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Máscara Rota

Fandom: Chainsaw Man

Creado: 10/6/2026

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DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoEstudio de PersonajeHistoria DomésticaPost-ApocalípticoArregloAmbientación CanonTragedia
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Fragmentos de una Noche Rota

El apartamento olía a pan tostado quemado y a la soledad rancia que se impregna en las paredes cuando nadie se molesta en abrir las ventanas. Reze estaba sentada en el único sofá que no parecía a punto de desmoronarse, con las rodillas pegadas al pecho, observando a Denji. Había vuelto. Esa simple frase era un cataclismo en sí misma, un evento tan improbable que bordeaba lo milagroso o lo absurdamente cruel. Nadie volvía. No de verdad. Pero ahí estaba ella, y ahí estaba él.

Denji devoraba una rebanada de pan con una montaña absurda de mermelada de fresa, tanta que se desbordaba por los lados y le manchaba los dedos. Llevaba la camisa del uniforme arrugada, con dos botones desabrochados y la corbata negra colgando suelta como una soga olvidada. Su pelo rubio era un desastre, como si se hubiera peleado con un gato y hubiera perdido. Todo en él gritaba normalidad, o al menos, la normalidad de Denji.

Pero Reze veía más allá. Lo había estado observando durante días, desde que Kishibe la había dejado en la puerta de su nuevo apartamento con un encogimiento de hombros y un vago "intenta no volarlo todo por los aires esta vez". Había esperado encontrar al chico torpe y explosivamente ingenuo que había conocido en aquella cabina telefónica. El chico cuyos sueños eran tan simples —una novia, comida deliciosa, una vida normal— que resultaban casi poéticos en su simpleza.

En cierto modo, ese chico seguía ahí. Se reía de chistes estúpidos en la televisión, se quejaba de que no había suficiente comida en la nevera y hablaba de cagar con una naturalidad desconcertante. Sin embargo, había algo roto en su mirada. Sus ojos pardos, siempre enmarcados por unas ojeras profundas, parecían vacíos. Su risa no llegaba a calentarlos. Era como ver una película en la que el actor principal se había olvidado de sus líneas y solo improvisaba movimientos, gestos vacíos que imitaban la vida sin contenerla.

Estaba apagado.

Esa era la palabra. Como una bombilla a la que le llega muy poca corriente, parpadeando con una luz débil y enfermiza, a punto de extinguirse. Reze, que había sido diseñada para la explosión y la aniquilación, se encontraba extrañamente sensible a esa ausencia de luz.

Al principio, lo atribuyó a la resaca de la batalla final. Había escuchado los rumores, los fragmentos de historias que circulaban entre los pocos cazadores que quedaban. Chainsaw Man había derrotado a Makima. No con fuerza bruta, sino con ingenio. Se la había comido. La idea era tan grotesca, tan *Denji*, que tenía que ser verdad. Un acto de amor y odio tan retorcido que solo él podría haberlo concebido. Cualquiera quedaría tocado después de algo así.

Pero había más. Lo sentía en el silencio que se instalaba entre ellos, un silencio pesado, lleno de fantasmas que ella no podía ver. A veces, en mitad de una conversación trivial, la mirada de Denji se perdía en un punto lejano, su mandíbula se tensaba y por un segundo, solo un segundo, la máscara de idiota feliz se deslizaba, revelando un abismo de dolor tan profundo que a Reze le cortaba la respiración.

Esa noche, descubrió la verdad.

La pequeña televisión seguía encendida en la sala, emitiendo el zumbido monótono de la estática. Reze no podía dormir. Daba vueltas en el futón que le habían asignado en un rincón, el sonido del tráfico lejano y el tic-tac de un reloj imaginario martilleándole en la cabeza. La gargantilla en su cuello se sentía más apretada de lo normal, el frío metal del pasador de la granada un recordatorio constante de lo que era. Un arma. Una bomba esperando una razón para estallar.

Entonces lo oyó. Un sonido bajo, ahogado, proveniente de la habitación de Denji.

