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Amar es para siempre
Fandom: Amar es para siempre
Creado: 9/6/2026
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RomanceDramaHistóricoHistoria DomésticaRealismoEstudio de PersonajeLenguaje ExplícitoCrimenNovela CortaNovela RománticaRecortes de Vida
Entre códigos y caricias
El trayecto en el ascensor hasta el piso de Nuria había transcurrido en un silencio cargado, de esos que pesan más que las palabras y que hacen que el aire se vuelva denso, casi eléctrico. Nuria buscó las llaves en su bolso con una torpeza impropia de una abogada de su temple, mientras sentía la mirada de Jaime fija en su nuca, una presencia constante y cálida que la hacía estremecer.
Al abrir la puerta, apenas tuvieron tiempo de dejar las carteras sobre el mueble de la entrada. La luz de la luna se filtraba por el ventanal del salón, bañando los muebles de madera y las estanterías repletas de libros jurídicos con un tono plateado.
—¿Estás segura de esto, Nuria? —preguntó Jaime, su voz era un susurro ronco que vibró en la pequeña estancia.
Ella se giró, encontrándose con esos ojos oscuros que tanto la habían desafiado en los juzgados y que ahora la desarmaban por completo. Se acercó a él, acortando la distancia hasta que las puntas de sus zapatos tocaron las de él.
—Llevo meses queriendo que dejes de hablar de leyes y empieces a hablarme así, Jaime —respondió ella, alzando la mano para delinear el contorno de su barba descuidada—. Tan cerca que no pueda pensar en nada más.
Jaime soltó un suspiro contenido y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. La diferencia de altura obligaba a Nuria a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la palidez de su cuello.
—He pasado demasiadas noches imaginando cómo sería entrar aquí —confesó él, hundiendo los dedos en la melena pelirroja de ella—. Cómo sería estar a solas, sin el bufete, sin los problemas de tu padre, sin el peso del mundo sobre nosotros.
—Pues ya no tienes que imaginarlo —dijo Nuria, antes de sellar sus labios con los de él.
El beso fue urgente, una colisión de deseos contenidos durante demasiado tiempo. Jaime la empujó suavemente hacia la pared, sus manos recorriendo la espalda de ella con una mezcla de desesperación y reverencia. Nuria gimió entre sus labios, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Jaime, tirando con suavidad para profundizar el contacto.
—Espera —murmuró Jaime, separándose apenas unos milímetros, jadeando—. Nuria, si seguimos... no voy a poder detenerme. No quiero que mañana te arrepientas de haberme dejado pasar.
Nuria lo miró fijamente; sus ojos azules, habitualmente gélidos y analíticos, ardían con una determinación nueva.
—Jaime, soy abogada, sé perfectamente lo que firmo —dijo ella con una sonrisa ladeada, intentando aportar una pizca de su humor habitual para calmar los nervios—. Y en este contrato, no hay cláusulas de rescisión. Te quiero aquí. Conmigo.
Él no necesitó más. La levantó en vilo, y Nuria rodeó su cintura con las piernas, riendo suavemente ante la sorpresa. La guio hacia el dormitorio, donde la cama estaba perfectamente hecha, aunque no por mucho tiempo. La depositó sobre las sábanas con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos.
Jaime comenzó a desabrocharse la camisa, sin apartar la vista de ella. Nuria observó cómo los músculos de sus hombros se tensaban bajo la tela hasta que la prenda cayó al suelo.
—Estás preciosa bajo esta luz —dijo él, arrodillándose en el borde de la cama para ayudarla a quitarse el vestido.
—Y tú hablas demasiado —replicó ella, aunque su voz temblaba ligeramente cuando los dedos de Jaime rozaron la piel de su abdomen.
El vestido se deslizó, revelando la lencería de encaje que Nuria había elegido casi por instinto esa mañana. Jaime se detuvo un segundo, admirando la curva de su cadera y el contraste de su piel clara con el rojo de su cabello desparramado sobre la almohada.
—A veces olvido que debajo de esa toga hay una mujer capaz de volverme loco —comentó él, bajando la cabeza para besar la línea de su clavícula.
—No lo olvides nunca —susurró ella, arqueando la espalda cuando sintió la humedad de su lengua contra su piel—. Jaime... por favor.
Él se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, volviendo al lado de ella para envolverla en un abrazo de piel contra piel. El calor que emanaba de Jaime era reconfortante, un ancla en medio de la tormenta de sensaciones que amenazaba con desbordarla.
