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Creado: 9/6/2026

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Bajo las luces de neón

El camerino principal de la cadena nacional olía a una mezcla embriagadora de laca para el cabello, perfume caro y el aroma metálico de los equipos electrónicos encendidos. Sandra, la presentadora estrella del horario estelar, se observaba en el espejo con una intensidad que nada tenía que ver con la vanidad. Su piel morena resplandecía bajo las luces del tocador, y su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Era la imagen de la sofisticación, la mujer que todo el país admiraba cada noche, pero en ese momento, sus dedos temblaban ligeramente mientras retocaba su labial carmín.

La puerta se abrió sin previo aviso. No hubo necesidad de preguntar quién era; solo una persona se atrevía a entrar en su santuario personal sin llamar.

Pascalle entró con la energía vibrante que la caracterizaba. Era el contraste perfecto para Sandra: una visión de cabellos rubios platino y ojos de un azul tan profundo que parecían cristales de hielo. Como la bailarina principal del programa de variedades que precedía al informativo de Sandra, Pascalle todavía llevaba puesto su atuendo de escena: un body de encaje blanco que resaltaba cada músculo definido de su cuerpo y unas medias de red que hacían que sus piernas parecieran infinitas.

— Te he visto desde las pantallas de los pasillos —dijo Pascalle, cerrando la puerta con el pie y girando el seguro con un clic seco—. Pareces distraída hoy, Sandra.

Sandra dejó el labial sobre la mesa y se giró en su silla giratoria, cruzando sus largas piernas cubiertas por un vestido de seda entallado.

— Es una noche de mucha audiencia, Pascalle. Los nervios son normales —respondió Sandra, aunque su voz traicionaba una nota de deseo que intentaba ocultar tras su fachada profesional.

Pascalle se acercó lentamente, moviéndose con la gracia felina de quien domina el escenario. Se detuvo justo frente a Sandra, obligando a la presentadora a inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.

— Mientes —susurró la bailarina, extendiendo una mano para acariciar la mandíbula de la morena—. No son los nervios por las cámaras. Es el hecho de que llevas toda la tarde sintiéndome bailar desde el otro lado del muro.

Sandra cerró los ojos ante el contacto. Pascalle tenía razón. Durante los ensayos, Sandra se había quedado paralizada en las sombras del plató, observando cómo Pascalle se movía, cómo su cuerpo se arqueaba y cómo el sudor hacía que su piel brillara bajo los focos.

— Tienes un programa que empezar en quince minutos —advirtió Sandra, aunque sus manos se posaron casi por instinto en la cintura de la rubia.

— El director puede esperar. Los anunciantes pueden esperar —Pascalle se inclinó, su aliento cálido rozando la oreja de Sandra—. Pero yo no puedo esperar ni un segundo más.

Sin previo aviso, Pascalle se sentó a horcajadas sobre los muslos de Sandra. El contraste entre la seda oscura del vestido de la presentadora y la piel pálida de la bailarina era una imagen que Sandra sabía que la perseguiría en sus sueños. La morena soltó un suspiro entrecortado, sus dedos hundiéndose en la carne firme de las caderas de Pascalle.

— Alguien podría entrar, los de seguridad... —intentó protestar Sandra, pero sus palabras murieron cuando Pascalle capturó sus labios en un beso voraz.

Era un beso que sabía a urgencia y a secretos guardados durante meses de miradas compartidas en los pasillos de la televisión. La lengua de Pascalle exploró la boca de Sandra con una confianza absoluta, reclamando un territorio que ya sentía como suyo. Sandra gimió contra sus labios, perdiendo la batalla contra su propio autocontrol. Sus manos subieron por la espalda de la bailarina, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo el encaje.

— Estás tan tensa —murmuró Pascalle al separarse apenas unos milímetros, sus ojos azules brillando con una chispa de travesura y poder—. Necesitas relajarte antes de leer las noticias, querida.

— No creo que esto ayude a mi concentración —respondió Sandra, con la respiración agitada.

— Oh, te aseguro que después de esto, tu voz será mucho más profunda y sugerente para los espectadores.

