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Kook mirame
Fandom: Army and stay
Creado: 9/6/2026
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DramaAngustiaDolor/ConsueloHistoria DomésticaEstudio de PersonajeCelosRomancePsicológicoTragediaOscuro
El eco de una jaula de cristal
La mansión de los Jeon siempre olía a sándalo y a una limpieza clínica que rozaba lo inhumano. Para Yoongi, ese aroma era el recordatorio constante de su realidad: una vida perfecta en apariencia, pero gélida en su esencia. Se movía por los pasillos con pasos suaves, casi flotando, temeroso de romper el silencio sepulcral que Jungkook tanto apreciaba.
Eran las siete de la tarde. El reloj de pared, una pieza de anticuario que costaba más que la casa de cualquier mortal, marcaba el ritmo de la ansiedad de Yoongi. Jungkook llegaría en cualquier momento.
Yoongi se alisó el delantal de seda rosa sobre sus pantalones blancos. Había pasado tres horas en la cocina preparando *galbitang*, el plato favorito de Jungkook, aunque este apenas probara bocado la mayoría de las veces. Con cuidado minucioso, colocó los cuencos en la mesa, asegurándose de que la simetría fuera perfecta. Jungkook odiaba el desorden.
El sonido del motor de un coche de lujo anunció el fin de la espera. El corazón de Yoongi dio un vuelco, una mezcla de terror infantil y una devoción ciega que no podía controlar. Corrió hacia la entrada, entrelazando sus dedos con nerviosismo.
La puerta se abrió y el aire frío del exterior pareció entrar junto a la figura imponente de Jeon Jungkook. Vestía un traje gris marengo hecho a medida que acentuaba su porte de empresario implacable. Su rostro, una máscara de mármol perfectamente tallada, no mostraba ni rastro de cansancio, pero tampoco de alegría.
—¡Kookie! —exclamó Yoongi con una vocecita dulce, casi quebradiza—. Bienvenido a casa. Te extrañé mucho.
Yoongi se acercó con los brazos abiertos, buscando el contacto físico que era su único combustible. Jungkook se detuvo en seco, permitiendo que el cuerpo pequeño y cálido de su esposo se pegara al suyo. Yoongi rodeó su cintura con fuerza, hundiendo la nariz en el pecho del más alto, aspirando el aroma a perfume caro y a ese frío que siempre traía consigo.
—Suéltame, Yoongi —dijo Jungkook. Su voz era seca, como el crujir de hojas secas bajo el invierno—. Sabes que no me gusta que me asaltes en la puerta.
—Solo quería darte un beso de bienvenida —susurró Yoongi, alzando la vista con los ojos brillantes, llenos de una inocencia que a Jungkook le resultaba irritante—. ¿Por favor? Solo uno.
Jungkook suspiró, un sonido cargado de fastidio. Inclinó la cabeza lo justo para que Yoongi pudiera rozar sus labios con los suyos. Fue un beso casto, unilateral. Yoongi puso todo su amor en ese contacto, mientras Jungkook mantenía las manos firmes a los costados, sin devolver el gesto, esperando a que terminara el protocolo.
—Ya está —sentenció Jungkook, apartándose con brusquedad—. Tengo hambre y mucho trabajo pendiente. Espero que la cena esté lista.
—Lo está, preparé todo como te gusta —dijo Yoongi, tratando de ignorar el vacío que sentía cada vez que Jungkook lo rechazaba—. ¿Tuviste un buen día en la empresa?
—Como todos —respondió Jungkook mientras caminaba hacia el comedor sin mirar atrás—. Números, reuniones y gente incompetente. No es algo que entenderías.
Yoongi bajó la mirada, jugando con el dobladillo de su delantal. Sabía que Jungkook lo consideraba alguien frágil, casi como un adorno en su vida, pero no le importaba. Si ser un adorno significaba estar cerca de él, lo aceptaría mil veces.
Se sentaron a la mesa. El silencio era denso, interrumpido solo por el sonido metálico de los cubiertos contra la porcelana. Yoongi observaba a su esposo con una fascinación casi religiosa. Adoraba la forma en que Jungkook fruncía ligeramente el ceño al leer algo en su teléfono mientras comía, o cómo sus dedos largos sostenían la copa de agua.
