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Your lack of memory
Fandom: Bungo Stray dogs, My hero academia
Creado: 11/6/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)CrossoverDramaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeAcciónExperimentación HumanaPsicológicoAventuraDivergenciaAngustiaRomance
Gravedad y Destino en la Línea Ferroviaria
El traqueteo rítmico del tren era lo único que mantenía a Chuuya Nakahara anclado a la realidad. Sentado en un rincón del vagón, con la espalda pegada a la pared metálica y la gorra negra calada hasta las cejas, el joven de dieciséis años intentaba desesperadamente pasar desapercibido. Su cabello rojo pálido, inusualmente largo para un chico de su edad, caía en cascada sobre sus hombros, ocultando parcialmente su rostro. Pero lo que más le preocupaba ocultar eran sus ojos. Ese par heterocromático, uno de un marrón profundo y el otro de un azul eléctrico, siempre atraía miradas innecesarias.
Para Chuuya, las miradas eran peligrosas. Las miradas significaban que te estaban evaluando, y la evaluación solía preceder al dolor.
Apretó los puños sobre sus rodillas. Sus manos estaban enguantadas, un hábito que Mori le había inculcado para controlar su "Don", o más bien, la maldición que los científicos habían tallado en su ADN cuando tenía cinco años. Nueve años bajo el ala de Mori Ougai lo habían convertido en un arma estratégica, un observador silencioso capaz de desmantelar un plan enemigo en segundos. Pero ahora, por alguna razón que Chuuya aún no terminaba de procesar, Mori le había permitido asistir al examen de ingreso de la U.A.
—"Ve, Chuuya-kun" —había dicho Mori con esa sonrisa gélida que nunca llegaba a sus ojos—. "Conviértete en un héroe. Será útil tener un pie dentro de la justicia oficial".
Chuuya suspiró, sintiendo el peso de la lealtad y el miedo retorciéndose en su estómago. Para él, Mori era su salvador y su verdugo, el hombre que lo sacó de las calles tras el infierno del laboratorio, pero también el que le recordaba a diario que su valor solo residía en su obediencia.
A su lado, un chico de cabello verde alborotado no dejaba de murmurar.
Izuku Midoriya estaba en un estado de pánico controlado. Sus ojos verdes saltaban de un lado a otro, fijos en un cuaderno de notas mientras sus labios se movían a una velocidad vertiginosa. Estaba repasando mentalmente cada consejo que All Might le había dado durante los últimos diez meses de entrenamiento infernal.
—Si el examen práctico es de combate contra robots, debo enfocarme en la movilidad... pero el One For All todavía es demasiado para mis huesos... tal vez si concentro el porcentaje en un solo punto... no, eso me dejaría fuera de combate de inmediato... —susurraba Izuku, ajeno al mundo exterior.
Chuuya, a pesar de su deseo de aislamiento, no pudo evitar observar al peliverde por el rabillo del ojo. Su mente analítica se activó por instinto. "Postura tensa, dedos manchados de tinta, complexión atlética pero recién desarrollada. Está nervioso, probablemente sobreentrenado. No parece una amenaza, pero su energía es... inusual".
De repente, el mundo se inclinó.
Un chirrido metálico ensordecedor desgarró el aire. Los frenos de emergencia del tren se activaron con una violencia brutal, provocando que la inercia lanzara a todos los pasajeros hacia adelante. El vagón se sacudió como si un gigante lo hubiera golpeado.
Chuuya reaccionó en una fracción de segundo. Sus pies se anclaron al suelo, y por un instante, un resplandor rojizo casi imperceptible emanó de su cuerpo, manipulando la gravedad a su alrededor para mantenerse pegado al asiento. Sin embargo, el chico a su lado no tuvo la misma suerte.
Izuku, que estaba perdido en sus pensamientos, salió disparado de su asiento.
—¡Aah! —gritó el peliverde mientras perdía el equilibrio.
En lugar de rodar por el pasillo, Izuku chocó directamente contra el pecho de Chuuya y terminó cayendo de forma aparatosa sobre sus piernas. El impacto fue seco. La cabeza de Izuku quedó enterrada en el abdomen de Chuuya, mientras sus manos se aferraban instintivamente a los hombros del pelirrojo para no seguir cayendo.
El tren se detuvo por completo. Un silencio sepulcral llenó el vagón, solo roto por el sonido de la respiración agitada de los pasajeros.