Se levantó en silencio, sus pies descalzos sin hacer ruido sobre el suelo de madera gastado. La puerta de la habitación de Denji estaba entreabierta, una delgada franja de oscuridad invitándola a mirar. Contuvo el aliento y se asomó.

Denji dormía, o al menos, su cuerpo estaba en la cama. Estaba enredado en las sábanas como si hubiera luchado contra ellas. Su rostro, iluminado por el pálido resplandor de la luna que se filtraba por la ventana, estaba contraído en una mueca de agonía. El sudor le perlaba la frente y se pegaba mechones de pelo rubio a las sienes.

Y entonces empezaron los temblores. Pequeños espasmos que le recorrían el cuerpo, sacudiéndole los hombros y las piernas. Un gemido lastimero se escapó de sus labios, un sonido tan vulnerable, tan infantil, que a Reze se le encogió el corazón. Vio una lágrima solitaria deslizarse desde la esquina de su ojo cerrado, trazando un camino húmedo por su mejilla hasta perderse en la almohada.

Se quedó paralizada, sintiéndose una intrusa en el santuario más privado y doloroso de una persona. Estaba a punto de retirarse, de volver a su futón y fingir que no había visto nada, cuando él murmuró algo.

—Aki...

El nombre fue un susurro roto, apenas audible. Reze frunció el ceño. ¿Aki? El nombre le sonaba vagamente familiar.

Denji se agitó de nuevo, con más violencia esta vez. Sus manos se crisparon, agarrando las sábanas con una fuerza desesperada.

—No... Power... no te vayas...

Power. Ese nombre sí lo reconoció. La Demonio Sangre. La compañera de equipo de Denji. La chica de los cuernos que siempre iba pegada a él.

Y de repente, todo encajó. Las piezas del rompecabezas que Kishibe le había lanzado con fría indiferencia se ensamblaron en su mente, formando una imagen horrible y desoladora.

*Flashback. Una habitación gris y sin ventanas en algún sótano de Seguridad Pública. Kishibe, con su abrigo de siempre y el olor a alcohol barato emanando de él, estaba sentado frente a ella. Acababa de "volver". Su mente era una mezcla confusa de recuerdos fragmentados y la directiva implantada por Makima. Kishibe la miraba con ojos cansados, sin una pizca de sorpresa o alegría por su regreso.*

*—Así que estás de vuelta —dijo, su voz rasposa como la lija—. Supongo que Makima tenía planes de contingencia para sus juguetes. Escucha bien, porque no voy a repetirlo. Las cosas han cambiado.*

*Reze no dijo nada. Solo escuchó.*

*—La Cuarta División Especial, la de Hayakawa, fue aniquilada casi por completo en el Infierno. Se encontraron con el Demonio de la Oscuridad. Un Primigenio. Denji estuvo allí. Vio a sus compañeros ser desmembrados de formas que no puedes ni imaginar.*

*La imagen mental fue un destello fugaz y sangriento. Reze apretó los puños.*

*—Luego vino Santa Claus y los otros Híbridos. Más masacres. Más infierno. ¿Te suena familiar? —La pregunta era retórica, cargada de un veneno sutil—. Después de eso, el Demonio Pistola hizo su gran aparición. O una parte de él. ¿Y sabes a quién poseyó?*

*Kishibe hizo una pausa, dejando que el silencio se espesara.*

*—A Aki Hayakawa. El chico que vivía con Denji. Su mejor amigo. El Demonio Pistola, en el cuerpo de su amigo, vino a por él. Y Denji... Denji tuvo que matarlo. Con sus propias manos. Tuvo que cortar en pedazos al único que se había comportado como un hermano mayor para él.*

*Reze sintió una punzada fría en el pecho. Recordaba a Hayakawa, el tipo serio con la coleta. Siempre regañando a Denji, pero también cuidando de él.*

*—¿Crees que eso es todo? —continuó Kishibe, encendiendo un cigarrillo—. No. Faltaba el golpe de gracia de Makima. La guinda del pastel. Llevó a Denji a su apartamento. Hizo que la Demonio Sangre, Power, le llevara una tarta de cumpleaños. Y justo cuando Denji abrió la puerta, feliz como un idiota, Makima la hizo explotar. Delante de sus ojos. Bang. No quedó nada.*