—Kookie, ¿te gusta la sopa? —preguntó Yoongi, rompiendo el silencio con timidez—. Le puse un poco más de jengibre porque hoy hacía frío y no quiero que te enfermes.
Jungkook ni siquiera levantó la vista de la pantalla de su móvil.
—Está bien —respondió de forma cortante.
—Podríamos ver una película después —sugirió Yoongi, animándose un poco—. Salió una de dibujos animados que dicen que es muy linda, o si quieres podemos leer juntos en la cama...
—Tengo que revisar los informes de la fusión con la sede de Japón, Yoongi —lo interrumpió Jungkook, finalmente clavando sus ojos oscuros y gélidos en él—. No tengo tiempo para tus niñerías. Come y cállate.
El reproche dolió como una bofetada física. Yoongi sintió que se le formaba un nudo en la garganta, pero forzó una sonrisa, ocultando las lágrimas que amenazaban con salir. Él era el "esposo perfecto", el que debía cuidar de Jungkook, el que debía ser tierno y comprensivo. No podía permitirse derrumbarse.
—Está bien, lo siento —murmuró Yoongi, pinchando un trozo de carne sin ganas—. Estudiaré un poco de francés entonces, para no aburrirme.
Jungkook no respondió. Terminó su cena en tiempo récord, se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino y se puso en pie.
—No me esperes despierto —dijo antes de desaparecer en dirección a su despacho.
Yoongi se quedó solo en el gran comedor. La casa se sentía inmensa, un laberinto de lujos que no podían llenar el hueco en su pecho. Recogió los platos con movimientos mecánicos, lavó cada pieza con esmero y dejó la cocina impecable. Era su forma de demostrar amor: mantener el mundo de Jungkook en perfecto orden, aunque el suyo propio se estuviera desmoronando.
Lo que Yoongi no sabía, lo que nadie en ese círculo de alta sociedad sospechaba, era que el corazón de Jungkook no era de piedra por naturaleza, sino porque había sido calcinado años atrás. Jungkook recordaba cada palabra de desprecio de la mujer que amó, la traición que lo dejó vacío y la promesa que se hizo a sí mismo de nunca volver a ser vulnerable. Para él, Yoongi era una obligación contractual, un recordatorio de que el amor era una transacción o una farsa. No veía la ternura de Yoongi como un bálsamo, sino como una amenaza a su armadura.
Cerca de la medianoche, Yoongi se escabulló hacia el dormitorio principal. Jungkook ya estaba allí, acostado en su lado de la cama, dándole la espalda. La luz de la luna se filtraba por las cortinas de terciopelo, bañando la habitación de un azul melancólico.
Yoongi se cambió por su pijama de seda, una prenda suave y delicada que lo hacía ver aún más pequeño. Se deslizó bajo las sábanas con cuidado, tratando de no molestar a la "bestia" dormida. Pero Jungkook no dormía; estaba allí, con los ojos abiertos en la oscuridad, perdido en sus propios demonios.
—¿Kookie? —susurró Yoongi, acercándose centímetro a centímetro.
—Duérmete, Yoongi —fue la respuesta ronca.
—Tengo frío... ¿puedo abrazarte?
Jungkook no dijo nada. En su código de silencio, eso era un "haz lo que quieras mientras no me quites el sueño". Yoongi lo tomó como una invitación. Se pegó a la espalda de Jungkook, pasando un brazo por encima de su cintura y apoyando la mejilla contra sus omóplatos.
—Te quiero mucho —susurró Yoongi, tan bajo que apenas fue un aliento—. Sé que eres un hombre muy ocupado y que a veces te canso, pero gracias por dejarme estar aquí contigo.
Jungkook cerró los ojos con fuerza. Por un breve segundo, el calor de Yoongi se filtró a través de su pijama, amenazando con derretir una capa microscópica del hielo que rodeaba su corazón. Pero el recuerdo del dolor pasado regresó como un latigazo, y Jungkook se tensó, volviendo a ser la estatua de sal.
—Mañana saldré temprano —dijo Jungkook, ignorando la declaración de amor—. No te molestes con el desayuno.
—Pero... —Yoongi se detuvo, sintiendo el rechazo implícito—. Está bien. Te dejaré algo preparado para que te lo lleves.
