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Saliendo de la oscuridad

Fandom: Kengan ashura

Creado: 9/6/2026

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Ecos de un Pecado Sin Nombre

La luz del sol que se filtraba por las rendijas de las persianas de la habitación de hotel se sentía como cuchillas clavándose en los ojos de Setsuna Kiryu. El silencio era absoluto, un contraste violento con el estruendo de los gritos y las burlas que aún resonaban en las paredes de su cráneo. Se incorporó lentamente, sintiendo que cada músculo de su cuerpo protestaba con un dolor sordo y punzante. Al mirar las sábanas revueltas y manchadas, el recuerdo de la noche anterior lo golpeó como un impacto directo al plexo solar.

Había sido una trampa. Una maldita y vil trampa. Él, el "Genio de la Belleza", el hombre que dominaba el Estilo Koei, había sido reducido a nada por un desconocido que aprovechó un momento de vulnerabilidad y una bebida adulterada.

—No... esto no puede estar pasando —susurró con la voz quebrada, notando el escozor en su garganta de tanto haber gritado.

Se puso de pie con torpeza, sus piernas temblaban como si fueran de gelatina. Se sentía sucio, no solo superficialmente, sino como si la inmundicia de aquel hombre se hubiera filtrado bajo su piel, contaminando su sangre. Caminó hacia el baño de su propia habitación, a la que había logrado llegar arrastrándose entre las sombras de los pasillos del hotel de los peleadores, rogando no cruzarse con nadie, especialmente no con Ohma.

Abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua saliera a la temperatura máxima que su cuerpo podía soportar. El vapor llenó el espacio rápidamente, pero ni siquiera el calor abrasador podía quitarle el frío que sentía en los huesos. Se frotó la piel con una esponja hasta que quedó roja y en carne viva, buscando borrar las huellas de esas manos rudas que lo habían sujetado con violencia, pero la sensación de impotencia permanecía intacta.

Pasaron los días tras aquel incidente. Setsuna intentó actuar como si nada hubiera ocurrido. Se presentaba en los entrenamientos, mantenía su fachada de serenidad mística y obsesión por su "Dios", Ohma Tokita. Sin embargo, algo dentro de él se había quebrado. Ya no disfrutaba de la lucha de la misma manera; cada vez que alguien se acercaba demasiado o intentaba sujetarlo durante un intercambio de golpes, un destello de pánico cruzaba sus ojos, algo inaudito para un asesino de su calibre.

Una tarde, mientras caminaba por los jardines de la isla Ganryu, se encontró con Tomoko. La secretaria, a quien él consideraba casi como una hermana, lo miró con una preocupación que no pudo ocultar.

—Setsuna-kun, has estado muy pálido últimamente —dijo ella, acercándose para poner una mano en su hombro.

Kiryu se tensó visiblemente y retrocedió un paso, un gesto instintivo que no pasó desapercibido para la joven.

—Estoy bien, Tomoko. Solo es el cansancio acumulado del torneo —respondió él, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—No me mientas. Aquella noche en el bar... te perdí de vista solo un momento y cuando regresé ya no estabas. Fui a buscarte, pero nadie sabía nada. ¿Qué pasó realmente?

—Nada que deba preocuparte —cortó él con frialdad—. Por favor, déjalo así.

Pero no estaba bien. Con el paso de las semanas, Setsuna empezó a notar cambios que desafiaban toda lógica y conocimiento médico que poseía. Su cuerpo, siempre esbelto y fibroso, empezó a sentirse diferente. Sus pechos estaban sensibles al roce de la ropa, una molestia constante que lo distraía. Sus sentidos se agudizaron de una forma extraña y, lo más alarmante de todo, sentía un peso inusual en su vientre, una sensación de plenitud que no tenía nada que ver con el hambre.

Una mañana, el malestar fue insoportable. Las náuseas lo obligaron a arrodillarse frente al retrete, vaciando su estómago hasta que solo quedó bilis. Se miró al espejo, con el sudor frío recorriendo su frente. Su reflejo le devolvía la imagen de un hombre roto, pero había algo más. Sus facciones parecían más suaves, y al bajar la vista hacia su abdomen, notó una ligera protuberancia que no estaba allí antes.

—No es posible... soy un hombre... —se dijo a sí mismo, apretando los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos—. Esto es una maldición. Un castigo de los dioses por mis pecados.

