu soltó una risita cristalina.

—Vamos, Tomioka-san, no seas tan aburrido. Un poco de humor alarga la vida. Aunque, en nuestro caso, quizás solo la haga más entretenida hasta que llegue el final.

Su comentario, envuelto en alegría, tenía un filo oscuro que solo otro Pilar podía reconocer. La mención de la muerte, tan casual, tan integrada en su día a día. Giyu captó la nota sombría bajo la melodía. Sus miradas se cruzaron por un instante. En la profundidad de los ojos violeta de ella, él no vio la sonrisa de sus labios, sino un abismo de furia y dolor contenido. Y en los suyos, ella vio un océano de soledad y una culpa tan antigua que se había fusionado con su alma.

La conexión se rompió tan rápido como se formó.

—Tengo que irme —dijo él, su voz un murmullo grave y monótono.

—Por supuesto —replicó Shinobu, su sonrisa volviéndose un poco más amplia, un poco más falsa—. Los peces de tu estanque deben estar echándote de menos. ¡No los hagas esperar!

Él no le dedicó una segunda mirada. Simplemente se dio la vuelta y comenzó a caminar, su figura alta y solitaria recortándose contra el sol de la tarde. Shinobu lo observó marchar, la sonrisa fija en su rostro hasta que él desapareció de su vista. Solo entonces, por un brevísimo segundo, la máscara cayó. Su rostro se volvió inexpresivo, sus ojos un vacío púrpura, y una profunda fatiga se asentó en sus delicados hombros. Luego, parpadeó, y la alegre Pilar del Insecto estaba de vuelta, lista para atender a sus pacientes en la Finca Mariposa.

Eran agua y aceite. Colegas que se respetaban en el campo de batalla, pero cuyas personalidades chocaban en la paz. Eso era lo que todos veían. Eso era lo que necesitaban que vieran.

***

La noche cayó sobre la Finca del Agua como un manto de tinta. El lugar era un reflejo de su dueño: grande, impecable y sobrecogedoramente silencioso. El único sonido era el suave murmullo del arroyo que serpenteaba por el jardín y el susurro del viento entre los bambúes. Giyu estaba sentado en el *engawa*, el porche de madera que daba al jardín. Había terminado su patrulla nocturna por los alrededores de su propiedad, un ritual que realizaba sin falta. Ahora, solo quedaba la noche.

La soledad era una vieja compañera, una presencia tan familiar como el peso de su Nichirin en la cintura. No le molestaba. O, más bien, se había acostumbrado tanto a ella que ya no sabía distinguir si le molestaba o no. Era, simplemente, una constante. Como la luna en el cielo o el dolor sordo en su corazón por aquellos que había perdido.

Había sido una misión agotadora. Tres días persiguiendo a un demonio que usaba ilusiones, un enemigo que se deleitaba en mostrarle sus peores miedos, sus fracasos más dolorosos. Le había mostrado a Sabito, con el rostro ensangrentado, preguntándole por qué él había vivido. Le había mostrado a su hermana, Tsutako, protegiéndolo una vez más, su kimono de bodas manchado de carmesí. Giyu lo había decapitado sin vacilar, su espada moviéndose con la precisión helada del agua, pero las imágenes se habían quedado grabadas a fuego en su mente.

Ahora, en la quietud de su hogar, las imágenes volvían. Siempre lo hacían.

Cerró los ojos, concentrándose en el sonido del agua. Era su ancla. La respiración del agua. Calma en la superficie, poder en la profundidad. Pero esa noche, el ancla parecía no tener suficiente peso. Se sentía a la deriva en un mar de recuerdos oscuros.

Un crujido casi inaudible en la madera a su lado le hizo abrir los ojos. No se sobresaltó. Su cuerpo estaba tenso, pero no por sorpresa. Era una tensión de anticipación.

Shinobu estaba allí, sentada de rodillas a su lado, tan silenciosa como una mariposa posándose en una flor. No llevaba su haori, solo su uniforme de cazadora, lo que hacía que su pequeña figura pareciera aún más frágil en la penumbra. Su sonrisa no estaba. Su rostro, iluminado por la pálida luz de la luna que se filtraba entre las nubes, era una máscara de serenidad melancólica.