—Haz lo que quieras.
Yoongi cerró los ojos, aferrándose al cuerpo de su esposo. Para el mundo, eran la pareja perfecta: el magnate poderoso y su dulce compañero. Para Jungkook, era una convivencia necesaria. Para Yoongi, era una lucha diaria por obtener una migaja de afecto.
A la mañana siguiente, el ciclo comenzó de nuevo. Yoongi se despertó antes de que saliera el sol para preparar un termo con café y unos sándwiches envueltos cuidadosamente en papel de seda. Cuando Jungkook bajó las escaleras, ya listo para otra jornada de conquistas financieras, Yoongi lo esperaba con su mejor sonrisa, aunque sus ojos mostraran el cansancio de una noche de sueño ligero.
—Ten, para que no salgas con el estómago vacío —dijo Yoongi, entregándole la bolsa con delicadeza, como si fuera una ofrenda sagrada.
Jungkook tomó la bolsa sin mirarlo.
—Gracias —dijo de forma automática.
—¿Me das un beso? —pidió Yoongi, entornando los ojos de forma infantil, buscando ese contacto que lo mantenía vivo.
Jungkook suspiró, se inclinó y dejó un beso rápido y seco en la frente de Yoongi. Ni siquiera rozó su piel con ternura; fue un trámite más, como firmar un cheque.
—Adiós —dijo Jungkook, saliendo por la puerta.
Yoongi se quedó de pie en el umbral, viendo cómo el coche se alejaba. Se abrazó a sí mismo, sintiendo el frío de la mañana calar en sus huesos. Entró en la casa y comenzó su rutina: limpiar lo que ya estaba limpio, organizar lo que ya estaba ordenado, y esperar.
A media tarde, mientras Yoongi pulía unos jarrones de cristal en el salón, recibió una llamada. Era la secretaria de Jungkook.
—Señor Jeon, lamento molestarlo —dijo la mujer con voz profesional—. El señor Jungkook olvidó unos documentos importantes sobre su escritorio en el despacho de casa. ¿Podría traerlos a la oficina? Él los necesita para la reunión de las cuatro.
A Yoongi se le iluminó el rostro. Era una oportunidad para ver a Jungkook en su elemento, para serle útil de verdad.
—¡Claro! Iré de inmediato —respondió con entusiasmo.
Subió al despacho, un lugar que normalmente tenía prohibido entrar sin permiso. El escritorio de Jungkook era un monumento al orden. Encontró la carpeta azul que la secretaria describió y, justo al lado, vio un pequeño cajón entreabierto.
La curiosidad, ese rasgo infantil que Jungkook tanto detestaba, pudo más que su obediencia. Yoongi tiró del cajón. Dentro no había papeles de negocios, sino una fotografía vieja y arrugada.
En la imagen, un Jungkook más joven sonreía de una manera que Yoongi nunca había visto. Sus ojos brillaban con una luz genuina, y sus brazos rodeaban a una mujer hermosa que reía hacia la cámara. Detrás de la foto, una nota escrita con una caligrafía elegante decía: *"Para mi eterno amor, J. Nada podrá separarnos"*.
Yoongi sintió que el mundo se detenía. El jarrón de cristal que tenía en la mano —su propia metáfora— pareció tambalearse. Entendió en ese instante que el espacio que él intentaba llenar en el corazón de Jungkook no estaba vacío; estaba ocupado por un fantasma.
A pesar del dolor punzante en su pecho, Yoongi guardó la foto, tomó la carpeta y salió de la casa. Manejó hasta el imponente edificio de la corporación Jeon. Al llegar, las empleadas lo miraban con una mezcla de envidia y lástima; todos sabían que el "esposo del jefe" era poco más que un niño bonito.
Llegó al piso más alto y entró en la oficina de Jungkook sin llamar, impulsado por una valentía nacida de la tristeza. Jungkook estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono. Al ver a Yoongi, frunció el ceño y le hizo una seña para que esperara.
Cuando colgó, se giró hacia él con evidente molestia.
—Te dije que enviaras los papeles con el chofer, Yoongi. No tenías que venir tú.
—Quería verte —dijo Yoongi, entregándole la carpeta con manos temblorosas—. Y quería traerte esto.