Sus manos comenzaron un baile de exploración. Jaime era meticuloso, como si estuviera estudiando un caso fundamental, prestando atención a cada reacción de Nuria, a cada jadeo, a cada vez que sus uñas se clavaban en sus hombros.
—Dime qué te gusta —pidió él al oído, su aliento caliente provocándole escalofríos—. No quiero dejar ni un centímetro de ti sin conocer.
—Me gustas tú —respondió ella, girándose para quedar sobre él—. Me gusta que seas el único capaz de sacarme de mis casillas y el único que sabe cómo hacerme sentir así.
Nuria bajó por su pecho, dejando un rastro de besos sobre sus pectorales, deleitándose con el sonido del corazón de Jaime latiendo con fuerza. Cuando llegó a su vientre, Jaime soltó un gruñido ahogado y la atrajo de nuevo hacia arriba, incapaz de soportar más la tortura deliciosa de sus labios.
—Eres una negociadora implacable, Nuria —dijo él, con una sonrisa forzada por el deseo—. Pero ahora mismo, me rindo incondicionalmente.
Se movieron juntos, una coreografía de cuerpos que se conocían por primera vez pero que parecían haber estado buscándose toda la vida. Jaime entró en ella con un movimiento lento, observando cómo las pupilas de Nuria se dilataban y cómo su nombre escapaba de sus labios como una oración.
—Mírame —le pidió él, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la almohada.
Nuria obedeció. En ese momento, no eran dos abogados de éxito en la España de los 60, no eran rivales ni aliados políticos. Eran simplemente Nuria y Jaime, despojados de todas sus defensas.
El ritmo aumentó, volviéndose más errático y urgente. El sonido de sus respiraciones acompasadas llenaba la habitación, compitiendo con el lejano rumor del tráfico de Madrid. Nuria sentía que el mundo se reducía a ese espacio, a la fricción de sus cuerpos y a la intensidad de la mirada de Jaime.
—Jaime, yo... —empezó ella, pero las palabras se perdieron en un suspiro largo cuando el clímax empezó a envolverla.
—Estoy aquí, Nuria. No te sueltes —respondió él, apretándola contra sí mientras él también alcanzaba el límite, dejándose llevar por la marea de sensaciones.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, abrazados, esperando a que sus corazones recuperaran su ritmo habitual. El sudor hacía que sus cuerpos se pegaran, pero ninguno de los dos hizo ademán de moverse.
—¿En qué piensas? —preguntó Jaime pasado un rato, acariciando el hombro de ella.
Nuria apoyó la barbilla en su pecho y sonrió.
—En que mañana tenemos esa vista en el juzgado de primera instancia —dijo ella, soltando una pequeña carcajada al ver la cara de incredulidad de él.
—¿En serio? ¿Acabamos de hacer esto y piensas en el juez Garrido? —Jaime fingió indignación, aunque sus ojos brillaban de diversión.
—Pienso —continuó ella, dándole un golpecito en la nariz— que te va a costar mucho concentrarte cuando me veas con la toga puesta y recuerdes que hace unas horas no llevaba nada.
Jaime la rodeó con los brazos y la giró, quedando él encima, atrapándola entre el colchón y su cuerpo.
—Eso es un golpe bajo, abogada Hidalgo. Una táctica muy sucia.
—Lo aprendí del mejor, abogado Novoa —replicó ella, tirando de él para volver a besarlo.
—¿Sabes? —dijo Jaime, poniéndose serio por un momento mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara—. He tardado mucho en atreverme a dar este paso. Tenía miedo de arruinar nuestra amistad, de arruinar el trabajo.
Nuria le acarició la mejilla, sintiendo la aspereza de su barba.
—Nada de lo que pase entre nosotros puede ser un error, Jaime. Lo que tenemos... es real. Más real que cualquier papel que firmemos en el despacho.
—Lo sé —asintió él—. Y ahora que he descubierto cómo es despertar contigo, o al menos cómo es estar así contigo, no pienso dejar que nada nos separe. Ni la política, ni las familias, ni los juicios pendientes.
Nuria se acurrucó contra él, sintiéndose protegida y, por primera vez en mucho tiempo, en casa.
—Me parece un trato justo —susurró ella, cerrando los ojos—. Pero ahora, guarda silencio. Mañana el mundo volverá a ser complicado, pero esta noche es nuestra.