Chuuya se quedó petrificado. Su primer instinto fue empujar al intruso, tal vez incluso usar su poder para lanzarlo contra la pared opuesta. Nadie lo tocaba. El contacto físico estaba asociado a los experimentos, a las correcciones de Mori, al dolor. Pero sintió el calor que emanaba del chico, un calor humano y vibrante que lo dejó momentáneamente desarmado.
Izuku, dándose cuenta de su posición, levantó la cabeza lentamente. Sus ojos verdes se encontraron con la mirada de Chuuya. Debido a la cercanía y al hecho de que la gorra de Chuuya se había ladeado, Izuku pudo ver con total claridad la asombrosa diferencia de colores en sus ojos: el azul zafiro y el café profundo.
—¡Lo siento mucho! —exclamó Izuku, el rostro encendiéndose como un tomate—. ¡Yo... el tren se detuvo y yo... no quería... perdón!
Izuku intentó levantarse a toda prisa, pero en su torpeza, se enredó con sus propios pies y estuvo a punto de caer de nuevo. Chuuya, con un suspiro de fastidio que ocultaba un corazón acelerado, estiró una mano y lo sujetó del brazo con firmeza.
—Cálmate, brócoli —dijo Chuuya. Su voz era áspera, pero no cruel—. Si sigues moviéndote así, vas a terminar rompiéndote la cara contra el suelo antes de llegar al examen.
Izuku se detuvo en seco, temblando ligeramente bajo el agarre del pelirrojo. Se sentó de nuevo en su lugar, ajustándose la chaqueta del uniforme escolar con manos temblorosas.
—G-gracias —murmuró Izuku, bajando la cabeza con timidez—. Es que... estoy muy nervioso. Hoy es el examen de la U.A. y he estado esperando este día toda mi vida.
Chuuya se acomodó la gorra, ocultando de nuevo sus ojos, aunque el azul seguía brillando bajo la visera. Se cruzó de brazos y miró hacia la ventana.
—Todos están nerviosos —respondió Chuuya con frialdad—. Pero el pánico es un desperdicio de energía. Si quieres ser un héroe, deberías aprender a controlar tu centro de gravedad.
Izuku parpadeó, sorprendido por la observación. A pesar de la actitud defensiva del chico, había algo en su tono que denotaba una inteligencia aguda.
—Tienes razón —dijo Izuku, recobrando un poco la compostura—. Soy Izuku Midoriya, por cierto.
Chuuya guardó silencio durante unos segundos. No solía dar su nombre a extraños. En el mundo de Mori, los nombres eran etiquetas para activos o blancos. Pero aquí, bajo la luz del sol que empezaba a filtrarse por las ventanas del tren, se sintió extrañamente tentado a ser solo un chico de dieciséis años.
—Chuuya. Chuuya Nakahara.
—Es un gusto, Nakahara-kun —sonrió Izuku. Era una sonrisa genuina, carente de cualquier malicia o doble intención. Una sonrisa que Chuuya no sabía cómo procesar—. ¿Tú también vas al examen de la U.A.?
—Sí —respondió escuetamente—. Mi... tutor insistió en ello.
—¡Eso es genial! —Izuku pareció iluminarse—. Con esa reacción que tuviste cuando el tren frenó, estoy seguro de que tienes un Don increíble. Ni siquiera te moviste un centímetro. ¿Es algo relacionado con la inercia? ¿O tal vez fijación espacial?
Chuuya arqueó una ceja, sorprendido por la capacidad de deducción del peliverde.
—Eres observador —admitió Chuuya, permitiendo que una pequeña y cínica sonrisa tirara de la comisura de sus labios—. Algo así. Puedo manipular la gravedad de lo que toco. Pero no te hagas ideas, no estoy aquí para hacer amigos.
Izuku no pareció desanimado por el rechazo. En su vida, había lidiado con el temperamento explosivo de Bakugo, así que la actitud reservada de Chuuya le parecía casi refrescante.
—Entiendo —dijo Izuku con suavidad—. Pero en la U.A. dicen que los mejores héroes son los que saben trabajar en equipo. Quizás... quizás nos volvamos a ver adentro.
