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Odio
Fandom: Asesonato para principiantes
Creado: 10/6/2026
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RomanceDramaAngustiaPsicológicoMisterioDetectivescoCrimenThrillerLenguaje Explícito
La fragilidad de la inocencia
El aire en la planta superior de la casa de los Hastings se sentía denso, cargado de ese aroma a colonia cara y privilegio que Pip ya había aprendido a asociar con Max. Cada escalón que subía la alejaba de la seguridad de su cuaderno de notas y la acercaba a un territorio que no dominaba. Estaba allí por Andie Bell. Estaba allí para demostrar que Sal Singh era inocente. Pero, sobre todo, estaba allí porque Max Hastings ocultaba algo detrás de su sonrisa de comercial de televisión y su mandíbula perfectamente esculpida.
Sin llamar, Pip empujó la puerta de la habitación de Max. Había ensayado sus preguntas: los horarios de la fiesta, las inconsistencias en su declaración, la presión necesaria para hacerlo flaquear. Lo que no había ensayado era la imagen que la recibió.
Max estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, quitándose una camisa de lino blanco que acababa de desabrochar. La luz de la tarde entraba por el ventanal, bañando su piel bronceada y los músculos definidos de su espalda y hombros. No era la vulnerabilidad lo que Pip sintió al verlo así, sino una fuerza bruta que la dejó sin aliento por un segundo.
Él se giró con una lentitud deliberada, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando. No se cubrió. Al contrario, dejó caer la camisa sobre un sillón cercano, exhibiendo su torso con una confianza que rozaba la insolencia.
—¿No te enseñaron a llamar, Pippa? —Su voz era un ronroneo bajo, divertido—. Aunque, considerando que eres una detective privada en ciernes, supongo que la privacidad de los demás no es tu fuerte.
Pip apretó los dedos alrededor de su grabadora, sintiendo cómo sus palmas sudaban. Intentó desviar la mirada hacia las fotos de la pared, hacia los trofeos, hacia cualquier lugar que no fueran los pectorales de Max o la línea de vello que desaparecía bajo el borde de sus pantalones de diseño.
—No estoy aquí para perder el tiempo, Max —dijo ella, endureciendo la voz a pesar de que el corazón le martilleaba contra las costillas—. Tu coartada para la noche de la desaparición de Andie tiene más agujeros que un colador. He hablado con los vecinos y nadie vio tu coche salir a la hora que dijiste.
Max dio un paso hacia ella. Solo uno, pero fue suficiente para que el espacio entre ambos se redujera peligrosamente.
—¿Y has venido hasta aquí solo para decirme eso? Podrías haberme enviado un mensaje. O quizás... —hizo una pausa, entrecerrando los ojos con una chispa de malicia— querías una excusa para verme a solas.
—Eres un egocéntrico —escupió Pip, aunque dio un paso atrás cuando él avanzó de nuevo—. Crees que el mundo gira a tu alrededor porque tienes dinero y un apellido importante. Pero a mí no me impresionas. Sé que mientes. Sé que tienes miedo.
Max soltó una carcajada seca, carente de humor, y se detuvo a escasos centímetros de ella. Pip podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, masculino. El calor que emanaba de su cuerpo era casi tangible.
—Miedo es una palabra muy fuerte, Pippa —dijo él, bajando la cabeza para que sus ojos quedaran a la altura de los de ella—. Lo que tengo es curiosidad. Me pregunto hasta dónde estás dispuesta a llegar por un chico muerto que ni siquiera conocías bien.
—Lo hago por la justicia —respondió Pip, aunque su voz tembló ligeramente—. Algo que tú no entenderías.
—Justicia... —Max repitió la palabra como si fuera un sabor extraño—. Qué concepto tan noble. Y tan aburrido.
De repente, Max extendió una mano y atrapó un mechón de cabello de Pip, enrollándolo suavemente en su dedo. Ella debería haberse apartado. Debería haberle gritado que la soltara. Pero sus pies parecían clavados al suelo de madera. La atracción, esa fuerza oscura y traicionera que no figuraba en sus esquemas lógicos, la estaba asfixiando.