Jaime la besó en la frente y la estrechó más fuerte, mientras el sueño empezaba a vencerlos en la penumbra del piso de Nuria, donde el aroma a café y libros viejos se mezclaba ahora con el perfume de una pasión que acababa de empezar a escribirse.
Al abrir la puerta, apenas tuvieron tiempo de dejar las carteras sobre el mueble de la entrada. La luz de la luna se filtraba por el ventanal del salón, bañando los muebles de madera y las estanterías repletas de libros jurídicos con un tono plateado.
—¿Estás segura de esto, Nuria? —preguntó Jaime, su voz era un susurro ronco que vibró en la pequeña estancia.
Ella se giró, encontrándose con esos ojos oscuros que tanto la habían desafiado en los juzgados y que ahora la desarmaban por completo. Se acercó a él, acortando la distancia hasta que las puntas de sus zapatos tocaron las de él.
—Llevo meses queriendo que dejes de hablar de leyes y empieces a hablarme así, Jaime —respondió ella, alzando la mano para delinear el contorno de su barba descuidada—. Tan cerca que no pueda pensar en nada más.
Jaime soltó un suspiro contenido y la tomó por la cintura, atrayéndola hacia su cuerpo. La diferencia de altura obligaba a Nuria a inclinar la cabeza hacia atrás, exponiendo la palidez de su cuello.
—He pasado demasiadas noches imaginando cómo sería entrar aquí —confesó él, hundiendo los dedos en la melena pelirroja de ella—. Cómo sería estar a solas, sin el bufete, sin los problemas de tu padre, sin el peso del mundo sobre nosotros.
—Pues ya no tienes que imaginarlo —dijo Nuria, antes de sellar sus labios con los de él.
El beso fue urgente, una colisión de deseos contenidos durante demasiado tiempo. Jaime la empujó suavemente hacia la pared, sus manos recorriendo la espalda de ella con una mezcla de desesperación y reverencia. Nuria gimió entre sus labios, enredando sus dedos en el cabello oscuro de Jaime, tirando con suavidad para profundizar el contacto.
—Espera —murmuró Jaime, separándose apenas unos milímetros, jadeando—. Nuria, si seguimos... no voy a poder detenerme. No quiero que mañana te arrepientas de haberme dejado pasar.
Nuria lo miró fijamente; sus ojos azules, habitualmente gélidos y analíticos, ardían con una determinación nueva.
—Jaime, soy abogada, sé perfectamente lo que firmo —dijo ella con una sonrisa ladeada, intentando aportar una pizca de su humor habitual para calmar los nervios—. Y en este contrato, no hay cláusulas de rescisión. Te quiero aquí. Conmigo.
Él no necesitó más. La levantó en vilo, y Nuria rodeó su cintura con las piernas, riendo suavemente ante la sorpresa. La guio hacia el dormitorio, donde la cama estaba perfectamente hecha, aunque no por mucho tiempo. La depositó sobre las sábanas con una delicadeza que contrastaba con la fuerza de sus manos.
Jaime comenzó a desabrocharse la camisa, sin apartar la vista de ella. Nuria observó cómo los músculos de sus hombros se tensaban bajo la tela hasta que la prenda cayó al suelo.
—Estás preciosa bajo esta luz —dijo él, arrodillándose en el borde de la cama para ayudarla a quitarse el vestido.
—Y tú hablas demasiado —replicó ella, aunque su voz temblaba ligeramente cuando los dedos de Jaime rozaron la piel de su abdomen.
El vestido se deslizó, revelando la lencería de encaje que Nuria había elegido casi por instinto esa mañana. Jaime se detuvo un segundo, admirando la curva de su cadera y el contraste de su piel clara con el rojo de su cabello desparramado sobre la almohada.
—A veces olvido que debajo de esa toga hay una mujer capaz de volverme loco —comentó él, bajando la cabeza para besar la línea de su clavícula.
—No lo olvides nunca —susurró ella, arqueando la espalda cuando sintió la humedad de su lengua contra su piel—. Jaime... por favor.
Él se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, volviendo al lado de ella para envolverla en un abrazo de piel contra piel. El calor que emanaba de Jaime era reconfortante, un ancla en medio de la tormenta de sensaciones que amenazaba con desbordarla.
Sus manos comenzaron un baile de exploración. Jaime era meticuloso, como si estuviera estudiando un caso fundamental, prestando atención a cada reacción de Nuria, a cada jadeo, a cada vez que sus uñas se clavaban en sus hombros.