—Tu casa es tan fría como tú, Tomioka-san —dijo en voz baja, sin el tono burlón de la tarde. Su voz era apenas un susurro.

—Puedes irte si tienes frío —respondió él, su voz igualmente baja, un rumor grave en la noche.

Ella negó con la cabeza lentamente, sus ojos fijos en el jardín oscuro.

—No. A veces… a veces necesito este frío. Me recuerda que sigo viva.

Permanecieron en silencio durante varios minutos. No era el silencio incómodo de dos extraños, ni el silencio tenso de dos rivales. Era un silencio pactado, un espacio que ambos entendían sin necesidad de palabras. Era el preludio.

Fue él quien se movió primero. Se levantó y, sin decir nada, se adentró en la oscuridad de la casa. Shinobu lo siguió sin dudar, sus pasos ligeros apenas haciendo ruido sobre el suelo de madera pulida. Caminaron por los pasillos vacíos, un laberinto de sombras y paneles de papel de arroz, hasta llegar a la habitación de Giyu.

Era tan austera como el resto de la casa. Un futón extendido en el centro, un pequeño escritorio con herramientas para el mantenimiento de su espada y nada más. No había adornos, ni objetos personales. Era el cuarto de un hombre que no esperaba vivir lo suficiente como para acumular recuerdos.

Giyu se detuvo en el centro de la habitación y se giró para mirarla. La luz de la luna entraba por la ventana abierta, dibujando un rectángulo plateado en el suelo y bañando sus figuras en un resplandor fantasmal. En sus ojos, Shinobu vio la tormenta que él siempre ocultaba. El agotamiento, el dolor, la necesidad cruda y desesperada de algo que lo anclara al presente, que ahogara los fantasmas del pasado aunque fuera por unas pocas horas.

Ella dio un paso hacia él, levantando una mano. Sus dedos, finos y pálidos, rozaron el áspero tejido de su uniforme sobre su pecho. No fue una caricia. Fue una pregunta. Él cubrió su mano con la suya, sus dedos grandes y callosos envolviendo los de ella. Fue su respuesta.

No hubo palabras de amor, ni susurros dulces. No era eso lo que buscaban. Lo que vino después fue un ritual tan antiguo como la humanidad misma, despojado de todo artificio. Era un acto de necesidad, un hambre que iba más allá del cuerpo.

Sus manos se movieron con una urgencia febril. Desabrochó los botones dorados del uniforme de ella, mientras Shinobu desataba el cinturón de él, dejando que su katana y su funda cayeran al suelo con un ruido sordo. Las prendas cayeron, una a una, montones de tela oscura en el suelo. Primero los uniformes, su armadura contra el mundo. Luego, él se quitó su haori, doblándolo con un cuidado casi reverente y dejándolo a un lado. Era la memoria de sus amigos, su culpa. Shinobu observó el gesto y luego, con menos ceremonia, se deshizo de las capas interiores, dejando al descubierto su piel pálida y las cicatrices que mapeaban su cuerpo, testimonios silenciosos de batallas pasadas.

La piel de Giyu era un lienzo de músculos tensos y cicatrices más antiguas y profundas. Su cuerpo, aunque delgado, estaba forjado por años de entrenamiento implacable. Era una fortaleza. Shinobu, a su lado, era delicada, casi quebradiza, pero en sus músculos tensos se adivinaba la fuerza contenida de un resorte a punto de saltar.

El frío de la habitación les erizó la piel. Giyu la atrajo hacia él, y el contraste fue inmediato: el frío de la noche contra el calor febril de sus cuerpos. El pecho de Shinobu se apretó contra el de él. Podía sentir el latido rápido y potente de su corazón, un tambor de guerra contra sus costillas. Él hundió el rostro en el hueco de su cuello, inhalando su aroma, una mezcla de flores y antisépticos, de vida y muerte.

—Shinobu —murmuró su nombre contra su piel, y el sonido fue gutural, roto. Era la primera vez que usaba su nombre de pila esa noche, una concesión a la intimidad que solo se permitían en esa habitación.

—No hables —susurró ella, sus dedos enredándose en su cabello negro y desordenado—. No pienses. Solo… siente.