—Estás temblando —susurró Max, y esta vez no había burla en su voz, sino algo mucho más peligroso: deseo—. ¿Es por la justicia, o es porque tienes a un "sospechoso" demasiado cerca?
—Suéltame, Max —dijo ella, pero no hizo ningún movimiento para liberarse.
—Oblígame.
El desafío quedó suspendido en el aire. Pip miró sus labios, luego sus ojos, buscando la arrogancia de siempre, pero solo encontró una intensidad abrasadora. Antes de que su cerebro pudiera procesar la señal de alarma, Max acortó la distancia final.
El beso no fue tierno. Fue un choque de voluntades, una explosión de tensión acumulada que Pip no sabía que llevaba dentro. Max la sujetó por la cintura, pegándola a su pecho desnudo, y ella soltó la grabadora, que cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Las manos de Pip, que segundos antes buscaban pruebas incriminatorias, ahora se hundían en el cabello de Max, atrayéndolo más hacia ella.
Era un error. Un error catastrófico que arruinaría su investigación, su reputación y su moral. Pero en el calor de ese cuarto, con la piel de Max contra la suya, la lógica de Pip se desvaneció.
Max la empujó suavemente hacia atrás hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama. Se detuvo un momento, mirándola con una expresión de triunfo que debería haberla hecho reaccionar, pero sus ojos estaban nublados por una urgencia que ella misma compartía.
—Sigues pensando que puedes controlarlo todo, ¿verdad? —murmuró Max contra su cuello, provocándole un escalofrío que la hizo jadear.
—Cállate —respondió Pip, jalando de su rostro para volver a besarlo.
Él la dejó caer sobre el edredón de seda, posicionándose sobre ella. El contraste entre la frialdad de la habitación y el calor de sus cuerpos era embriagador. Pip sentía que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno. Estaba besando al hombre que podría ser un asesino, o al menos un cómplice, y sin embargo, no podía detenerse.
Las manos de Max eran posesivas, recorriendo sus costados, subiendo por debajo de su jersey. Cada caricia era una afirmación de poder, una forma de decirle que, en ese momento, las reglas de Pip no valían nada.
—Esto no cambia lo que sé de ti —logró decir ella entre besos, con la respiración entrecortada.
—No —coincidió él, desabrochando el primer botón de su pantalón con una destreza que delataba su experiencia—. Pero hará que sea mucho más difícil que me mires a la cara mañana delante de la policía.
Pip quiso protestar, quiso decirle que nada la detendría en su búsqueda de la verdad, pero Max la calló con un beso más profundo, más exigente. En ese instante, la investigación de Andie Bell se sintió como algo lejano, una historia de otra persona, mientras el presente se reducía al peso de Max sobre ella y al latido frenético de su propio corazón.
La ropa comenzó a estorbar, esparciéndose por el suelo junto a las notas de Pip sobre coartadas y sospechosos. La luz del sol empezó a desvanecerse, dejando la habitación en una penumbra cómplice.
Cuando finalmente sucedió, no hubo justicia, ni lógica, ni respuestas. Solo hubo una entrega frenética y desesperada. Max se movía con una confianza egoísta, buscando su propio placer pero asegurándose de que Pip se perdiera con él. Ella, por su parte, se aferraba a él como si fuera un ancla en medio de una tormenta, permitiéndose por primera vez en meses dejar de ser la chica perfecta con un plan.
Horas más tarde, cuando la luna ya se filtraba por las cortinas entreabiertas, Pip se sentó en el borde de la cama, cubriéndose con su camisa arrugada. El silencio en la habitación era sepulcral, roto solo por la respiración pausada de Max, que la observaba desde las almohadas con una sonrisa de suficiencia.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó él, apoyando la cabeza en su mano—. Pensé que querrías interrogarme un poco más ahora que estamos... cómodos.