Yoongi sacó de su bolsillo un pequeño dulce que había comprado en el camino, un caramelo de fresa. Lo extendió hacia Jungkook con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Sé que estás estresado. Esto te ayudará.
Jungkook miró el caramelo como si fuera basura.
—No quiero dulces, Yoongi. Tengo una reunión de millones de dólares en cinco minutos. Vete a casa.
—¿Por qué no puedes ser amable conmigo ni un solo momento? —preguntó Yoongi, y esta vez su voz no fue dulce, sino quebrada—. Hago todo por ti. Te cuido, te espero, te amo... ¿Tan poco valgo para ti?
Jungkook se tensó. El recordatorio del amor de Yoongi siempre lo hacía sentir acorralado.
—Tú sabías cómo era esto cuando nos casamos —dijo Jungkook con voz de hielo—. Fue un acuerdo. No me pidas sentimientos que no existen.
—Existen —replicó Yoongi, dando un paso adelante—. Existen en esa foto que guardas en tu cajón. Ella te hizo esto, ¿verdad? Ella te rompió, y ahora tú me rompes a mí todos los días porque no te atreves a sentir de nuevo.
El rostro de Jungkook se transformó. La frialdad dio paso a una furia contenida. Caminó hacia Yoongi, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra la puerta.
—No vuelvas a tocar mis cosas —siseó Jungkook, su rostro a pocos centímetros del de Yoongi—. Y no te atrevas a creer que sabes algo sobre mi vida. Tú eres mi esposo en el papel porque nuestras familias así lo quisieron. Nada más. Ahora, lárgate.
Yoongi sintió que algo se rompía dentro de él, un sonido sordo y definitivo. Pero, a diferencia de otras veces, no lloró frente a él. Simplemente asintió, dejó el caramelo sobre la mesa de juntas y salió de la oficina con la cabeza baja.
El trayecto de vuelta a casa fue un borrón. Yoongi se dio cuenta de que su amor, por muy puro y grande que fuera, era un fuego intentando calentar un iceberg. Pero Yoongi era terco. Era tierno, sí, y delicado como un jarrón, pero incluso los jarrones rotos pueden cortar.
Esa noche, Jungkook regresó más tarde de lo habitual. Esperaba encontrar a Yoongi esperándolo en la puerta, listo para el ritual de los mimos forzados. Pero la entrada estaba a oscuras.
Caminó hacia la cocina. La mesa no estaba puesta. No había aroma a comida casera. El silencio de la casa, que antes le resultaba cómodo, ahora se sentía extrañamente pesado.
Subió a la habitación. Yoongi estaba acostado, pero no del lado de Jungkook, sino hecho un ovillo en el extremo opuesto de la cama, envuelto en sus propias mantas. No hubo preguntas sobre su día, no hubo peticiones de besos.
Jungkook se cambió y se acostó, sintiendo una inquietud desconocida. El espacio entre ellos parecía haber crecido kilómetros en unas pocas horas.
—¿Yoongi? —llamó en voz baja.
No hubo respuesta. Solo la respiración pausada de alguien que se había cansado de luchar contra la marea.
Jungkook se quedó mirando el techo. Por primera vez en años, la imagen de la mujer de la foto no acudió a su mente. En su lugar, recordó la expresión de Yoongi en la oficina: una mezcla de devoción herida y una dignidad que nunca le había reconocido.
Se dio cuenta de que se había acostumbrado tanto a la calidez de Yoongi que había olvidado lo que era el verdadero frío. Y ahora que Yoongi empezaba a retirar su luz, la oscuridad de la habitación se sentía sofocante.
Jungkook estiró la mano en la oscuridad, dudando. Sus dedos rozaron el hombro de Yoongi, que estaba frío. Por un momento, quiso atraerlo hacia sí, pedirle perdón, decirle que el jarrón aún no estaba roto del todo. Pero su orgullo y su miedo fueron más fuertes. Retiró la mano y cerró los ojos.
Al lado, Yoongi estaba despierto. Sentía el peso de la mano de Jungkook que se había retirado y el vacío que dejó. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y se perdió en la almohada.
—Aun así te amo, Kookie —susurró para sus adentros—. Aunque seas de hielo, yo seré tu sol hasta que me extinga.