El tren volvió a ponerse en marcha con un suave tirón. El resto del viaje transcurrió en un silencio mucho menos tenso que al principio. Chuuya mantenía la mirada fija en el paisaje urbano que desfilaba ante ellos, pero su mente no dejaba de volver al momento en que Izuku había caído sobre él. Había sentido una chispa de algo que no era miedo ni ira. Era una curiosidad punzante.
Cuando llegaron a la estación cercana a la U.A., la marea de estudiantes comenzó a bajar del tren. Izuku se levantó, ajustándose la mochila.
—¡Buena suerte en el examen, Nakahara-kun! —le gritó Izuku mientras se alejaba hacia la salida, saludando con la mano.
Chuuya se quedó un momento más en su asiento, viendo cómo la cabellera verde desaparecía entre la multitud. Se tocó el pecho, justo donde la cabeza de Midoriya había impactado.
—Qué tipo tan extraño —susurró para sí mismo.
Se levantó y caminó hacia la salida. Al bajar al andén, el aire fresco de la mañana le dio en la cara. Por primera vez en años, la sombra de Mori Ougai se sintió un poco menos pesada. Chuuya sabía que el examen sería una carnicería de robots y demostraciones de poder, pero por alguna razón, la idea de encontrarse de nuevo con ese chico pecoso hacía que el desafío pareciera... interesante.
Caminó hacia las puertas de la prestigiosa academia, con las manos en los bolsillos y la gorra bien puesta. Su mente ya estaba trazando rutas de ataque, analizando posibles escenarios y calculando el gasto de energía de su Don. Era inteligente, era fuerte y era un superviviente.
Sin embargo, mientras cruzaba el umbral de la U.A., Chuuya no pudo evitar pensar que, tal vez, el destino no solo lo había llevado allí para cumplir las órdenes de Mori. Quizás la gravedad lo había atraído hacia ese tren, y hacia Midoriya, por una razón que ninguna deducción lógica podía explicar todavía.
El examen de ingreso estaba a punto de comenzar, y el destino de dos jóvenes tan diferentes como el día y la noche acababa de entrelazarse en un vagón de tren. Chuuya Nakahara, el arma de la mafia disfrazada de estudiante, e Izuku Midoriya, el sucesor del símbolo de la paz, estaban a punto de descubrir que ser un héroe no solo se trataba de salvar a los demás, sino también de salvarse a uno mismo de la soledad.
—No te mueras en el examen, brócoli —murmuró Chuuya con una sonrisa casi imperceptible mientras entraba en el edificio principal—. Porque todavía tengo que cobrarte el haberme usado de almohada.
Con ese pensamiento, el pelirrojo se adentró en las instalaciones, listo para demostrarle al mundo, y a sí mismo, que su gravedad era capaz de mover montañas, o quizás, de sostener el mundo de alguien más.
Para Chuuya, las miradas eran peligrosas. Las miradas significaban que te estaban evaluando, y la evaluación solía preceder al dolor.
Apretó los puños sobre sus rodillas. Sus manos estaban enguantadas, un hábito que Mori le había inculcado para controlar su "Don", o más bien, la maldición que los científicos habían tallado en su ADN cuando tenía cinco años. Nueve años bajo el ala de Mori Ougai lo habían convertido en un arma estratégica, un observador silencioso capaz de desmantelar un plan enemigo en segundos. Pero ahora, por alguna razón que Chuuya aún no terminaba de procesar, Mori le había permitido asistir al examen de ingreso de la U.A.
—"Ve, Chuuya-kun" —había dicho Mori con esa sonrisa gélida que nunca llegaba a sus ojos—. "Conviértete en un héroe. Será útil tener un pie dentro de la justicia oficial".
Chuuya suspiró, sintiendo el peso de la lealtad y el miedo retorciéndose en su estómago. Para él, Mori era su salvador y su verdugo, el hombre que lo sacó de las calles tras el infierno del laboratorio, pero también el que le recordaba a diario que su valor solo residía en su obediencia.
A su lado, un chico de cabello verde alborotado no dejaba de murmurar.
Izuku Midoriya estaba en un estado de pánico controlado. Sus ojos verdes saltaban de un lado a otro, fijos en un cuaderno de notas mientras sus labios se movían a una velocidad vertiginosa. Estaba repasando mentalmente cada consejo que All Might le había dado durante los últimos diez meses de entrenamiento infernal.
—Si el examen práctico es de combate contra robots, debo enfocarme en la movilidad... pero el One For All todavía es demasiado para mis huesos... tal vez si concentro el porcentaje en un solo punto... no, eso me dejaría fuera de combate de inmediato... —susurraba Izuku, ajeno al mundo exterior.