*La imagen de la tarta, la puerta abriéndose, la explosión... era demasiado cruel. Demasiado calculado.*

*—Denji se rompió. Se convirtió en un cascarón vacío. Chainsaw Man se descontroló, el verdadero, el Héroe del Infierno. Makima consiguió lo que quería. Pero subestimó al crío. Al final, después de una batalla que destrozó media ciudad, Denji se escondió. Y cuando Makima lo encontró, creyendo que era una copia, él la emboscó. La derrotó. Y para asegurarse de que no volviera, para romper su contrato con el Primer Ministro... se la comió. Trozo a trozo.*

*Kishibe exhaló una larga columna de humo.*

*—Así que ahí lo tienes. Ese es el chico con el que vas a vivir. Un crío que ha pasado por el infierno, ha matado a su mejor amigo, ha visto a su otra amiga ser asesinada, y se ha comido a la mujer que amaba y odiaba. No esperes al tonto feliz que conociste. Ese chico, si es que alguna vez existió, está muerto y enterrado bajo una montaña de cadáveres.*

El recuerdo se desvaneció, dejando a Reze de pie en el umbral, el eco de las palabras de Kishibe resonando en sus oídos. Miró al chico que se retorcía en la cama, al chico que lloraba en sueños los nombres de sus amigos muertos.

Aki. Power.

Ahora lo entendía todo. La mirada vacía. La risa hueca. La máscara de indiferencia despreocupada no era indiferencia en absoluto. Era una armadura. Una frágil careta de cristal que había construido para no desmoronarse. Desde que era un niño, Denji había tenido que ser duro, insensible, centrado únicamente en la supervivencia. Pero lo que había vivido en los últimos meses... eso no era supervivencia. Era una tortura sistemática diseñada para destruir un alma.

Cualquier persona normal se habría vuelto loca. Se habría suicidado. Se habría convertido en un monstruo catatónico. Pero Denji no. Denji se levantaba por la mañana y se preocupaba por qué mermelada ponerle al pan. Usaba su supuesta estupidez como un escudo, su enfoque en las necesidades más básicas —comer, dormir, cagar— como un ancla a la realidad para no ahogarse en el mar de traumas.

Pero por la noche, cuando las defensas caían, los monstruos salían a jugar. Los fantasmas de Aki y Power venían a visitarlo. El recuerdo de la sangre, de la motosierra cortando la carne de un amigo, del *bang* que borró a una familia improvisada.

Lentamente, como si se moviera a través del agua, Reze entró en la habitación. El suelo crujió bajo su peso, pero Denji no se inmutó, atrapado en su pesadilla. Se arrodilló junto a la cama, su mirada recorriendo el rostro crispado del chico. Vio la cicatriz en su frente, el contorno afilado de sus dientes visibles entre sus labios entreabiertos. Vio al niño que nunca tuvo la oportunidad de serlo.

Y sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. No era lástima. Era una resonancia, una dolorosa empatía. Ella también había sido un arma. A ella también le habían robado la oportunidad de una vida normal. Su sueño de ir a la escuela, de tener amigos, de enamorarse... todo había sido una mentira orquestada por Makima para manipular a Denji. Pero el deseo había sido real. El anhelo por esa normalidad había sido genuino.

Y ahora veía ese mismo anhelo en Denji, enterrado bajo capas y capas de dolor. El chico que quería escaparse con ella, no por amor, sino por la promesa de una vida diferente, una vida donde no tuviera que matar ni ser perseguido.

Con una delicadeza que le era extraña, levantó una mano temblorosa y, con la punta de los dedos, apartó un mechón de pelo húmedo de la frente de Denji. Su piel estaba caliente, febril. Luego, con el pulgar, limpió suavemente el rastro de la lágrima en su mejilla.

