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Gerber se enamora de Martino

Fandom: Mi escuela

Creado: 10/6/2026

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El amargo dulzor de un recreo inesperado

El pasillo del colegio estaba sumido en el caos habitual de las once de la mañana. Los gritos rebotaban contra los casilleros metálicos y el olor a encierro se mezclaba con el perfume barato de los adolescentes. Sofía Jacque Gerber caminaba a zancadas, con su larguísima coleta negra balanceándose de un lado a otro como el látigo de un domador. Su figura, extremadamente flaca, se abría paso entre la multitud no por fuerza, sino por pura insistencia.

A su lado, Jeremías Cáceres intentaba seguirle el ritmo mientras aplaudía rítmicamente sin razón aparente, haciendo que varios chicos se dieran vuelta para mirarlo con fastidio.

—¡Ay, no, Jeru! ¡Te juro que si vuelvo a escuchar a la de Geografía decir 'latitud' una vez más, voy a colapsar! —gritó Sofía, elevando su voz por encima de cualquier decibelio razonable—. ¡Es insoportable! ¡Y vos dejá de aplaudir que me ponés nerviosa!

—¡Es mi proceso, Sofi, dejame ser! —respondió Jeremías con una risa estridente, deteniéndose un segundo para acomodar sus 1,80 metros de altura antes de volver a dar tres aplausos rápidos—. ¿A dónde vamos con tanta prisa?

Sofía no respondió. Sus ojos marrones, siempre atentos a todo lo que no le incumbía, se fijaron en un grupo que estaba cerca de las canchas. Allí estaba Martino Froloff Bonifato, rodeado de sus amigos de siempre. Martino, con sus lentes ligeramente caídos sobre el puente de la nariz y su pelo negro ondulado algo revuelto después de haber pateado una pelota cinco minutos antes, parecía estar en su propio mundo, aunque escuchaba con atención a Dante.

Dante Ibáñez, que sobresalía por encima de todos con sus lentes grandes y su ropa de marca, gesticulaba exageradamente mientras Valentino Sanabria, con los auriculares colgando del cuello y su maraña de rulos negros, asentía mientras tarareaba algo que probablemente era de Charly García.

Sofía metió la mano en el bolsillo de su campera y sacó una tableta de chocolate con leche. No era un regalo planeado, era simplemente algo que tenía ahí, pero en su mente, la oportunidad de molestar o intervenir en el grupo de los "populares-raritos" era demasiado tentadora.

—Miralo al Froloff —susurró Sofía con un tono pasivo-agresivo—. Siempre tan "intelectual" y calladito. Seguro se está muriendo de hambre después de hacerse el deportista.

—Sofi, no los molestes, que Dante me cae bien —dijo Jeremías, aunque ya sabía que era inútil detenerla.

Sofía se acercó al grupo con esa energía arrolladora que la caracterizaba. Se plantó frente a Martino, ignorando por completo a Dante y a Sanabria, que interrumpieron su charla sobre videojuegos al verla llegar.

—Che, Martino —soltó Sofía sin saludar, con una sonrisa que no llegaba a ser amable pero sí muy intensa—. Te veo medio pálido. Como sos tan flaquito, capaz te desmayás antes de la próxima clase. Tomá, para que no digas que soy mala.

Le extendió el chocolate con un movimiento brusco. Martino parpadeó, confundido. Se acomodó los lentes y miró el envoltorio brillante, luego miró a Sofía. Sus ojos marrones se encontraron con los de ella, y por un segundo, el ruido del patio pareció bajar de volumen.

—¿Para mí? —preguntó Martino con su voz reservada, estirando una mano delgada para tomar el dulce—. Gracias, Gerber. No sabía que tenías un lado generoso.

—No te acostumbres —retrucó ella de inmediato, cruzándose de brazos—. Es que me das lástima ahí parado con cara de perdido. Además, Dante seguro te roba la comida si no te cuido yo.

—¡Ey! —protestó Dante, soltando una carcajada—. Yo soy un caballero, Gerber. Pero si Martino no lo quiere, yo acepto donaciones.

—Ni se te ocurra, rubio —dijo Valentino, interviniendo mientras se acomodaba los rulos—. Dejá que el pibe coma tranquilo. Alto regalo te ligaste, Froloff.

Martino no despegaba la vista del chocolate. Había algo en la forma en que Sofía lo miraba, con esa actitud desafiante y metida, que le resultaba extrañamente intrigante. Sabía que ella era "la pesada" del curso, la que gritaba por todo y la que siempre tenía un comentario ácido bajo la manga, pero ese gesto, aunque envuelto en insultos sutiles, se sentía diferente.