El destino, sin embargo, tenía otros planes. Mientras intentaba recomponerse, llamaron a su puerta. Era Shion Akiyama, la secretaria de la Asociación Kengan, acompañada por el doctor Hanafusa.

—Kiryu —dijo Shion con tono autoritario pero cargado de una extraña suavidad—, no has asistido a los chequeos obligatorios post-combate. El doctor insiste en que debes ser examinado.

—No es necesario, Shion-san. Me siento perfectamente —mintió Setsuna, tratando de bloquearles el paso.

—Tu cara dice lo contrario —intervino Hanafusa, con esa sonrisa inquietante que siempre llevaba—. Tu ritmo cardíaco es irregular y huelo cambios hormonales desde aquí. Déjame entrar, Setsuna. No me hagas usar la fuerza, sabes que mis herramientas son... persuasivas.

Sin otra opción, Setsuna se hizo a un lado. El examen fue rápido pero exhaustivo. Hanafusa fruncía el ceño mientras pasaba un escáner portátil sobre el cuerpo del peleador. Shion esperaba junto a la ventana, observando la reacción del médico.

De repente, el doctor se detuvo. Sus ojos, usualmente carentes de emoción humana convencional, se abrieron de par en par.

—Esto es... fascinante. Biológicamente imposible según los libros de texto estándar, pero aquí está —murmuró Hanafusa para sí mismo.

—¿Qué sucede? —preguntó Shion, acercándose.

Hanafusa miró a Setsuna, quien estaba sentado en el borde de la cama con la camisa abierta, temblando levemente.

—Setsuna, ¿sabes lo que es la quimera genética o las anomalías de desarrollo embrionario latentes? —preguntó el doctor.

—No sé de qué hablas —respondió Kiryu con voz temblorosa.

—Tienes un sistema reproductivo funcional interno que ha sido "activado" —explicó Hanafusa sin rodeos—. No sé cómo, ni quién, pero estás embarazado, Setsuna. Tienes aproximadamente ocho semanas de gestación.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que parecía asfixiante. Shion soltó un jadeo de sorpresa, cubriéndose la boca con la mano. Setsuna, por su parte, sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. El trauma de aquella noche regresó con una fuerza renovada, golpeándolo con la imagen del hombre que lo había humillado, que lo había llamado "pequeña ramera" mientras le arrebataba su dignidad.

—¡Sácalo! —gritó Setsuna de repente, poniéndose de pie de un salto—. ¡Saca esa cosa de mí! ¡Es un monstruo! ¡No puede estar ahí!

—Cálmate, Kiryu —dijo Shion, intentando sujetarlo, pero él la apartó con violencia.

—¡No me toques! ¡Todo es su culpa! ¡Ese hombre... él me hizo esto! —Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, rompiendo finalmente la máscara de frialdad que había mantenido—. Me dolió tanto... me insultó... me dijo que mi cuerpo era para eso...

Shion, movida por una compasión que rara vez mostraba, se acercó de nuevo y, esta vez, envolvió a Setsuna en un abrazo firme. El peleador, el asesino que todos temían, se derrumbó en sus brazos, llorando como un niño pequeño que ha sido abandonado en la oscuridad.

—Lo siento tanto, Setsuna —susurró ella, acariciando su cabello—. No estás solo. Vamos a protegerte.

Hanafusa observaba la escena con una curiosidad científica matizada por una pizca de empatía humana. Sabía que el cuerpo de Kiryu era un templo de contradicciones, pero esto superaba cualquier cosa que hubiera visto en el submundo de las peleas Kengan.

—El proceso será complicado —advirtió el doctor—. Tu cuerpo luchará contra el feto, pero al mismo tiempo, tu fisiología de peleador está protegiéndolo. Si decides seguir adelante, necesitarás cuidados constantes.

—No quiero... —sollozó Setsuna—. Pero es... es una vida, ¿verdad?

En su mente distorsionada, una idea empezó a formarse. Si ese niño nacía, ¿sería un recordatorio eterno de su dolor o una oportunidad de redención? ¿Podría amar a algo nacido de tanto odio?

Días después, la noticia (aunque mantenida en estricto secreto por la Asociación) llegó a oídos de ciertos individuos. Raian Kure, con su habitual arrogancia, intentó burlarse cuando se cruzó con Setsuna en el comedor del hotel.

