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Yo soy la ley

Fandom: Dragon ball super,no game no life zero

Creado: 11/6/2026

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Más allá del Límite: De Yadrat al Origen del Todo

Shirou Takatsuki siempre se consideró un tipo con suerte, aunque su definición de "suerte" fuera algo peculiar. A los diecisiete años, su mayor preocupación era si el siguiente capítulo de su manga favorito se retrasaría por una pausa del autor. Tenía el cabello negro alborotado, los ojos oscuros siempre fijos en alguna pantalla y una personalidad tan relajada que sus amigos solían decir que emitía ondas de radio de baja frecuencia.

Pero el destino, o quienquiera que maneje los hilos del multiverso, decidió que su vida de otaku sedentario necesitaba un giro de ciento ochenta grados.

Un parpadeo. Eso fue todo. Un momento estaba en su habitación y al siguiente, el aire se volvió denso, dulce y extraño. Shirou no apareció en las montañas Paozu ni en la Ciudad del Oeste. Apareció en el planeta Yadrat, años antes de que un saiyajin llamado Goku pusiera un pie allí.

Los yadratianos, con sus cabezas rosadas y cuerpos pequeños, lo miraron con curiosidad. No lo mataron; en su lugar, vieron algo en él. Shirou, aceptando su situación con una calma casi alarmante, decidió que si iba a estar en Dragon Ball, no sería un simple espectador.

—El espíritu es la base, Shirou —le decía Pybara, el anciano líder de los yadratianos—. El Ki es solo la manifestación física, pero el espíritu es el molde.

Shirou no solo aprendió la Teletransportación o la Partición Forzada de Espíritu. Su obsesión de fanático le permitió ver lo que otros ignoraban. Descubrió que el espíritu podía resonar con la estructura misma del espacio. Aprendió a "escuchar" los átomos, a manipular la probabilidad a través del control espiritual. Mientras Goku luchaba contra Piccolo o Vegeta, Shirou, desde las sombras de Yadrat y más tarde viajando por el espacio, perfeccionaba una técnica que él llamó "Sincronía Existencial".

Vivió todo. Ayudó discretamente en la saga de Cell, desvió ataques que habrían destruido galaxias durante la batalla contra Buu, y cuando llegaron los Dioses de la Destrucción, Shirou ya no era un humano común. Su cabello seguía siendo negro, pero su aura no era dorada ni azul; era una transparencia absoluta, una calma que incluso Whis llegó a respetar.

Pasó el Torneo del Poder, la batalla contra Moro, el conflicto con Gas. Shirou estuvo allí, un pilar invisible de la Tierra, un hombre que había trascendido la mortalidad humana mediante el control absoluto de su esencia.

—Por fin —suspiró Shirou, sentado en la cima de una montaña en la Tierra, mirando el atardecer tras la derrota del último gran enemigo del manga—. Por fin, un poco de paz. Tal vez ahora pueda terminar de leer esos cómics que dejé a medias hace décadas.

Cerró los ojos, dejando que la brisa acariciara su rostro. Se sentía viejo, no de cuerpo —pues su control espiritual mantenía su biología en un estado óptimo de diecisiete años—, sino de alma. Estaba listo para una siesta eterna.

Pero el universo no había terminado con él.

Un tirón violento en el centro de su pecho lo despertó. No era un ataque de Ki, ni magia de Moro. Era algo primordial. El espacio a su alrededor se rasgó como si fuera papel mojado.

—¿En serio? —preguntó al vacío con una mueca de fastidio—. ¿Otra vez?

El mundo de Dragon Ball se desvaneció en un estallido de luz blanca.

Cuando Shirou volvió a abrir los ojos, el olor a aire dulce de Yadrat o el aire fresco de la Tierra habían desaparecido. En su lugar, el aire sabía a ceniza, a hierro y a muerte.

Se puso en pie lentamente, sacudiéndose el polvo de sus ropas oscuras. El cielo no era azul, ni siquiera negro. Era un tono rojizo oscuro, cubierto por nubes espesas que dejaban caer un polvo negro y fino que quemaba al contacto. Shirou extendió su mano y sintió cómo las partículas intentaban corroer su piel, pero su control del espíritu creó una barrera invisible de inmediato.

—Esto no es la Tierra —murmuró, mirando a su alrededor—. Y definitivamente no es el mundo de Dragon Ball.

Se encontraba en un páramo desolado. A lo lejos, vio estructuras colosales que parecían restos de naves espaciales o ciudades mecánicas destrozadas. El suelo estaba cubierto de cráteres y restos de lo que parecían ser esqueletos gigantescos.