Porque Yoongi era así: un jarrón delicado que, a pesar de las grietas, se negaba a dejar de contener el amor que nadie más quería recibir. Y Jungkook, el empresario que lo tenía todo, empezaba a sospechar que estaba a punto de perder lo único que realmente tenía valor en esa casa de cristal.
Eran las siete de la tarde. El reloj de pared, una pieza de anticuario que costaba más que la casa de cualquier mortal, marcaba el ritmo de la ansiedad de Yoongi. Jungkook llegaría en cualquier momento.
Yoongi se alisó el delantal de seda rosa sobre sus pantalones blancos. Había pasado tres horas en la cocina preparando *galbitang*, el plato favorito de Jungkook, aunque este apenas probara bocado la mayoría de las veces. Con cuidado minucioso, colocó los cuencos en la mesa, asegurándose de que la simetría fuera perfecta. Jungkook odiaba el desorden.
El sonido del motor de un coche de lujo anunció el fin de la espera. El corazón de Yoongi dio un vuelco, una mezcla de terror infantil y una devoción ciega que no podía controlar. Corrió hacia la entrada, entrelazando sus dedos con nerviosismo.
La puerta se abrió y el aire frío del exterior pareció entrar junto a la figura imponente de Jeon Jungkook. Vestía un traje gris marengo hecho a medida que acentuaba su porte de empresario implacable. Su rostro, una máscara de mármol perfectamente tallada, no mostraba ni rastro de cansancio, pero tampoco de alegría.
—¡Kookie! —exclamó Yoongi con una vocecita dulce, casi quebradiza—. Bienvenido a casa. Te extrañé mucho.
Yoongi se acercó con los brazos abiertos, buscando el contacto físico que era su único combustible. Jungkook se detuvo en seco, permitiendo que el cuerpo pequeño y cálido de su esposo se pegara al suyo. Yoongi rodeó su cintura con fuerza, hundiendo la nariz en el pecho del más alto, aspirando el aroma a perfume caro y a ese frío que siempre traía consigo.
—Suéltame, Yoongi —dijo Jungkook. Su voz era seca, como el crujir de hojas secas bajo el invierno—. Sabes que no me gusta que me asaltes en la puerta.
—Solo quería darte un beso de bienvenida —susurró Yoongi, alzando la vista con los ojos brillantes, llenos de una inocencia que a Jungkook le resultaba irritante—. ¿Por favor? Solo uno.
Jungkook suspiró, un sonido cargado de fastidio. Inclinó la cabeza lo justo para que Yoongi pudiera rozar sus labios con los suyos. Fue un beso casto, unilateral. Yoongi puso todo su amor en ese contacto, mientras Jungkook mantenía las manos firmes a los costados, sin devolver el gesto, esperando a que terminara el protocolo.
—Ya está —sentenció Jungkook, apartándose con brusquedad—. Tengo hambre y mucho trabajo pendiente. Espero que la cena esté lista.
—Lo está, preparé todo como te gusta —dijo Yoongi, tratando de ignorar el vacío que sentía cada vez que Jungkook lo rechazaba—. ¿Tuviste un buen día en la empresa?
—Como todos —respondió Jungkook mientras caminaba hacia el comedor sin mirar atrás—. Números, reuniones y gente incompetente. No es algo que entenderías.
Yoongi bajó la mirada, jugando con el dobladillo de su delantal. Sabía que Jungkook lo consideraba alguien frágil, casi como un adorno en su vida, pero no le importaba. Si ser un adorno significaba estar cerca de él, lo aceptaría mil veces.
Se sentaron a la mesa. El silencio era denso, interrumpido solo por el sonido metálico de los cubiertos contra la porcelana. Yoongi observaba a su esposo con una fascinación casi religiosa. Adoraba la forma en que Jungkook fruncía ligeramente el ceño al leer algo en su teléfono mientras comía, o cómo sus dedos largos sostenían la copa de agua.
—Kookie, ¿te gusta la sopa? —preguntó Yoongi, rompiendo el silencio con timidez—. Le puse un poco más de jengibre porque hoy hacía frío y no quiero que te enfermes.
Jungkook ni siquiera levantó la vista de la pantalla de su móvil.
—Está bien —respondió de forma cortante.
