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Con honor hasta el final
Fandom: Dragon ball,fate zero,fate unlimited blade works
Creado: 11/6/2026
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Isekai / Fantasía PortalCrossoverUA (Universo Alternativo)AcciónDramaEstudio de PersonajeFantasíaArregloAventuraRecortes de Vida
El Eco de un Espíritu Infinito
La oscuridad no era algo nuevo para él. Shiro, el chico de diecisiete años que alguna vez solo se preocupaba por los exámenes y el estreno del último episodio de su anime favorito, había muerto y renacido tantas veces en una sola vida que el concepto de "final" se había vuelto borroso.
Recordaba con una claridad meridiana su llegada al Planeta Yadrat. Recordaba el aire pesado, la gravedad extraña y la fisionomía amable de los nativos. Allí, como un simple humano transportado por un capricho del destino al inicio de la era de Goku, no se conformó con ser un espectador. El Control del Espíritu no fue solo una técnica para él; fue una ciencia. Mientras Goku aprendía la Teletransportación, Shiro descubría que el Ki no era solo energía bruta, sino la manifestación de la voluntad sobre la realidad. Aprendió a dividir su alma, a sanar heridas imposibles, a manipular el espacio-tiempo de formas que incluso los Dioses de la Destrucción ignoraban.
Había luchado contra Vegeta en la Tierra, sobrevivido a Namek, y se había mantenido como el pilar silencioso durante la locura de los Androides y Majin Buu. Incluso en la era de los dioses, frente a Moro y Gas, su Ki "espiritual" fue la clave que nadie vio venir. Había vivido siglos, envejeciendo lentamente gracias a su dominio sobre su propia energía vital, hasta que finalmente, tras la paz definitiva después del Torneo del Poder y las amenazas posteriores, cerró los ojos en una cama rodeado de paz.
O eso creía.
El dolor fue lo primero que sintió. Un dolor agudo, punzante, que no provenía de una batalla, sino de un cuerpo que se sentía... pequeño. Débil. Insignificante.
Abrió los ojos. El techo era blanco, aséptico. El olor a desinfectante y quemado le llenó las fosas nasales, provocándole una náusea que no sentía desde que era un adolescente humano en su primer mundo.
—¿Dónde...? —Su voz sonó como un graznido. Era la voz de un niño.
Intentó mover el brazo, pero una punzada de dolor recorrió su costado. Bajó la mirada y vio vendajes. Muchos vendajes. Sus manos eran pequeñas, llenas de cicatrices recientes y quemaduras que estaban en proceso de curación.
—Vaya... otra vez no —susurró para sí mismo, soltando un suspiro tembloroso.
Cerró los ojos y buscó en su interior. Buscó ese océano de Ki infinito que había cultivado durante eones en el universo de los Guerreros Z. Lo que encontró lo dejó frío. En lugar de una galaxia de energía dorada y divina, encontró un pozo seco. Un pequeño riachuelo de energía que apenas fluía, pero que se sentía... diferente. No era solo Ki. Estaba mezclado con algo más, algo más denso y conectado a la sangre.
—Esto no es el Planeta Yadrat. Ni siquiera es la Tierra de Capsule Corp —murmuró, forzando a su mente a analizar el entorno.
La puerta de la habitación se abrió con un suave chirrido. Un hombre de cabello negro desordenado y ojos que parecían haber visto el fin del mundo entró. Llevaba un abrigo oscuro y una expresión de alivio melancólico.
—Has despertado —dijo el hombre. Su voz era profunda, cargada de un cansancio que Shiro reconoció al instante. Era el cansancio de alguien que lo había perdido todo.
Shiro lo observó fijamente. Cabello negro, ojos muertos, aura de arrepentimiento... Kiritsugu Emiya.
Los engranajes en la cabeza de Shiro comenzaron a girar a toda velocidad. Su memoria de amante del anime, aquella que le había servido para sobrevivir en Dragon Ball, ahora le entregaba la respuesta con una crueldad asombrosa. Fuyuki. El incendio. El final de la Cuarta Guerra del Santo Grial.
—¿Quién eres? —preguntó Shiro, aunque ya lo sabía. Tenía que interpretar el papel.
El hombre se acercó y se sentó en la silla junto a la cama. Guardó silencio por un momento, buscando las palabras adecuadas.