De repente, sus sentidos, agudizados por siglos de entrenamiento, detectaron movimiento. Algo se acercaba a gran velocidad desde el cielo.

—Tres firmas de energía... no, no es Ki —analizó Shirou, entrecerrando los ojos—. Es algo más crudo, más caótico.

Tres figuras descendieron, levantando una nube de ceniza negra. Eran seres alados, con una belleza inhumana y ojos que brillaban con una sed de sangre divina. Llevaban armaduras ligeras y sus alas emitían un fulgor dorado que contrastaba con el cielo lúgubre.

—¿Un humano? —dijo una de las criaturas, su voz resonando como campanas de plata—. ¿Cómo puede un simple mono sobrevivir a la ceniza de los dioses sin protección?

Shirou las observó con calma. Su memoria de otaku, guardada en los rincones más profundos de su mente, empezó a conectar los puntos. El cielo rojo, la ceniza negra, las chicas con alas y halos de energía...

—Flügel —susurró Shirou—. Estoy en la Gran Guerra. No Game No Life Zero.

—¡Oh! El mono sabe nuestro nombre —rio la que parecía ser la líder, levantando una mano—. Es una lástima que tu existencia sea una mancha en este campo de batalla. Muere con honor, criatura inferior.

Una esfera de energía pura comenzó a formarse en la palma de la Flügel. La potencia era suficiente para borrar una montaña del mapa.

Shirou no se movió. No adoptó una postura de combate. Simplemente suspiró y metió las manos en sus bolsillos.

—Mira, acabo de terminar con una guerra que duró literalmente años —dijo Shirou, su voz tranquila cortando el aire pesado—. Solo quería descansar. No tengo ganas de jugar a los dioses con ustedes.

—¿Jugar? —La Flügel frunció el ceño, irritada por la falta de miedo del humano—. ¡Esto no es un juego! ¡Es la voluntad de nuestro creador, Artosh!

Lanzó el ataque. Un rayo de luz blanca pura surcó el aire, desintegrando todo a su paso. El impacto directo levantó una columna de fuego y ceniza que alcanzó las nubes.

Las Flügel sonrieron, preparándose para retomar el vuelo. Pero entonces, el humo se disipó.

Shirou seguía allí. El ataque no solo no lo había tocado, sino que parecía haberse "curvado" alrededor de él, dejando un círculo perfecto de suelo intacto donde él estaba parado.

—¿Cómo...? —La Flügel palideció—. ¡Es imposible! ¡Ningún humano tiene el poder de desviar el golpe de una Flügel!

—No lo desvié —explicó Shirou, caminando tranquilamente hacia ellas—. Simplemente le pedí al espacio que no estuviera allí. Se llama control espiritual avanzado. Pero supongo que para ustedes es magia.

En un parpadeo, Shirou desapareció. No hubo rastro de Ki, ni sonido de movimiento.

—¿A dónde se fue? —gritó una de las compañeras.

—Aquí —dijo una voz detrás de ellas.

Shirou estaba flotando en el aire, a la misma altura que las guerreras aladas. Su expresión no era de odio, sino de una profunda pereza.

—Escuchen —dijo Shirou, extendiendo un dedo—. No sé por qué he acabado aquí, pero este mundo está roto. La energía que llaman "Spiritium" está desequilibrada por su guerra absurda. Si siguen lanzando ataques así, van a terminar de matar lo poco que queda de este planeta.

—¡Cállate, basura! —La líder se lanzó hacia él con una espada de luz—. ¡Te cortaré esa lengua arrogante!

Shirou ni siquiera la miró. Simplemente chasqueó los dedos.

La Flügel se detuvo en seco. No porque él la hubiera golpeado, sino porque la inercia misma de su cuerpo había sido cancelada. Se quedó suspendida en el aire, incapaz de mover un solo músculo, como si el tiempo se hubiera congelado solo para ella.

—Como dije, no tengo ganas de pelear —Shirou aterrizó de nuevo en el suelo gris—. Pero si intentan atacarme de nuevo, borraré su conexión con el Spiritium. Y creo que saben lo que le pasa a una Flügel cuando pierde su fuente de poder.

Las otras dos guerreras retrocedieron, aterradas. Nunca habían visto algo así. Ni los Elfos, ni los Enanos, ni siquiera los Ex-machina mostraban ese tipo de autoridad sobre la realidad.

—¿Quién... quién eres tú? —preguntó la líder, recuperando el habla mientras caía torpemente al suelo.