—¿Querés un poco? —ofreció Martino, rompiendo un trozo de la tableta con cuidado.

Sofía lo miró como si le hubiera propuesto un viaje a la luna.

—Ay, por favor, Martino. ¿Viste lo que soy? Si como eso, se me va directo a las piernas y no quiero —mintió ella, aunque en realidad solo quería seguir manteniendo su postura de superioridad—. Comelo vos, que te hace falta cerebro para el examen de física.

Jeremías, que estaba un par de pasos atrás, soltó un aplauso sonoro que hizo que varios chicos de primer año saltaran del susto.

—¡Qué romántico! ¡El chocolate de la discordia! —exclamó Jeremías con un tono dramático.

—¡Cerrá la boca, Jeremías! —le gritó Sofía, aunque sus mejillas morenas habían adquirido un leve tono rojizo que intentó ocultar acomodándose la coleta—. Bueno, me voy. No te atragantes, Froloff.

Sofía dio media vuelta y se alejó arrastrando a Jeremías del brazo, mientras este seguía haciendo comentarios en voz alta sobre el "clima tenso".

Dante y Valentino se quedaron mirando a su amigo, que seguía con el trozo de chocolate en la mano.

—Che, boludo —dijo Valentino, dándole un empujoncito en el hombro—. Esa piba está loca, pero te dio el chocolate a vos y no a nosotros.

—Es rara —admitió Martino, llevándose el chocolate a la boca. El sabor dulce inundó sus papilas gustativas, pero su mente seguía fija en la imagen de Sofía alejándose.

—Rara es poco —añadió Dante, ajustándose los lentes—. Es insoportable. Grita más que un barrabrava y se mete en la vida de todo el mundo. Pero... no sé, Martino, te miró raro.

Martino no respondió. Se guardó el resto de la tableta en el bolsillo de su pantalón. Durante el resto del recreo, mientras sus amigos discutían sobre el nuevo parche de un juego o sobre el partido de fútbol del viernes, él se sintió extrañamente distraído.

Las clases siguientes fueron un borrón. Martino, que solía ser el más inteligente y aplicado, se encontró dibujando ondas en el margen de su cuaderno de matemáticas. Cada vez que escuchaba un grito en el pasillo, sabía que era ella. Y, por primera vez, ese ruido no le resultó molesto, sino una señal de que el ambiente seguía vivo.

A la salida, el cielo se había nublado. Martino caminaba hacia la parada del colectivo cuando vio a Sofía sola, esperando cerca de la reja principal. Jeremías ya se había ido, probablemente a alguna clase de teatro o simplemente a molestar a alguien más en otra parte.

Sofía se veía pequeña bajo el marco de la puerta grande, con su pelo negro azabache brillando a pesar de la falta de sol. Estaba revisando su celular con el ceño fruncido, murmurando algo para sí misma.

Martino, venciendo su timidez natural, se acercó.

—Todavía no me morí por el azúcar —dijo él cuando estuvo a un par de metros.

Sofía levantó la vista, sorprendida. Por un segundo, su expresión de "estoy enojada con el mundo" se suavizó.

—Ah, miralo al sobreviviente —respondió ella, recuperando rápido su tono mordaz—. Pensé que ya estabas en la enfermería.

—Estaba bueno —dijo Martino, ignorando el comentario—. El chocolate. Gracias de nuevo.

Sofía se encogió de hombros, haciendo que su mochila pareciera pesarle el doble sobre sus hombros flaquitos.

—Bueno, no es para tanto. Era un chocolate, no un riñón. ¿Qué hacés acá todavía? ¿Tus amiguitos te abandonaron?

—Dante tiene entrenamiento y Sanabria se fue a comprar un cable nuevo para la compu —explicó Martino con calma—. ¿Y vos? ¿Te quedaste sin gente a la cual criticar?

Sofía soltó una risotada, un sonido ruidoso y poco refinado que, sin embargo, a Martino le pareció genuino.

—Siempre hay gente para criticar, Froloff. No me subestimes. Estoy esperando a mi vieja, pero parece que se olvidó de que tiene una hija.

—Si querés... podemos esperar juntos. O te acompaño a la parada —propuso Martino, sorprendiéndose a sí mismo por su propia audacia.