—Me llamo Emiya Kiritsugu —respondió finalmente—. Fui yo quien te encontró en el fuego. Fui el único que pudo llegar a ti.
Shiro sintió una punzada en el pecho. No era dolor físico, sino la resonancia de los recuerdos de este nuevo cuerpo. Shirou Emiya. El niño que deseaba ser un héroe de la justicia. El recipiente de Avalon.
—Ya veo —dijo Shiro, cerrando los ojos—. Gracias por salvarme, Emiya-san.
Kiritsugu pareció sorprendido por la calma del niño. Esperaba gritos, llanto, el trauma de haber perdido a su familia y su hogar. Pero este niño lo miraba con ojos que tenían una profundidad antinatural, una serenidad que no pertenecía a un huérfano de siete años.
—Escucha —continuó Kiritsugu, inclinándose hacia adelante—, tengo una propuesta para ti. Podría llevarte a un orfanato, donde estarás a salvo. O... podría adoptarte. Yo soy un mago, ¿sabes?
Shiro soltó una pequeña risa seca, lo que hizo que Kiritsugu arqueara una ceja.
—Un mago —repitió Shiro. En su mente, comparó el concepto de "magia" de este mundo con el Control del Espíritu de Yadrat. Si el Ki era la energía de la vida, la Taumaturgia de este mundo parecía una forma de piratear las leyes de la naturaleza usando "Circuitos Mágicos".
—¿Te parece divertido? —preguntó Kiritsugu con una media sonrisa triste.
—No, es solo que... es una oferta extraña para un desconocido —respondió el niño, intentando sentarse a pesar del dolor—. Pero acepto. Prefiero estar con alguien que sabe qué fue lo que causó ese fuego que con extraños que me mirarán con lástima.
Kiritsugu se quedó helado. Aquel niño no era normal. Había algo en su forma de hablar, en la manera en que su presencia parecía llenar la habitación a pesar de su cuerpo herido.
—Eres un niño muy extraño, Shirou —dijo el hombre, dándole por primera vez el nombre que llevaría a partir de ahora.
—Y tú eres un mago muy triste, Kiritsugu —replicó Shiro con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que mostraba una chispa de la voluntad inquebrantable que una vez desafió a los dioses.
Semanas después, Shiro —ahora Shirou Emiya— se encontraba en el dojo de la mansión Emiya. Kiritsugu estaba fuera, probablemente lidiando con los restos de su propia vida destrozada.
Shirou se sentó en posición de loto, tal como lo había hecho miles de veces bajo los cielos rosados de Yadrat.
—Muy bien —se dijo a sí mismo en voz baja—. Hagamos un inventario.
Cerró los ojos y se sumergió en su propio ser. Sus Circuitos Mágicos eran... mediocres en el mejor de los casos. Veintisiete nervios que Kiritsugu aún no había enseñado a activar correctamente. Pero Shirou no necesitaba los métodos convencionales. Él conocía el secreto del Espíritu.
El Ki no era algo que se generaba solo con el cuerpo físico; se originaba en la unión de la mente, el cuerpo y el alma. En este mundo, el misterio y la ciencia se separaban, pero para un maestro de Yadrat, todo era lo mismo.
—Si uso el Control del Espíritu para refinar mi alma... —empezó a visualizar, respirando rítmicamente.
De repente, sintió una resistencia. Un objeto dentro de él. Frío, dorado y eterno.
—Avalon —susurró. La vaina de la espada legendaria estaba fusionada con su origen.
En su vida anterior, Shiro había aprendido a manipular la energía de objetos externos. Extendió sus sentidos y, por primera vez en este nuevo mundo, realizó una técnica de Yadrat: la Sincronización Espiritual.
En lugar de simplemente dejar que Avalon lo curara pasivamente, Shirou forzó su Ki —ese pequeño hilo de energía que estaba cultivando— a entrelazarse con la vaina. La reacción fue instantánea. Una luz azulada y dorada emanó de sus poros. El dolor de sus quemaduras desapareció por completo, y sus circuitos mágicos, en lugar de arder como nervios expuestos, comenzaron a vibrar con una frecuencia armónica.
—Increíble —murmuró, abriendo los ojos, que ahora brillaban con un tenue matiz plateado—. El Ki de este mundo es escaso en la atmósfera, pero la energía que emana de este artefacto es casi infinita. Si puedo usar el Control del Espíritu para convertir el misterio de Avalon en Ki puro...