Pip se puso de pie, sintiendo una punzada de náusea al ver su cuaderno tirado en el suelo. Lo recogió con dedos temblorosos. La realidad la golpeó como un balde de agua helada. Se había acostado con un sospechoso. Había comprometido todo por lo que había trabajado.
—Esto ha sido un error —dijo ella, sin mirarlo.
—Un error que disfrutaste bastante, Pippa —replicó Max, levantándose también, sin ninguna pizca de vergüenza por su desnudez—. No intentes fingir que esto fue solo una táctica de investigación.
Pip se giró hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de furia y autodesprecio.
—Crees que has ganado, ¿verdad? —Max se encogió de hombros, acercándose a ella—. Crees que porque me has besado y... porque ha pasado esto, voy a dejar de buscar. Crees que ahora eres intocable.
—Bueno, admitamos que las cosas se han vuelto un poco más complicadas para tu pequeño proyecto escolar.
Pip se acercó a él, clavándole el dedo en el pecho, justo donde su corazón latía con una calma irritante.
—Te equivocas, Max. Esto no me detiene. Al contrario. Ahora sé exactamente qué clase de persona eres. Usas a la gente. Usas tu cuerpo, tu dinero y tu encanto para tapar la podredumbre. Pero te prometo una cosa: voy a encontrar lo que ocultas. Y cuando lo haga, este "error" será lo último que recuerdes antes de que todo tu mundo se desmorone.
Max no perdió la sonrisa, pero por un segundo, un destello de algo parecido a la duda cruzó sus ojos. Pip no esperó a ver más. Se dio la vuelta, salió de la habitación y bajó las escaleras casi corriendo, sintiendo el aire frío de la noche en su rostro como una bendición.
Mientras caminaba hacia su bicicleta, Pip se limpió los labios con el dorso de la mano. El sabor de Max seguía allí, persistente y amargo. Sabía que había cometido la mayor imprudencia de su vida, pero también sabía algo más. Max Hastings creía que la había desarmado, pero solo le había dado una razón más para destruirlo.
La justicia seguía siendo su norte, aunque ahora el camino estuviera manchado de una atracción que no podía explicar y de un secreto que cargaría como una piedra en el zapato. La investigación continuaba. Y esta vez, era personal.
Sin llamar, Pip empujó la puerta de la habitación de Max. Había ensayado sus preguntas: los horarios de la fiesta, las inconsistencias en su declaración, la presión necesaria para hacerlo flaquear. Lo que no había ensayado era la imagen que la recibió.
Max estaba de pie frente a un espejo de cuerpo entero, quitándose una camisa de lino blanco que acababa de desabrochar. La luz de la tarde entraba por el ventanal, bañando su piel bronceada y los músculos definidos de su espalda y hombros. No era la vulnerabilidad lo que Pip sintió al verlo así, sino una fuerza bruta que la dejó sin aliento por un segundo.
Él se giró con una lentitud deliberada, como si supiera exactamente el efecto que estaba causando. No se cubrió. Al contrario, dejó caer la camisa sobre un sillón cercano, exhibiendo su torso con una confianza que rozaba la insolencia.
—¿No te enseñaron a llamar, Pippa? —Su voz era un ronroneo bajo, divertido—. Aunque, considerando que eres una detective privada en ciernes, supongo que la privacidad de los demás no es tu fuerte.
Pip apretó los dedos alrededor de su grabadora, sintiendo cómo sus palmas sudaban. Intentó desviar la mirada hacia las fotos de la pared, hacia los trofeos, hacia cualquier lugar que no fueran los pectorales de Max o la línea de vello que desaparecía bajo el borde de sus pantalones de diseño.
—No estoy aquí para perder el tiempo, Max —dijo ella, endureciendo la voz a pesar de que el corazón le martilleaba contra las costillas—. Tu coartada para la noche de la desaparición de Andie tiene más agujeros que un colador. He hablado con los vecinos y nadie vio tu coche salir a la hora que dijiste.