La empujó hacia el futón, cayendo con ella, sobre ella. Sus bocas se encontraron en un beso que no tenía nada de tierno. Era hambriento, desesperado, una colisión de dientes y labios. Era un intento de devorarse el uno al otro, de absorber la fuerza del otro, de silenciar los gritos en sus propias cabezas. Las manos de Giyu recorrieron su espalda, sus caderas, aferrándose a ella como un náufrago a una tabla en medio del océano. Las uñas de Shinobu se clavaron en los músculos de su espalda, dejando marcas rojas en su piel, anclándolo a ella, al ahora.

Se movían juntos con una sincronía nacida de la costumbre. No era el ritmo suave de dos amantes, sino la cadencia frenética de dos guerreros que luchaban contra un enemigo invisible: la soledad, el trauma, la certeza de una muerte prematura. Cada roce, cada embestida, era un golpe contra la oscuridad. El pecho de Shinobu subía y bajaba en una danza agitada, sus jadeos mezclándose con la respiración entrecortada de Giyu. El sonido llenaba la habitación silenciosa, un testimonio crudo y visceral de que estaban vivos, de que sentían.

Para Giyu, el calor del cuerpo de Shinobu bajo el suyo era un ancla. El dolor placentero de sus uñas en su espalda era real, tangible, y ahogaba las voces de los fantasmas. Por un momento, no era el Pilar del Agua, el superviviente culpable. Era solo un hombre, aferrándose a la vida en el cuerpo de una mujer.

Para Shinobu, la fuerza de Giyu, el peso de su cuerpo sobre el de ella, era una forma de rendición. Por unas horas, no tenía que ser fuerte. No tenía que sonreír. No tenía que planear su venganza contra el demonio que mató a su hermana. Podía simplemente existir, sentir el dolor y el placer en su forma más pura, una tormenta física que eclipsaba la tormenta de odio en su corazón. Podía permitirse ser débil en los brazos del único hombre que sabía tan roto como ella.

Alcanzaron el clímax juntos, en una explosión de tensión liberada que los dejó temblando y sin aliento. El grito de ella fue ahogado contra el hombro de él, un sonido de agonía y éxtasis. El gruñido de él fue una exhalación profunda, como si hubiera expulsado todo el aire viciado de sus pulmones.

Y después, el silencio regresó.

***

Cayeron sobre el futón, sus cuerpos cubiertos de sudor, sus miembros entrelazados. Por un largo minuto, permanecieron así, el único movimiento el de sus pechos subiendo y bajando mientras sus respiraciones volvían a la normalidad. El ritual había terminado. La necesidad carnal había sido satisfecha.

Giyu fue el primero en moverse. Se apartó de ella, rodando sobre su espalda para quedar tumbado a su lado. No la abrazó. No le susurró nada al oído. El pacto era claro. El consuelo terminaba con el acto. Ahora, volvían a ser dos islas separadas, aunque compartieran el mismo mar de sábanas revueltas.

Shinobu se acurrucó de costado, dándole la espalda. El aire frío de la noche comenzó a enfriar el sudor en su piel, haciéndola temblar ligeramente. Giyu se incorporó, tomó la manta que había caído al suelo y la extendió sobre ambos, un gesto práctico, casi mecánico.

Yacieron en la oscuridad, escuchando sus propias respiraciones. La luna se había ocultado tras una nube espesa, sumiendo la habitación en una oscuridad casi total.

—A veces me pregunto —la voz de Shinobu rompió el silencio, era suave, desprovista de toda emoción— si esto nos está salvando o simplemente retrasando lo inevitable.

Giyu miró el techo que no podía ver. Su voz, cuando respondió, fue igual de plana.

—Nos mantiene cuerdos.

—¿Cuerdos? —Una risa amarga, sin alegría, escapó de ella—. ¿Tú te sientes cuerdo, Tomioka-san? Yo me siento como un frasco de veneno perfectamente sellado. Cada día, la presión aumenta. Me pregunto cuándo estallaré.

Él no respondió a eso. ¿Qué podía decir? Él se sentía como un océano congelado. Nada en la superficie, pero debajo, las corrientes de la culpa y el arrepentimiento amenazaban con romper el hielo en cualquier momento.