Se puso de pie y extendió la mano hacia una pequeña piedra en el suelo. No usó refuerzo, la técnica básica de los magos. Usó la manipulación de materia que aprendió en su vejez en el universo de Dragon Ball.
La piedra no solo se hizo más dura; se transformó. Sus átomos se reorganizaron bajo la presión de su voluntad hasta convertirse en un cristal de alta densidad.
—No soy solo un mago, y ya no soy un Guerrero Z —concluyó, mirando sus manos—. Soy algo nuevo.
—¿Shirou? —La voz de Kiritsugu resonó desde el pasillo.
El niño deshizo la energía al instante. No era el momento de mostrar sus cartas. Kiritsugu era un hombre roto, y Shirou, a pesar de su inmenso poder mental y experiencia, sentía un afecto genuino por el hombre que lo salvó. En su vida anterior, había visto mundos arder y galaxias ser borradas. Aquí, en esta pequeña casa japonesa, tenía la oportunidad de algo que nunca tuvo en el mundo de Dragon Ball: una vida tranquila... o al menos, la preparación para la tormenta que sabía que vendría.
Kiritsugu entró al dojo y se detuvo al ver al niño. Shirou parecía diferente. Su postura era perfecta, su respiración tan profunda que parecía mover el aire de la habitación.
—¿Estás practicando la meditación que te enseñé? —preguntó Kiritsugu, impresionado.
—Algo así, padre —respondió Shirou, usando el término con una naturalidad que conmovió al hombre—. Estaba pensando en lo que dijiste sobre los héroes.
Kiritsugu bajó la mirada, con una sombra de arrepentimiento cruzando su rostro.
—Es un camino doloroso, Shirou. No te lo recomendaría.
Shirou caminó hacia él y le puso una mano pequeña en el brazo. Por un momento, Kiritsugu sintió una calidez extraña, como si una energía pura y reconfortante fluyera desde el niño hacia él, aliviando por un segundo el dolor de la maldición del Grial que consumía su cuerpo.
—Un héroe no es alguien que salva a todos, padre —dijo Shirou, con la sabiduría de quien ha visto a Goku sacrificarse una y otra vez—. Un héroe es quien tiene la fuerza para proteger lo que ama sin perderse a sí mismo en el proceso. Yo no voy a ser un héroe de la justicia como tú querías. Voy a ser algo mejor.
Kiritsugu parpadeó, desconcertado.
—¿Y qué es eso?
Shirou sonrió, una sonrisa que recordaba a la de un guerrero que espera el inicio de un torneo universal.
—Voy a ser el equilibrio.
Esa noche, mientras Kiritsugu dormía, Shirou salió al jardín. Miró la luna y extendió dos dedos hacia su frente. Intentó localizar una firma de energía conocida. Buscó a Vegeta, a Gohan, a Piccolo... pero no había nada. Estaba solo en este multiverso.
—Bueno —dijo, bajando la mano—. Si no hay nadie que pueda pelear a mi lado, tendré que asegurarme de que nadie en este mundo pueda hacerme frente.
Se concentró y comenzó a realizar los movimientos del Control del Espíritu. Sus manos se movían en patrones complejos, tejiendo la escasa energía ambiental con su propia esencia. Poco a poco, una pequeña esfera de energía pura se formó entre sus palmas. No era una esfera de Ki normal; estaba imbuida con la naturaleza de la "Transmisión Instantánea" y la "Fisión Espiritual".
Si un Servant aparecía en diez años, se encontraría con algo que las Leyendas Heroicas no estaban preparadas para enfrentar: un humano que no jugaba bajo las reglas de la magia, sino bajo las reglas de un universo donde los límites estaban hechos para ser rotos.
—Fate, ¿eh? —susurró Shirou, mirando las estrellas—. Espero que los Espíritus Heroicos sean tan fuertes como dicen. Porque yo no he dejado de entrenar desde que salí de Yadrat.
Cerró el puño, disipando la energía en un estallido silencioso. El aire alrededor de la mansión Emiya pareció vibrar por un segundo antes de volver a la calma. La Quinta Guerra del Santo Grial todavía estaba lejos, pero para el ser que una vez fue el guerrero más versátil del Universo 7, el tiempo era solo otra variable que podía controlar.