—Podríamos ver una película después —sugirió Yoongi, animándose un poco—. Salió una de dibujos animados que dicen que es muy linda, o si quieres podemos leer juntos en la cama...
—Tengo que revisar los informes de la fusión con la sede de Japón, Yoongi —lo interrumpió Jungkook, finalmente clavando sus ojos oscuros y gélidos en él—. No tengo tiempo para tus niñerías. Come y cállate.
El reproche dolió como una bofetada física. Yoongi sintió que se le formaba un nudo en la garganta, pero forzó una sonrisa, ocultando las lágrimas que amenazaban con salir. Él era el "esposo perfecto", el que debía cuidar de Jungkook, el que debía ser tierno y comprensivo. No podía permitirse derrumbarse.
—Está bien, lo siento —murmuró Yoongi, pinchando un trozo de carne sin ganas—. Estudiaré un poco de francés entonces, para no aburrirme.
Jungkook no respondió. Terminó su cena en tiempo récord, se limpió la comisura de los labios con la servilleta de lino y se puso en pie.
—No me esperes despierto —dijo antes de desaparecer en dirección a su despacho.
Yoongi se quedó solo en el gran comedor. La casa se sentía inmensa, un laberinto de lujos que no podían llenar el hueco en su pecho. Recogió los platos con movimientos mecánicos, lavó cada pieza con esmero y dejó la cocina impecable. Era su forma de demostrar amor: mantener el mundo de Jungkook en perfecto orden, aunque el suyo propio se estuviera desmoronando.
Lo que Yoongi no sabía, lo que nadie en ese círculo de alta sociedad sospechaba, era que el corazón de Jungkook no era de piedra por naturaleza, sino porque había sido calcinado años atrás. Jungkook recordaba cada palabra de desprecio de la mujer que amó, la traición que lo dejó vacío y la promesa que se hizo a sí mismo de nunca volver a ser vulnerable. Para él, Yoongi era una obligación contractual, un recordatorio de que el amor era una transacción o una farsa. No veía la ternura de Yoongi como un bálsamo, sino como una amenaza a su armadura.
Cerca de la medianoche, Yoongi se escabulló hacia el dormitorio principal. Jungkook ya estaba allí, acostado en su lado de la cama, dándole la espalda. La luz de la luna se filtraba por las cortinas de terciopelo, bañando la habitación de un azul melancólico.
Yoongi se cambió por su pijama de seda, una prenda suave y delicada que lo hacía ver aún más pequeño. Se deslizó bajo las sábanas con cuidado, tratando de no molestar a la "bestia" dormida. Pero Jungkook no dormía; estaba allí, con los ojos abiertos en la oscuridad, perdido en sus propios demonios.
—¿Kookie? —susurró Yoongi, acercándose centímetro a centímetro.
—Duérmete, Yoongi —fue la respuesta ronca.
—Tengo frío... ¿puedo abrazarte?
Jungkook no dijo nada. En su código de silencio, eso era un "haz lo que quieras mientras no me quites el sueño". Yoongi lo tomó como una invitación. Se pegó a la espalda de Jungkook, pasando un brazo por encima de su cintura y apoyando la mejilla contra sus omóplatos.
—Te quiero mucho —susurró Yoongi, tan bajo que apenas fue un aliento—. Sé que eres un hombre muy ocupado y que a veces te canso, pero gracias por dejarme estar aquí contigo.
Jungkook cerró los ojos con fuerza. Por un breve segundo, el calor de Yoongi se filtró a través de su pijama, amenazando con derretir una capa microscópica del hielo que rodeaba su corazón. Pero el recuerdo del dolor pasado regresó como un latigazo, y Jungkook se tensó, volviendo a ser la estatua de sal.
—Mañana saldré temprano —dijo Jungkook, ignorando la declaración de amor—. No te molestes con el desayuno.
—Pero... —Yoongi se detuvo, sintiendo el rechazo implícito—. Está bien. Te dejaré algo preparado para que te lo lleves.
—Haz lo que quieras.
Yoongi cerró los ojos, aferrándose al cuerpo de su esposo. Para el mundo, eran la pareja perfecta: el magnate poderoso y su dulce compañero. Para Jungkook, era una convivencia necesaria. Para Yoongi, era una lucha diaria por obtener una migaja de afecto.