Pascalle bajó una de sus manos, deslizándola por el escote del vestido de Sandra. La piel morena reaccionaba al tacto de la rubia con una sensibilidad eléctrica. Cuando los dedos de Pascalle encontraron el borde del encaje de la lencería de Sandra, la presentadora arqueó la espalda, su cabeza cayendo hacia atrás mientras exponía su cuello largo y elegante.

— Pascalle, por favor... —suplicó, sin saber exactamente si pedía que se detuviera o que continuara.

— Shh —la calló la bailarina, depositando besos húmedos a lo largo de su clavícula—. Déjame ser tu centro de atención hoy. Olvida las cámaras. Solo somos tú, yo y este espejo que nos devuelve la imagen de lo que realmente quieres.

Sandra miró hacia el espejo y vio la escena. La imagen era poderosa: ella, la mujer seria y respetada, sometida al deseo de la joven bailarina que la devoraba con la mirada. Ver su propio reflejo, la expresión de puro placer en su rostro, solo sirvió para encender más la llama.

Las manos de Pascalle se volvieron más audaces, moviéndose con la precisión de alguien que conoce el ritmo de un cuerpo tan bien como el de una coreografía. Sandra se encontró aferrándose a los hombros de la rubia, sus uñas clavándose levemente en la piel de Pascalle mientras el placer comenzaba a irradiar desde su vientre hacia cada fibra de su ser.

— Eres tan hermosa, Sandra —susurró Pascalle, su voz volviéndose un ronroneo—. Tan perfecta y tan contenida. Me encanta romper esa calma tuya.

El ambiente en el camerino se volvió denso, cargado de una electricidad que superaba a cualquier equipo de alta tensión del edificio. Los sonidos de la televisión en el monitor de la pared —el murmullo lejano de un comercial y la música de transición— parecían pertenecer a otro universo. En ese espacio reducido, el mundo se limitaba al roce de la piel, al aroma del deseo y al sonido de dos respiraciones que se volvían una sola.

Sandra sintió que el clímax se acercaba, una ola de calor que amenazaba con desbordarla. Se aferró a Pascalle, buscando el ancla en medio de la tormenta de sensaciones. La bailarina, experta en leer el lenguaje corporal, aceleró el ritmo, sus dedos trabajando con una maestría que dejó a Sandra sin aliento.

— Eso es... mírame —ordenó Pascalle.

Sandra abrió los ojos y se encontró con ese azul gélido que ahora ardía con un fuego interno. En el momento en que el mundo de Sandra estalló en mil pedazos de luz y color, el nombre de Pascalle escapó de sus labios en un grito ahogado que quedó sepultado contra el hombro de la rubia.

Se quedaron así durante unos minutos, el único sonido era el tic-tac del reloj de pared y sus corazones latiendo desbocados. Pascalle acariciaba el cabello de Sandra con ternura, permitiendo que la morena recuperara la compostura.

— Tienes un minuto para retocarte el maquillaje —dijo Pascalle finalmente, con una sonrisa triunfal mientras se deslizaba fuera del regazo de Sandra y se ponía de pie, alisando su body de encaje como si nada hubiera pasado.

Sandra parpadeó, tratando de regresar a la realidad. Sus piernas todavía se sentían como gelatina, pero había una nueva luz en sus ojos, una satisfacción que ninguna cifra de audiencia podría darle jamás.

— Eres un peligro para mi carrera, Pascalle —dijo Sandra, aunque su voz no tenía rastro de reproche.

Pascalle se acercó a la puerta, pero antes de salir, se giró y le guiñó un ojo.

— No, Sandra. Soy lo mejor que le ha pasado a tu carrera. Ahora ve allí y diles las noticias con esa sonrisa que solo yo sé provocarte.

La bailarina salió del camerino con un paso ligero, dejando tras de sí un rastro de perfume y una tensión que tardaría horas en disiparse. Sandra se miró al espejo, se arregló el vestido y tomó el labial carmín una vez más. Se pintó los labios con mano firme, se puso de pie y se dirigió hacia el plató.

Cuando las luces rojas de las cámaras se encendieron y el regidor gritó "¡Cinco segundos!", Sandra miró directamente a la lente. Sabía que en algún lugar de los monitores de detrás de escena, unos ojos azules la observaban.

— Muy buenas noches —dijo Sandra, y su voz sonó, tal como prometió Pascalle, más profunda, más segura y más viva que nunca—. Bienvenidos a las noticias de las diez.
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