Se dio la vuelta y regresó a la casa. Mañana tendría que aprender a cocinar; recordaba que a Shirou Emiya se le daba bien, y él, después de siglos comiendo comida de supervivencia en planetas lejanos, tenía ganas de disfrutar de los placeres simples de la vida.
Después de todo, incluso un maestro del espíritu necesitaba un buen plato de arroz antes de cambiar el destino del mundo.
Recordaba con una claridad meridiana su llegada al Planeta Yadrat. Recordaba el aire pesado, la gravedad extraña y la fisionomía amable de los nativos. Allí, como un simple humano transportado por un capricho del destino al inicio de la era de Goku, no se conformó con ser un espectador. El Control del Espíritu no fue solo una técnica para él; fue una ciencia. Mientras Goku aprendía la Teletransportación, Shiro descubría que el Ki no era solo energía bruta, sino la manifestación de la voluntad sobre la realidad. Aprendió a dividir su alma, a sanar heridas imposibles, a manipular el espacio-tiempo de formas que incluso los Dioses de la Destrucción ignoraban.
Había luchado contra Vegeta en la Tierra, sobrevivido a Namek, y se había mantenido como el pilar silencioso durante la locura de los Androides y Majin Buu. Incluso en la era de los dioses, frente a Moro y Gas, su Ki "espiritual" fue la clave que nadie vio venir. Había vivido siglos, envejeciendo lentamente gracias a su dominio sobre su propia energía vital, hasta que finalmente, tras la paz definitiva después del Torneo del Poder y las amenazas posteriores, cerró los ojos en una cama rodeado de paz.
O eso creía.
El dolor fue lo primero que sintió. Un dolor agudo, punzante, que no provenía de una batalla, sino de un cuerpo que se sentía... pequeño. Débil. Insignificante.
Abrió los ojos. El techo era blanco, aséptico. El olor a desinfectante y quemado le llenó las fosas nasales, provocándole una náusea que no sentía desde que era un adolescente humano en su primer mundo.
—¿Dónde...? —Su voz sonó como un graznido. Era la voz de un niño.
Intentó mover el brazo, pero una punzada de dolor recorrió su costado. Bajó la mirada y vio vendajes. Muchos vendajes. Sus manos eran pequeñas, llenas de cicatrices recientes y quemaduras que estaban en proceso de curación.
—Vaya... otra vez no —susurró para sí mismo, soltando un suspiro tembloroso.
Cerró los ojos y buscó en su interior. Buscó ese océano de Ki infinito que había cultivado durante eones en el universo de los Guerreros Z. Lo que encontró lo dejó frío. En lugar de una galaxia de energía dorada y divina, encontró un pozo seco. Un pequeño riachuelo de energía que apenas fluía, pero que se sentía... diferente. No era solo Ki. Estaba mezclado con algo más, algo más denso y conectado a la sangre.
—Esto no es el Planeta Yadrat. Ni siquiera es la Tierra de Capsule Corp —murmuró, forzando a su mente a analizar el entorno.
La puerta de la habitación se abrió con un suave chirrido. Un hombre de cabello negro desordenado y ojos que parecían haber visto el fin del mundo entró. Llevaba un abrigo oscuro y una expresión de alivio melancólico.
—Has despertado —dijo el hombre. Su voz era profunda, cargada de un cansancio que Shiro reconoció al instante. Era el cansancio de alguien que lo había perdido todo.
Shiro lo observó fijamente. Cabello negro, ojos muertos, aura de arrepentimiento... Kiritsugu Emiya.
Los engranajes en la cabeza de Shiro comenzaron a girar a toda velocidad. Su memoria de amante del anime, aquella que le había servido para sobrevivir en Dragon Ball, ahora le entregaba la respuesta con una crueldad asombrosa. Fuyuki. El incendio. El final de la Cuarta Guerra del Santo Grial.
—¿Quién eres? —preguntó Shiro, aunque ya lo sabía. Tenía que interpretar el papel.
El hombre se acercó y se sentó en la silla junto a la cama. Guardó silencio por un momento, buscando las palabras adecuadas.
—Me llamo Emiya Kiritsugu —respondió finalmente—. Fui yo quien te encontró en el fuego. Fui el único que pudo llegar a ti.
Shiro sintió una punzada en el pecho. No era dolor físico, sino la resonancia de los recuerdos de este nuevo cuerpo. Shirou Emiya. El niño que deseaba ser un héroe de la justicia. El recipiente de Avalon.