A la mañana siguiente, el ciclo comenzó de nuevo. Yoongi se despertó antes de que saliera el sol para preparar un termo con café y unos sándwiches envueltos cuidadosamente en papel de seda. Cuando Jungkook bajó las escaleras, ya listo para otra jornada de conquistas financieras, Yoongi lo esperaba con su mejor sonrisa, aunque sus ojos mostraran el cansancio de una noche de sueño ligero.
—Ten, para que no salgas con el estómago vacío —dijo Yoongi, entregándole la bolsa con delicadeza, como si fuera una ofrenda sagrada.
Jungkook tomó la bolsa sin mirarlo.
—Gracias —dijo de forma automática.
—¿Me das un beso? —pidió Yoongi, entornando los ojos de forma infantil, buscando ese contacto que lo mantenía vivo.
Jungkook suspiró, se inclinó y dejó un beso rápido y seco en la frente de Yoongi. Ni siquiera rozó su piel con ternura; fue un trámite más, como firmar un cheque.
—Adiós —dijo Jungkook, saliendo por la puerta.
Yoongi se quedó de pie en el umbral, viendo cómo el coche se alejaba. Se abrazó a sí mismo, sintiendo el frío de la mañana calar en sus huesos. Entró en la casa y comenzó su rutina: limpiar lo que ya estaba limpio, organizar lo que ya estaba ordenado, y esperar.
A media tarde, mientras Yoongi pulía unos jarrones de cristal en el salón, recibió una llamada. Era la secretaria de Jungkook.
—Señor Jeon, lamento molestarlo —dijo la mujer con voz profesional—. El señor Jungkook olvidó unos documentos importantes sobre su escritorio en el despacho de casa. ¿Podría traerlos a la oficina? Él los necesita para la reunión de las cuatro.
A Yoongi se le iluminó el rostro. Era una oportunidad para ver a Jungkook en su elemento, para serle útil de verdad.
—¡Claro! Iré de inmediato —respondió con entusiasmo.
Subió al despacho, un lugar que normalmente tenía prohibido entrar sin permiso. El escritorio de Jungkook era un monumento al orden. Encontró la carpeta azul que la secretaria describió y, justo al lado, vio un pequeño cajón entreabierto.
La curiosidad, ese rasgo infantil que Jungkook tanto detestaba, pudo más que su obediencia. Yoongi tiró del cajón. Dentro no había papeles de negocios, sino una fotografía vieja y arrugada.
En la imagen, un Jungkook más joven sonreía de una manera que Yoongi nunca había visto. Sus ojos brillaban con una luz genuina, y sus brazos rodeaban a una mujer hermosa que reía hacia la cámara. Detrás de la foto, una nota escrita con una caligrafía elegante decía: *"Para mi eterno amor, J. Nada podrá separarnos"*.
Yoongi sintió que el mundo se detenía. El jarrón de cristal que tenía en la mano —su propia metáfora— pareció tambalearse. Entendió en ese instante que el espacio que él intentaba llenar en el corazón de Jungkook no estaba vacío; estaba ocupado por un fantasma.
A pesar del dolor punzante en su pecho, Yoongi guardó la foto, tomó la carpeta y salió de la casa. Manejó hasta el imponente edificio de la corporación Jeon. Al llegar, las empleadas lo miraban con una mezcla de envidia y lástima; todos sabían que el "esposo del jefe" era poco más que un niño bonito.
Llegó al piso más alto y entró en la oficina de Jungkook sin llamar, impulsado por una valentía nacida de la tristeza. Jungkook estaba de pie frente al ventanal, hablando por teléfono. Al ver a Yoongi, frunció el ceño y le hizo una seña para que esperara.
Cuando colgó, se giró hacia él con evidente molestia.
—Te dije que enviaras los papeles con el chofer, Yoongi. No tenías que venir tú.
—Quería verte —dijo Yoongi, entregándole la carpeta con manos temblorosas—. Y quería traerte esto.
Yoongi sacó de su bolsillo un pequeño dulce que había comprado en el camino, un caramelo de fresa. Lo extendió hacia Jungkook con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Sé que estás estresado. Esto te ayudará.
Jungkook miró el caramelo como si fuera basura.
—No quiero dulces, Yoongi. Tengo una reunión de millones de dólares en cinco minutos. Vete a casa.