El contacto fue mínimo, casi imperceptible, pero Denji reaccionó. Su cuerpo dejó de temblar. La mueca de dolor en su rostro se suavizó, reemplazada por una expresión de agotamiento pacífico. Dejó escapar un largo suspiro y se acurrucó de lado, su respiración volviéndose más profunda y regular. Ya no murmuraba nombres. El silencio había vuelto, pero esta vez no era un silencio pesado y ominoso. Era un silencio de descanso.

Reze se quedó así un largo rato, arrodillada junto a él, su mano suspendida en el aire. Por primera vez, entendió su propósito. No el propósito que le dio la Unión Soviética o el que le impuso Makima. Un nuevo propósito.

Ese chico... ese chico que quería una vida normal, que había sufrido lo indecible... tal vez ella podía ayudar. Tal vez la bomba no tenía que destruir siempre. Tal vez, solo tal vez, podía ser usada para despejar los escombros. Para abrir un camino.

Quería apaciguar su dolor. Quería ayudarle a reconstruir esa careta de cristal, pero no con vidrio frágil, sino con algo más fuerte. Quería ver de nuevo esa luz genuina en sus ojos, no la chispa maníaca de Chainsaw Man, sino la luz tonta y esperanzada del chico que se sonrojaba cuando ella le enseñaba a leer las estrellas.

Se levantó y volvió a su futón, pero esta vez el insomnio había desaparecido. Se tumbó y cerró los ojos, la imagen del rostro dormido y en paz de Denji grabada en su mente. Mañana sería otro día. Mañana, Denji se levantaría y volvería a ponerse su máscara. Pero ella sabría lo que había debajo. Y por primera vez, en lugar de querer huir, Reze decidió quedarse.

***

El sol de la mañana se colaba por la ventana sin cortinas, pintando rayas de polvo dorado en el aire. El olor a café barato llenaba el pequeño apartamento. Denji estaba sentado a la mesa, ya vestido con su uniforme desaliñado, atacando una nueva rebanada de pan con la misma devoción de la noche anterior.

—Oye, Reze, ¿no queda más mermelada de la buena? Esta sabe a plástico —dijo con la boca llena, señalando el tarro con el cuchillo.

Reze estaba de pie junto a la encimera, sirviendo café en dos tazas desconchadas. Lo miró. No había rastro de la agonía de la noche anterior en su rostro. Sus ojos estaban tan vacíos y despreocupados como siempre. La máscara estaba firmemente en su lugar.

—Creo que es la única que hay —respondió ella, su voz suave.

Le llevó la taza y la dejó sobre la mesa. Denji la cogió sin mirarla, sorbiendo el líquido caliente ruidosamente.

—Mmm, está bueno. Casi tan bueno como el que hacía Aki. Aunque él siempre se quejaba de que le ponía demasiada azúcar...

Se detuvo a media frase. La mención del nombre flotó en el aire entre ellos, pesada y densa. La mano de Denji que sostenía la taza se tensó por un instante. Su mirada se perdió de nuevo en ese punto invisible en la pared. La máscara se resquebrajó, solo una fina línea, una fisura casi imperceptible.

Reze contuvo el aliento, esperando. Esperando que se rompiera, que gritara, que llorara, que hiciera algo.

Pero el momento pasó. Denji parpadeó, como si saliera de un trance, y se encogió de hombros.

—Bueno, da igual. Más azúcar para mí —dijo, y cogió el azucarero con una sonrisa tonta.

El corazón de Reze se hundió un poco. Era más fuerte de lo que pensaba. La armadura era más gruesa. Repararla desde dentro iba a ser una tarea titánica.

Se sentó frente a él con su propia taza de café, observándolo mientras echaba una cantidad obscena de azúcar en la suya. El silencio se instaló de nuevo, pero esta vez Reze no lo dejó crecer.

—Denji —dijo, y él levantó la vista, con una ceja rubia arqueada en señal de interrogación.

—¿Qué pasa? ¿Tengo algo en la cara? —Se pasó una mano por la boca, buscando restos de mermelada.

—No. —Reze tomó un sorbo de su café, el calor reconfortándola—. Estaba pensando.