—Ya veo —dijo Shiro, cerrando los ojos—. Gracias por salvarme, Emiya-san.
Kiritsugu pareció sorprendido por la calma del niño. Esperaba gritos, llanto, el trauma de haber perdido a su familia y su hogar. Pero este niño lo miraba con ojos que tenían una profundidad antinatural, una serenidad que no pertenecía a un huérfano de siete años.
—Escucha —continuó Kiritsugu, inclinándose hacia adelante—, tengo una propuesta para ti. Podría llevarte a un orfanato, donde estarás a salvo. O... podría adoptarte. Yo soy un mago, ¿sabes?
Shiro soltó una pequeña risa seca, lo que hizo que Kiritsugu arqueara una ceja.
—Un mago —repitió Shiro. En su mente, comparó el concepto de "magia" de este mundo con el Control del Espíritu de Yadrat. Si el Ki era la energía de la vida, la Taumaturgia de este mundo parecía una forma de piratear las leyes de la naturaleza usando "Circuitos Mágicos".
—¿Te parece divertido? —preguntó Kiritsugu con una media sonrisa triste.
—No, es solo que... es una oferta extraña para un desconocido —respondió el niño, intentando sentarse a pesar del dolor—. Pero acepto. Prefiero estar con alguien que sabe qué fue lo que causó ese fuego que con extraños que me mirarán con lástima.
Kiritsugu se quedó helado. Aquel niño no era normal. Había algo en su forma de hablar, en la manera en que su presencia parecía llenar la habitación a pesar de su cuerpo herido.
—Eres un niño muy extraño, Shirou —dijo el hombre, dándole por primera vez el nombre que llevaría a partir de ahora.
—Y tú eres un mago muy triste, Kiritsugu —replicó Shiro con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero que mostraba una chispa de la voluntad inquebrantable que una vez desafió a los dioses.
Semanas después, Shiro —ahora Shirou Emiya— se encontraba en el dojo de la mansión Emiya. Kiritsugu estaba fuera, probablemente lidiando con los restos de su propia vida destrozada.
Shirou se sentó en posición de loto, tal como lo había hecho miles de veces bajo los cielos rosados de Yadrat.
—Muy bien —se dijo a sí mismo en voz baja—. Hagamos un inventario.
Cerró los ojos y se sumergió en su propio ser. Sus Circuitos Mágicos eran... mediocres en el mejor de los casos. Veintisiete nervios que Kiritsugu aún no había enseñado a activar correctamente. Pero Shirou no necesitaba los métodos convencionales. Él conocía el secreto del Espíritu.
El Ki no era algo que se generaba solo con el cuerpo físico; se originaba en la unión de la mente, el cuerpo y el alma. En este mundo, el misterio y la ciencia se separaban, pero para un maestro de Yadrat, todo era lo mismo.
—Si uso el Control del Espíritu para refinar mi alma... —empezó a visualizar, respirando rítmicamente.
De repente, sintió una resistencia. Un objeto dentro de él. Frío, dorado y eterno.
—Avalon —susurró. La vaina de la espada legendaria estaba fusionada con su origen.
En su vida anterior, Shiro había aprendido a manipular la energía de objetos externos. Extendió sus sentidos y, por primera vez en este nuevo mundo, realizó una técnica de Yadrat: la Sincronización Espiritual.
En lugar de simplemente dejar que Avalon lo curara pasivamente, Shirou forzó su Ki —ese pequeño hilo de energía que estaba cultivando— a entrelazarse con la vaina. La reacción fue instantánea. Una luz azulada y dorada emanó de sus poros. El dolor de sus quemaduras desapareció por completo, y sus circuitos mágicos, en lugar de arder como nervios expuestos, comenzaron a vibrar con una frecuencia armónica.
—Increíble —murmuró, abriendo los ojos, que ahora brillaban con un tenue matiz plateado—. El Ki de este mundo es escaso en la atmósfera, pero la energía que emana de este artefacto es casi infinita. Si puedo usar el Control del Espíritu para convertir el misterio de Avalon en Ki puro...
Se puso de pie y extendió la mano hacia una pequeña piedra en el suelo. No usó refuerzo, la técnica básica de los magos. Usó la manipulación de materia que aprendió en su vejez en el universo de Dragon Ball.