—Dime qué te gusta —pidió él al oído, su aliento caliente provocándole escalofríos—. No quiero dejar ni un centímetro de ti sin conocer.
—Me gustas tú —respondió ella, girándose para quedar sobre él—. Me gusta que seas el único capaz de sacarme de mis casillas y el único que sabe cómo hacerme sentir así.
Nuria bajó por su pecho, dejando un rastro de besos sobre sus pectorales, deleitándose con el sonido del corazón de Jaime latiendo con fuerza. Cuando llegó a su vientre, Jaime soltó un gruñido ahogado y la atrajo de nuevo hacia arriba, incapaz de soportar más la tortura deliciosa de sus labios.
—Eres una negociadora implacable, Nuria —dijo él, con una sonrisa forzada por el deseo—. Pero ahora mismo, me rindo incondicionalmente.
Se movieron juntos, una coreografía de cuerpos que se conocían por primera vez pero que parecían haber estado buscándose toda la vida. Jaime entró en ella con un movimiento lento, observando cómo las pupilas de Nuria se dilataban y cómo su nombre escapaba de sus labios como una oración.
—Mírame —le pidió él, entrelazando sus dedos con los de ella sobre la almohada.
Nuria obedeció. En ese momento, no eran dos abogados de éxito en la España de los 60, no eran rivales ni aliados políticos. Eran simplemente Nuria y Jaime, despojados de todas sus defensas.
El ritmo aumentó, volviéndose más errático y urgente. El sonido de sus respiraciones acompasadas llenaba la habitación, compitiendo con el lejano rumor del tráfico de Madrid. Nuria sentía que el mundo se reducía a ese espacio, a la fricción de sus cuerpos y a la intensidad de la mirada de Jaime.
—Jaime, yo... —empezó ella, pero las palabras se perdieron en un suspiro largo cuando el clímax empezó a envolverla.
—Estoy aquí, Nuria. No te sueltes —respondió él, apretándola contra sí mientras él también alcanzaba el límite, dejándose llevar por la marea de sensaciones.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas, abrazados, esperando a que sus corazones recuperaran su ritmo habitual. El sudor hacía que sus cuerpos se pegaran, pero ninguno de los dos hizo ademán de moverse.
—¿En qué piensas? —preguntó Jaime pasado un rato, acariciando el hombro de ella.
Nuria apoyó la barbilla en su pecho y sonrió.
—En que mañana tenemos esa vista en el juzgado de primera instancia —dijo ella, soltando una pequeña carcajada al ver la cara de incredulidad de él.
—¿En serio? ¿Acabamos de hacer esto y piensas en el juez Garrido? —Jaime fingió indignación, aunque sus ojos brillaban de diversión.
—Pienso —continuó ella, dándole un golpecito en la nariz— que te va a costar mucho concentrarte cuando me veas con la toga puesta y recuerdes que hace unas horas no llevaba nada.
Jaime la rodeó con los brazos y la giró, quedando él encima, atrapándola entre el colchón y su cuerpo.
—Eso es un golpe bajo, abogada Hidalgo. Una táctica muy sucia.
—Lo aprendí del mejor, abogado Novoa —replicó ella, tirando de él para volver a besarlo.
—¿Sabes? —dijo Jaime, poniéndose serio por un momento mientras le apartaba un mechón de pelo de la cara—. He tardado mucho en atreverme a dar este paso. Tenía miedo de arruinar nuestra amistad, de arruinar el trabajo.
Nuria le acarició la mejilla, sintiendo la aspereza de su barba.
—Nada de lo que pase entre nosotros puede ser un error, Jaime. Lo que tenemos... es real. Más real que cualquier papel que firmemos en el despacho.
—Lo sé —asintió él—. Y ahora que he descubierto cómo es despertar contigo, o al menos cómo es estar así contigo, no pienso dejar que nada nos separe. Ni la política, ni las familias, ni los juicios pendientes.
Nuria se acurrucó contra él, sintiéndose protegida y, por primera vez en mucho tiempo, en casa.
—Me parece un trato justo —susurró ella, cerrando los ojos—. Pero ahora, guarda silencio. Mañana el mundo volverá a ser complicado, pero esta noche es nuestra.
Jaime la besó en la frente y la estrechó más fuerte, mientras el sueño empezaba a vencerlos en la penumbra del piso de Nuria, donde el aroma a café y libros viejos se mezclaba ahora con el perfume de una pasión que acababa de empezar a escribirse.