Shirou miró al cielo, buscando alguna estrella que no estuviera cubierta por la ceniza. Recordó a Goku, a Vegeta, a sus maestros en Yadrat. Recordó su vida como un adolescente que solo quería ver anime.

—Solo un turista que se perdió en el camino a la jubilación —respondió—. Pero viendo cómo está este lugar, parece que tendré que poner algo de orden antes de poder dormir.

Shirou caminó hacia el horizonte, donde las ruinas de una ciudad humana se vislumbraban. Sabía que en algún lugar de este mundo, un joven llamado Riku estaba tratando de salvar a la humanidad con lógica y sacrificios.

—Riku, ¿eh? —sonrió Shirou para sí mismo—. Veamos qué pasa cuando añades a un humano que puede abofetear a un dios a tu tablero de ajedrez.

El viento sopló, llevándose el polvo negro de sus hombros. Shirou Takatsuki, el humano que dominó el espíritu en el mundo de los guerreros, ahora caminaba en el mundo de los juegos y la guerra divina. Y las reglas estaban a punto de cambiar para siempre.

Caminó unos kilómetros hasta que encontró una entrada oculta entre las rocas. Sus sentidos espirituales le indicaron que había vida allí abajo. Vida débil, asustada, pero persistente.

—Oye, ¿hay alguien en casa? —preguntó Shirou al aire, golpeando suavemente una placa de metal que servía de escotilla.

Una pequeña rendija se abrió y un par de ojos cansados lo observaron con incredulidad.

—¿Un humano? —susurró una voz masculina—. ¿Cómo es que no llevas máscara? ¡La ceniza te matará!

—Soy un poco terco para morir —respondió Shirou con una sonrisa relajada—. ¿Me dejas entrar? Traigo noticias de que el cielo está un poco feo hoy, pero el pronóstico dice que las cosas van a cambiar.

La escotilla se abrió lentamente. Shirou bajó por una escalera hacia la penumbra de un refugio subterráneo. Allí, vio a docenas de personas amontonadas, viviendo en la miseria, temiendo el día en que un ataque perdido de las razas superiores los borrara de la existencia.

En el centro de la sala, un joven de cabello oscuro y ojos llenos de una carga demasiado pesada para su edad lo observaba con sospecha. Riku Dola.

—No eres de ninguna de las colonias conocidas —dijo Riku, acercándose con una mano en su cinturón—. Tu ropa es extraña, no tienes marcas de ceniza y te mueves como si no tuvieras miedo de nada. ¿Quién eres?

Shirou se rascó la nuca y soltó una carcajada corta.

—Me llamo Shirou. Y digamos que vengo de un lugar donde aprendí que no importa lo fuerte que sea el enemigo, siempre hay una forma de darle la vuelta a la tortilla si sabes cómo manipular la energía de las cosas.

Riku entrecerró los ojos, analizando cada palabra.

—En este mundo, los humanos no tenemos "energía". No podemos usar magia. Solo sobrevivimos.

—Eso es porque nadie les enseñó a mirar hacia adentro —dijo Shirou, y por un momento, su aura se manifestó. No fue una explosión de poder, sino un brillo cálido y reconfortante que iluminó todo el refugio, limpiando instantáneamente el aire de la toxicidad de la ceniza—. El espíritu está en todos, Riku. Incluso en los que el mundo llama "débiles".

Riku se quedó sin habla. Por primera vez en su vida, sintió calor verdadero, un calor que no venía de una hoguera, sino de la mera presencia de otro ser humano.

—¿Qué quieres? —preguntó Riku, su voz temblando ligeramente.

Shirou se sentó en una caja de suministros vacía y estiró los brazos.

—Quiero dos cosas. Primero, un lugar para dormir que no esté cubierto de polvo de dios muerto. Y segundo... quiero ayudarte a terminar esta guerra. Pero no a la manera de ellos. A nuestra manera.

Riku miró a su gente, luego miró a Shirou. El tablero de juego de la Gran Guerra acababa de recibir una pieza que nadie, ni siquiera el Dios Único, había previsto.

—Bien, Shirou —dijo Riku, extendiendo una mano—. Si puedes hacer lo que dices, bienvenido al fin del mundo.

Shirou estrechó su mano. El contacto selló un pacto que resonaría a través de las eras.

—El fin del mundo es solo el prólogo de una buena historia, chico —dijo Shirou con una chispa de diversión en sus ojos—. Y créeme, he visto finales mucho peores que este. Vamos a jugar.
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