—¿Por qué no puedes ser amable conmigo ni un solo momento? —preguntó Yoongi, y esta vez su voz no fue dulce, sino quebrada—. Hago todo por ti. Te cuido, te espero, te amo... ¿Tan poco valgo para ti?
Jungkook se tensó. El recordatorio del amor de Yoongi siempre lo hacía sentir acorralado.
—Tú sabías cómo era esto cuando nos casamos —dijo Jungkook con voz de hielo—. Fue un acuerdo. No me pidas sentimientos que no existen.
—Existen —replicó Yoongi, dando un paso adelante—. Existen en esa foto que guardas en tu cajón. Ella te hizo esto, ¿verdad? Ella te rompió, y ahora tú me rompes a mí todos los días porque no te atreves a sentir de nuevo.
El rostro de Jungkook se transformó. La frialdad dio paso a una furia contenida. Caminó hacia Yoongi, obligándolo a retroceder hasta que su espalda chocó contra la puerta.
—No vuelvas a tocar mis cosas —siseó Jungkook, su rostro a pocos centímetros del de Yoongi—. Y no te atrevas a creer que sabes algo sobre mi vida. Tú eres mi esposo en el papel porque nuestras familias así lo quisieron. Nada más. Ahora, lárgate.
Yoongi sintió que algo se rompía dentro de él, un sonido sordo y definitivo. Pero, a diferencia de otras veces, no lloró frente a él. Simplemente asintió, dejó el caramelo sobre la mesa de juntas y salió de la oficina con la cabeza baja.
El trayecto de vuelta a casa fue un borrón. Yoongi se dio cuenta de que su amor, por muy puro y grande que fuera, era un fuego intentando calentar un iceberg. Pero Yoongi era terco. Era tierno, sí, y delicado como un jarrón, pero incluso los jarrones rotos pueden cortar.
Esa noche, Jungkook regresó más tarde de lo habitual. Esperaba encontrar a Yoongi esperándolo en la puerta, listo para el ritual de los mimos forzados. Pero la entrada estaba a oscuras.
Caminó hacia la cocina. La mesa no estaba puesta. No había aroma a comida casera. El silencio de la casa, que antes le resultaba cómodo, ahora se sentía extrañamente pesado.
Subió a la habitación. Yoongi estaba acostado, pero no del lado de Jungkook, sino hecho un ovillo en el extremo opuesto de la cama, envuelto en sus propias mantas. No hubo preguntas sobre su día, no hubo peticiones de besos.
Jungkook se cambió y se acostó, sintiendo una inquietud desconocida. El espacio entre ellos parecía haber crecido kilómetros en unas pocas horas.
—¿Yoongi? —llamó en voz baja.
No hubo respuesta. Solo la respiración pausada de alguien que se había cansado de luchar contra la marea.
Jungkook se quedó mirando el techo. Por primera vez en años, la imagen de la mujer de la foto no acudió a su mente. En su lugar, recordó la expresión de Yoongi en la oficina: una mezcla de devoción herida y una dignidad que nunca le había reconocido.
Se dio cuenta de que se había acostumbrado tanto a la calidez de Yoongi que había olvidado lo que era el verdadero frío. Y ahora que Yoongi empezaba a retirar su luz, la oscuridad de la habitación se sentía sofocante.
Jungkook estiró la mano en la oscuridad, dudando. Sus dedos rozaron el hombro de Yoongi, que estaba frío. Por un momento, quiso atraerlo hacia sí, pedirle perdón, decirle que el jarrón aún no estaba roto del todo. Pero su orgullo y su miedo fueron más fuertes. Retiró la mano y cerró los ojos.
Al lado, Yoongi estaba despierto. Sentía el peso de la mano de Jungkook que se había retirado y el vacío que dejó. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla y se perdió en la almohada.
—Aun así te amo, Kookie —susurró para sus adentros—. Aunque seas de hielo, yo seré tu sol hasta que me extinga.
Porque Yoongi era así: un jarrón delicado que, a pesar de las grietas, se negaba a dejar de contener el amor que nadie más quería recibir. Y Jungkook, el empresario que lo tenía todo, empezaba a sospechar que estaba a punto de perder lo único que realmente tenía valor en esa casa de cristal.