Chuuya, a pesar de su deseo de aislamiento, no pudo evitar observar al peliverde por el rabillo del ojo. Su mente analítica se activó por instinto. "Postura tensa, dedos manchados de tinta, complexión atlética pero recién desarrollada. Está nervioso, probablemente sobreentrenado. No parece una amenaza, pero su energía es... inusual".
De repente, el mundo se inclinó.
Un chirrido metálico ensordecedor desgarró el aire. Los frenos de emergencia del tren se activaron con una violencia brutal, provocando que la inercia lanzara a todos los pasajeros hacia adelante. El vagón se sacudió como si un gigante lo hubiera golpeado.
Chuuya reaccionó en una fracción de segundo. Sus pies se anclaron al suelo, y por un instante, un resplandor rojizo casi imperceptible emanó de su cuerpo, manipulando la gravedad a su alrededor para mantenerse pegado al asiento. Sin embargo, el chico a su lado no tuvo la misma suerte.
Izuku, que estaba perdido en sus pensamientos, salió disparado de su asiento.
—¡Aah! —gritó el peliverde mientras perdía el equilibrio.
En lugar de rodar por el pasillo, Izuku chocó directamente contra el pecho de Chuuya y terminó cayendo de forma aparatosa sobre sus piernas. El impacto fue seco. La cabeza de Izuku quedó enterrada en el abdomen de Chuuya, mientras sus manos se aferraban instintivamente a los hombros del pelirrojo para no seguir cayendo.
El tren se detuvo por completo. Un silencio sepulcral llenó el vagón, solo roto por el sonido de la respiración agitada de los pasajeros.
Chuuya se quedó petrificado. Su primer instinto fue empujar al intruso, tal vez incluso usar su poder para lanzarlo contra la pared opuesta. Nadie lo tocaba. El contacto físico estaba asociado a los experimentos, a las correcciones de Mori, al dolor. Pero sintió el calor que emanaba del chico, un calor humano y vibrante que lo dejó momentáneamente desarmado.
Izuku, dándose cuenta de su posición, levantó la cabeza lentamente. Sus ojos verdes se encontraron con la mirada de Chuuya. Debido a la cercanía y al hecho de que la gorra de Chuuya se había ladeado, Izuku pudo ver con total claridad la asombrosa diferencia de colores en sus ojos: el azul zafiro y el café profundo.
—¡Lo siento mucho! —exclamó Izuku, el rostro encendiéndose como un tomate—. ¡Yo... el tren se detuvo y yo... no quería... perdón!
Izuku intentó levantarse a toda prisa, pero en su torpeza, se enredó con sus propios pies y estuvo a punto de caer de nuevo. Chuuya, con un suspiro de fastidio que ocultaba un corazón acelerado, estiró una mano y lo sujetó del brazo con firmeza.
—Cálmate, brócoli —dijo Chuuya. Su voz era áspera, pero no cruel—. Si sigues moviéndote así, vas a terminar rompiéndote la cara contra el suelo antes de llegar al examen.
Izuku se detuvo en seco, temblando ligeramente bajo el agarre del pelirrojo. Se sentó de nuevo en su lugar, ajustándose la chaqueta del uniforme escolar con manos temblorosas.
—G-gracias —murmuró Izuku, bajando la cabeza con timidez—. Es que... estoy muy nervioso. Hoy es el examen de la U.A. y he estado esperando este día toda mi vida.
Chuuya se acomodó la gorra, ocultando de nuevo sus ojos, aunque el azul seguía brillando bajo la visera. Se cruzó de brazos y miró hacia la ventana.
—Todos están nerviosos —respondió Chuuya con frialdad—. Pero el pánico es un desperdicio de energía. Si quieres ser un héroe, deberías aprender a controlar tu centro de gravedad.
Izuku parpadeó, sorprendido por la observación. A pesar de la actitud defensiva del chico, había algo en su tono que denotaba una inteligencia aguda.
—Tienes razón —dijo Izuku, recobrando un poco la compostura—. Soy Izuku Midoriya, por cierto.
Chuuya guardó silencio durante unos segundos. No solía dar su nombre a extraños. En el mundo de Mori, los nombres eran etiquetas para activos o blancos. Pero aquí, bajo la luz del sol que empezaba a filtrarse por las ventanas del tren, se sintió extrañamente tentado a ser solo un chico de dieciséis años.
