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Creado: 8/6/2026

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Bajo el Embrujo del Caribe

La humedad de la República Dominicana se filtraba por las rendijas de la villa de lujo, mezclándose con el aroma a salitre y jazmín que subía desde la costa. En el interior, el aire acondicionado apenas lograba mitigar el calor sofocante que emanaba de los cuerpos de Sandra y Pascalle. La luz de la luna se filtraba por los ventanales, bañando la piel de ambas con un brillo plateado.

—No sé si es el clima o si eres tú, pero siento que voy a derretirme —susurró Sandra, dejando que sus manos recorrieran la espalda de Pascalle, sintiendo cada músculo definido de la bailarina.

—Es el fuego que tenemos dentro, Sandra —respondió Pascalle con una sonrisa traviesa, mientras se horcajadas sobre ella—. Aquí no hay cámaras, ni guiones, ni hogueras... solo nosotras.

Sandra soltó un suspiro largo, cerrando los ojos cuando Pascalle comenzó a besarle el cuello con una lentitud tortuosa.

—Dios, Pascalle... —gimió la presentadora—. Llevaba todo el día pensando en este momento. Verte bailar hoy en la playa, con ese movimiento de caderas... me estabas volviendo loca.

—¿Ah, sí? —Pascalle se alejó un poco para mirarla a los ojos, sus dedos jugueteando con el borde del encaje de la lencería de Sandra—. Me gusta saber que te provoco eso. Porque tú, con esa mirada de mujer seria y al mando, me haces querer desordenarte entera.

Sandra soltó una carcajada ronca que terminó en un jadeo cuando Pascalle bajó las manos hacia sus muslos, separándolos con firmeza.

—Entonces desordéname —desafió Sandra—. Haz lo que quieras conmigo.

Pascalle no necesitó que se lo repitieran. Se deslizó hacia abajo, recorriendo con la lengua el camino de piel que iba desde el ombligo de Sandra hasta el borde de su intimidad. El contraste de la lengua cálida de la bailarina contra su piel sensible hizo que Sandra arqueara la espalda, hundiendo los dedos en las sábanas de seda.

—Pascalle, por favor... —suplicó Sandra, sintiendo cómo la anticipación la consumía.

—Tranquila, mi amor —murmuró Pascalle contra su piel—. Tenemos toda la noche. Quiero saborearte cada rincón.

La bailarina se deshizo de la última prenda que las separaba y se posicionó entre las piernas de Sandra. Con una delicadeza casi ritual, comenzó a lamer su centro, trazando círculos lentos y precisos que hacían que Sandra perdiera el aliento.

—¡Ahí! —exclamó Sandra, echando la cabeza hacia atrás—. ¡Oh, sí, justo ahí!

—Te gusta, ¿verdad? Estás tan empapada para mí —dijo Pascalle, deteniéndose un segundo para admirar el efecto que causaba en la otra mujer.

—No te detengas, no te atrevas a parar ahora —gruñó Sandra, agarrando el cabello de Pascalle para atraerla de nuevo hacia ella.

Los sonidos de la noche dominicana —el romper de las olas, el canto de los grillos— quedaron eclipsados por el sonido de los besos húmedos y los gemidos de Sandra, que crecían en intensidad. Pascalle usaba su lengua con la misma maestría con la que movía sus pies sobre un escenario, alternando presiones, velocidades y texturas.

—Eres... eres increíble —jadeó Sandra, con la voz quebrada por el placer—. Me vas a matar, Pascalle.

—Aún no —respondió la bailarina, subiendo de nuevo para besarla en los labios, compartiendo el sabor de ambas—. Mira lo que he traído para nosotras.

Pascalle alargó la mano hacia la mesilla de noche y sacó un pequeño juguete de silicona negra, elegante y vibrante. Los ojos de Sandra se dilataron al verlo.

—¿Quieres probarlo? —preguntó Pascalle con voz ronca.

—Sí... Dios, sí. Ponlo sobre mí.

Pascalle encendió el dispositivo, que emitió un zumbido sordo en la habitación. Lo colocó con cuidado sobre el clítoris de Sandra mientras ella misma usaba sus dedos para penetrarla rítmicamente.

—¡Dios mío! —gritó Sandra, sus caderas elevándose involuntariamente de la cama—. ¡Es demasiado! ¡Pascalle, voy a...!

—Mírame, Sandra. Mírame a los ojos mientras te vienes —ordenó Pascalle, aumentando la velocidad de sus dedos y la intensidad de la vibración.

Sandra obedeció, encontrando la mirada ardiente de la bailarina. En ese contacto visual, la conexión fue eléctrica. Sandra sintió que el mundo desaparecía; no había República Dominicana, ni programas de televisión, ni pasado ni futuro. Solo existía el roce, el calor y esa vibración que la estaba llevando al borde del abismo.

—¡Pascalle! ¡Ahora! —chilló Sandra, rompiendo en un orgasmo que sacudió todo su cuerpo.

Se aferró a los hombros de Pascalle, enterrando el rostro en su cuello mientras los espasmos la recorrían. Pascalle la sostuvo con fuerza, susurrándole palabras dulces al oído mientras la tormenta de placer amainaba lentamente.

—Respira, mi vida... respira —decía Pascalle, besando su sien sudorosa.

—Ha sido... —Sandra intentó recuperar el aliento, con el corazón latiendo a mil por hora—. Ha sido lo más intenso que he sentido en años.

—Y no hemos terminado —sonrió Pascalle, girando a Sandra para que quedara sobre ella—. Ahora es mi turno de ver qué puede hacer esa boca de presentadora tan elocuente cuando no está diciendo "hay más imágenes para ti".

Sandra soltó una risa húmeda, recuperando su seguridad. Se lamió los labios, mirando a Pascalle con una intensidad renovada.

—Oh, te aseguro que tengo mucho más que decirte, pero no con palabras —respondió Sandra, bajando la mano para acariciar a Pascalle—. Prepárate, porque no te voy a dejar dormir en toda la noche.

—Eso espero —susurró Pascalle, cerrando los ojos y entregándose al tacto experto de Sandra.

La noche caribeña continuó, testigo mudo de un baile de piel y deseo que apenas estaba comenzando. Entre las sombras de la villa, los gemidos se fundieron con el viento, marcando el ritmo de una pasión que no entendía de guiones ni de finales.
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