
Yo soy la ley
Fandom: Dragon ball super,no game no life zero
Creado: 11/6/2026
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Cenizas de un Dios, Polvo de una Guerra
El vacío no era algo nuevo para Shirou Takatsuki. A lo largo de sus décadas en el universo de Dragon Ball, había flotado en la nada tras la destrucción de planetas, había caminado por el reino de los ángeles y había meditado en dimensiones donde el tiempo y el espacio eran conceptos abstractos. Sin embargo, esta transición se sentía diferente. No fue un viaje instantáneo como su Teletransportación, sino una caída libre hacia un abismo de colores desaturados y un frío que calaba no en el cuerpo, sino en el alma.
Cuando sus pies finalmente tocaron tierra firme, lo primero que lo golpeó no fue un enemigo, sino el aire. Era denso, cargado de una estática corrosiva que picaba en su piel. Shirou abrió los ojos y parpadeó, ajustando su visión. No estaba en su jardín en la Tierra, ni en el palacio de Zeno-sama.
Se encontraba en un páramo desolado. El cielo no era azul, sino de un tono rojizo oscuro, cubierto por nubes perpetuas de ceniza que caían como nieve negra. A lo lejos, las siluetas de montañas colosales se alzaban como esqueletos de gigantes, y el suelo bajo sus botas era una mezcla de roca calcinada y un polvo fino que brillaba con una luz mortecina.
—Bueno... —susurró Shirou, pasando una mano por su cabello negro, que ahora parecía más oscuro bajo esta luz lúgubre—. Definitivamente, esto no es Capsule Corp.
Expandió sus sentidos, buscando alguna firma de ki. Tras siglos de perfeccionar el Control del Espíritu en Yadrat y llevarlo a niveles que incluso los dioses envidiaban, su percepción era absoluta. Pero lo que sintió lo dejó helado. No había ki en el ambiente. O mejor dicho, lo que había era una energía caótica, una "esencia" que se sentía como veneno. Era una mezcla de poder destructivo y desesperación.
—¿Qué demonios es este lugar? —se preguntó a sí mismo, frunciendo el ceño—. Siento presencias... pero son monstruosas. Y hay humanos, o algo parecido, pero sus llamas de vida son tan pequeñas que casi se apagan.
Shirou miró sus manos. A pesar de tener cientos de años, su apariencia seguía siendo la de un joven de diecisiete años, un "efecto secundario" de haber refinado su fuerza vital hasta el punto de la cuasi-inmortalidad. Vestía su dogi habitual, una versión modificada de las ropas de Yadrat con toques terrícolas, pero el tejido parecía absorber la ceniza del aire.
Caminó unos pasos y se detuvo frente a un enorme cráter. En el fondo, los restos de lo que parecía ser una armadura mecánica del tamaño de un edificio yacían desparramados.
—Esto me resulta familiar —murmuró, su memoria de otaku, algo oxidada por los milenios, empezó a dar señales de vida—. Ceniza roja... guerra eterna... humanos escondidos en agujeros... No puede ser.
Antes de que pudiera procesar la idea de haber acabado en el mundo de No Game No Life Zero, un estruendo sacudió la tierra. A unos pocos kilómetros, una explosión de luz azul desgarró el cielo de ceniza. Un rayo de energía pura impactó contra una montaña, reduciéndola a escombros en segundos.
—Esa potencia... —Shirou entrecerró los ojos—. Un ataque de ese calibre borraría a un Super Saiyajin ordinario. Pero no es ki. Es algo más crudo, más... elemental.
Decidió moverse. No utilizó el vuelo convencional; en este mundo, el aire parecía "quemar" la energía externa. En su lugar, utilizó una técnica de desplazamiento espacial que había desarrollado mezclando la partición del espíritu con el Shunkan Ido. En un parpadeo, apareció en la cima de una colina que dominaba el valle donde se desarrollaba el conflicto.