La piedra no solo se hizo más dura; se transformó. Sus átomos se reorganizaron bajo la presión de su voluntad hasta convertirse en un cristal de alta densidad.
—No soy solo un mago, y ya no soy un Guerrero Z —concluyó, mirando sus manos—. Soy algo nuevo.
—¿Shirou? —La voz de Kiritsugu resonó desde el pasillo.
El niño deshizo la energía al instante. No era el momento de mostrar sus cartas. Kiritsugu era un hombre roto, y Shirou, a pesar de su inmenso poder mental y experiencia, sentía un afecto genuino por el hombre que lo salvó. En su vida anterior, había visto mundos arder y galaxias ser borradas. Aquí, en esta pequeña casa japonesa, tenía la oportunidad de algo que nunca tuvo en el mundo de Dragon Ball: una vida tranquila... o al menos, la preparación para la tormenta que sabía que vendría.
Kiritsugu entró al dojo y se detuvo al ver al niño. Shirou parecía diferente. Su postura era perfecta, su respiración tan profunda que parecía mover el aire de la habitación.
—¿Estás practicando la meditación que te enseñé? —preguntó Kiritsugu, impresionado.
—Algo así, padre —respondió Shirou, usando el término con una naturalidad que conmovió al hombre—. Estaba pensando en lo que dijiste sobre los héroes.
Kiritsugu bajó la mirada, con una sombra de arrepentimiento cruzando su rostro.
—Es un camino doloroso, Shirou. No te lo recomendaría.
Shirou caminó hacia él y le puso una mano pequeña en el brazo. Por un momento, Kiritsugu sintió una calidez extraña, como si una energía pura y reconfortante fluyera desde el niño hacia él, aliviando por un segundo el dolor de la maldición del Grial que consumía su cuerpo.
—Un héroe no es alguien que salva a todos, padre —dijo Shirou, con la sabiduría de quien ha visto a Goku sacrificarse una y otra vez—. Un héroe es quien tiene la fuerza para proteger lo que ama sin perderse a sí mismo en el proceso. Yo no voy a ser un héroe de la justicia como tú querías. Voy a ser algo mejor.
Kiritsugu parpadeó, desconcertado.
—¿Y qué es eso?
Shirou sonrió, una sonrisa que recordaba a la de un guerrero que espera el inicio de un torneo universal.
—Voy a ser el equilibrio.
Esa noche, mientras Kiritsugu dormía, Shirou salió al jardín. Miró la luna y extendió dos dedos hacia su frente. Intentó localizar una firma de energía conocida. Buscó a Vegeta, a Gohan, a Piccolo... pero no había nada. Estaba solo en este multiverso.
—Bueno —dijo, bajando la mano—. Si no hay nadie que pueda pelear a mi lado, tendré que asegurarme de que nadie en este mundo pueda hacerme frente.
Se concentró y comenzó a realizar los movimientos del Control del Espíritu. Sus manos se movían en patrones complejos, tejiendo la escasa energía ambiental con su propia esencia. Poco a poco, una pequeña esfera de energía pura se formó entre sus palmas. No era una esfera de Ki normal; estaba imbuida con la naturaleza de la "Transmisión Instantánea" y la "Fisión Espiritual".
Si un Servant aparecía en diez años, se encontraría con algo que las Leyendas Heroicas no estaban preparadas para enfrentar: un humano que no jugaba bajo las reglas de la magia, sino bajo las reglas de un universo donde los límites estaban hechos para ser rotos.
—Fate, ¿eh? —susurró Shirou, mirando las estrellas—. Espero que los Espíritus Heroicos sean tan fuertes como dicen. Porque yo no he dejado de entrenar desde que salí de Yadrat.
Cerró el puño, disipando la energía en un estallido silencioso. El aire alrededor de la mansión Emiya pareció vibrar por un segundo antes de volver a la calma. La Quinta Guerra del Santo Grial todavía estaba lejos, pero para el ser que una vez fue el guerrero más versátil del Universo 7, el tiempo era solo otra variable que podía controlar.
Se dio la vuelta y regresó a la casa. Mañana tendría que aprender a cocinar; recordaba que a Shirou Emiya se le daba bien, y él, después de siglos comiendo comida de supervivencia en planetas lejanos, tenía ganas de disfrutar de los placeres simples de la vida.
Después de todo, incluso un maestro del espíritu necesitaba un buen plato de arroz antes de cambiar el destino del mundo.