Max dio un paso hacia ella. Solo uno, pero fue suficiente para que el espacio entre ambos se redujera peligrosamente.
—¿Y has venido hasta aquí solo para decirme eso? Podrías haberme enviado un mensaje. O quizás... —hizo una pausa, entrecerrando los ojos con una chispa de malicia— querías una excusa para verme a solas.
—Eres un egocéntrico —escupió Pip, aunque dio un paso atrás cuando él avanzó de nuevo—. Crees que el mundo gira a tu alrededor porque tienes dinero y un apellido importante. Pero a mí no me impresionas. Sé que mientes. Sé que tienes miedo.
Max soltó una carcajada seca, carente de humor, y se detuvo a escasos centímetros de ella. Pip podía oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico, masculino. El calor que emanaba de su cuerpo era casi tangible.
—Miedo es una palabra muy fuerte, Pippa —dijo él, bajando la cabeza para que sus ojos quedaran a la altura de los de ella—. Lo que tengo es curiosidad. Me pregunto hasta dónde estás dispuesta a llegar por un chico muerto que ni siquiera conocías bien.
—Lo hago por la justicia —respondió Pip, aunque su voz tembló ligeramente—. Algo que tú no entenderías.
—Justicia... —Max repitió la palabra como si fuera un sabor extraño—. Qué concepto tan noble. Y tan aburrido.
De repente, Max extendió una mano y atrapó un mechón de cabello de Pip, enrollándolo suavemente en su dedo. Ella debería haberse apartado. Debería haberle gritado que la soltara. Pero sus pies parecían clavados al suelo de madera. La atracción, esa fuerza oscura y traicionera que no figuraba en sus esquemas lógicos, la estaba asfixiando.
—Estás temblando —susurró Max, y esta vez no había burla en su voz, sino algo mucho más peligroso: deseo—. ¿Es por la justicia, o es porque tienes a un "sospechoso" demasiado cerca?
—Suéltame, Max —dijo ella, pero no hizo ningún movimiento para liberarse.
—Oblígame.
El desafío quedó suspendido en el aire. Pip miró sus labios, luego sus ojos, buscando la arrogancia de siempre, pero solo encontró una intensidad abrasadora. Antes de que su cerebro pudiera procesar la señal de alarma, Max acortó la distancia final.
El beso no fue tierno. Fue un choque de voluntades, una explosión de tensión acumulada que Pip no sabía que llevaba dentro. Max la sujetó por la cintura, pegándola a su pecho desnudo, y ella soltó la grabadora, que cayó sobre la alfombra con un golpe sordo. Las manos de Pip, que segundos antes buscaban pruebas incriminatorias, ahora se hundían en el cabello de Max, atrayéndolo más hacia ella.
Era un error. Un error catastrófico que arruinaría su investigación, su reputación y su moral. Pero en el calor de ese cuarto, con la piel de Max contra la suya, la lógica de Pip se desvaneció.
Max la empujó suavemente hacia atrás hasta que sus piernas chocaron con el borde de la cama. Se detuvo un momento, mirándola con una expresión de triunfo que debería haberla hecho reaccionar, pero sus ojos estaban nublados por una urgencia que ella misma compartía.
—Sigues pensando que puedes controlarlo todo, ¿verdad? —murmuró Max contra su cuello, provocándole un escalofrío que la hizo jadear.
—Cállate —respondió Pip, jalando de su rostro para volver a besarlo.
Él la dejó caer sobre el edredón de seda, posicionándose sobre ella. El contraste entre la frialdad de la habitación y el calor de sus cuerpos era embriagador. Pip sentía que estaba cruzando una línea de la que no habría retorno. Estaba besando al hombre que podría ser un asesino, o al menos un cómplice, y sin embargo, no podía detenerse.
Las manos de Max eran posesivas, recorriendo sus costados, subiendo por debajo de su jersey. Cada caricia era una afirmación de poder, una forma de decirle que, en ese momento, las reglas de Pip no valían nada.