—Esto… —continuó ella, su voz un hilo—. Es como abrir una pequeña válvula de escape. Para que el veneno no nos consuma del todo. No todavía.

—Nos mantiene vivos para la siguiente batalla —dijo Giyu, y esa era su verdad. Cada encuentro con ella, cada vez que se aferraba a su cuerpo como si fuera la única cosa real en el mundo, era un recordatorio visceral de por qué luchaba. Para proteger un mundo donde la gente pudiera amar, reír y tocarse sin la sombra de la muerte sobre sus cabezas. Un mundo del que ellos nunca formarían parte del todo.

Shinobu se giró lentamente para mirarlo. En la penumbra, apenas podía distinguir sus facciones, pero podía sentir la intensidad de su mirada.

—Eres extrañamente poético cuando estás desnudo y en la oscuridad, Tomioka-san. Deberías probarlo más a menudo. Quizás así conseguirías algún amigo.

Ahí estaba. La burla, el sarcasmo. La armadura de Shinobu Kocho volviendo a su sitio, pieza por pieza.

Giyu no se inmutó.

—No necesito amigos.

—Claro que no —dijo ella, y aunque no podía verla, él supo que estaba sonriendo de nuevo, esa sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Ya me tienes a mí para molestarte. Es prácticamente lo mismo.

Se levantó de la cama con la agilidad de un gato. Su silueta desnuda se movió por la habitación con una eficiencia familiar, recogiendo su ropa del suelo. Se vistió en silencio, sus movimientos precisos y económicos. Primero la ropa interior, luego el uniforme. Cada botón abrochado era un muro más que se levantaba entre ellos.

Giyu permaneció en el futón, observándola. Vio cómo la Pilar del Insecto reemplazaba a la mujer vulnerable que había tenido entre sus brazos. Cuando terminó de vestirse, se acercó al futón y se inclinó, su rostro a centímetros del de él. Su aliento olía a té y a la noche.

—Gracias por el… ejercicio, Tomioka-san —dijo, su tono ligero y profesional, como si hubieran estado entrenando—. Ha sido… vigorizante.

Le dio una palmadita en el hombro desnudo, un gesto casual, casi condescendiente. Era el punto final. La transacción había concluido.

—Debo irme. Tengo venenos que mezclar y pacientes que atender al amanecer —añadió, su voz ya con el tono alegre y cantarino que todos conocían.

Se dirigió a la puerta corredera, deslizándola para abrirla sin hacer ruido. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás por encima del hombro.

—No te mueras, ¿de acuerdo? Sería una pena tener que buscar a otro Pilar al que fastidiar.

Y con eso, desapareció en el pasillo oscuro, tan silenciosamente como había llegado. Giyu escuchó sus pasos desvanecerse hasta que el silencio absoluto de su finca lo envolvió de nuevo.

Se quedó tumbado durante mucho tiempo, la manta cubriendo su cuerpo. El lugar a su lado en el futón, donde ella había estado, ya empezaba a sentirse frío. Extendió la mano y tocó la tela. Vacío.

El consuelo era efímero. Una droga potente cuyo efecto se desvanecía demasiado rápido, dejando tras de sí un anhelo aún más profundo. Cerró los ojos. Los fantasmas de Sabito y su hermana seguían allí, en los rincones oscuros de su mente, esperando. Pero ahora, sus voces eran un poco más distantes, sus imágenes un poco más borrosas.

Había sobrevivido otra noche. Había reafirmado su existencia en el calor y la furia de otro cuerpo. Era suficiente. Tenía que serlo.

Porque mañana, se pondría su haori, ceñiría su espada y volvería a ser el Pilar del Agua. Un hombre de gran ecuanimidad, con una expresión tranquila y severa en su rostro. Un océano en calma.

Y nadie sabría nunca de las tormentas que se desataban en sus profundidades, ni de la mariposa que, a veces, se atrevía a volar sobre ellas en la oscuridad de una noche sin luna.
Índice

¿Quieres crear tu propio fanfic?

Regístrate en Fanfy y crea tus propias historias.

Crear mi fanfic