—Chuuya. Chuuya Nakahara.
—Es un gusto, Nakahara-kun —sonrió Izuku. Era una sonrisa genuina, carente de cualquier malicia o doble intención. Una sonrisa que Chuuya no sabía cómo procesar—. ¿Tú también vas al examen de la U.A.?
—Sí —respondió escuetamente—. Mi... tutor insistió en ello.
—¡Eso es genial! —Izuku pareció iluminarse—. Con esa reacción que tuviste cuando el tren frenó, estoy seguro de que tienes un Don increíble. Ni siquiera te moviste un centímetro. ¿Es algo relacionado con la inercia? ¿O tal vez fijación espacial?
Chuuya arqueó una ceja, sorprendido por la capacidad de deducción del peliverde.
—Eres observador —admitió Chuuya, permitiendo que una pequeña y cínica sonrisa tirara de la comisura de sus labios—. Algo así. Puedo manipular la gravedad de lo que toco. Pero no te hagas ideas, no estoy aquí para hacer amigos.
Izuku no pareció desanimado por el rechazo. En su vida, había lidiado con el temperamento explosivo de Bakugo, así que la actitud reservada de Chuuya le parecía casi refrescante.
—Entiendo —dijo Izuku con suavidad—. Pero en la U.A. dicen que los mejores héroes son los que saben trabajar en equipo. Quizás... quizás nos volvamos a ver adentro.
El tren volvió a ponerse en marcha con un suave tirón. El resto del viaje transcurrió en un silencio mucho menos tenso que al principio. Chuuya mantenía la mirada fija en el paisaje urbano que desfilaba ante ellos, pero su mente no dejaba de volver al momento en que Izuku había caído sobre él. Había sentido una chispa de algo que no era miedo ni ira. Era una curiosidad punzante.
Cuando llegaron a la estación cercana a la U.A., la marea de estudiantes comenzó a bajar del tren. Izuku se levantó, ajustándose la mochila.
—¡Buena suerte en el examen, Nakahara-kun! —le gritó Izuku mientras se alejaba hacia la salida, saludando con la mano.
Chuuya se quedó un momento más en su asiento, viendo cómo la cabellera verde desaparecía entre la multitud. Se tocó el pecho, justo donde la cabeza de Midoriya había impactado.
—Qué tipo tan extraño —susurró para sí mismo.
Se levantó y caminó hacia la salida. Al bajar al andén, el aire fresco de la mañana le dio en la cara. Por primera vez en años, la sombra de Mori Ougai se sintió un poco menos pesada. Chuuya sabía que el examen sería una carnicería de robots y demostraciones de poder, pero por alguna razón, la idea de encontrarse de nuevo con ese chico pecoso hacía que el desafío pareciera... interesante.
Caminó hacia las puertas de la prestigiosa academia, con las manos en los bolsillos y la gorra bien puesta. Su mente ya estaba trazando rutas de ataque, analizando posibles escenarios y calculando el gasto de energía de su Don. Era inteligente, era fuerte y era un superviviente.
Sin embargo, mientras cruzaba el umbral de la U.A., Chuuya no pudo evitar pensar que, tal vez, el destino no solo lo había llevado allí para cumplir las órdenes de Mori. Quizás la gravedad lo había atraído hacia ese tren, y hacia Midoriya, por una razón que ninguna deducción lógica podía explicar todavía.
El examen de ingreso estaba a punto de comenzar, y el destino de dos jóvenes tan diferentes como el día y la noche acababa de entrelazarse en un vagón de tren. Chuuya Nakahara, el arma de la mafia disfrazada de estudiante, e Izuku Midoriya, el sucesor del símbolo de la paz, estaban a punto de descubrir que ser un héroe no solo se trataba de salvar a los demás, sino también de salvarse a uno mismo de la soledad.
—No te mueras en el examen, brócoli —murmuró Chuuya con una sonrisa casi imperceptible mientras entraba en el edificio principal—. Porque todavía tengo que cobrarte el haberme usado de almohada.
Con ese pensamiento, el pelirrojo se adentró en las instalaciones, listo para demostrarle al mundo, y a sí mismo, que su gravedad era capaz de mover montañas, o quizás, de sostener el mundo de alguien más.