Lo que vio fue una pesadilla mecánica. Un grupo de máquinas humanoides, con alas de metal y ojos que brillaban con un frío resplandor carmesí, estaba rodeando a una figura solitaria. Eran los Ex-Machina. Y frente a ellos, una ráfaga de fuego mágico indicaba la presencia de un Elfo o quizás algo peor.
Sin embargo, lo que captó su atención fue un pequeño grupo de humanos que observaba desde una grieta en las rocas, ocultos por capas de tela gruesa y máscaras. Estaban aterrados, conteniendo el aliento, sabiendo que si un solo resto de esa batalla caía sobre ellos, se desintegrarían.
—Si estoy donde creo que estoy, este mundo no tiene lugar para los débiles —dijo Shirou con una mueca de disgusto—. Y yo odio las reglas injustas.
Uno de los Ex-Machina detectó el movimiento de los humanos. Su cabeza giró 180 grados con un chirrido metálico y comenzó a cargar un cañón de energía en su brazo. Los humanos en la grieta se quedaron paralizados. Un joven de cabello oscuro y ojos llenos de una determinación suicida intentó interponerse, pero era obvio que no tenía oportunidad.
—Identificado: Forma de vida biológica no clasificada y sujetos humanos —la voz del Ex-Machina era monótona, carente de toda emoción—. Iniciando eliminación para limpieza de zona de combate.
El cañón brilló. Los humanos cerraron los ojos, esperando el final.
Pero el impacto nunca llegó.
Un sonido seco, como el de una palma golpeando el aire, resonó en todo el valle. Cuando los humanos abrieron los ojos, vieron a un chico de pie frente a ellos. No llevaba armadura, ni máscaras, ni tecnología. Solo un traje naranja y blanco que ondeaba con una brisa que él mismo parecía generar.
Shirou tenía una mano extendida hacia adelante. El disparo de energía, capaz de vaporizar una ciudad, estaba detenido a escasos centímetros de su palma, comprimido en una esfera del tamaño de una canica.
—¿Qué...? —susurró el joven humano detrás de él, con la voz rota por el asombro.
—Es de mala educación disparar a los que no pueden defenderse —dijo Shirou con una calma que resultaba aterradora en medio de aquel caos.
Con un movimiento casual de sus dedos, Shirou "apretó" la esfera de energía. El ataque del Ex-Machina simplemente desapareció, absorbido y anulado por el control absoluto del espíritu de Shirou.
Las máquinas se detuvieron. Sus procesadores internos parecían estar sufriendo un error crítico al intentar analizar lo que acababa de suceder.
—Anomalía detectada —dijo el líder de la unidad Ex-Machina—. Nivel de potencia: Incalculable. No se detecta rastro de Espíritu. ¿Cómo es posible la manipulación de energía sin Spiritus?
—Se llama entrenamiento —respondió Shirou, dando un paso al frente. El suelo bajo sus pies dejó de temblar—. Escuchen, pedazos de chatarra. He lidiado con dioses de la destrucción, tiranos espaciales y formas de vida artificiales mucho más molestas que ustedes. No estoy de humor para una guerra mundial hoy.
—Objetivo catalogado como Amenaza de Clase Desconocida —anunciaron los Ex-Machina al unísono—. Protocolo de combate: Sincronización total. Liberando limitadores.
Media docena de máquinas se lanzaron contra él a velocidades que romperían la barrera del sonido varias veces. Para un humano normal, habrían sido invisibles. Para Shirou, se movían como si estuvieran sumergidas en melaza.
—Control del Espíritu: Dispersión —susurró Shirou.
No lanzó un puñetazo. No disparó un Kamehameha. Simplemente expandió su aura un par de metros. Cuando los Ex-Machina entraron en contacto con el borde de su energía, sus cuerpos no explotaron; simplemente se desarmaron. Cada tornillo, cada placa de metal, cada circuito fue separado con precisión quirúrgica por la voluntad de Shirou. En un segundo, lo que eran máquinas de guerra letales se convirtieron en una lluvia de piezas metálicas que cayeron inofensivamente al suelo.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido del viento y la respiración agitada de los humanos detrás de él.