Sofía lo miró de arriba abajo, deteniéndose en sus lentes y en su pelo revuelto. Martino era raro, sí, pero tenía una paciencia que ella no encontraba en casi nadie. La mayoría de la gente se alejaba cuando ella empezaba con sus comentarios pasivo-agresivos o sus gritos, pero él se quedaba ahí, firme, como si fuera capaz de ver a través de todo ese ruido.

—Bueno, dale. Pero no camines tan lento, que tus piernas largas me ponen nerviosa —dijo ella, empezando a caminar hacia la calle.

Caminaron un par de cuadras en un silencio inusual. Sofía, que normalmente no podía pasar dos minutos sin opinar sobre la ropa de alguien o sobre lo mal que estaba pintada una pared, se sentía extrañamente cómoda.

—¿Por qué sos tan pesada con todo el mundo? —preguntó Martino de repente, sin rastro de malicia en la voz.

Sofía se detuvo en seco y lo miró con los ojos bien abiertos.

—¿Perdón? ¿Me estás diciendo pesada? ¡Pero miralo a este! El calladito tiene garras.

—No lo digo mal —aclaró él, deteniéndose también—. Es solo que... ponés mucho esfuerzo en que todos piensen que sos insoportable. Pero me diste un chocolate porque pensaste que tenía hambre. Eso no es de alguien pesada.

Sofía desvió la mirada hacia un árbol cercano. Se sintió expuesta, algo que odiaba profundamente. Ella prefería ser la que señalaba, no la señalada.

—Fue una debilidad momentánea —murmuró, bajando el volumen de su voz por primera vez en el día—. No te hagas ideas, Froloff. Sigo pensando que sos un rarito que juega demasiado a la pelota.

—Y yo sigo pensando que sos una gritona —respondió Martino con una sonrisa pequeña pero real—. Pero me gusta el chocolate.

Sofía lo miró de reojo y, por un instante, el deseo de decir algo hiriente desapareció. En su lugar, sintió un calorcito extraño en el pecho, algo que no tenía nada que ver con el clima fresco de la tarde.

—Sos un tarado —dijo ella, pero esta vez no gritó. Fue casi un secreto.

Siguieron caminando, y aunque Sofía volvió a quejarse del estado de las veredas y de cómo el pelo de Martino necesitaba un corte urgente, lo hizo con una chispa diferente en los ojos. Martino la escuchaba, asintiendo de vez en cuando, sintiendo que ese chocolate había sido el inicio de algo mucho más complejo que una simple digestión.

Al llegar a la esquina donde ella debía doblar, Sofía se detuvo.

—Mañana traé vos algo —le espetó, señalándolo con un dedo flaco—. No pienso ser la única que mantiene la economía de los kioscos.

—Trato hecho —dijo Martino.

Sofía empezó a alejarse, pero antes de doblar la esquina, se dio vuelta y gritó:

—¡Y peinate, Froloff! ¡Parece que te peleaste con un ventilador!

Martino se rió solo en la vereda, acomodándose los lentes. Se llevó la mano al bolsillo y tocó el envoltorio vacío del chocolate. No sabía en qué momento exacto había pasado, pero la chica más insoportable de la escuela acababa de convertirse en la persona con la que más quería hablar al día siguiente.

Mientras tanto, Sofía caminaba hacia su casa a paso rápido, con el corazón latiéndole un poco más fuerte de lo normal. "Es un rarito", se decía a sí misma, "un rarito con lentes". Pero no podía dejar de sonreír, y por una vez, no tenía ganas de gritarle a nadie. El chocolate había sido dulce, pero la sensación de haber encontrado a alguien que no salía corriendo ante sus desplantes era mucho mejor.

De vuelta en su casa, Martino sacó sus libros para estudiar, pero la imagen de la coleta negra de Sofía moviéndose de un lado a otro seguía apareciendo entre las fórmulas de física. Dante le mandó un mensaje al grupo de WhatsApp: "¿Mañana sale fútbol?".

Martino miró el celular y escribió: "Mañana tengo que pasar por el kiosco antes de entrar".

Valentino Sanabria respondió casi al instante con un emoji de una cara sospechosa, y Jeremías, que de alguna forma se había infiltrado en el grupo o estaba cerca de alguno de ellos, mandó un audio lleno de aplausos.

—¡Cupido tiene anteojos y come chocolate! —gritó Jeremías en el audio.

Martino dejó el celular a un lado, suspirando con una sonrisa. Sabía que el día siguiente iba a ser ruidoso, lleno de comentarios ácidos y probablemente algún que otro grito innecesario de Sofía. Y, por primera vez en su vida, no podía esperar a que empezara la primera hora.
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