—Esto no cambia lo que sé de ti —logró decir ella entre besos, con la respiración entrecortada.
—No —coincidió él, desabrochando el primer botón de su pantalón con una destreza que delataba su experiencia—. Pero hará que sea mucho más difícil que me mires a la cara mañana delante de la policía.
Pip quiso protestar, quiso decirle que nada la detendría en su búsqueda de la verdad, pero Max la calló con un beso más profundo, más exigente. En ese instante, la investigación de Andie Bell se sintió como algo lejano, una historia de otra persona, mientras el presente se reducía al peso de Max sobre ella y al latido frenético de su propio corazón.
La ropa comenzó a estorbar, esparciéndose por el suelo junto a las notas de Pip sobre coartadas y sospechosos. La luz del sol empezó a desvanecerse, dejando la habitación en una penumbra cómplice.
Cuando finalmente sucedió, no hubo justicia, ni lógica, ni respuestas. Solo hubo una entrega frenética y desesperada. Max se movía con una confianza egoísta, buscando su propio placer pero asegurándose de que Pip se perdiera con él. Ella, por su parte, se aferraba a él como si fuera un ancla en medio de una tormenta, permitiéndose por primera vez en meses dejar de ser la chica perfecta con un plan.
Horas más tarde, cuando la luna ya se filtraba por las cortinas entreabiertas, Pip se sentó en el borde de la cama, cubriéndose con su camisa arrugada. El silencio en la habitación era sepulcral, roto solo por la respiración pausada de Max, que la observaba desde las almohadas con una sonrisa de suficiencia.
—¿Te vas tan pronto? —preguntó él, apoyando la cabeza en su mano—. Pensé que querrías interrogarme un poco más ahora que estamos... cómodos.
Pip se puso de pie, sintiendo una punzada de náusea al ver su cuaderno tirado en el suelo. Lo recogió con dedos temblorosos. La realidad la golpeó como un balde de agua helada. Se había acostado con un sospechoso. Había comprometido todo por lo que había trabajado.
—Esto ha sido un error —dijo ella, sin mirarlo.
—Un error que disfrutaste bastante, Pippa —replicó Max, levantándose también, sin ninguna pizca de vergüenza por su desnudez—. No intentes fingir que esto fue solo una táctica de investigación.
Pip se giró hacia él, sus ojos brillando con una mezcla de furia y autodesprecio.
—Crees que has ganado, ¿verdad? —Max se encogió de hombros, acercándose a ella—. Crees que porque me has besado y... porque ha pasado esto, voy a dejar de buscar. Crees que ahora eres intocable.
—Bueno, admitamos que las cosas se han vuelto un poco más complicadas para tu pequeño proyecto escolar.
Pip se acercó a él, clavándole el dedo en el pecho, justo donde su corazón latía con una calma irritante.
—Te equivocas, Max. Esto no me detiene. Al contrario. Ahora sé exactamente qué clase de persona eres. Usas a la gente. Usas tu cuerpo, tu dinero y tu encanto para tapar la podredumbre. Pero te prometo una cosa: voy a encontrar lo que ocultas. Y cuando lo haga, este "error" será lo último que recuerdes antes de que todo tu mundo se desmorone.
Max no perdió la sonrisa, pero por un segundo, un destello de algo parecido a la duda cruzó sus ojos. Pip no esperó a ver más. Se dio la vuelta, salió de la habitación y bajó las escaleras casi corriendo, sintiendo el aire frío de la noche en su rostro como una bendición.
Mientras caminaba hacia su bicicleta, Pip se limpió los labios con el dorso de la mano. El sabor de Max seguía allí, persistente y amargo. Sabía que había cometido la mayor imprudencia de su vida, pero también sabía algo más. Max Hastings creía que la había desarmado, pero solo le había dado una razón más para destruirlo.
La justicia seguía siendo su norte, aunque ahora el camino estuviera manchado de una atracción que no podía explicar y de un secreto que cargaría como una piedra en el zapato. La investigación continuaba. Y esta vez, era personal.