Shirou se giró hacia ellos. El joven que parecía ser el líder dio un paso atrás, apretando los puños, debatiéndose entre el miedo y la curiosidad.
—¿Quién... quién eres? —preguntó el joven, bajándose la máscara. Sus ojos eran astutos, pero estaban marcados por el trauma de ver morir a su especie día tras día—. No eres un Elfo, ni un Flügel... y definitivamente no eres un humano normal.
Shirou lo observó con detenimiento. Reconoció esos ojos. Era Riku Dola.
—Soy alguien que ha vivido demasiado tiempo, Riku —respondió Shirou, sorprendiendo al chico al saber su nombre—. Digamos que soy un turista que se perdió en el camino a la jubilación.
Riku retrocedió un paso, su mano derecha temblando.
—¿Cómo sabes mi nombre? ¿Eres un dios? Si eres un Old Deus, puedes matarnos ahora y terminar con esto. No tenemos nada que ofrecerte.
Shirou suspiró y se rascó la nuca, recuperando esa actitud relajada que solía tener cuando hablaba con Goku o Krillin en los días de paz.
—No soy un dios. Bueno, técnicamente tengo el ki de uno, pero no soy uno de esos tipos egocéntricos que necesitan adoración —se acercó a Riku, quien se tensó, pero no huyó—. Soy un humano. Igual que tú. Solo que vengo de un lugar donde aprendimos que el espíritu no es algo que se gasta, sino algo que se domina.
Riku miró las piezas de los Ex-Machina esparcidas por el suelo.
—Un humano no puede hacer eso. Es imposible. Las leyes de este mundo...
—Las leyes están para romperse cuando no tienen sentido —lo interrumpió Shirou con una sonrisa suave—. He visto mundos donde los deseos se cumplen con esferas mágicas y donde los límites de la fuerza se superan simplemente gritando muy fuerte. Este lugar... está roto, Riku. El aire es veneno y el suelo es una tumba.
Riku bajó la mirada, apretando los dientes.
—Lo sabemos mejor que nadie. Sobrevivimos en las sombras mientras los "fuertes" destruyen el mundo para ver quién se queda con el título de Dios Único.
Shirou miró hacia el horizonte, donde las luces de otras batallas lejanas seguían iluminando las nubes de ceniza. Podía sentir el inmenso poder de las piezas del tablero moviéndose. Los Flügel, los Elfos, los Enanos... y los Old Deus esperando en el fondo.
—Así que el Suniaster, ¿eh? —murmuró Shirou—. El trofeo de esta guerra absurda.
Riku lo miró con ojos como platos.
—¿Tú también vas tras él?
Shirou soltó una carcajada corta y genuina.
—¿Esa cosita? No me interesa ser el Dios Único, Riku. Ya he tenido suficiente responsabilidad cuidando el multiverso de tipos como Moro o Gas. Pero... —su expresión se volvió seria, y una presión invisible pero reconfortante llenó el aire— no me gusta ver un mundo tan desperdiciado. Y no me gusta que los humanos tengan que vivir como ratas.
Shirou extendió su mano hacia Riku.
—He pasado toda mi vida peleando batallas que no eran mías solo porque era lo correcto. Supongo que una más no hará daño. ¿Qué dices, Riku? ¿Quieres cambiar las reglas de este juego?
Riku miró la mano de Shirou. No sentía la hostilidad abrumadora de los otros seres de este mundo. Sentía una calidez, una estabilidad que nunca había conocido. Era como si este hombre fuera un ancla en medio de una tormenta eterna.
—No tenemos poder —dijo Riku en voz baja—. No podemos usar magia. Si nos descubren, morimos.