—¿Ah, sí? ¿En qué? ¿En que deberíamos comprar más comida? Porque estoy de acuerdo. Podríamos comer hamburguesas hoy. ¡Con queso extra!

La simplicidad de su mente era a la vez frustrante y entrañable.

—No, no en eso. —Lo miró directamente a los ojos, intentando traspasar la fachada—. Estaba pensando en nosotros.

Denji dejó de masticar. La miró con genuina confusión. —¿Nosotros? ¿Qué pasa con nosotros? ¿Hice algo mal? ¿Ronqué muy fuerte anoche? A veces Pochita se pone a dar vueltas en mis sueños y...

—No, Denji, no roncaste. —Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Reze. Era increíble cómo su mente siempre saltaba a la conclusión más simple y autoinculpatoria—. Escucha.

Se inclinó un poco sobre la mesa, su expresión seria.

—¿Quieres... quieres que nos escapemos?

La pregunta cayó en la habitación como una piedra en un estanque. La misma pregunta que le había hecho hacía una eternidad, en una noche lluviosa, con la promesa de una vida diferente colgando en el aire.

Denji se quedó completamente quieto. La sonrisa tonta se borró de su rostro. Sus ojos se abrieron un poco más, y por primera vez esa mañana, Reze vio algo en ellos. Un destello. Un recuerdo doloroso. Miedo.

—¿Escapar? —repitió, su voz apenas un susurro—. ¿A dónde? ¿De qué? Ya no... ya no nos persiguen. Makima...

No pudo terminar la frase. El nombre era un veneno en sus labios.

Reze se dio cuenta de su error. Había usado las mismas palabras, había invocado a un fantasma que era mejor dejar en paz.

—No, no así —se apresuró a corregir, su voz más suave—. No de verdad. No para siempre. Solo... solo por un día.

Denji la miró, todavía receloso, todavía herido por el recuerdo.

—Como... —continuó Reze, buscando las palabras adecuadas—, como en el festival. ¿Recuerdas? Íbamos a ver los fuegos artificiales. Podríamos ir a alguna parte. Lejos de la ciudad. Al campo. O a la playa. A cualquier parte donde no haya demonios ni cazadores ni... nada. Solo por un día.

La oferta era diferente ahora. No era una huida desesperada, sino una invitación. Una promesa no de una vida nueva, sino de un solo día normal. Un respiro.

Denji bajó la mirada a su rebanada de pan a medio comer. La giró lentamente en el plato. El silencio se alargó. Reze pensó que la había cagado, que había tocado una herida demasiado profunda, demasiado pronto.

Pero entonces, él levantó la vista. La confusión y el miedo en sus ojos habían sido reemplazados por una curiosidad cautelosa. Vio a Reze, sentada frente a él, no como la chica explosiva que lo había traicionado, no como la Híbrida que luchó contra él, sino como alguien que le ofrecía una taza de café por la mañana y le preguntaba si quería ir a la playa.

Una vida normal.

El sueño seguía ahí, enterrado muy, muy adentro.

Denji tragó saliva. El movimiento de su nuez fue visible en su delgado cuello. Luego, asintió. Un movimiento pequeño, casi imperceptible.

—Vale —dijo. Su voz era baja, pero firme.

Solo una palabra. Pero para Reze, fue el sonido más esperanzador que había escuchado en mucho tiempo. Fue el primer fragmento de la noche rota que empezaba a encajar en su sitio.

Una sonrisa genuina, la primera en días, iluminó el rostro de Reze.

—Vale —repitió ella, como un eco, como un pacto.

Se quedaron sentados en silencio un momento más, el sol de la mañana bañándolos en una luz cálida. Denji cogió su pan y le dio un gran mordisco, esta vez con algo que se parecía a un entusiasmo real. Reze bebió su café, sintiendo cómo un calor tranquilo se extendía por su pecho, un calor que no tenía nada que ver con la pólvora o la nitroglicerina. Era algo nuevo. Algo frágil.

Algo que valía la pena proteger.
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