—Oye, Kiryu, he oído que te has vuelto más "suave". ¿Qué pasa? ¿Te has convertido finalmente en la mujer que todos sabíamos que eras? —rio Raian, mostrando sus dientes afilados.

Setsuna no respondió. Simplemente bajó la cabeza, pero antes de que Raian pudiera continuar, una figura imponente se interpuso entre ellos. Era Ohma Tokita.

—Déjalo en paz, Raian —dijo Ohma con una voz profunda y amenazante.

—¿Oh? ¿El "Asura" defendiendo a su acosador? Esto es nuevo.

—He dicho que lo dejes —repitió Ohma, activando levemente su Advance, haciendo que el aire alrededor vibrara.

Raian gruñó, reconociendo que no era el momento para una pelea total, y se alejó pateando una silla. Ohma se giró hacia Setsuna. Lo miró intensamente, notando el cambio en su aura. Ya no había esa sed de sangre desquiciada, sino una fragilidad que le resultaba extrañamente dolorosa de presenciar.

—Setsuna —dijo Ohma, suavizando el tono—. Yamashita-san me contó algo. No todo, pero lo suficiente.

—Ohma... mi Dios... no deberías verme así. Estoy manchado. Ya no soy digno de ser sacrificado por tus manos —murmuró Kiryu, sin atreverse a mirarlo a los ojos.

Ohma hizo algo que nadie esperaba. Extendió su mano y la colocó sobre la cabeza de Setsuna, revolviendo su cabello con una ternura que el otro hombre nunca había experimentado.

—No digas estupideces. Sigues siendo un peleador. Y si alguien te hizo daño, yo mismo me encargaré de que no vuelva a respirar. Pero ahora, tienes que sobrevivir. No por mí, sino por ti mismo.

Ese pequeño gesto de protección encendió una chispa en el corazón de Setsuna. Por primera vez en su vida, el amor que sentía por Ohma no era solo una obsesión destructiva, sino algo que le daba fuerzas para enfrentar la pesadilla que crecía en su interior.

Esa noche, de vuelta en su habitación, Setsuna se desvistió frente al espejo. Sus manos, antes instrumentos de muerte, bajaron con delicadeza hasta su vientre. El dolor seguía ahí, el trauma de la violación no se borraría fácilmente, y las burlas de aquel hombre sobre su cuerpo "de ramera" seguían doliendo. Pero al sentir un pequeño latido, casi imperceptible, una determinación nueva nació en él.

—No dejaré que te hagan daño —susurró a la oscuridad—. Serás fuerte. Serás un peleador. Y yo... yo aprenderé a ser algo más que un monstruo.

Sin embargo, el camino hacia la curación sería largo. Las pesadillas regresaban cada vez que cerraba los ojos: el olor a alcohol del agresor, la fuerza bruta de sus manos, el sonido de su ropa desgarrándose. En esos momentos, se abrazaba a sí mismo, buscando el calor que Shion y Ohma le habían ofrecido.

Yamashita, el hombre que siempre veía lo mejor en los demás, se encargó de que Setsuna tuviera la mejor alimentación y descanso. Incluso Kaede, la secretaria de Ohma, le llevaba libros y música para calmar sus nervios. El mundo de Kengan, conocido por su brutalidad y falta de escrúpulos, se había unido de una forma extraña para proteger a uno de los suyos que había sufrido lo indecible.

Pero la sombra del agresor aún acechaba en los rincones de su mente. Setsuna sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse no solo a las secuelas físicas, sino al odio que sentía por sí mismo. El embarazo avanzaba, y con él, una transformación que iba más allá de lo biológico. Setsuna Kiryu estaba muriendo, y alguien nuevo, alguien que conocía el verdadero significado del dolor y la vulnerabilidad, estaba naciendo de sus cenizas.

—Algún día —se prometió a sí mismo mientras miraba la luna desde su balcón—, volveré a ser el "Genio de la Belleza". Pero esta vez, mi belleza no nacerá de la locura, sino de la fuerza para superar el infierno.

Mientras tanto, en las sombras de la isla, un hombre sonreía, sin saber que había despertado a un demonio que ya no buscaba la muerte, sino la protección de lo único puro que le quedaba en la vida. La pesadilla no había terminado, pero Setsuna Kiryu ya no estaba solo en la oscuridad. Tenía amigos, tenía a su "Dios", y tenía una vida creciendo dentro de él que le exigía ser más fuerte de lo que jamás había sido en la arena de combate.
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