—Ustedes no necesitan magia —dijo Shirou, y por un momento, sus ojos brillaron con un plateado tenue, el rastro del Ultra Instinto que ahora formaba parte de su ser natural—. Me tienen a mí. Y yo soy la mayor anomalía que este mundo ha visto jamás.
Riku, tras un momento de duda, estrechó la mano de Shirou. En ese instante, una pequeña chispa de ki pasó de Shirou al joven líder humano. No era suficiente para hacerlo un guerrero, pero sí para limpiar el efecto de la ceniza negra en sus pulmones y darle una vitalidad que ningún humano de esta era poseía.
—Bien —dijo Riku, con una nueva chispa de esperanza en sus ojos—. Pero aquí, no ganamos peleando. Ganamos engañando al mundo.
—Oh, me encanta el engaño —sonrió Shirou—. Pero a veces, es necesario recordarle al mundo que, aunque el tablero sea de los dioses, hay piezas que simplemente no pueden ser movidas.
De repente, Shirou giró la cabeza hacia el norte. Una presencia masiva se acercaba. No era una máquina, ni un elfo. Era algo cuya sed de sangre se sentía a kilómetros de distancia.
—Parece que tenemos compañía —dijo Shirou, ajustándose los guantes—. Una de esas "chicas con alas" viene hacia aquí. Jibril, si no recuerdo mal.
Riku palideció.
—¡Un Flügel! Tenemos que escondernos, ¡ahora! Si nos ve, nos matará por pura curiosidad.
—Vayan a su refugio —ordenó Shirou, su voz ahora cargada de una autoridad que no admitía réplicas—. Yo me encargaré de ella. Y Riku... no te preocupes por el ruido.
Riku asintió frenéticamente y guio a su grupo hacia los túneles ocultos. Shirou se quedó solo en medio del páramo. Se cruzó de brazos y esperó.
Unos segundos después, una estela de luz dorada descendió del cielo, impactando a pocos metros de él con la fuerza de un meteorito. Cuando el polvo se asentó, una joven de belleza inhumana, con alas de plumas multicolores brotando de su cintura y una aureola geométrica sobre su cabeza, lo observaba con una sonrisa depredadora.
—Vaya, vaya... —dijo Jibril, lamiéndose los labios mientras sus ojos escaneaban a Shirou—. No tienes alas, no tienes orejas largas, no hueles a metal... y sin embargo, acabas de desintegrar a una patrulla de Ex-Machina como si fueran polvo. ¿Qué eres tú, pequeña cosa interesante? No pareces una de las razas creadas por los Maestros.
Shirou soltó un suspiro largo, su ki comenzando a vibrar en una frecuencia que hacía que la ceniza a su alrededor se desintegrara antes de tocarlo.
—Soy el tipo que va a terminar esta guerra —respondió Shirou, adoptando una postura de combate básica, la misma que aprendió en la Tierra hace tanto tiempo—. Pero primero, voy a tener que enseñarte algunos modales, ángel.
Jibril soltó una carcajada melodiosa, pero sus ojos estaban llenos de una locura sedienta de conocimiento y sangre.
—¡Un humano que habla de modales ante un Flügel! ¡Esto es maravilloso! ¡Tu cabeza será la pieza más preciada de mi biblioteca!
—Muchos lo han intentado —dijo Shirou, y en un estallido de velocidad que incluso Jibril apenas pudo seguir, apareció frente a ella con un dedo apuntando a su frente—. Pero yo ya me pasé el juego de los dioses hace mucho tiempo.
El impacto de aire que siguió a sus palabras fue tan potente que despejó las nubes de ceniza en un radio de diez kilómetros, dejando ver, por primera vez en siglos, la luz de las estrellas sobre aquel mundo agonizante. La guerra por el Suniaster acababa de recibir a un jugador que no seguía ninguna regla.
